Festejando
Januca
Relatos del Talmud y cuentos
+100%-

En Alas de la Menorá

(extraído del libro Maase Abot – Relatos Jasídicos , (C) Edit. Benei Sholem)

Janucá recién había pasado y blandos copos de nieves llenaban el aire duro y helado del mes de Tevet. David salió de la cama con su tibio pijama y apretó la nariz contra el ventanal observando cómo la calle se tornaba blanca. Si la nieve seguía apilándose durante la noche, por la mañana podría divertirse, construyendo hombres de nieve, jugando batallas… Pero David no estaba demasiado excitado ante estas ideas, como podría esperarse de un chico que ve caer la primera nevada de la temporada. En realidad, se sentía triste en ese momento.

David era hijo único. Janucá significaba mucho para él. Amaba cada minuto de sus ocho días. Amaba ver a su padre encendiendo las velas de Janucá y amaba encender su propia lámpara. Esta era la época en que sus primos lo visitaban. David no tenía hermanos, pero si muchos primos. Cada noche de Janucá muchos de ellos lo visitaban y mientras las luces de Janucá ardían, ellos jugaban. Comían buñuelos calientes para disfrutar aún más de esos momentos. Papá siempre llegaba a casa temprano en esos días, pues nunca salía en viajes de negocios durante Janucá, y a menudo tomaba parte en los juegos. También estaba el Januque Guelt (dinero) y los regalos. Pero ahora todo eso había terminado. La casa estaba tranquila nuevamente y las noches se hacían largas. ¡Cómo le hubiera gustado a David que Janucá durase toda la vida!
Pero, un momento… ¿qué es eso? David se frotó los ojos. No podía ser. Miró una y otra vez pero no había error. Allí estaba, la hermosa Menorá de plata de Janucá, flotando en el aire, en medio de los copos blancos. Debo estar soñando, pensó David. ¡Si hace un momento vi a la Menorá de plata tras la vitrina del armario, bien lustrada y lista para esperar hasta el año siguiente!
Pero no había posibilidad de equivocación. Era su hermosa y amada Menorá flotando en el aire, con el brillo de ocho velas alumbrando alegremente en el viento, cada vez más y más … y mientras David abría grandes los ojos por el asombro, la Menorá le hizo señas para que saliera.

-“Vete” balbuceó David. “No seas tonta. La Menorá sin duda está en el armario. Y de todas maneras como puede salir caminando a través del ventanal y caminar por el aire flotando como un copo de nieve? A lo mejor una Menorá puede hacerlo, pero yo no…
Pero esperen, ¿qué es lo que está ocurriendo? Las llamas de la Menorá se desprendían de ésta y volaban hacia él, haciéndole señales para que saliera. Era tan fácil después de todo… La ventana se abrió y enseguida se encontró flotando hacia la Menorá.
¡Qué fantástico! Mañana podría contárselo a sus compañeros en la escuela, aunque sin duda nadie le creería. Ven David, cantaban alegremente las llamas. -Te mostraremos cosas sobre la vida de la Menorá y todo lo que hace durante el año mientras aguarda Janucá.
-Eso debe ser interesante, dijo David mientras se dejaba llevar por las afables lucecitas. Flotando fácilmente sobre los techos, David vio las casas de la ciudad perderse bajo su cuerpo. Ahora ya no había nada más que un cielo estrellado encima y luces tenues abajo, que decrecían constantemente.
-¿A dónde me llevan?, preguntó David a las llamitas. Mi mamá se preocupará cuando llegue a mi dormitorio para apagar las luces y darme las buenas noches. -Volveremos a tiempo, te lo prometo. No tienes nada de que preocuparse. ¿Te gusta el vuelo?
-Es maravilloso. Nunca pensé que sería así, replicó David entusiasmado, aunque en lo profundo de su corazón estaba algo preocupado acerca del fin que tendría esa extraña aventura. Más rápido flotaron por el espacio, llevados por una fuerte brisa. David miró para abajo y no vió más que un vasto océano, pero arriba las estrellas brillaban alegres y sintió como las lucecitas le asían fuertemente por las manos, con seguridad.
Y dirigiendo el camino estaban las ocho brillantes luces de Janucá que resplandecían más que nunca en la noche oscura. Ahora comenzó a sentir brisas calientes en sus mejillas. La oscuridad de la noche comenzó a disiparse y el amanecer ya irrumpía frente a ellos. Los primeros rayos del sol asomaron tímidamente. Los copos de nieve había desaparecido hacia mucho y abajo David podía ver pastos y palmeras, agitadas por el viento. Colinas ondulantes y verdes valles pasaban ante sus ojos, bañados por el tibio resplandor dorado del sol matutino.
Todo esto parece familiar, pensó David. Es como los dibujos en mi libro de historia de la Biblia. Como leyendo sus pensamientos, las llamas dijeron: -Estás en lo cierto, David, estamos ahora en Tierra Santa, pero no podemos detenernos aquí esta vez, aún tenemos mucho camino que hacer, pero llegaremos enseguida.
Ahora atravesaban un vasto desierto, con arena dorada hasta donde el ojo podía ver. Luego fueron altas montañas y más allá David pudo escuchar el sonido de aguas rugientes. Este debe ser el Río Sambatyon, pensó David. Las velitas sonrieron: -Shalom David, dijo una voz cálida.
David se dio vuelta sorprendido; no se había dado cuenta de que ya habían descendido y se encontraba parado sobre tierra blanda. Se encontró mirando el rostro de un hombre viejo, de larga barba, todo vestido de blanco. -Shalom nuevamente y saludos de las Diez Tribus más allá del Sambatyon. Debes amar mucho a Janucá para merecer este tratamiento, dijo el hombre.
-Así es, amo mucho a Janucá dijo David. Pero dígame por favor señor, ¿dónde estoy y quién es usted? -Sin duda, David, tu habrás oído hablar de las Diez Tribus “perdidas” de Israel. Pues bien, como ves, no estamos perdidos para nada. Estamos todos aquí.
-SI, sin duda he escuchado hablar de ustedes. Anoche mismo mi padre me leyó una historia sobre ustedes. Pero, ¿fue ayer a la noche? Ya no sé. Parece que hubieran pasado siglos. De todas maneras, yo sé mucho sobre ustedes. Luego de la caída del Reino de Israel, desaparecieron y nadie sabe qué les ocurrió. Me alegro de que estén a salvo.

