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El valor de la caída 2

Comprendiendo la presencia del mal en el mundo Extraído y adaptado de «El calendario cabalístico del mes de Tamuz» de Ben Itzjak.

Aquel que alcanzó en su vida alguna cima o logro realmente importante y esencial, conoce la diferencia abismal que existe entre el acto de llegar y el acto de permanecer en el máximo nivel. Se podría afirmar que se trata con certeza de dos sabidurías distintas, dos artes separados: alcanzar el objetivo, la cima, el propósito y además lograr permanecer en las alturas.

No nos engañemos: no es fácil llegar a la cima, aunque mucho más difícil y complejo es mantener el nivel de excelencia.

Y el mismo relato bíblico no deja lugar a dudas. Israel sale de Egipto, atraviesa el desierto, llega hasta el Monte Sinaí y recibe la Torá.
No obstante, precisamente el tiempo de máxima elevación se transforma de un momento a otro en la caída más violenta, en la pérdida más feroz, en el descenso espiritual más intenso posible.
En su punto de máximo nivel, Israel construye el becerro de oro.
En el lenguaje maravilloso de los sabios: la novia traiciona al novio estando aún bajo el palio nupcial.

Y cualquier persona despierta sentirá que un interrogante lo acosa y lo carcome por dentro: ¿el mismo pueblo que salió de Egipto es el que en pocos días construyó un becerro para idolatrar? ¿La misma gente que vio con sus propios ojos cómo las diez plagas golpeaban a Egipto y cómo el mar se abría, llegó a tramar semejante traición a Moisés y al Creador?. Increíble, incomprensible. Inclusive doloroso. ¿Puede acaso un pueblo tener tan corta memoria?

Intentemos comprender.

¿Para qué crea D-os el mal? ¿Por qué es tan necesario que además acompañe al hombre en su paso por la vida?

El gran cabalista Rabí Jaim Moshé Luzzatto, lo explica con absoluta claridad en varias de sus obras clásicas –Derej Hashem, Daat Tevunot-. Intentaremos resumir sus conceptos en pocas líneas.

El hombre fue creado y puesto en este mundo para ser beneficiado, ya que la esencia divina es el Bien absoluto. Por lo tanto, se le otorga el libre albedrío y se lo coloca en un escenario en el cual la persona puede ser recompensada por sus actos. Sin embargo, si el hombre no tuviese ningún obstáculo, si ninguna fuerza se le opusiese, entonces más que una recompensa recibiría un obsequio, lo cual, y tal como lo expresan los sabios místicos, sería como comer del «pan de la vergüenza». ¿Por qué? Pues tal regalo avergonzaría profundamente a la persona tal como el necesitado se avergüenza de observar a los ojos de su benefactor. Además, todo aquello que recibimos por obsequio nos llega desde afuera, del mundo exterior, y jamás llegamos realmente qa convertirlo en parte de nuestro ser. Un regalo siempre lleva el nombre de aquel que nos lo obsequió, mientras que lo que ganamos y obtenemos con nuestro propio esfuerzo nos pertenece de modo esencial. Por estas razones, explica el cabalista, el Mal viene a cumplir un papel vital: permitir el trabajo del hombre, que, al superarlo, recibe una recompensa divina como producto de su propio esfuerzo, y como resultado de la correcta utilización de su libre albedrío.

EL Maharal de Praga, ese gigante espiritual, explica en varios pasajes de su magnífica obra que el Mal Instinto -representante de las fuerzas espirituales negativas- ataca al hombre precisamente cuando este supera la mediocridad y sobresale. Todo el tiempo que el individuo se mantiene dentro de niveles más comunes, más mediocres, entonces el Mal Instinto simplemente no se preocupa de él y lo deja hacer y actuar libremente. Mas cuando la persona crece, se supera y comienza a trabajar en aras de minimizar la presencia del Mal en el mundo, entonces el Mal Insitinto lo ataca con toda su fuerza.

Esta es la razón -explica el Maharal- por la cual Israel, en su punto de máxima elevación espiritual, se inclina a la construcción del becerro de oro.

La profunda explicación del sabio de Praga también nos sirve para entender por qué tantos hombres al llegar cimas importantes en sus vidas, se corrompen y desvían.

Uno de los sabios pensadores más brillantes de la historia de Israel, Rabeinu Tzadok Hacohen, se ocupa en varias partes de su obra de revalorizar precisamente la caída y el descenso de la persona. Este gigante espiritual nos revela que el camino natural de la persona es ascender, alcanzar un determinado punto, una cima individual, para después descender nuevamente y comenzar la tarea de ascenso buscando y aspirando nuevos logros. ¿acaso esto significa que necesariamente la persona deberá caer en su camino ascendente? ?Y la respuesta del cabalista es positiva, y mucho más aún: el ascenso posterior es directamente proporcional a la profundidad de la caída precedente.

En nuestro modo superficial de entender la realidad, categorizamos el ascenso como positivo, y al descenso y a la caída como negativos. Lo bueno -el ascenso-se detiene e interrumpe, para dar lugar a lo malo y decadente -el descenso y la caída. No obstante, y tal como lo enseña el sabio, el ascenso y la caída pueden entenderse también de un modo más profundo como dos elementos necesarios de un proceso de crecimiento y desarrollo espiritual.

El Mal constituye un elemento esencial en la historia de la humanidad, y es el elemento divino que permite al hombre trabajar y superarse, Es cierto, el Mal provoca la caída del hombre, mas el descenso posibilita a la persona profundizar en el acto de vivir, alcanzar mayores niveles de comprensión y fortificar su persona para los tiempos venideros.

Debemos cambiar nuestra concepción acerca del Mal hasta poder afirmar sin titubeos que el Mal es un bien que no entendemos.

A un nivel superficial no lo entendemos, mas cuando profundizamos, cuando estudiamos, cuando reflexionamos, rápidamente descubrimos que una vida sin grietas ni quebrantos sería un paso monótono por el tiempo, una vida sin trabajo, sin superación, una vida regalada y carente de sentido.

Ben Itzjak

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