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Espejito, espejito…

Extraido de Jabad Magazine

Cuando nos mudamos a nuestra casa cinco años atrás, un viejo y sabio amigo nos obsequió un hermoso espejo. Este poseía un detalle especial: un “Bircat Habait”, bendición para el hogar que se encontraba impresa sobre el vidrio del espejo: “Que este hogar sea siempre un lugar donde residan la paz y la felicidad…”. Cada vez que miro este espejo, veo mi rostro entremezclado con la bendición. Observándolo, me di cuenta que ella ilustraba perfectamente mi rol de “Akeret Habait”, la principal del hogar. Cuando se reflejaba mi rostro feliz y reluciente se lograban cumplir todas las promesas de esta bendición.

Pero, los días en los cuales la imagen reflejada era de enojo y frustración, todas las bendiciones parecían abandonar el hogar como si fueran una luz que era alimentada por una batería muerta. Como aquella frase que dice: “Si mamá no está feliz nadie está feliz”. Muy seguido me acuerdo de este espejo, especialmente en aquellas ocasiones en las que me encuentro imbuida en las tareas del hogar. Poseo amigas que, naturalmente, son “balebustes” (amas de casa perfectas). Tengo, de hecho, una amiga en particular, Jana. Sus ojos brillan mientras se encuentra sumergida entre valijas seleccionando ropa de invierno, preparando las viandas para sus hijos ya bien entrada la noche o creando alguna nueva receta de pollo con frutas secas y mucho ajo. Admiro a Jana y su actitud relajada en lo que se refiere a las cosas del hogar. Aunque mi relación con la cocina, la limpieza y todo el resto de los quehaceres domésticos ha ido evolucionando, me hubiese gustado tener más cosas en común con Jana, que solo nuestro primer nombre. Mi actitud hacia las cosas de la casa comenzó, como dicen mis amigas Israelíes “al hapanim” (similar a “cero a la izquierda”).

En los primeros años de matrimonio, por ejemplo, limpiar la cocina en Motzaei Shabat (cuando termina Shabat) era una actividad que detestaba con tanta pasión que lograba hacerme llegar a las lágrimas. A medida que fueron transcurriendo los años, descubrí felizmente algunas herramientas que proveen esa cuota de dulzura que hace que las tareas del hogar no me depriman. Aprendí, por ejemplo, a engañar a mi Ietzer Hará– instinto de mal, asegurándole que sólo limpiaría por diez minutos. Esto me sirvió al menos, para convencerme por un rato de dejar mis libros de lado y cambiarlos por un delantal. Aprendí también que sería más placentero escuchar una clase de Torá en mi MP3 mientras seleccionaba la ropa para lavar.

Pero más tarde descubrí una técnica mejor que cualquiera, que lograría echar luz sobre las tareas domésticas que menos nos gustan. Esta herramienta está al alcance del 100% de la Akeret HaBait y pueden acceder aun las mujeres menos tecnológicas. Esta herramienta es la antigua “Hakarat HaTov”- gratitud por todas las bondades. El Shabat pasado tuve la oportunidad de poner en práctica esta poderosa herramienta. El viernes por la noche habíamos recibido invitados y me había quedado despierta hasta muy tarde. Apenas abrí mis ojos en la mañana descubrí que mis hijos se encontraban en el comedor rodando por el piso alegremente. Estaban jugando un juego, que no pude identificar, pero involucraba a un gran canasto repleto de muñecos de peluche y una bolsa entera de sal.

En el momento en que los encontré, el canasto estaba lleno pero el paquete de sal ya estaba casi vacío. No lograba darme cuenta adonde se encontraba toda la sal hasta que observé la alfombra del comedor blanca como la nieve. Mi presión sanguínea comenzó a subir. Mi esposo estaba probablemente a punto de llegar del Templo. La mesa aún no estaba servida y la alfombra tendría que esperar. Terminé de limpiar la mesa, saqué lo que había quedado del día anterior, tendí un mantel limpio, coloqué la vajilla, una jarra de jugo de manzana y organicé las ensaladas. De lejos escuché a mi hija de 2 años exclamando: “¡Jugo de manzana!”, “¡Jugo de manzana!”. Pero no había tiempo. Mi marido estaba por llegar en cualquier momento. Mi pequeña hija tendría que esperar. Me di vuelta para tomar la tabla para la Jalá (pan trenzado), cuando descubrí que mi pie estaba empapado. Miré hacia la mesa y vi como el mantel chorreaba. Luego observé a mi hija parada en una silla sosteniendo la jarra vacía. Evidentemente la había hecho esperar demasiado tiempo y había decidido servirse sola.

