Relatos, Cuentos y Anécdotas
Varios
+100%-

Estrella de Hollywood

Mi nombre es Iubal y nací en 1965, en Tel Aviv, Israel. Allí me crie junto a mis padres, mi hermano y mi hermana. Mi familia era tradicionalista, como la mayoría de las que había en ese momento en Israel. Shabat siempre fue para mí sólo una reunión familiar el viernes por la noche. Con respecto a las fiestas, teníamos una cena en Pésaj y por supuesto, en Iom Kipur ayunábamos. Todo eso, más el vivir en Israel y hablar hebreo, me hacía sentir que era judío y estaba cumpliendo con mis obligaciones.

Desde pequeño sentí que mi destino estaba ligado al cine. Cuando tenía quince años, usaba junto con un amigo una filmadora para hacer todo tipo de películas y videoclips, inventábamos escenas con diferentes muñecos.

Recuerdo que cuando cumplí los dieciséis años se estrenó la famosa película Grease. Desde entonces, siempre tuve la fantasía de parecerme a su protagonista John Travolta. Aprovechaba cada fiesta que tenía para vestirme como él, y también bailaba de la misma manera.

En esa época también se estrenó en la televisión la serie Fama que fue muy exitosa en todo el mundo. Yo era un fan absoluto de los personajes, y trataba de vestirme y peinarme como ellos. En ese momento, descubrí en mí la pasión por el cine y la televisión.

En Israel no había artistas que alcanzaran el éxito a nivel mundial. Aun así, mi meta era ser reconocido internacionalmente y llegar a lo más alto. Mi único sueño era convertirme en una estrella de Hollywood.

Cuando mis padres se enteraron de lo que yo anhelaba para mi vida, me dijeron que lo mejor era que estudiara una profesión como ingeniería electrónica o abogacía, y que luego me podría casar y llevar una vida ordenada. A ellos les parecía muy ridículo, e incluso imposible, que yo pudiera cumplir mi sueño. Todo lo que me decían me entraba por un oído y me salía por el otro. Ellos no podían sentir ese deseo tan fuerte que tenía por conseguir la fama, pero yo sabía que no existe nada más fuerte que la voluntad.

Cuando a mis veintiún años terminé el ejército con varias distinciones, y la mayoría de mis amigos se fueron a recorrer el mundo como mochileros, me dediqué durante varios meses a trabajar duro para poder pagar mi viaje a Estados Unidos. Una vez que junté el dinero que necesitaba, compré mi boleto de avión directo a la ciudad de Nueva York. Mi sueño estaba comenzando.

Apenas llegué, lo primero que hice fue buscar el lugar donde habían estudiado la mayoría de los actores de la serie de televisión Fama. Así fue como conocí la escuela de teatro Lee Strasberg donde, además, se habían formado muchos famosos como Robert De Niro, Marlon Brando, Al Pacino, Dustin Hoffman, Bárbara Streisand, Marilyn Monroe, James Dean, Liza Minnelli, entre otros.

No quería perder mi tiempo y me inscribí de inmediato para estudiar ahí a pesar de mi pobre inglés. Afortunadamente no tardé mucho en ser aceptado. En ese momento, vi mi ingreso a la escuela como una señal de que estaba en el camino correcto, es más, me imaginaba los carteles de diferentes películas con mi cara empapelando todo el mundo.

Comencé a estudiar teatro, canto y baile y, al mismo tiempo, me inscribí en el departamento de cine, dirección y edición de películas de la Universidad de Nueva York.

Poco a poco me di cuenta de que existía una gran competencia en el ambiente artístico. Nueva York es una ciudad a la que llegan grandes talentos del mundo entero con el sueño de convertirse en estrellas del espectáculo, de modo que la posibilidad de llegar a recibir un pequeño papel en una película es más difícil que ganarse la lotería.

Conocí gente que llegó a Nueva York de muy joven, y aunque tenían buena apariencia, hoy en día, con cincuenta o sesenta años de edad, trabajan como mozos en diferentes bares esperando que los llamen para aparecer en alguna película de Hollywood. Muchos de ellos terminan dándose por vencidos y se van a probar suerte a otros lugares, otros eligen un rumbo distinto para sus vidas. Yo, sin embargo, no soy una persona que se rinda con facilidad.

