Festejando
Januca
Januca: Significado y reflexiones
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En la epoca de las vacas flacas

 

“La mano nunca vino tan dura…” – comenta mi amigo a un pariente que acaba de llegar del exterior. “Esta vez, las cosas andan mal de verdad…” – dice otro que participa de la conversación. Y, como siempre, no están muy lejos de la realidad que acompaña a muchos de los argentinos de hoy. No son pocos los que viven en departamentos, manejan autos y lucen ropa que pudieron adquirir en tiempos mejores.

Los días del “¡déme dos!”, de la casa en la Capital y otra en el country, de las vacaciones por tres meses y de los viajes al exterior, son cosa del pasado para muchos que debieron ajustar sus gastos a las entradas que menguaron considerablemente, o peor… Rodeados de souvenirs de un “glorioso pasado” un tanto más cómodo que el estado actual, estos recuerdos aportan al dolor y a la angustia por no poder mantener el nivel de vida y el confort de antes. Acostumbrados a pensar que las cosas jamás habrían de ir tan mal, nos encontramos con el doble desafío: la carencia de lo acostumbrado y la falta de preparación para poder vivir más ajustados. Si sumamos a esta situación el hecho de que nuestra sociedad castiga al no exitoso por su fracaso, marginándolo y alejándolo de sus antiguas amistades (por si acaso que dé “yeta” y se contagien), el sufrimiento se multiplica, convirtiéndose en un duelo interminable por la incertidumbre (porque nunca se sabe si ya se “tocó fondo” o si la cosa va para peor). “No hay nada nuevo bajo el sol” reza Kohelet (Eclesiastés), y esta triste situación no es una excepción a aquella regla. También en Egipto, tal como interpretó Iosef el sueño del Faraón de siete vacas gordas y siete flacas y, luego, de siete espigas sanas y otras siete raquíticas en la lectura de esta semana, hubieron siete años de abundancia, seguidos de los años de escacez y hambruna.

¿Qué nos cuenta la Torá al respecto? Nos dice que apenas hubieron comenzado los siete años de carestía, quedó olvidada totalmente la riqueza de la cual habían gozado pocos días antes. “Y el hambre fue sobre toda la faz (lit. “la cara”) de la tierra”. “La cara” – se refiere a los adinerados (Rash”i) – aquellos (“ricos y famosos”, cuya cara todos conocen, o quieren conocer…) de quienes nunca se creyó que llegarían a tal situación de mendicidad. (Es decir: pobres los hubo siempre, pero algunos suponían que era “cosa de otros”…, que ellos estarían más allá de eso…). También es posible que los que habían estado bien, no tomaron conciencia del hecho que realmente eran afortunados, porque siempre veían a otros que poseían más fortuna que ellos. Sin embargo, al momento de caer, se dieron cuenta de lo que habían tenido – y ahora ya no. Lo cual nos lleva al tema de Janucá.

Quien lee los textos, se verá un tanto mareado por la aparente contradicción en los rezos. En el “Al HaNissim” que se agrega en la Amidá (rezo principal) y en Bircat HaMazón, se hace referencia a los milagros que concedió D”s en las guerras que libraron los Jashmonaím, que eran numéricamente inferiores a los griegos de Antioquía contra quienes lucharon. Por otro lado, en el Talmud se menciona que la fiesta de Janucá se celebra porque, al querer volver a inaugurar el servicio del Bet HaMikdash, se encontraron con tan sólo un frasco de aceite puro y apto para el encendido de la Menorá (candelabro) para un solo día. Sin embargo, este óleo duró por ocho días hasta que pudieran preparar aceite nuevo. ¿Cuál fue, entonces, el milagro? – ¿la guerra desigual o el aceite? El Maharal de Praga (Jidushé Agadot – Shabbat 21.) responde que el milagro verdadero fue la victoria sobre fuerzas dispares. No obstante, dado que habrían personas que, al no estar preparados a reconocer la Mano de D”s, no apreciarían la Providencia Di-vina en la victoria, D”s hizo que ocurra el milagro adicional y sobrenatural del aceite. Lo cual nos debería llevar a una reflexión. ¿No será que nosotros tampoco estamos sincronizados a ver la Mano de D”s en nuestro sustento? ¿Sería posible suponer, que por darle exagerada importancia a nuestras pretenciones materiales, olvidemos reconocer y agradecer todo lo demás, de lo cual, a D”s gracias, “no hay de que quejarse”? Ese sería, entonces, el motivo y objetivo de recitar Hallel (cántico de alabanzas) en Janucá: aprender a agradecer aun por las cosas que suponemos que son “naturales” y no demuestran Intervención Di-vina obvia. En el Talmud (Tratado Nidá 31.) encontramos que R. Iosef refiere al versículo, “Agradezco D”s que Te has enojado conmigo” (Ieshaiahu 12) la siguiente historia: Dos comerciantes partían hacia sus negocios. Uno de ellos se clavó con un cardo y se vio impedido de viajar, por lo cual, maldijo su situación. A los pocos días se enteró que su barco había naufragado. En aquel momento, comenzó a agradecer por su salvación… es lo que dijo R. Eleazar… “aun quien fue objeto de un milagro, no lo reconoce…”

