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El Verdadero Valor de la Tierra

Extraído de Esta tierra es Mi tierra

Dios le prometió a Abraham, “A ti y a tus descendientes Yo les daré la Tierra donde ahora vives…” (Génesis 17:8). Sin embargo, cuando falleció Sara, Abraham tuvo que comprar un lugar donde enterrarla. El encuentro entre Efron y Abraham y la compra de la Cueva de Majpelá en Hebrón están descriptos en el capítulo 23 del Génesis. El Zohar nos ofrece una mejor comprensión de esta transacción.

Cuando Abraham se apresuró hacia el rebaño para tomar el ternero que les daría a sus huéspedes (Génesis 18:7), el animal huyó y corrió hacia la Cueva de Majpelá. Abraham lo persiguió y encontró la cueva llena de deliciosos aromas y de una asombrosa luz. ésta era, y aún es, la entrada al Jardín del Edén. La cueva estaba ubicada en la tierra de Efron el Hitita. Efron sentía rechazo por la oscura cueva y cuando Abraham ofreció comprarla, Efron aceptó inmediatamente: “A Abraham se le mostró lo que era suyo… a Efron… lo que era suyo”. La porción de Efron era oscuridad; la porción de Abraham, luz y esplendor (Zohar I, 127b).

La santidad de la Tierra Santa se revela cuando Dios es revelado. Esto sucede cuando un Tzadik les enseña espiritualidad a los demás. Abraham alcanzó un nivel de reconocimiento de Dios tan elevado que la santidad de la Tierra sólo se le reveló a él. Aunque trató de difundir las enseñanzas de Divinidad y tuvo algo de éxito, la grandeza de la Tierra y de sus secretos no le fue revelada a la humanidad. La Cueva de Majpelá, por ejemplo, es la entrada hacia el Jardín del Edén, donde Abraham encontró espiritualidad y se maravilló de su asombrosa luz y fragantes aromas. En contraste, la cueva era oscuridad para Efron, cuyo nombre comparte la misma raíz de la palabra afar, que significa “tierra”, lo que connota una existencia material.

El Rebe Najmán explica que uno puede estar junto a la luz espiritual más asombrosa y aun así no sentir nada (Likutey Moharán I, 17:2; ibid. 191). Efron era dueño de la Cueva de Majpelá, pero no veía nada en ella. Estaba a la entrada del Jardín del Edén, pero no sentía absolutamente nada. En contraste, apenas Abraham se acercó a la cueva, inmediatamente vio y sintió su esplendor. Incluso cuando Efron estuvo junto a Abraham, el Tzadik, tampoco vio nada. Aunque estuvo parado en la entrada que lleva hacia el bien más grande – y junto al Tzadik que podía guiarlo hacia el Jardín del Edén – sólo veía oscuridad, es decir, el ocultamiento de la espiritualidad, porque si uno está hundido en el materialismo, no puede disfrutar ni experimentar la espiritualidad de la Tierra.

Este encuentro arroja algo de luz sobre el motivo por el cual Abraham compró la Cueva de Majpelá en lugar de simplemente tomar posesión de la propiedad prometida por Dios. Aunque Abraham conocía el verdadero valor de la Tierra, también sabía que la Divinidad no se revelaría lo suficiente como para que los demás también rechazasen el materialismo y la idolatría y reconociesen a Dios. Aún no había llegado el momento propicio para la manifestación de Dios. Por lo tanto, Abraham negoció normalmente, ocultando el hecho de ser el verdadero propietario del lugar, hasta el momento en que Dios fuese revelado.

El caso de Itzjak presenta una situación similar. Dios también le prometió la Tierra: “Habita en esta Tierra… Pues a ti y a tu simiente Yo les daré esta Tierra; y cumpliré el juramento que Yo prometí a tu padre, Abraham” (Génesis 26:3). Pese a la promesa de Dios de que Itzjak sería dueño de la Tierra, los filisteos no se la dieron. Cuando Itzjak fue a vivir junto a ellos durante una época de hambruna, tuvo que dejar la zona filistea y asentarse en un lugar cercano, cavando pozos cuya propiedad estaba en disputa.

Igual que Abraham, Itzjak trató de enseñarles a los demás sobre la existencia de Dios. Si bien la Divinidad era más evidente en la época de Itzjak, aún no tenía la suficiente magnitud como para revelar la santidad de la Tierra ni la grandeza espiritual de sus dueños.

Dios también le prometió la tierra a Iaacov, el hijo de Itzjak: “…la Tierra sobre la cual yaces Yo te la daré a ti y a tus descendientes” (Génesis 28:13). Pero cuando, al volver de las tierras de Labán, Iaacov arribó a Shejem, tuvo que comprar la tierra, pese al hecho de que él también estaba dedicado a la difusión de las enseñanzas espirituales (Bereshit Rabah 84:4).
Durante la vida de Iaacov, más gente fue acercada a Dios, pero no se mantuvieron fieles a él. De los hijos de Abraham, sólo Itzjak retuvo la fe de su padre. De la misma manera Iaacov, el hijo de Itzjak, se mantuvo fiel a la fe de su padre, pero no así Esaú. El caso de Iaacov fue diferente. Sus doce hijos, “las Doce Tribus” que fueron los padres de la nación judía, retuvieron esta fe. Cuando Iaacov luchó con un ángel y lo venció éste le dio el nombre de “Israel”. Las Doce Tribus fueron conocidas entonces como los Israelitas. Cada tribu aceptó y difundió la fe de Iaacov.

Individual y colectivamente, las tribus empezaron a revelar el Reino del Cielo. Se establecieron en la Tierra y comenzaron a tomar posesión de ella. Sefer HaIashar describe muchas batallas libradas por las tribus en la conquista de la Tierra. Hasta su descenso a Egipto, la identidad de los dueños de la Tierra era clara. Así como Iaacov fue llamado “Israel”, la Tierra se hizo conocida como la “Tierra de Israel”. De acuerdo con el Rebe Najmán, Iaacov “habitó en la Tierra” (Génesis 37:1), significa que él difundió la fe de tal manera que se le permitió ser el “dueño de la Tierra”, sus enseñanzas pusieron de manifiesto la Divinidad (Likutey Moharán I, 47:2).

Chaim Kramer

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