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El Proposito de la Vida

Extraido de Luz Infinita

No tiene sentido comenzar de manera pequeña.

La gran pregunta debe ser formulada inmediatamente: ¿cuál es el propósito de la vida? Sin esa respuesta, no podemos dar el primer paso firme en el camino espiritual. Sin la respuesta, sólo tropezamos con la esperanza de estar en la dirección correcta.

Para vivir una existencia significativa, construir, aprender, educar, curar…, debemos comprender el objetivo de la existencia, el propósito de la vida. Caso contrario, ¿cómo podemos saber si lo que estamos haciendo contribuye al progreso o al retroceso del mundo? ¿Cómo sabemos si lo que estamos haciendo construye o destruye?

Imagina que vienes de alguna tierra primitiva, llegas a un país civilizado y te hospedas en la casa de un amigo. Cuando llega el momento de lavar la ropa, preguntas donde se encuentra el río más cercano y tu amigo te responde: “en este país no se lava la ropa en el río, sino en una gran máquina, que tiene una rueda adentro y una puerta metálica”. En el fondo de la casa encuentras una gran máquina, que tiene una rueda adentro y una puerta de metal, y tiras allí adentro toda tu ropa sucia. En el momento que intentas descubrir cómo colocar agua dentro de la máquina —porque al final de cuentas aún en aquel loco país civilizado se necesita de agua para lavar— ves una manguera. Tú sabes para qué sirve una manguera, por eso la conectas a una canilla y comienzas a llenar la máquina con agua, muy orgulloso de ti mismo por haber descubierto el funcionamiento de esa “cosa extraña”.

Entonces viene tu amigo corriendo, gritando, porque esa máquina, que tiene una rueda y una puerta metálica, no es una máquina de lavar, sino un un auto. Y tú estás destruyendo su tapizado.

¿No es un absurdo? Sin embargo, todos los días las personas operan la “máquina de la vida” sin saber si ella es un auto o un lavarropas. Si no sabemos la función de un objeto, no podemos saber si lo estamos utilizando correctamente. Del mismo modo, si no sabemos para qué sirve la vida, no podemos saber si lo que hacemos nos ayuda o nos perturba.

Por lo tanto, primero debemos responder a la pregunta “¿Cuál es el propósito de la vida?” Y ya que la Cabalá y la Torá son nuestras guías en este viaje espiritual, naturalmente es en ellas que buscaremos la respuesta.

Más aún, hay una cuestión importante a considerar: tanto la Cabalá como la Torá reconocen la existencia de Dios. Por eso, antes que nada, debemos abordar esa concepción y su significado. Muchas veces sorprendo a mis alumnos cuando les digo que a pesar de ser Rabino, no creo en “Dios”. No creo en Dios, pero llamo Dios a aquello en que creo.

Es muy difícil colocar en palabras mi creencia en la existencia de Dios, pero, a veces se puede captar esa creencia en una vivencia. Por la noche, cuando entro en el cuarto de mi bebé, por ejemplo, miro ese rostro repleto de dulzura y de paz, y me quedo observando su respiración, su pequeño pecho latiendo hacia arriba y hacia abajo… Observo los deditos que alcanzan y rascan la orejita… Tengo ganas de tomarlo en mis brazos y abrazarlo, y siento que el cuarto se inunda de una presencia cálida. Es más que una experiencia, es un encuentro. En ese momento, la expresión más natural y espontánea de lo que creo, de lo que sé, es: “¡Que regalo increíble! Gracias, Dios!”.

A pesar de eso, siento cierta decepción cuando digo la palabra “Dios”. Utilizar la palabra “Dios” para describir la presencia que acabé de sentir es totalmente inadecuado. La palabra “Dios” es tan pequeña y ha sido tan maltratada a lo largo de la historia, que parece no “caber” en aquella vivencia.

Lo mismo ocurre cuando camino por un bosque, y los rayos del sol naciente “se afinan” para pasar entre las ramas y las hojas de las copas de los árboles. Veo la luz iluminando las gotas brillantes de rocío, oigo los pájaros y siento la necesidad de corresponder a ese magnífico regalo de la naturaleza. Quiero proteger aquello que es tan frágil y tan precioso; me siento conmovido y digo: “¿Qué puedo hacer Dios?”

Pero nuevamente dudo. En este contexto, la palabra “Dios” hasta parece un tanto simplista. La presencia que acabé de sentir es mayor que aquella palabra, es mayor que cualquier palabra que conozco; y aún así, quiero expresarla de alguna forma, describirla de algún modo.

