Notas destacadas
Notas (160-170)
+100%-

El regreso de dos almas (Shavuot)

Entrevista de Shivaun Woolfson de “Chay Today” (USA)

 

Shavuot marca el día de la histórica Entrega de la Torá al pueblo de Israel, cuando todo se “convirtieron” al judaísmo (de hecho, es una de las razones de la costumbre de comer productos lácteos en esta Festividad, como un niño recién nacido a una nueva fe). Aun hoy en día, hay personas que siguen asistiendo a esta Entrega de la Torá en sus vidas personales. Estas son sus historias.

Bienvenidos al hogar de los Meneses, una fresca morada situada en la esquina de una cuadra predominantemente judía en Miami Beach. La estricta observancia del kashrut es inmediatamente evidente. La casa alardea no solamente dos piletas separadas para carne y leche (la norma en la mayoría de los hogares judíos tradicionales), sino dos cocinas enteramente separadas, una para carne, la otra para leche. Hay un cuadro del Rebe de Lubavitch sobre la pared, bibliotecas cargadas de textos judaicos sagrados, candelabros de Shabat y una Menorá bien visibles. Absolutamente nada de esta estructura familiar la distingue de los hogares judíos vecinos, salvo, quizás, el propio Uri Meneses mismo.

Un afro-cubano nacido en la grey católica en 1952, esta noche Uri está sentado en su mesa de cena, flanqueado por su esposa e hija, esgrimiendo orgullosamente sus tzitzít (prenda ritual de cuatro puntas). Endereza su kipá, que temblorosamente se asienta entre rizados montículos de cabello negro, acaricia su larga barba negra estudiosamente mientras sus ojos bailan con la sabiduría y animación de un auténtico jasid.
A su lado está Richard Taylor, un afro-americano, cuyo camino hacia el judaísmo, aunque marcadamente diferente al de Uri, ha producido resultados similares: un hasta ahora desconocido sentido de pertenencia.
Dadas las tensiones raciales que en la actualidad plagan a la nación americana, la intolerancia y la falta de cooperación que sus grupos étnicos muestran uno al otro, es más que interesante para nuestro crecimiento colectivo comprender cómo estos dos hombres llegaron a este punto de compromiso con la fe judía, una en la que no nacieron pero a la que aspiraron.

La salida de Uri de Cuba a comienzos de los años 60 estuvo rodeada de secreto y peligro, pero en lugar del sentimiento de emancipación que había esperado, una vez en América se vio enfrentado por nuevos e imprevistos problemas.
“Nunca había experimentado prejuicios raciales basados en el color de mi piel”, dice. “En Cuba, todo dependía de cuánto tenías, y a qué partido estabas afiliado. Y cuando llegamos aquí, por primerísima vez en mi vida vi esos enormes carteles en grandes letras amarillas afuera de los parques: NI PERROS, NI NEGROS. La sala de emergencia del hospital tenía dos entradas, una para blancos, otra para negros. Subí al autobús escolar y se me dijo que me sentara atrás de todo o permaneciera de pie. Nunca en mi vida fui expuesto a algo parecido. En los Estados Unidos comencé a comprender qué significa la palabra nigger (despectivo para “negreo”).
Cuanto más racismo Uri soportó, tanto más rabia sentía, y tanto más trató de luchar contra éste. Estaba desesperado por encontrar un lugar libre de tiranía, un lugar en el que pudiera funcionar, donde pudiera pertenecer. Pero los Latinos eran adinerados, gente de la alta sociedad que no tenía tiempo para él, los negros no lo comprendían, y los blancos no lo querían. Volviéndose al otro lado de las vías, investigó la vida en pandilla pero la encontró perturbadora. De allí se aventuró a la arenas de las artes marciales, y mientras su siquis se desarrollaba a una velocidad fenomenal, su alma permanecía insatisfecha. Luego vinieron las culturas orientales con gurús como Muchtananda, quien aunque muy sabio dejaba demasiadas preguntas sin responder.