Para poder cubrir los gastos diarios y mis estudios de teatro y cine, trabajé en diferentes ámbitos porque necesitaba disponer del dinero necesario para seguir adelante con mi sueño. Durante un tiempo trabajé haciendo arreglos en casas y negocios, y apenas terminaba, me cambiaba la ropa sucia y me iba a estudiar. Llegaba a mi departamento casi a medianoche viajando en el metro que va de Manhattan a Brooklyn, y en más de una ocasión venían los policías a despertarme porque me había quedado dormido. Tiempo más tarde me di cuenta de que quedarse dormido en el metro a esas horas era algo realmente peligroso, pero Hashem siempre me cuidó.

Uno de mis mejores trabajos fue en una compañía de electrónica que se dedicaba a distribuir juegos de video. Comencé a trabajar a comisión, y después de un tiempo tenía ingresos semanales de miles de dólares.

Muchas veces iba con otros israelíes que trabajaban en la compañía a visitar clientes al Bronx, Harlem y otros lugares peligrosos que estaban bajo el control de la mafia italiana. Para eso, nos hacíamos pasar en ocasiones por italianos. Nos vestíamos, comportábamos y tratábamos de hablar lo más parecido a ellos, ya que todos nosotros teníamos acento extranjero, y la mayoría de las veces nadie se daba cuenta de cuál era nuestro país de origen.

Entre los muchos negocios que visitábamos algunos pertenecían a árabes. Cuando lo hacíamos teníamos que cuidarnos mucho más para que no descubrieran que éramos judíos. Para eso también teníamos nombres italianos, el mío, por ejemplo, era Joy.

Recuerdo que uno de mis clientes era palestino y sospechaba que yo era israelí. Un día, apenas entré a su negocio me dijo: “¿Má nishmá?” (¿Cómo estás?, en hebreo). Inmediatamente supe sus intenciones, y sin titubear le contesté en inglés con un acento italiano: “¿Qué te pasa, cuál es tu problema?”. Él siguió hablando en hebreo, y entonces, con mi inglés y acento italiano comencé a gritarle todo tipo de maldiciones como un verdadero italiano. El pobre se asustó y me pidió disculpas diciéndome que pensaba que yo era diferente de lo que parecía.

Otro episodio peligroso que tuve fue un día que quedé en encontrarme con un amigo en el barrio del Bronx, un lugar lleno de delincuentes donde si matan a alguien, nadie se entera.

Estacioné mi auto y me bajé. Vi a un joven con apariencia de puertorriqueño con la mano en el bolsillo, parecía llevar un arma. Miré a los costados y advertí que no había nadie a mi alrededor, sospeché que venía por mí con la intención de dispararme. Crucé rápidamente la calle, pero el hombre me seguía. Después de unos segundos —que parecieron horas— comencé a correr y él también apuró su paso, siempre con la mano en el bolsillo. Sabía que si me disparaba nadie se enteraría, ya que el Bronx es un barrio disputado por varias pandillas y el control policial es escaso. De haberme disparado, la película de mi vida hubiese terminado ahí.

De repente, vi a mi amigo con quien tenía que encontrarme y me dirigí hacia él lo más rápido que pude mientras el puertorriqueño cada vez estaba más cerca de mí. Cuando me vio saludar a mi amigo, parece que lo reconoció y me dijo: “Ah, tú eres de los italianos que trabajan con los juegos de video, pensé que eras de la mafia que compite con nosotros y te quería matar, perdona la confusión”. Por dentro estaba temblando, pero me hice el fuerte y le empecé a gritar un montón de cosas en inglés con acento italiano, él nuevamente se disculpó y en cuestión de segundos desapareció.

En aquellos días vivía como en una película. Por un lado frecuentaba muchas fiestas del más alto nivel a las que iban las estrellas de Hollywood, las famosas y millonarias. Por otro lado me movía en lugares tan peligrosos en los que más de una vez me podrían haber matado. No tenía real conciencia del peligro.

Otra de las tantas aventuras que viví fue cuando un amigo americano me preguntó: “¿Tú sabes cabalgar bien?”. La verdad es que sólo unas pocas veces en mi vida me había subido a un caballo, sin embargo, siempre soñé con ser un gran jinete y cabalgar como los cowboys que veía en las películas. Sin dudarlo le contesté: “Por supuesto, soy experto en caballos”. Entonces mi amigo me dijo que en su familia tenían dos caballos de carreras que habían ganado un premio de un millón de dólares en competencias y que, cada tanto, él tenía que sacarlos del establo para que corrieran un poco. Me volvió a preguntar: “¿Seguro que sabes cabalgar muy bien?, mira que es muy peligroso”. Siguiendo con mi fantasía le dije: “Quédate tranquilo, Israel es como el lejano oeste de los cowboys en donde todos somos expertos en caballos”.

