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El sueño de Rabí Aizik

Cuando el mismo sueño se repite varias veces, significa algo. Así pensaba Rabí Aizik, quien cada vez que se despertaba recordaba su visión de la noche anterior: Hacía un viaje muy largo hacia Praga; se dirigía al palacio del rey; se detendría en uno de los puentes que llevaba a la entrada del palacio; se ponía a escarbar en la tierra debajo del puente, y allí encontraba un tesoro y se enriquecía de la noche a la mañana.
“¡Tres veces seguidas el mismo sueño! Es cierto que los sueños son vanos, pero… ¡tres veces seguidas el mismo sueño…!”. La mente de Rabí Aizik le daba vueltas. Estaba pasando por una situación económica muy difícil, y no encontraba la salida. ¿Será posible que su solución se encuentre mediante un simple sueño? ¡Eso ocurre en los cuentos! ¿Y si fuera verdad?
El riesgo era muy grande. Rabí Aizik vivía muy lejos de Praga. Ir hasta allá para comprobar si su sueño tenía algo de cierto le podría costar muy caro. Tanto tiempo lejos de su casa y de su trabajo; el dinero que se gastaría en el viaje…
Pero la situación era muy apremiante, y la tentación y la intriga, muy grande… Tomó sus cosas, y se dirigió a Praga.
Llegó a la ciudad, y se dirigió al palacio del rey. Allí vio el puente que apareció en sus sueños; idéntico. “¡Voy a empezar a cavar!”, se dijo. Pero también vio que eso era prácticamente imposible. El palacio estaba celosamente custodiado, y siempre había un soldado vigilando que nadie se acerque al puente (“¡Esto no aparecía en el sueño!”).
Desilusionado por un lado, y desesperado por el otro, Rabí Aizik daba vueltas y vueltas en las inmediaciones del puente, con la esperanza de que en algún momento el vigilante no venga, o se distraiga lo suficiente para que le permita cavar en el lugar donde en el sueño vio el tesoro que lo haría rico.
Pero estaba casi seguro de que no iba a poder hacerlo. Se veía a sí mismo como un tonto, y por hacerle caso a la fantasía de un sueño, no sólo se haría rico, sino se habría metido en más y más problemas cuando “despierte a la realidad”.

Todo lo que tenía en su bolsillo era una sola moneda con la que pagaría el viaje de regreso a su casa. Impotente, se sentó frente al puente y metió su cabeza entre sus piernas, pensando el negro futuro que le esperaba. De pronto, sintió que alguien lo sacudía.
“¿Qué te pasa, judío?”, escuchó. Era el soldado, que se acercó a él.
Rabí Aizik no le respondió. Se quedó paralizado del miedo; la cosa iba de mal en peor…
“A ver, cuéntame lo que tienes. Te he visto que ya llevas varios días dando vueltas por aquí, y parece que estás buscando algo”, insistió el soldado.
Rabí Aizik consideró que no había mejor que decirle la verdad, y le contó lo de sus sueños; de su situación económica, y de su largo viaje de Cracovia hasta Praga.
Al escuchar esto, el soldado estalló en una estridente carcajada.
“¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Me extraña de ti, judío; tú te ves una persona inteligente. ¿Cómo puedes creer en esas cosas? ¿Acaso piensas que es posible que hay un tesoro enterrado debajo de este puente, sólo porque lo viste en un sueño?”.
“¡Pero no fue un solo sueño! ¡Tres noches seguidas he soñado lo mismo!”, le respondió el Rabí Aizik. “¡Tonterías!” exclamó el soldado, “Yo también hace tres noches seguidas que estoy soñando lo mismo…”.
“¿Y qué es lo que has soñado?”.
“Soñé que en la ciudad de Cracovia, en tal calle y tal casa, vive un judío llamado Aizik, y en su patio tiene enterado un tesoro. ¿Tú crees que ahora me voy a ir hasta allá, sólo para saber si mis sueños son mensajes reales?”.
“¡Cracovia! ¡Aizik! ¡En esa calle! ¿Será posible todo esto?”. Rabí Aizik no dijo nada. Le dio las gracias al soldado, y se fue lo más rápido que pudo hacia su casa.

Cuando llegó, cavó desaforadamente en el lugar donde le había dicho el soldado, y frente a sus ojos apareció… ¡un tesoro verdadero!
Se dio cuenta de que tuvo que ir a Praga no para encontrar el tesoro, sino para escuchar el relato del soldado, que le indicó que ese tesoro se encontraba en su propia casa.
Rabí Aizik ciertamente se enriqueció, y construyó en Cracovia un Bet Hakeneset a su nombre.
Rabí Bunam de Pashisja solía contar esta historia, y comentaba:
A veces el Iehudí va con un Sadik (justo) para que le dé una Berajá (bendición). Pero lo que debe saber el Iehudí es que la Berajá no se encuentra en manos del Sadik, sino que éste le va a mostrar que se encuentra en su propia casa.

Cuando un Iehudí regresa a su casa después de visitar a un Sadik, debe buscar en su propia casa; en su propia familia; dentro de sí mismo, la Berajá que encontrará.

Sipuré Jasidim

(Gentileza Revista semanal Or Torah, Suscribirse en: ortorah@ciudad.com.ar )

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