“Además de todo”, dice Uri de las filosofías orientales, “no me gustaba demasiado la posición de piernas cruzadas, pero por sobre todo, jamás encontré un antídoto para el enfado que sentía por dentro. Ninguno de ellos me permitió sentirme como un ser humano”.
Eso fue hasta que se encontró con su esposa, bastante por accidente, en el Forge Club de Miami Beach. Ella recién había llegado de Filadelfia para visitar a su padre, un superviviente del Holocuasto. Según Uri, se enamoraron esa primera noche en la pista de bailes. Como sea, no pasó mucho tiempo antes de llegar el momento de encontrarse con el dueño de casa.
“Ese fue mi primer real conocimiento del judaísmo”, dice Uri, “todos los niveles de dolor y riqueza, ese espíritu de supervivencia, me fueron mostrados por este hombre. Pero él quería que me convirtiera si es que tendría algo que ver con su hija”.
Al principio a Uri no le gustó demasiado la idea. “O sea, era como decir que había algo malo conmigo desde un comienzo, y eso era exactamente aquello a lo que yo había tratado de escapar. Pero quería estar con su hija, de modo que lo hice”.

La primera conversión de Uri al judaísmo fue supervisada por un rabino no-tradicional, quien resultó ser la única persona con quien se había encontrado alguna vez que pudiera realmente encarar sus preguntas. “Todo lo que tiré a este tipo, lo atajó. Un vez le pregunté: `¿Qué pasa con los Rabinos de abrigo negro?’ Y él me contestó: `No te burles de ellos, es por esos tipos de abrigo que todavía estamos aquí. Ellos son los guardianes de nuestro credo'”. Después de un período de estudio, la conversión vino y se fue, seguida por su casamiento con Baila, quien era por aquel entonces apenas medianamente observante. Demasiado pronto Uri comenzó a sentir que aquella vieja desazón tocaba a su puerta.
“Simplemente no era suficiente para mí. Algo muy profundo dentro de mí se había encendido, y aquí estaba yo con todos los requisitos previos pero ninguna graduación. Anhelaba abrazar el judaísmo por completo. De modo que comencé a vestir una kipá, y todos pensaron que había enloquecido, especialmente mis amigos judíos. Ellos decían: `¿Qué pasa con el almendrado? No tienes que llevar este judaísmo tan lejos'”. Era casi como si ellos se sintieran amenazados por el deseo de él de descubrir áreas enteras de su propio patrimonio sobre las que ellos se habían sentido bastante cómodos sabiendo poco o nada. Bastante por casualidad Uri se enteró de una clase nocturna que se daba en el Beau Rivage Hotel de Miami Beach por un Rabino jasídico, Shalom Lipskar.
“Primer trató de disuadirme de ello”, dice Uri. Me dijo que simplemente siguiera observando las Siete Leyes Noájicas (el conjunto de leyes universales instauradas por el judaísmo como directivas para el crecimiento espiritual de no-judíos), pero al final obtuvo más que lo que esperaba, porque yo estaba exactamente allí, en la primera fila de cada clase. Gradualmente comencé a sentir una tremenda sensación pertenencia. Finalmente tenía aquello que había anhelado toda mi vida y que estaba a mi alcance. Una inmensa serenidad comenzó a bañarme como resultado de estas clases”.

Mientras el compromiso de Uri con el judaísmo crecía, sus cuestiones personales se desordenaron. “Esos fueron años muy difíciles para mí. Mi esposa y yo nos distanciamos y eventualmente tuvimos que separarnos. Creo que Di-s lo planeó de esa manera. El sabía que si iba a ponerme serio con esta cosa judía debía ser por mi propia cuenta”. Durante los siguientes años en sus esfuerzos por “ponerse serio con la cosa judía”, Uri llegó a ser un experto en Rabinos; si había uno que daba una clase, Uri lo sabía, y cuanto más aprendió, tanto más se percató de que quedaba mucho por estudiar. Lo persiguió con una pasión fervorosa.
“Durante más de cinco años fui arrojado como una pelota de ping-pong de aquí para allá entre los Rabinos. Ellos tenían toda una carpeta sobre Meneses, y comités y reuniones de conducción y debates. Se pasaban mi archivo de uno a otro, me miraban de arriba abajo, rascaban sus barbas, decían un par de palabras incomprensibles en hebreo y me enviaban de vuelta a casa. Así pasaron los años y yo todavía no había llegado a ser un judío completo”.