Si hubiera mirado el espejo en ese momento, éste se hubiese partido en mil pedazos. Un grito de frustración quedó atascado en ese momento dentro de mi garganta. El servicio de seguridad del “hogar Weisberg” se encontraba en alerta roja. Mi pequeña hija miró mi cara por unos segundos y se largó a llorar. Si no hacía algo rápido en unos segundos toda la familia Weisberg estallaría en llantos. Sabía que la gratitud era el único instrumento que tenía dentro de mi caja de herramientas de madre, que sería lo suficientemente poderosa para lograr rescatar a mi familia de este estado de emergencia. ¿Pero, de qué podía estar agradecida en esta terrible mañana de Shabat? ¿Qué motivos podía tener para estar agradecida por lo que estaba sucediendo?

Comencé a limpiar toda la mesa, y luego de una larga y dura meditación, se me ocurrió una cosa de la cual podía estar agradecida. Recordé la historia que mi marido había relatado la noche anterior sobre una familia muy pobre que vivía en una choza y no tenía nada para comer en Shabat. En voz baja pronuncié las siguientes palabras: “Gracias Hashem que me das la posibilidad de poseer alimentos para colocar en la mesa de Shabat esta mañana”. Pero ¿Qué más había para agradecer ? Mientras sacaba las ensaladas y la jarra de jugo vacía de la mesa observé a mi hijos jugando sobre la alfombra repleta de sal y recordé aquella amiga por la cual había estado rezando durante dos años. Ella por once años no había podido concebir hijos. “Gracias Hashem por haberme dado hijos. ¡Qué bendición más grande y maravillosa me has dado! Nunca podría agradecerte lo suficiente por habérmelos dado!

En ese instante pude sentir como aquel terrible grito atascado en mi garganta bajaba la intensidad de inaudible sonido. Mientras cambiaba el mantel mojado y colocaba uno seco recordé aquellos vecinos que se vieron obligados a mudarse con sus cuatro hijos a la casa de unos amigos porque no podían pagar el alquiler. Susurré “Gracias Hashem por este hogar. Un hogar en Ierushalaim es una gran bendición, que más podría pedir, de hecho, es un lujo”. Aquel grito atascado en mi garganta cada vez disminuía más su intensidad hasta llegar ahora a ser una simple protesta. Coloqué nuevamente las ensaladas y acomodé los cubiertos. Miré alrededor del cuarto, observé a mis hijos vestidos con sus mejores ropas, la biblioteca repleta de libros y pude sentir el indescriptible aura de santidad en el cual se envuelve nuestro hogar cada viernes y sábado. Recordé los veinte años que pasé en Shabat mirando dibujos animados, comiendo sandwiches de milanesa y paseando por el shopping.

Dije, entonces “Gracias Hashem por darme el Santo Shabat. ¿Como podría agradecerte por este hermoso obsequio que nos llena de santidad y alegría semana tras semana?. En ese instante mi marido llegó. “¡Shabat Shalom!”. ¡Shabat Shalom!respondí. Y realmente lo sentía así. Cuando fui a la cocina para traer la copa de kidush que había olvidado, reflexioné sobre este espejo especial que poseíamos. Cuando vi mi rostro resplandeciente entrecruzarse con la bendición, observé como nuevamente los pedazos rotos del espejo se unían. Sabía que aquellas últimas palabras de la bendición estaban cumpliendo su promesa: “Que la felicidad y la alegría se unan y traigan paz y bendición a través de la luz de Tu Santa Presencia”.

Chana Weisberg

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