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Encuentra un judío (Pesaj)

Una historia verídica, según la repitiera Tzvi Jacobs

Sonó el teléfono…
Rabí Itzjak Vorst colocó suavemente la gran caja de matzot hechas a mano encima de otra, y levantó el teléfono.
“Hola, Jabad de Amsterdam. Rabí Vorst hablando”, dijo.
“Rabí Vorst, habla Hodakov, desde Nueva York”, dijo Rabí Jaím Mordejái Aizik Hodakov (que descanse en paz), jefe del secretariado del Lubavitcher Rebe.
El corazón de Rabí Vorst pegó un saltó. No esperaba un llamado desde la oficina del Rebe. De hecho, ésta era la primera vez que recibía un llamado tal de allí, desde que se radicara aquí con su novia, Dobba, hacía ocho meses, en Agosto de 1971.
“El Rebe dijo que encontraras un judío en el pueblo de Broekhizen y le dieras matzot“, dijo Rabí Hodakov.
“¿Cuál es el nombre de la persona?”, preguntó Rabí Vorst.
“El Rebe sólo dijo `Encuentra un judío en el pueblo de Broekhizen’. No dio su nombre”, contestó Rabí Hodakov.
“¿Tiene usted una dirección para este judío?”, insistió Rabí Vorst.
“No. Ningún nombre. Ninguna dirección”, contestó Rabí Hodakov. “Hatzlajá (que tengas éxito), y un Pesaj kasher y alegre”.
Rabí Vorst devolvió el deseo de un Pesaj kasher y alegre, y colgó.

Conseguir matzot “Shmurá” hechas a mano no era problema para el Rabí Vorst. Después de todo, estaban apenas a una semana de Pesaj, y él acababa de recibir un gran embarque de más de 500 matzot desde Israel. Parte era para los seder de la comunidad y las comidas que ellos harían en su Beit Jabad, pero la mayoría era para distribuir entre los judíos de Amsterdam, para que pudieran tener matzá Shmurá en sus propios seders.

Desde que asumiera el liderazgo del movimiento Lubavitch en 1951, el Rebe había alentado a todos sus seguidores a distribuir matzá “shmurá” a los judíos para comer durante Pesaj. El Rebe enfatizó en muchas ocasiones que comer matzá shmurá en Pesaj literalmente tendría un efecto positivo a largo plazo sobre la fe y salud de uno, pues el Zohar llama a la matzá “Alimento de la Fe” y “Alimento de la Salud”. Dado que la matzá shmurá cuesta más por kilogramos que la carne, exigía mucha “fe” para los emisarios de Jabad repartir tanto gratuitamente.
“Encuentra al judío…”, pero su nombre, dirección, o afiliación… el Rebe no lo dijo. ¿A qué judío se refiere?
La falta de detalles no disuadió a Rabí Vorst. El sabía que todo saldría bien en las sendas místicas del Rebe. Rápidamente reestructuró su agenda e hizo planes para conducir su automóvil a Broekhizen como primera cosa a la mañana siguiente.

Broekhizen esta a cuatro horas de distancia. Rabí Vorst llegó al mediodía y se detuvo en la hostería local. El hotelero no sabía de ningún judío viviendo en Broekhizen desde antes de la segunda guerra mundial. Rabí Vorst fue entonces de tienda en tienda. Los comerciantes eran muy corteses, como lo son característicamente los holandeses, pero ninguno de ellos había oído de judíos en el pueblo.
Rabí Vorst entró en la última tienda del pueblo. Este tiene que ser, se dijo a sí mismo. Después de todo, el Rebe lo había enviado en esta misión, y él sabía que el Rebe nunca conduce a nadie al error.
“¿Sabes de alguien viviendo en Broekhizen que sea judío?”, preguntó al tendero.
“No, señor. Ningún judío vive aquí. Ni uno solo”, dijo el tendero.
Rabí Vorst se apenó.
Tenía programado dictar una clase en Amsterdam dentro de cinco horas. Y planeaba pasar el día empaquetando y repartiendo matzá en Amsterdam. Debía partir pronto pero, ¿cómo podría irse sin “encontrar un judío” para el Rebe?
Tantas presiones, tanto para hacer.

