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Es tiempo de desexilio

Extraído del Calendario Cabalístico de Ben Itzjak. Editorial Edaf

El exilio obligatorio

El hombre es capaz de captar únicamente lo específico y definido. Puede leer lo infinito entre líneas sólo a través de palabras exactas. Puede captar la sonrisa más hermosa de un niño sólo gracias a los gestos de su cara. Puede vibrar ante la más bella melodía que surge de estrictos y marcados compases musicales. Lo indefinido e inefable en estado de pureza le resultan absolutamente inaprensibles.
Por tanto, si el objetivo es revelar y dar a conocer el mensaje de eternidad oculto en la materia, si el propósito es nombrar la esencia, la palabra primera y primaria, el único camino conocido es el pacto entre lo inefable y lo definido, entre el número exacto y el infinito.
Para que lo esencial pueda captarse debe primero venir envuelto en papel de exactitud.

Esta dinámica de ocultación y revelación, de oscuridad y luz, es la dinámica del exilio y el desexilio.
Y si una vez más recurrimos al idioma esencial, al hebreo energético de creación, volveremos a sorprendernos al descubrir que el término «exilio», galut, comparte raíz con el término que expresa el acto de revelar, legalot.
Se revela y se descubre lo esencial únicamente a través del galut, del exilio y su posterior desexilio.
El exilio es el camino necesario, obligatorio. El desexilio el esfuerzo humano por entender el mensaje oculto que clama por ser oído desde el corazón mismo del mundo limitado.

El desexilio individual

La Hagadá de Pesaj es el texto tradicional que durante la noche de la Salida de Egipto, el día quince de nisán, relatan en familia aquellos que otorgan valor y sentido a la Sabiduría del Sinaí. Uno de los pasajes más hermosos de este texto enseña que «en cada generación, todo hombre debe considerarse a sí mismo como si él mismo estuviera saliendo de Egipto».
Hay quienes consideran que la importancia de este relato milenario -La Hagadá de Pesaj- persigue el objetivo de que el padre transmita a sus hijos el corazón de la historia de su pueblo. Sobra aclarar que esta explicación es correcta. Sin embargo, surge una dificultad cuando consideramos que Maimónides determina que en el caso en que dos sabios se encuentren solos durante la noche de la festividad -el 15 del mes de nisán -entonces uno de ellos debe relatar al otro este mismo texto. ¿Para qué? ¿Acaso no lo saben de memoria, del derecho y del revés? Pero aquí no termina la cosa: el mismo sabio español también enseña que si una persona estuviese sola durante esta noche, entonces él mismo deberá leerlo en voz alta, atento a cada palabra que salga de su boca. ¿En este caso diremos que la lectura es para enseñarse a sí mismo?

El mensaje es simple y profundo: la liberación de Egipto no se refiere a un hecho histórico y pasado sucedido a gente que en mayor o menor medida tiene relación con nosotros. Muy por el contrario, los vientos energéticos que soplan durante este mes -y en esta noche en particular- posibilitan el desexilio espiritual individual del hombre contemporáneo: la recuperación de la memoria del origen, la concentración y la claridad en el objetivo y en la misión, y el espacio y el tiempo indispensables para ejercerlos.
El objetivo de esta noche no se reduce a recordar el exilio. El precepto es experimentar la vivencia del desexilio.

El valor del desexilio

La gran mayoría de nosotros padecemos las características esenciales del exilio [El destierro, el sometimiento y la dispersión] porque en realidad seguimos sin entender lo que la creación intenta transmitirnos.
Y aunque no practiquemos el desexilio de un modo consciente, su ejercicio suele darnos excelentes resultados.
Reflexionemos: comprendemos lo más profundo cuando padecemos los componentes del exilio. La lejanía física o el destierro muchas veces nos acerca de un modo esencial a la «tierra» abandonada. Cuántas veces deseamos alejarnos, abandonarlo todo, y precisamente cuando logramos el objetivo y experimentamos la más dura lejanía, entonces exactamente en el extremo opuesto se nos revela la unión esencial que éramos incapaces de registrar estando físicamente en el lugar.
El destierro incrementa nuestro apego al sitio esencial.

La dispersión de ideas nos confunde, nos marea, y muchas veces nos asusta. Hay quienes prefieren no exponerse, no arriesgar sus «verdades» por temor a una posible confusión. Sin embargo, sólo aquel que es capaz de aceptar la confusión y el torbellino de ideas será capaz de desechar lo casual y transitorio y detectar lo importante, lo fundamental y duradero. La confusión provocada y consciente, calma y pacífica -sin culpa y sin exigencias de resultados inmediatos-, es la tierra fértil en la que crecen las ideas más brillantes.

La confusión nos clarifica. El sometimiento nos asfixia, nos debilita, nos afecta y nos deteriora. Las exigencias sociales nos esclavizan, y el moderno faraón se ríe a carcajadas al quitarnos todo nuestro tiempo a cambio de «un guiso de lentejas». Pero llega un día en que la copa se llena y sin saber cómo y por qué experimentamos la nostalgia más feroz por recuperar nuestro tiempo y nuestra libertad. Y casi sin darnos cuenta nos encontramos luchando a brazo partido por recuperar el ejercicio más elemental del libre albedrío.
El sometimiento nos libera

Ben Itzjak

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