Finalmente, Uri logró convencerlos de su dedicación y compromiso, y en la Víspera de Iom Kipur de 1979 fue convertido. Pronto después, se reunió con su esposa, sólo para informarle que esto no era judaísmo amateur, sino profesional: observancia de alto tránsito. Hoy, ellos y sus tres hijas viven estrictamente según la ley judía. El único problema que tienen sus propios padres con ello, dice, es que su madre simplemente no puede comprender por qué se rehúsa a comer en su casa, cuando de muchacho solía gustar tanto de su cocina. “Ella simplemente no puede captar el concepto de Kashrut para nada”, explica Uri. “Pero el abuelo llegó de Cuba el otro día, y no me había visto desde que yo tenía nueve años. No creo que siquiera notó algo diferente en mí. Todo lo que sabía era que había esperado 30 años para ver a su nieto, y Di-s le había otorgado ese último deseo”.

En lo que concierne a Baila, cuando se le pregunta sobre lo irónico de la situación, el hecho que ella fuera al Forge, se conociera con un muchacho negro de La Habana, y acabara con un hogar más observante que lo que hubiera imaginado alguna vez, ella insiste serenamente: “Es apenas para demostrar que hay un Di-s en el cielo. No hay otra manera para que esto pudiera haber sucedido, sólo porque era parte de una agenda Divina”.

La travesía de Richard comenzó en la Harlem de la década del 50, donde nació en el seno de una familia católica. Su madre murió cuando sólo tenía cinco años, y él fue pronto despachado a Florida para vivir con una tía. En cuanto al camino que lo condujo al judaísmo, dice:
“Mirando atrás, existieron todos esos pequeños hitos en mi vida, dirigiéndome a lo largo de esta trayectoria. Cada vez que miré a mi alrededor, y algo positivo había sucedido, siempre había un judío en algún lugar de la trastienda”.

El primero de estos incidentes ocurrió cuando Richard jugaba sobre un tejado con algunos muchachos locales. Se golpeó accidentalmente con una botella, y cuando la sangre comenzó a brotar corrió gritando en busca de su tío. El médico más próximo era un hombre blanco que, al ver al muchacho, proclamó informalmente: “Nosotros no tratamos niggers aquí”. Richard fue llevado entonces al Hospital Monte Sinaí, donde fue tratado por un médico judío.
“Según yo sabía hasta ese día, no había manera de notar la diferencia entre un blanco y otro. Lo que sí aprendí era que el judío no me dejó morir desangrado”.

Cuando se aproximó a su adolescencia, comenzó a notar que a diferencia de otros blancos, los judíos no parecían albergar tanto odio hacia los negros. Eran discriminatorios, pero sin el rencor, y cuando comenzó a enfrentar la escalofriante realidad que representaba la vida para los Americanos-africanos en los años 60, se percató de que eran primariamente hombres judíos quienes estaban al frente del movimiento de Derechos Civiles que abogaba por cambios y un fin a la discriminación.
Cualquiera fueran los caminos que estos movimientos hacían en el norte, Florida no era para nada un lugar para que un muchacho negro marchara hacia la madurez. Le pareció un gran pantano estancado, un lugar donde hasta el aire no podría cambiar, donde no puede haber cambios. Y cuando finalmente en 1968 llegó el movimiento Panteras Negras a este “gran rústico pueblo con luces, fue jubiloso”, dice. Finalmente había alguna resistencia a 400 años de escuchar que no éramos humanos. Porque en algún punto de esos 400 años habíamos entregado nuestras vidas a la misma gente que llamamos racistas, y este movimiento se trataba de recuperar esas vidas. Es asombroso cómo llegó a ser de esa manera”, continúa Richard. “La mayoría de los propietarios de esclavos eran cristianos, y su fe predicaba que un hombre no puede poseer otro. La única manera de salvar este problema era relegar la raza negra a la condición animal. De esa manera nos podían poseer y seguir siendo temerosos de Di-s. Se precisó de algo tan radical como el movimiento Panteras Negras para traer esto a la luz. Desafortunadamente, lo que fue establecido como un purgante necesario demasiado pronto se transformó en saña gratuita”.