El día acordado viajamos a las afueras de la ciudad de Nueva York y llegamos a un establo. Mientras sacaba dos caballos negros altos y brillantes, me dijo: “Éste es el que siempre agarro yo, éste otro es peligroso y no se deja montar con facilidad”. Yo por dentro comencé a temblar, pero por fuera me mostraba muy seguro: “Amigo, yo soy un experto, no tienes de qué preocuparte”.

Me subí como pude y salimos al campo, él adelante y yo detrás. En cuestión de segundos comenzamos a correr. Pasamos por subidas y bajadas, entramos a un bosque, cruzamos arroyos, pasamos por muchos sitios a una velocidad impresionante. Yo había aprendido una cosa en las películas: hay que ser “uno con el caballo” y dejarse llevar. En medio de la aventura pensé: “Qué lástima que no haya alguien con una cámara de video para poder filmarme”. Después de una hora volvimos al establo y no podía creer lo que había vivido. Una vez más me salvé de algo muy peligroso, parecía una película.

En ese momento de mi vida comenzaba el día poniéndome los tefilín, y antes de dormirme decía el Shemá Israel como me había enseñado mi querido abuelo Rabí Eliahu, que era un gran sabio. Eso era todo mi judaísmo. A pesar de vivir en un mundo de fantasía y de estar muy lejos de la Torá, siempre hablaba con Hashem y tenía una gran emuná, ya que sabía que todo lo que nos sucede es para bien.

Después de unos años empecé a estudiar teatro con el legendario Herbert Berghof. Él era un famoso actor y director, y por su escuela habían pasado muchos artistas conocidos.

Era muy difícil entrar a su escuela, pero más difícil era seguir. Por ejemplo, si una persona había preparado una actuación durante mucho tiempo y la estaba interpretando sobre el escenario, Berghof no tenía problema en parar la escena y avergonzarla delante de todos. También solía ocurrir muchas veces que cuando los alumnos mostrábamos nuestras actuaciones, él se ponía a hablar con los admiradores que venían a visitarlo y no prestaba atención a los actores que estaban sobre el escenario. Era parte de su técnica para ver si el actor seguía concentrado a pesar de todos los ruidos que lo molestaban alrededor. A veces, y en medio de la actuación, un actor dejaba el escenario para siempre, o se ponía a llorar. Sólo los fuertes podían seguir estudiando con él.

Cierto día me encontraba en el escenario junto con otra persona, y parte de la actuación consistía en acercarme a una ventana imaginaria y gritarles a unos grillos que hacían mucho ruido para que se callaran. En ese momento, y como de costumbre, Berghof estaba hablando con algunos de sus admiradores y realmente me estaban molestando. Aunque yo sabía que esa era su técnica, decidí darle una buena lección para siempre. En lugar de acercarme a la ventana y gritarle a los grillos, me dirigí hacia donde estaban ellos y vociferé: “¡Cállense ya, grillos desagradables!”. Él se quedó helado, paró de hablar de inmediato y me prestó la atención que merecía. Al final de la actuación me aplaudió con mucho entusiasmo. Creo que sólo un israelí con mucho descaro puede hacer algo así.

En una de las tantas fiestas que solía frecuentar, conocí a un israelí muy exitoso que trabajaba en relaciones públicas y era muy amigo de los famosos. Uno de ellos era el actor Leonardo Di Caprio con quien salimos muchas veces. Cada vez conocía a más famosos y me hacía más popular en el ambiente artístico. En ese tiempo vivía en un hermoso departamento en Park Avenue, al lado del Central Park, y salía con gente que tenía, como mínimo, cincuenta millones de dólares.

Luego de vivir ocho años en los Estados Unidos y de haber hecho muchos comerciales, videos, y pequeñas películas, recibí un papel principal en la película Huérfano de la guerra en la que trabajé interpretando a un agente del Mosad (Servicio Secreto Israelí). La película tenía todo lo que me gustaba: acción, armas y helicópteros. A pesar de que tuvo mucho éxito, sabía que todavía me faltaba seguir subiendo en el escalafón de la interpretación, y para eso tenía que actuar en algún proyecto bien grande con actores muy conocidos.

