Estudiando
3. Sheminí
El Libro de Vaikrá (Levítico)
+100%-

Estudiando 3 pesukim (versículos) sobresalientes

Sheminí XI,3
3 – TODO AQUEL QUE ES DE PEZUñA (QUE TIENE HENDIDAS LAS PEZUñAS) Y QUE RUMIA, ENTRE LOS ANIMALES, ESE PODREIS COMER.

3 – TODO AQUEL QUE ES DE PEZUñA Y QUE RUMIA. Las dos características mencionadas aquí son las señales de los animales permitidos, pero no indican el motivo de la autorización.

Don L Abarbanel emite la teoría de que los animales rumiantes no poseen aparato dentario que les permita triturar y masticar huesos. Además, se alimentan de vegetales y no tienen el carácter feroz de las bestias salvajes. Y el hecho de que sus cascos hendidos están desprovistos de garras los vuelve pacíficos e inofensivos.
Rabí S.R. Hirsch explica en un sentido análogo: «Dos acciones son esenciales para la vida del animal: la búsqueda del alimento y la defensa de la vida. Estas dos acciones son igualmente indispensables para la vida del ser humano. Pero el ideal judío las subordina a un fin espiritual. Esta es la razón por la cual la Toráh elimina todos los animales que poseen los órganos reservados a estas dos funciones bajo la forma más señalada: las garras de la bestia feroz y el estómago capaz de asimilar sin distinción todo alimento engullido apresuradamente. Los rumiantes con pezuñas en las patas no conocen estos órganos de rudeza y violencia. Una gran lección se desprende así de esta ley que, en su simplicidad y grandeza, ha contribuido sin ninguna duda a formar el carácter específico de Israel».

ESE PODREIS COMER. Rashí subraya el carácter imperativo de estas palabras. El mandamiento de comer carne de tales animales puede parecer sorprendente a los adeptos al vegetarianismo. Entre los pensadores judíos, esta doctrina ha sido defendida por Rabí Yoséf Albo en su libro «Ikarím (III,15). El recuerda que en los orígenes de la humanidad, el consumo de carne estaba prohibido, y que únicamente los vegetales se destinaban al alimento de las criaturas (Gén. I,29). La matanza de víctimas inocentes comporta, en efecto, un acto de crueldad y de brutalidad susceptible de despertar malos instintos. La carne de los animales declarados, en consecuencia, impuros suscita además efectos nocivos sobre las disposiciones naturales de los hombres. Este es el motivo por el cual el consumo de cualquier clase de carne haya sido prohibido, aun cuando el de los animales puros sea un elemento nutritivo sano y útil. La licencia otorgada ulteriormente a Nóaj y a sus descendientes (Gén. IX,3) estuvo motivada por la necesidad de corregir el error generalizado que había conducido a la Humanidad al desastre del Diluvio. Los hombres creyeron, en efecto, que la prohibición de la carne se basaba en el hecho de la igualdad, en el seno de la creación, de los puestos respectivos que ocupan el ser humano y el animal. De esta creencia extrajeron la conclusión de que el hombre no es más responsable de sus actos que el animal de los suyos, y esta doctrina desembocó en la degeneración completa de las costumbres. La prohibición concerniente a la carne fue pues levantada después del diluvio, si bien los hombres tomaron conciencia en lo adelante de su superioridad sobre el mundo animal y de su grado de responsabilidad acrecentada con respecto a los animales. Sin embargo, cuando fue promulgada la Toráh, dejó en pie la prohibición de los animales impuros, y no permitió la carne de los animales puros más que para apaciguar los apetitos, como lo precisa en Deut. XII,21 y como lo señala el Talmúd (Tratado Julín 84a). Vista la cuestión desde esta perspectiva, la autorización concerniente a la carne aparece como una simple concesión a los deseos de los seres humanos.

En contradicción con estos puntos de vista, los autores cabalistas incluyen el alimento animal en su perspectiva general de la cosmología. Este forma parte de los elementos, gracias a los cuales se efectúa el ascenso de los factores de la creación, desde el grado o escala inferior de la materia hasta las cimas del espítitu.

Hemos descrito este proceso bajo la autoridad de Rabí Moshé Cordobero, en nuestro Com. Gén. IX, 3. El Malbím aunque es un pensador racionalista, comparte esta concepción (Gén. ibíd.). Según el punto de vista, la matanza de animales con el fin de consumir su carne aparece como «un perjuicio que produce un beneficio (Lajóv «al menát lizjót). Igual opinión expresa Najmánides en Igueret HaKodesh


44 – PORQUE YO SOY ADONAI, VUESTRO DIOS; POR ESO MISMO OS SANTIFICAREIS, Y SEREIS SANTOS, PORQUE YO SOY SANTO; Y NO HABEIS DE CONTAMINAROS CON NINGUNA CLASE DE ANIMALEJOS QUE ANDAN ARRASTRANDOSE SOBRE LA TIERRA.

44 – POR ESO MISMO OS SANTIFICAREIS. La búsqueda de una vida santa, a nivel del individuo y de la Nación, aparece aquí, lo mismo que en Deuteronomio (XIV, 1-2-21) como el motivo fundamental de las leyes alimentarias. Hemos hecho resaltar, en nuestras explicaciones, al comienzo de este capítulo, que estas leyes crean una predisposición del alma a una existencia sana, moralmente pura e impregnada de una alta espiritualidad, lo cual hace al hombre, apto para recibir el espíritu profético, (rúaj hakódesh). El respeto de las leyes alimentabas constituye una vía esencial hacia una vida sublimada por el ideal de la santidad. Tal es la conclusión que el final de nuestro capítulo viene a poner de relieve.

Y SEREIS SANTOS. Estas palabras no son un imperativo, pero significan la promesa Divina, dirigida a aquéllos que aportan el esfuerzo exigido, con vistas a la santificación de su vida. Este esfuerzo será coronado por el Eterno. Tal es la interpretación dada por nuestros Sabios al Tratado Talmúdico Yomá 39a. El esfuerzo de santificación emprendido por el hombre, aunque sea de poca envergadura, será completado por el Cielo y recompensado en el mundo del más allá. Esta concepción corresponde al adagio: Ayúdate, que el Cielo te ayudará, y representa lo contrario de las doctrinas no-judías que proclaman que la salvación del alma depende de la gracia. Al hombre corresponde, responde la verdad judía, elevarse hacia el ideal de sus propias fuerzas. El Eterno colmará entonces sus esfuerzos y lo ayudará a alcanzar sus objetivos supremos.

Los Sabios no dejan, es cierto, de ponderar la contrapartida con respecto a aquéllos que toman el camino negativo. Ellos quedan abandonados a su suerte y nada puede estorbar su voluntad. Pues «conduce al hombre hacia la vía que él quiere proseguir» (Makót 10b).

PORQUE YO SOY SANTO. D. Hoffman señala en su Levítico, pág. 354, que el adjetivo (kadósh… santo) atribuido al Eterno, siempre se escribe con todas sus letras, con (la letra vav, en hebreo), en el libro Levítico. Pero se escribe sin Vav cuando alude al hombre (por ejemplo XIX,2). Esto nos indica que la santidad no existe en estado absoluto más que en Dios; entre los hombres, no es más que un valor relativo, en virtud de sus contingencias terrestres.

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