Ascendiendo
7.La Paz y la Guerra
Introducción General a la Sabiduría de la Kabalá
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Elevar el Deseo

Extraído de La esencia, el infinito y el alma, por el Rab Haim D. Zukerwar z’l

El número siete indica los ciclos temporales y espaciales, los procesos que entran en los dominios del tiempo y el espacio. En seis días creó el Kadósh Barúj Hú los cielos y la tierra y el séptimo día descansó (Shabat). El número siete figura constantemente en los textos de la tradición escrita y oral: siete días tiene la semana, durante siete días se celebra la festividad de Pesaj, siete semanas después es Shavuót, y siete meses después de Pesaj es Sucót, etc.

Este ciclo de siete indica el proceso que realiza el alma en su camino espiritual: la esclavitud en Egipto (Pesaj), pasando por la entrega de la Torá (Shavuót) desembocando en Sucót para llegar a la Tierra Prometida. Las festividades de Israel consisten en un entrenamiento permanente para elevar el deseo del alma. Cada siete días es Shabat, o sea que una vez por semana el hombre debe superar la dependencia con respecto al mundo físico. El Shabat crea un espacio fuera del tiempo para que la Neshamá se manifieste y el hombre aprenda a liberarse del yugo del materialismo. El judaísmo no busca eliminar lo material, sino que pretende refinarlo poniéndolo al servicio de lo espiritual en pos del beneficio colectivo.

Las leyes espirituales están por encima del tiempo y el espacio. Es por ello que tanto al Shabat, como al resto de las festividades de Israel no les cabe el juicio de antiguos o modernos, puesto que se hallan dirigidas a la esencia interior del hombre, a la voluntad y deseo del alma.

El número siete no es arbitrario dado que la Torá le habla al hombre, siendo que siete nos indica la percepción del hombre: siete son los orificios que el hombre tiene en su cabeza, 2 ojos, 2 oídos, 2 fosas nasales y la boca. En la cabeza están situadas las facultades más elevadas y los sentidos con los cuales el hombre percibe al mundo. Los orificios pares: ojos, oídos y fosas nasales le transmiten al hombre la información, que luego la mente y la emoción elaboran de acuerdo a sus objetivos y deseos. La boca, el séptimo y el único impar, alude a la articulación sonora, la expresión de cómo el hombre percibe y entiende la realidad. De acuerdo a lo que el hombre manifiesta sabremos sus deseos y aspiraciones. En la boca hay dos aspectos que actúan en sentido inverso, siendo la palabra lo que sale de la boca y el alimento que nutre al hombre lo que entra a través de ella.

Así como tenemos leyes y códigos espirituales respecto a lo que entra y sale por la boca (kashrút material a través de la abstención de ciertos alimentos, y kashrút espiritual evitando la calumnia y la mentira, etc.), lo mismo ocurre con la percepción, ya que generalmente actúo acorde a lo que pienso y siento. Al ser nuestro mundo emocional y mental poderosamente influído por lo que vemos y oímos, es de vital importancia para nuestra vida espiritual que nuestra kashrút no quede restringida sólo a la dieta alimenticia sino que también prestemos atención a cuál es el “alimento” que nutre la emoción y la mente. El hombre debe tener conciencia de los objetivos que lo conducen en cada uno de sus actos.

Es por ello que el trabajo en relación a la Torá y a las mitzvót debe ser dirigido a refinar el deseo y la voluntad, dado que a través de la voluntad se ponen los límites al pensamiento y a la emoción.

Es a través del estudio de la Torá (leyes objetivas de la Creación) y la aplicación de las mitzvót (actos concretos dirigidos al bien colectivo) que el hombre libera su mente y emoción de la especulación sin objetivo. De esta forma los pensamientos y las emociones se dirigen hacia objetivos que trascienden lo momentáneo y pasajero.

Cuando un conflicto es resuelto interiormente, no desciende a los dominios del tiempo y el espacio, sino que encuentra la armonía en el plano espiritual.

En este caso ningún elemento externo lo afecta, ya que no tiene necesidad de ingresar en los ciclos temporales y espaciales para ser resuelto. El deseo, fuerza interior que mueve al hombre, es provocado en la mayoría de los casos por algo exterior a él, por algo que no posee, de modo que si lo tuviera no lo desearía. Este deseo lo empuja a moverse dentro del tiempo y el espacio en su búsqueda por saciarlo, generando infinidad de acciones y reacciones. Todo movimiento material y exterior es provocado por algo que nace en lo interior, lo espiritual, y su resolución es sólo posible en el lugar exacto en el cual fue generado. Estos conflictos serán resueltos finalmente en el campo espiritual, es decir, en el interior del hombre. Mientras el hombre no comprenda tal concepto llevándolo a la práctica, ello provocará infinidad de acciones y reacciones que lo conducirán a diferentes situaciones, muchas de ellas con sufrimiento, hasta llegar a la resolución interior del conflicto.

Los ciclos temporales son la exteriorización de ese deseo primigenio, que al no ser resuelto en el plano interior – espiritual tiene la necesidad de ingresar en el plano del espacio y el tiempo para finalmente retornar a su origen, lo espiritual, donde encontrará su resolución.

Hay otra índole poco común del deseo, totalmente espiritual y provocada por la voluntad interior del alma: el deseo de beneficiar y ayudar. Esta segunda índole es la característica de los justos/tzadikím y responde al ideal del judaísmo.

Rab Haim D. Zukerwar z’l

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