Con esa finalidad me contacté con un distribuidor de películas judío americano llamado Bruce Wais, que tenía relación con la gente más famosa del mundo. Juntos comenzamos a producir la película Calidoscopio con un presupuesto de diez millones de dólares. Este proyecto tenía todo lo que yo quería, y de nuevo, mi papel era de un agente del Mosad que llegaba a los Estados Unidos con la intención de capturar a un grupo de la mafia rusa. Recuerdo que en una escena yo perseguía a los delincuentes, y de repente adquiría un aspecto parecido al personaje de Grease con un auto de los años 60 y con el pelo lleno de gel. En otra escena en la que me encontraba en un bar persiguiendo a los mafiosos, me subía a la barra y comenzaba a bailar y a cantar como John Travolta. En pocas palabras, era algo impresionante, tenía acción, drama y diversión.

El director de la película iba a ser Charles Line, a quien le decían el Woody Allen negro, y el distribuidor iba a ser Bruce Wais. Otros actores muy conocidos también iban a formar parte de nuestro elenco. A los 32 años estaba por cumplir el gran sueño de mi vida.

Fue en ese momento en que comencé a sentir que lo único que hacía era correr de un proyecto a otro tratando de vivir de una manera que no era real. Cuando me puse a meditar sobre la gente que tenía a mi alrededor, me di cuenta de que prácticamente todos se emborrachaban o eran adictos a distintas sustancias tóxicas. Era muy triste ver a esos artistas tan prestigiosos en el estado en que estaban, y yo me preguntaba: “Si tienen todo lo que quieren, ¿por qué arruinan sus vidas de esa manera?”.

Todo lo que uno ve en las películas es pura ciencia ficción, ya que los grandes famosos de Hollywood están muy lejos de ser lo que la pantalla nos muestra. La mayoría de las personas que conocía ya se habían divorciado varias veces, y los que no, eran incapaces de ocultar su infidelidad a sus parejas. Ni hablar de los hijos que no quisieron tener, o los que tuvieron y no fueron por buen camino. Observé que muchos de ellos estaban completamente solos a pesar de ser famosos y de tener todo lo que uno puede soñar.

Por mi parte, creo que la educación puritana que recibí en mi casa a través de mis padres me ayudó mucho para poder alejarme de esas conductas autodestructivas.

Comprendí que sin una casa fija ni una pareja estable, era imposible llevar una vida buena y realmente feliz. A pesar de que tenía dinero, los mejores contactos de Hollywood y una gran carrera por delante, sentía que no vivía una vida verdadera y que era todo muy pasajero.

En aquellos días, muchos de los israelíes que yo conocía en Nueva York comenzaron a volver en teshuvá. No existe lugar en el mundo en el que el “odio gratuito” y la propaganda anti-religiosa sea tan fuerte como en Israel. Por eso, lejos de las presiones de la sociedad y de la familia, comencé a asistir a algunas clases de Torá al igual que hacían mis amigos.

Un día escuché hablar del famoso Cábala Center, un centro espiritual en el que también se podía conocer gente interesante. Sin embargo, con sólo ir algunas veces me di cuenta de que no era un espacio serio, se parecía a un circo y distaba mucho de ser un lugar donde se pudiera encontrar la verdad.

Suli, un amigo israelí, me invitó una vez a un shiur del Rav Nisim Iaguén en Queens. Al mismo tiempo, otro conocido que había vuelto en teshuvá, comenzó a darnos clases a muchos israelíes que vivíamos en Nueva York. Poco a poco mi alma comenzó a despertarse, y esas clases me sirvieron para comprender que estaba viviendo una vida de mentira, muy lejos de la realidad. También sentí que quizás tenía que volver a casa y casarme de una vez por todas para poder formar una familia.

Comenzó en lo más profundo de mi ser una lucha muy fuerte. Por un lado vivía como un rey, tenía un hermoso departamento con piscina, jacuzzi, sauna, gimnasio y disfrutaba de todos los lujos que uno puede pedir. No parecía razonable volver a Israel y vivir sin Torá. Pero para llevar una vida sin Torá era mejor quedarme en Estados Unidos. También estaba seguro de que muy pronto, con la nueva película que estaba haciendo, podría convertirme en una de las grandes estrellas de Hollywood. Tenía excelentes contactos con gente muy famosa, y eso me hacía ser una persona respetada y conocida en el ambiente artístico.