La lección que nos deja este párrafo del Talmud es: más que estar ocupados contínuamente con lo que creemos que nos falta, bien haríamos en ver y reflexionar todo lo bonito y grato que D”s nos otorgó – que no es poco – aun cuando nos pareciera que “todo está mal” y “peor no podría ser”. ¿Vergüenza porque los negocios de uno van mal? ¿Porque uno no tiene el status que poseía antes…? ¡Sr. lector!: ¡Sépalo! Vergüenza debería tener aquel cuya conducta con el Todopoderoso o con sus semejentes es inmoral. Sin embargo, la humillación por lo que uno no posee está totalmente fuera de lugar en el judaísmo. ¿Acaso no creemos que “D”s da y D”s lleva” (I-iov) y que no está en nuestras manos el perpetuar los bienes para que estén eternamente a nuestra disposición? En la lectura adicional (Haftará) de Janucá que surge del profeta Zejariahu, leemos acerca del significado de la Menorá. “No por esfuerzo ni con el poder, sino por Mi espíritu” – dice el Se-ñor de las Hues-tes”. Otros pueden creer que el valor del ser humano reside en su capacidad por generar dinero. El profeta afirma lo contrario. Ni el poder, ni las posesiones. Esas vienen y van de acuerdo a lo que D”s dispone (y nos prueba). ¡Si sólo fuesemos lo suficientemente éticos, para utilizar correctamente lo que nos brinda!

En el judaísmo, el valor del ser humano nunca estuvo indexado a lo que había en su bolsillo. ¿Qué es, entonces, lo que sí nos hace valer como personas? Es el espíritu de D”s, si lo nutrimos en nuestras almas. En ese punto somos todos iguales. Todos tenemos acceso al alma pura que D”s nos obsequió. Ahora, antes que Ud. piense que la espiritualidad a la que hacemos referencia sea algún curso de meditación oriental, un viaje exótico a las montañas del Himalaya, la soledad del encierro en un lugar remoto haciendo votos de silencio o el juego “cabalístico” de una numerología misteriosa, sepa que no es así (por lo menos, en la Torá). La verdadera espiritualidad radica en el cumplimiento minucioso y concienzudo de cada uno de nuestros deberes como judíos. “Las necesidades materiales del otro, son mis necesidades espirituales”, decía un Sabio de la escuela del Mussar (introspección moral). Colocarse diariamente el Tefilín, ayudar a un niño a hacer su tarea escolar, encontrar trabajo o un préstamo para una persona que lo necesita e invitar huéspedes para Shabbat, serían algunos ejemplos de veradadera espiritualidad.. Ahora bien, es verdad que existe una mística profunda en la Torá. Sin embargo, a ella accedieron históricamente, únicamente las personas que en su vida cotidiana obedecieron toda la Torá y quienes, en su estudio de la Torá, habían cubierto todos los aspectos “abiertos” (Niglé) del Talmud.

Al haber alcanzado ese nivel de conocimiento y pureza moral, sumaron el estudio de la mística a su profundo vínculo con D”s. Nada que ver con los cursos baratos y profanos que se ofrecen hoy, que difícilmente se podrían denominar “judíos” por el solo hecho que no ven en el cumplimiento práctico de las Mitzvot el eje central del judaísmo. Volviendo a nuestras vacas flacas. Es muy probable que Ud., querido lector, conozca en su círculo a personas que sufren por la pérdida de su fuente de ingresos. Es muy factible, incluso, que esa gente esté mal con su familia o que se sienta deprimida. ¡Déle una mano! Si puede ser, discretamente, a nivel material. Si no fuese posible, déle ánimo y hágale sentir que tiene tanto para aportar como persona… Y no se olvide. Las velas de Janucá nos enseñan que aun en las cosas que no aparece evidente, la Mano de D”s que nos cuida está siempre presente y que debemos agradecer por todo lo que sí hay.

Rab Daniel Oppenheimer

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