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El salvavidas

 

Cuenta la historia sobre un hombre que estaba a punto de ahogarse en medio del océano. Entonces reza: “¡Di-s, confío en Ti, sálvame!”

Al instante aparece una lancha y el tripulante le tira un salvavidas. “No se moleste” -grita el hombre- “¡Di-s me va a salvar!” Nuevamente nuestro personaje pide a Di-s que lo salve. A los pocos minutos, una balsa se acerca, pero él la ignora totalmente.

Por tercera vez eleva su oración: “Amo del Universo, aguardo Tu liberación”. Justo en ese momento se escucha el ruido de un helicóptero que se aproxima y le arroja una soga. Enfáticamente el individuo sacude su cabeza y dice: “No” Después de todo él espera que Di-s mismo lo salve.
Este sujeto espera y espera a Di-s , y finalmente muere ahogado.
Imagínense que en la primera oportunidad que se le presenta, el hombre le pregunta a Di-s por qué no lo salvó. “Pero Yo traté” -Di-s le responde- “sólo que tú no Me lo permitiste”

¡Qué tonto! decimos sobre el protagonista de esta ficción. Es tan obvio que Di-s trataba de salvarlo. ¿Acaso él esperaba que Hashem mismo Se presente y Lo salve? Un verdadero necio.

Pero pensemos un minuto… ¿cómo reaccionamos nosotros cuando sucede algo similar, quizás no tan dramático, a nuestro alrededor e incluso en nuestras propias vidas?¿Cuántas veces atribuimos sucesos a la casualidad, coincidencia o buena suerte? ¿Cuántos milagros pasan desapercibidos? ¿Vemos la salvadora Mano
de Di-s en todos los momentos difíciles? ¿Reconocemos que debido a la bendición de Di-s, nuestro vecino, que no es tan brillante, acaba de conseguir un excelente trabajo, a pesar de la difícil situación en la que vivimos hoy? ¿Admitimos que la Providencia Divina es el factor preponderante del por qué estamos haciendo lo que hacemos?

Cada día Di-s nos envía -a través de diferentes mensajeros- lanchas, botes, salvavidas y sogas. A veces los utilizamos ignorando su origen. Otras, las dejamos pasar, mientras nos quejamos y gruñimos porque Di-s nos ha olvidado, o no Le importamos en absoluto y no escucha nuestras súplicas.

A veces pasan cosas que sólo pueden definirse como un milagro. Entonces, incómodamente agradecemos a Di-s. Incómodos porque estamos tan desacostumbrados a reconocer la Mano Divina. No nos sentimos confortables.

Pero no debemos esperar un milagro, ni anhelar persistentemente que Di-s Mismo nos saque del apuro en que nosotros mismos nos hemos metido. Podemos salvarnos de morir ahogados si sólo abrimos nuestros ojos, aguzando nuestra visión, para que Di-s no deba decirnos: “¡Traté de salvarte, sólo que no Me lo has permitido!”


(extraído de La enseñanza semanal de Jabad Lubavitch, www.jabad.org.ar).

 

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