Por otro lado, con las pocas clases de Torá que había escuchado, mi alma comenzó a sentir algo que no se podía comparar con las emocionantes aventuras que había tenido en mi vida, y no podía mentirme a mí mismo y mirar para otro lado.

En ese momento, y de “casualidad”, Suli me propuso ir con él un fin de semana a Monsey a un seminario con el Rav Iaguén y el Jajam Betech, un doctor que también era director de un hospital en México, y que él mismo volvió en teshuvá hacía muchos años.

El seminario de cuatro días fue impresionante. Había muchos israelíes, y el doctor Betech nos respondía todas las preguntas con pruebas científicas, profecías y muchas cosas más. Recuerdo que lo único que quería era que el seminario no terminara. Mi alma estaba muy sedienta después de tantos años de frivolidad y ahora estaba bebiendo agua que parecía del Gan Éden.

Terminado el seminario, mi amigo que había vuelto en teshuvá me invitó a pasar un Shabat en su casa. Pude experimentar lo que es una familia con Torá, cómo se comportaban los chicos, el respeto que había entre los miembros de la pareja, la tranquilidad y la paz que se respiraba en su casa. Sin duda, eso era lo que yo quería para mi vida.

El sábado a la noche, cuando regresé a mi departamento en Manhattan, me sentí muy solo y me agarró una gran depresión. No podía seguir ocultando cuál era la verdad en este mundo, y ya no era posible mirar para otro lado después de haber tenido semejante experiencia.

Me desvelé y en toda la noche no pude dormir, estaba inmerso en un gran dilema. Por un lado, si decidía comenzar a cumplir Torá y mitzvot, debía dejar los lujos que tenía y que formaban parte de mi rutina: fiestas, acción, fama, y amigos que eran celebridades reconocidas. Pero sobretodo, tenía que dejar el sueño de mi vida, que era actuar en películas. Por más que uno pueda cumplir mitzvot y vivir con mucho dinero y lujos, en el ambiente artístico estaba seguro de que la Torá no tenía lugar en absoluto, ya que desde el principio hasta el final, todo lo que uno hace, ve, escucha y vive en ese ambiente, es contrario a una vida de Torá.

Luego de pensar mucho y de poner lo que sentía en la balanza, decidí dejar todo lo que tenía sin decirle nada a nadie. Llegué a la conclusión de que si no lo hacía en ese preciso momento y de una forma drástica, seguiría viviendo una vida de película. Pero si en el futuro quisiera volver en teshuvá, ya sería demasiado tarde. Así fue como un mes después del gran seminario, a mis 33 años, me subí al avión para regresar a mi casa, Israel.

En casi diez horas de vuelo tuve tiempo para repasar los pormenores de mis últimos doce años en los Estados Unidos. Cómo dejé mi tierra y mi familia; y cómo y por qué fui a Nueva York. Recordé todas las veces que estuve muy cerca de la muerte y el mérito que tuve de haber salido del ambiente de impureza de Hollywood, algo que nadie puede imaginar. Interiorizar esos sentimientos me hizo emocionar. Lloré como un bebé y le agradecí a Hashem desde las profundidades de mi ser por haberme dado la posibilidad de volver sano y salvo a mi casa.

Sabía que mi familia me estaba esperando y deseando compartir conmigo aquello que la distancia nos había impedido además de recuperar el tiempo perdido. Tenía la esperanza de que todo eso iba a poder ayudarme un poco en el cambio de 180 grados que elegí para mi vida. Después de todo, en este mundo todo es cuestión de la libre elección que tenemos y, a veces, es necesario girar el timón del barco para llegar a mejor puerto.

Apenas puse un pie en mi casa me sentí muy feliz, pero la alegría de llegar a Israel me duró muy poco, ya que las cosas sucedieron de una forma muy diferente a lo que había imaginado. Cuando mis familiares se dieron cuenta de que estaba volviendo en teshuvá me gritaron: “¡¿Te volviste loco?! ¡¿Te lavaron la cabeza?! ¡¿Volver en teshuvá?! Dios no lo permita”.