Pero en los primeros años, mientras todavía “peleaban la buena pelea”, Richard se sintió verdaderamente inspirado por primera vez en su vida, y partió hacia Oakland para unirse a las Panteras Negras. Su premisa básica gravitaba hacia las creencias comunistas, que Richard se esforzó por aceptar. Pero mientras parecía práctico sobre el papel, era difícil de traducir en una realidad viva. Y al fin, las Panteras Negras, desafortunadamente, siguieron el camino de muchas maravillosas organizaciones que comienzan con ideales puros. Después de un tiempo, la gente olvidó los principios sobre los que el movimiento se había fundado, sólo para reemplazarlos con desconfianza, codicia y envidia.

Desilusionado, la búsqueda de Richard tomó tintes espirituales. Hizo una prueba con la Nación del Islam pero lo aterrorizó la ciega furia que encontró. “Había un gran cantidad de hombres gritando en una sala, hablando de las interminables maldades perpetradas por el hombre blanco. En verdad, me asustaron”. Luego se volvió a los cultos y las filosofías orientales que encontró contraproducentes e inútiles. “Lo que hacen es invertir una gran cantidad de tiempo y energía en rechazar el mundo material que sólo sirve para elevar la misma cosa que ellos rechazan fuera de toda proporción”.

Habiendo tratado una multitud de canales, al fin se sintió simplemente frustrado al alcanzar un callejón sin salida, sin ninguna parte a la que volverse, ni siquiera a la religión en la que había nacido. El hecho es que había abandonado el cristianismo a los 13 años porque un sacerdote le había dicho que a fin de lograr la salvación era necesario ser bautizado. Incluso entonces esto no le pareció tener mucho sentido. ¿Y qué de toda la gente que jamás había visto el interior de una iglesia, las tribus del Amazonas que nada sabían del bautismo ritual? ¿Dónde irían sus almas? ¿No tenían también ellos derecho a la salvación? ¿Y por qué un Di-s amoroso y omnisapiente no haría que “la respuesta” a toda la existencia humana fuera accesible a cada hombre que caminaba por Su Tierra?

Sin opciones, y como recurso final, decidió investigar la fuente de todo, el judaísmo. “Ninguna luz cegadora, ninguna tierra que destroce realizaciones. Simplemente desde un punto de vista puramente intelectual, lo que más apeló a mí del judaísmo”, dice Richard, “es que tenía sentido. No me exigía creer que un tipo caminó por un lago, o que alimentó el Miami Arena con un pescado desabrido. Así que fui a la Federación y me matriculé en las clases. Simplemente así”.

El problema se suscitó apenas una semana después. El Rabí lo llevó a un costado y le dijo que comúnmente no estimulaban a gente negra a convertirse. “Quiero decir, no hay nada que pudiera hacer; no podría salir y cambiar el color de mi piel. El escogió la única cosa con la que yo no podría hacer nada. ¿Qué iba a decirle? `Oye, Rabí, no soy realmente tan oscuro, ¡es simplemente la luz de aquí!’ Así, Richard abandonó la clase, pero no el judaísmo. De hecho, se volvió más estudioso y celoso en su compromiso que antes.

Unos 13 años después llamó nuevamente a la Federación. “No es que trataba de superar en longevidad a este Rabí particular”, bromea, “pero el anhelo me era muy real, y en todos esos años no se había movido una pulgada”. Esta vez le recomendaron que visitara a un Rabí que ofrecía un ciclo de 18 clases semanales, que culminaba en una ceremonia de conversión. Fue después de que participara en este evento, y se había vuelto “judío”, que descubrió que había diferentes niveles de observancia, y que él estaba definitivamente en el extremo más liberal del totem. Siguió investigando y comenzó a agregar más y más costumbres a su repertorio de “mitzvot” en rápida expansión, a su propia velocidad e iniciativa, simplemente porque “parecía lo correcto”. Primero una mezuzá en la puerta de entrada, luego una kipá, más delante tefilín.