Rabí Vorst manejó hasta la periferia del pueblo y se detuvo en una estación de servicio.
“Llénalo, por favor”, dijo al asistente.
Rabí Vorst se paró próximo a su automóvil, miró su reloj y buscó el cielo. “Oh, Aibershter (literalmente, “Altísimo”), dijo con un sentido suspiro. “Discúlpame”, dijo Rabí Vorst en desesperación al asistente de la estación. “¿Sabes de algún judío que viva en este pueblo?”
“Hey, Hans”, gritó el asistente al hombre balanceándose en un grasoso sillón dentro de la estación de servicio, “este tipo quiere saber si hay judíos que vivan aquí”.
Rabí Vorst vio a Hans saltar sobre sus pies. Por unos pocos segundos simplemente se quedó observándolo. Luego, le indicó que entrara a su pequeña oficina.
“¿Por qué quieres saberlo?”
“Hay un Rabí en Nueva York que me pidió que le diera matzá al judío que vive en Broekhizen”.
Hans suspiró hondamente y se largó a llorar. Rabí Vorst aguardó silenciosamente que se calmara.
“Viví toda vida para mis padres”, dijo. “Cuidé de ellos en su vejez y los sepulté en el cementerio del pueblo. Ellos nunca dijeron a nadie que fueran judíos; dijeron que era mejor no divulgarlo. No sé nada sobre ser judío, excepto honrar a mis padres y visitar sus tumbas.
“Entretanto, me casé con una mujer no judía y tuvimos un bebé. Cuando nuestra hija cumplió tres años, mi esposa quiso que fuéramos a la iglesia juntos.
“¿Cómo puedo ir yo, un judío, a la iglesia?”, dije. Mi esposa entendió, y ella y nuestra hija fueron cada domingo sin mí.
“El sacerdote vio que yo no asistía a los servicios y, en un gesto inusual, vino a invitarme. Gentilmente me rehusé, explicando que era judío y no creía que debiera rezar en una iglesia.
“Después de un tiempo el sacerdote hizo su hábito tratar de persuadirme para ir a la iglesia. `Ven, ahora’, me dijo, `también un judío puede ir a la iglesia’.
“Las semanas pasaron y el Padre Peter se volvió un cliente regular en mi estación de servicio. Cada vez trató gentilmente de persuadirme. Entonces, un día el sacerdote dijo: `Sabes, el Di-s de los judíos se ha olvidado de ti’.
“Esa declaración me molestó mucho. ¿Me ha olvidado El? Yo no Lo olvidé. Me senté y escribí esta nota”.

Hans estiró la mano hacia su escritorio, extrajo un sobre, y le dio la nota adjunta a Rabí Vorst.
“Yo, Hans Bern, el hijo de Max y Sonya, le doy al Di-s de Israel dos semanas para demostrar que no me ha olvidado. De otra modo, me uniré a la iglesia de mi esposa y seré como todos los demás en Broekhizen”.
La carta estaba fechada el 2 de Abril de 1971.
“Hoy son exactamente dos semanas”, dijo Hans, “¡y es por eso que lloro!”
“Aquí están tus matzot del Lubavitcher Rebe”, dijo Rabí Vorst. “El Rebe tiene una Neshamá Klalit, un alma general que está unida a cada judío. Un alma que siente el dolor de un judío incluso en el otro lado del mundo. Hasta el de un judío a quien jamás ha encontrado o visto”.

Rabí Vorst dio a Hans la caja de matzot shmurá, y le contó acerca de la llamada telefónica que recibió del secretario del Rebe.
“Di-s no se olvidó de mí”, dijo Hans. Comenzó a llorar nuevamente.
“Hans, la próxima semana es Pesaj, ven a mi seder. No puedes celebrar Pesaj aquí”, dijo Rabí Vorst.
A la semana siguiente Hans llegó al Beit Jabad en Amsterdam, con su caja de matzot del Rabí en Brooklyn.
Tres años después, Rabí Vorst estuvo en Jerusalén y un judío de barba y sombrero negro le dio un gran saludo de “Shalom Aleijem“, con fuerte acento holandés.
Era Shlomó, anteriormente conocido como “Hans”. Un año después de que Hans recibiera las matzot del Lubavitcher Rebe y pasara Pesaj con Rabí Vorst, dejó Holanda y comenzó a estudiar en una Ieshivá de Jerusalén.
“El Rebe me sacó de Egipto, Rabí. Israel es mi hogar ahora”, dijo Shlomó con una gran sonrisa. “Gracias, Rabí Vorst, por encontrarme”.
Rabí Vorst sonrió. Sentía haber recibido más que lo que había dado. Cada vez que sentía estar librando una batalla solitaria en las costas extranjeras de Holanda, recordaba la llamada telefónica de Rabí Hodakov y su viaje para dar matzot “al judío en Broekhizen”.

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