Me quedé helado. Durante todos los años que viví fuera de Israel entre goim, viviendo situaciones peligrosas, haciendo cosas que no estaban bien, nadie me dijo nada, sino todo lo contrario. Yo le decía a mi familia: “¿Acaso vine a Israel para ser un delincuente, para traficar alcohol, para robar o engañar a la gente? Lo único que quiero es ser un buen judío como está escrito en la Torá, formar una familia con principios, ser mejor persona, crecer espiritualmente, y de repente parece que todos están en mi contra y se ríen de mí”. No sólo eso, sino que me decían que no podría encontrar a una mujer para casarme, y si encontraba alguna, seguro que sería una pobre soñadora como yo.

Estuve llorando en mi cama durante noches enteras, y por momentos dudaba. Pensaba que quizás no había tomado la decisión correcta. Por otro lado, toda mi vida había hablado con Hashem, y en esos días pude sentirlo más cerca que nunca. Estaba viviendo lo que escribió David Hamélej en los Tehilim: “Mi padre y mi madre me abandonaron, y Tú me acogiste”.

Estando en los Estados Unidos pude darme cuenta de cómo en Israel los medios de comunicación se encargan de perseguir a la gente religiosa. Por ejemplo, cuando se sospecha que una persona religiosa robó, aparece en los títulos: “Un religioso robó”. Sin embargo, cuando se trata de un no religioso y comete el mismo delito o algo peor, no dicen que la persona no era religiosa. Cuando veía la televisión en casa de mis padres me di cuenta del odio gratuito que existe en los medios de comunicación hacia la gente religiosa, y eso me dio más fuerzas para volver en teshuvá.

La gota que rebasó el vaso fue cuando me puse kipá y tzitzit. Aquello fue un punto crítico que hizo que dejara la casa de mis padres y me fuera a vivir solo.

Al poco tiempo, empecé a estudiar en diferentes ieshivot y lugares de Torá para aprender más y más sobre judaísmo, algo que me llenaba de felicidad y que nunca antes había experimentado. Vi que la Torá te enseña a ser una buena persona, un buen padre, un buen hijo, un buen esposo, un buen amigo, y eso me daba cada día más fuerza interior. Comprendí que mi regreso a Israel, a pesar de todo el esfuerzo y dolor que había requerido, fue la mejor decisión que había tomado en mi vida.

Siempre supe que lo que uno da, lo mismo recibe. Descubrí que ese mismo concepto está escrito en la Torá, que Hashem se comporta con las personas “medida por medida”. Cuanto uno más invierte en cumplir mitzvot y estudiar Torá, más ayuda recibe de Arriba, en todo sentido.

Hablaba con Hashem como nunca antes lo había hecho. Le decía que yo quería una mujer con excelentes cualidades y que fuera bonita. También le pedía tener muchos hijos tzadikim y una linda casa con un gran parque. Tomé una decisión e iba a continuar con ella. Le dije a Hashem: “Yo voy a ir contigo hasta el final, y te voy a dar todo lo que pueda. Lo que está permitido está bien, y lo que no, no. Voy a conducirme según lo que dice la halajá sin importarme lo que diga la gente, y no tengo dudas de que Tú responderás a todos mis pedidos”.

Un día, uno de mis rabinos me dijo que podía aprovechar la gran experiencia que había adquirido en Hollywood y usarla para la Torá. Así fue como poco a poco comencé a realizar películas sobre diferentes temas que se hicieron muy conocidas. Se tradujeron a varios idiomas, y hoy en día se han hecho más de cinco millones de copias.

Hice, y sigo haciendo, muchas películas en las cuales se muestra la veracidad de la Torá, las grandes profecías del pasado y del futuro, las vidas pasadas, y otros temas de interés en el judaísmo. Todo eso sin recibir dinero a cambio y sin poner mi nombre en ellas.

Durante esa época pensé en hacer una película a lo grande, quería sacar adelante una idea que tenía en mi cabeza desde hacía mucho tiempo. Pero había un problema, el presupuesto era muy grande y no era fácil encontrar a una persona que quisiera invertir esa suma para mi proyecto. Hasta que un día llegó a la puerta de mi casa una mujer que parecía ser muy adinerada y me dijo: “Escuché mucho de usted y sé que es muy profesional, quiero que haga una película de calidad que represente a la Torá de una forma seria, por el dinero no se preocupe, yo estoy dispuesta a colaborar con todo lo que haga falta”. Me quedé helado. De nuevo Hashem me estaba demostrando que todo es posible, para alguien que quiere ir por un buen camino.