“Cuando el alumno está listo, aparece el maestro”, dice Richard, y poco después de la conversión se enteró de una clase que estaba siendo dada en Surfside por ningún otro que Rabí Shalom Lipskar. De su primera reunión con el Rabino, dice: “nunca antes había oído a alguien hablar de esa manera; los niveles y profundidades de la Torá puestos al descubierto en esa sala. Me quedé bien despierto toda la noche después de la clase, simplemente conectándome con cuán vivo me sentía por dentro. Era mejor que cualquier cosa que hubiera experimentado alguna vez en mi vida”.

Cierto tiempo después, Rabí Lipskar condujo un seminario, oportunidad en la que Richard pidió una conversión tradicional al judaísmo. La respuesta del Rabí fue que leyera el Shulján Aruj (el intrincado conjunto de leyes judías). “Esto no es lo que llamarías lectura fácil”, dice Richard. Después de recorrerlo diligentemente frase tras frase, finalmente se acercó a Lipskar pensando que su momento había llegado. El Rabí se volvió y le dijo que lo leyera de nuevo para que pudiera comprenderlo realmente. “Allí es donde estoy ahora”, dice Richard. “Voy a lidiar con este ángel sobre esto; si alguna vez llegara a ser un auténtico judío, es él quien tendrá que darme la bendición”.

¿Qué ha traído a estos hombres a este lugar? Cuando se le pregunta sobre sus alumnos, Rabí Lipskar dice: “La religión, el compromiso, la fe y la espiritualidad no tienen color, aunque en estos casos particulares yo tuve la precaución en cuanto a que la actitud de la sociedad hacia los negros es perjudicial de un comienzo, y asumir el judaísmo podría hasta empeorar las cosas”.
Uri sabe exactamente de qué está hablando. “Cuando voy a Nueva York”, dice, “los hermanos negros en las esquinas, sabes, me miran confundidos; dicen: `Hombre, ¿es tú un judío o qué? ¿No tenías suficientes problemas simplemente siendo negro?'”
“Pero en lugar de agregar al dilema, ser judío te eleva”, dice Richard. “Se lleva la carga de ser negro en este mundo y la allana para volverse algo muy hermoso y humano. Si tuviera la oportunidad de hablar a la gente de Harlem y las ciudades interiores desde mi posición de hoy, les diría que aunque no hay trabajo ni mucha esperanza en los ghettos, cada uno de nosotros tiene el derecho y poder de decidir qué será de nuestra vida. Si la gente pudiera simplemente seguir la Leyes Noájicas; no robar, no matar, no codiciar, sacar todas esas cosas de la ciudad interior, puede ser que no tengas una comunidad adinerada, pero tendrías una “comunidad”. Y esto se aplica en el Amazonas, en el ghetto y en el palacio”.

La conversación continúa sola, y Rabí Lipskar agrega que el color no juega absolutamente ningún papel. “El compromiso al judaísmo, que se manifiesta en individuos como un aspecto exclusivo del alma que ha sido elegida de una manera muy especial, trasciende todas las fronteras, incluyendo las de color y raza. Los niveles de responsabilidad y disciplina requeridos desde el momento en que nos levantamos hasta el momento en que descansamos, el extremo de normas éticas y morales que el judaísmo demanda, no se adoptan arbitrariamente. Es un proceso”.
“El judaísmo no es para todos”, coincide Uri, “No tengo ninguna duda en cuanto a eso. Esta no es una selección aleatoria, sino más bien un compromiso esotérico y, si es tu destino, te sujetará al grado de que pocas otras cosas tienen sentido”.

Hay una enseñanza en el Talmud que dice que todos los judíos, quienes han vivido o vivirán alguna vez, estuvieron presente en el momento de la Entrega de la Torá en el Monte Sinaí, si no en cuerpo, en espíritu, y que por más generaciones que lleve, esas almas volverán al camino del judaísmo. Esto quizás podría explicar por qué estos dos hombres, de procedencias totalmente distintas, cada uno de los cuales se sintió tan aislado cuando estaba en su propia comunidad, se sienten ahora tan conectados en la fe de su destino. Después de todo, ¡no hay accidentes, solo milagros!

(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).

 

Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top