El hombre sonrió. Eres un niño inteligente, David. Sí, aquí estamos a salvo y vivimos felices, sirviendo en verdad a Di-s, como cualquier hijo de Abraham, Isaac y Jacob. Ningún extraño llega a este lugar. Sólo de vez en cuando algún niño que realmente ama Janucá y los otros Días Sagrados tanto como tú, tiene el privilegio de poder ver este lugar. Pero no falta mucho para que el justo Mesías llegue; entonces nos uniremos al resto de nuestros hermanos judíos y marcharemos a Tierra Santa…
-Quieres decir…. balbuceó David excitado
-Sí, mi joven amigo, dijo el hombre significativamente.
-Pero debes tener hambre luego de un viaje tan largo. Diciendo así, golpeó las palmas y al instante un joven, también vestido de blanco, salió de una tienda cercana, portando una bandeja dorada. Sobre ella había un vaso de gran belleza. “Sírvete”, dijo el hombre.
-¿Qué es?, preguntó David.
“Maná”, contestó el hombre con un brillo pícaro en sus ojos.
¿Cómo? ¿Maná?, exclamó David temblando de emoción.
-Sí, maná. Sin duda sabes de que se trata.
-¡Como no voy a saberlo!, afirmó David. Recordó la jarra de Maná que Moisés había guardado como recuerdo de aquel maravilloso milagro en el desierto”, luego de haber dejado Egipto los hijos de Israel. Pero eso ocurrió hace más de tres mil años. A ver. ” . fue en el año 1948 luego de la Creación que los hijos de Israel salieron de Egipto. ¡Que maravillas
-Me alegro de que te acuerdes del Jumash tan bien. Pero vamos, prueba un poco; tienes hambre. David vaciló. -¿Qué bendición debo decir antes de comer Maná?, preguntó.

Es bueno que te hayas acordado de la bendición. Podrías haberlo arruinado todo de no ser así. Pues bien, ¿cuál es la bendición que dices por el pan?
-Todos los chicos saben eso. Pero este no es pan de la tierra. Es pan del cielo.
-Exactamente. De manera que así debes hacer la bendición.
David cerró los ojos. Quería realizar la bendición con todo su corazón. “Bendito eres Tú… que traes el pan del cielo”. Entonces tomó al Maná y lo llevó a la boca y su corazón saltó de alegría, pues nunca, nunca, había probado algo tan maravilloso.
Por un momento David pensó que se iba a desmayar de la emoción, pero sintió el Maná disolverse en su boca y extenderse por su cuerpo, otorgándole una sensación de gran poderío, y un gran amor por Di-s, como nunca antes lo había sentido.

Mientras David saboreaba el Maná, el anciano dijo:
-Cuando llegue el Mesías, y todos los muertos se levanten y vuelvan a la vida nuevamente, Moisés mismo traerá el Maná y todos los que hayan vivido una buena vida judía, realizarán esta misma bendición lo ingerirán y les dará fuerza y sabiduría…

-¿Cuándo ocurría todo ello?, preguntó David. Antes de contestar el hombre besó a David en la frente con gran afecto… David sintió el beso en su frente y escuchó el “click” de la luz. Mamá había apagado las luces.
Se sentó en la cama. -¡Oh mamá, fuiste tú! ¿Porqué tuviste que despertarme justo ahora? Tenía tantas preguntas más que hacerle… David se recostó sobre la almohada y dos lágrimas, como perlas, bajaron por sus mejillas.
Mamá se sentó en la cama. Con ternura enjugó las lágrimas de David. -¿Quiéres contarme que pasó?, preguntó suavemente. Pero los ojos de David se llenaron nuevamente de lágrimas. Mañana te lo contaré todo. Ahora quiero cerrar los ojos y pensar en ello.
-¡Fue maravilloso! Buenas noches, mamá. Soy muy feliz.

Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top