El proyecto era una apuesta muy grande y no estaba seguro de dar ese paso tan importante, por lo tanto fui a ver al Rav David Abujatzira, nieto del Baba Sali, para que me diera su opinión. El Rav me indicó que yo tenía la obligación de hacerlo, ya que iba a ser una película que impactaría fuertemente en el mundo.

La historia relata la vida de un hombre que llega a la Tierra desde otro mundo y es capturado por el Mosad. Después de un duro interrogatorio, el personaje les revela secretos cabalísticos sobre mundos espirituales y el motivo por el que vienen las personas a este mundo. Al final, se descubre que aquel individuo llegó del mundo de la verdad. Hay luchas de kung fu, se habla del Holocausto y también las vidas pasadas desde la óptica de la Torá. En pocas palabras, es como la película Matrix, pero judía.

El largometraje compitió en doce festivales internacionales, y en cuatro de ellos recibió premios, uno de ellos fue el galardón de oro en un festival de cine en Houston. Tuve excelentes comentarios, tanto de judíos como del público en general. El Rav David tenía razón, hizo algo grande en el mundo, generó un fuerte impacto.

Después de comenzar a volver en teshuvá y de regresar a Israel, estuve saliendo en shidujim durante dos años. Fue un periodo difícil por la dificultad de encontrar a la mujer que deseaba para casarme. Pero no me di por vencido, sabía que Hashem todo lo puede y estaba seguro que en el momento justo me enviaría a la mejor mujer para mí.

Un día mi hermana me dijo que una persona que trabajaba con ella conocía a una chica de casi veinte años originaria de Ucrania que se había convertido al judaísmo. Yo, con mis 35 años, no creía que pudiera salir algo bueno de ese encuentro, pero fue tal la insistencia de mi hermana que decidí intentarlo.

Nuestro primer encuentro fue en Ierushaláim. Apenas la vi me quedé en shock. Mi sorpresa fue aún más grata cuando terminamos de hablar esa noche. Todo lo que soñé en mi vida y lo que estaba buscando se resumía en la persona que tenía delante de mí. Hashem me demostró que se pueden cumplir los mejores sueños, y no en Hollywood, sino en una vida con Torá y en Israel.

Era una joven muy especial. En su país fue campeona de salto de altura y nominada para las olimpiadas. También había trabajado como modelo. A pesar de haber sido criada como cristiana, siempre tuvo una relación muy especial con Hashem. Una de sus abuelas tenía raíces judías y eso la motivó a viajar a Israel en busca de más espiritualidad. Después de pasar un tiempo en una midrashá en Ofakim y estar segura de que la Torá era lo que quería para su vida, se convirtió dejando todo su pasado y la gran fama a la que estaba acostumbrada. Su vida también es una historia fascinante e increíble.

Lo más asombroso fue que en el mismo año, el mismo mes y la misma semana en que yo regresé de los Estados Unidos a Israel, ella estaba viajando de Ucrania a Israel para hacer su conversión. Ambos decidimos, casi al mismo tiempo, abrazar los valores del judaísmo y la Torá.

Luego de casi dos años desde que los dos llegamos a Israel y cada uno hizo su vida por su cuenta, nos conocimos. Tres encuentros fueron suficientes para decidir que queríamos casarnos. Así funciona con Hashem, dale 100% y recibirás 100%.

Mis padres y mis hermanos hoy en día me respetan y me apoyan mucho al ver la familia que Hashem me dio y la educación tan especial que tienen mis hijos. Ellos también se están acercando poco a poco a sus raíces, con pasos lentos pero seguros.

Hoy en día estudio en un kolel, estoy casado y tengo cinco hijos maravillosos a los que crio con los valores de la Torá. También hago películas que ayudan a muchos judíos en el mundo a conocer, fundamentar y comprobar la veracidad de la Torá.

Con mi esposa damos conferencias en Israel y también en el extranjero, ya sea juntos o cada uno por su cuenta. Nuestra ventaja es que podemos dar las charlas en hebreo, inglés y ruso, y de esa forma llegar a mucha gente.

En el momento en que decidí cambiar, pensé que estaba renunciando al glamur, el dinero y la fama de Hollywood por la Torá y las mitzvot, pero Hashem me demostró que en realidad no perdí absolutamente nada, sino todo lo contrario.

Pude cumplir todos los sueños de mi vida y los recibí en una bandeja de plata, sólo tuve que añadir una pequeña parte que marcó toda la diferencia: la santidad.

Libros relacionados

180 grados (2)



Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top