El famoso filósofo George Hegel dijo una vez que “la tarea de la filosofía es describir aquello que es”. Cuando trato sobre este asunto en mis seminarios en el instituto Isralight, a veces pido a los participantes que cierren los ojos. Después, entrego a cada persona un objeto desconocido y pido que lo describan. El objetivo de ese ejercicio es experimentar la diferencia entre “aquello que es”, en ese caso el objeto, y nuestra descripción de él. Cuando tomas un objeto sabes que ese objeto es, pero no sabes qué es. Todo lo que puedes hacer es describir lo que sientes en las manos de la mejor manera posible.

La búsqueda de la verdad es la tentativa de encontrar las mejores palabras para describir nuestra experiencia de aquello que “Es”. Cuando abrazo a mi hijo o cuando me siento abrazado por el sol, sé lo que sé por medio de aquellas experiencias, y las experiencias van más allá de las palabras. Por eso, digo que no creo en Dios, Dios es sólo una palabra. Creo en lo que “Es”. Creo en la Realidad que experimento.

Por eso, considero la noción de “Dios” brindada por la Torá mucho más satisfactoria. Generalmente, la palabra hebrea de la Torá referida a “Dios” es el Tetragrama impronunciable I-H-V-H, derivado de las palabras hebreas para “fue, es, será”. La Cabalá llama a la abreviatura I-H-V-H “Infinito-Creador”. El tetragrama I-H-V-H sugiere la Presencia infinita, la Realidad suprema, el Origen de toda la existencia.

Aún así, la mayoría de las personas piensa que Dios es un ser, como tú y yo, pero Todopoderoso y sin cuerpo, y que, como nosotros, existe en este mundo. Pero la Torá y la Cabalá nos enseñan que Dios no es un ser que existe en la realidad. Dios es la realidad. Nosotros existimos en la Realidad, nosotros existimos “dentro” de Dios. Para encontrar a Dios, tienes que preguntarte “¿Dónde estoy yo?” y no “¿Dónde está Dios?”. Dios no está en ningún lugar específico. Dios es el lugar y es todos los lugares. Nosotros vivimos en Dios.

DIOS TIRANO

Creo que los ateos tienen una ventaja para entender un concepto tan indefinible porque se acercan a la espiritualidad con la mente abierta. Para ellos, no hay nociones preconcebidas de Dios: un viejo tirano con la barba blanca y suelta, parecido a Zeus, sentado allí en la cima, en un gran trono, infligiendo dolor y sufrimiento a los simples mortales siempre que cometen alguna transgresión. Esta idea, cuando es arraigada desde la infancia, es casi imposible de eliminar.

Una de mis alumnas, a quien llamaré Susan, me contó una historia sobre su infancia, en la cual, enseguida, creó un concepto de Dios que la asustó toda su vida. “Debo haber hecho algo muy malo”, decía ella, “pero no logró recordar exactamente qué. Recuerdo más nítidamente a mi madre corriendo detrás de mí por la casa, gritando: “¡Dios te va a castigar! Dios te va a castigar!” Corrí hacia el baño y me encerré allí. Mi madre aún gritaba: “¡Dios te va a castigar!” Y desde adentro del baño grité: “No me va a castigar. Él no me va a agarrar dentro del baño”. Ella se puso aún más furiosa: “¡Estás equivocada. Dios está en todo lugar, incluso en el baño!”

En la actualidad, Susan se “balancea” entre la negación absoluta de la existencia de Dios (¿A quién le gustaría creer en un Dios que persigue a las personas, hasta en el baño?) y el intento, gobernado por la culpa, de calmar la furia de Él por medio del comportamiento ultra- religioso. Su imagen de Dios me hace recordar a un dibujo animado llamado Bambi encuentra a Godzilla.

Como reacción a este tipo de imagen, muchas personas se volcaron hacia el concepto New Age (Movimiento Nueva Era) de Dios: “La Fuerza”. El problema de este concepto es que sugiere algo parecido con lo que se ve en la película Guerra De Las Estrellas (o De Las Galaxias): Una energía cósmica fluctuando oscilante por el espacio y que no influye en nuestras vidas de ninguna manera más personal. “La Fuerza” es algo tan distante, tan más allá, tan por encima, que no se puede llegar acercarse a ella. Imagina que estás conversando con la Fuerza Poderosa que mueve el universo. Ante esa gran Fuerza te sientes nada. “¿A esa Fuerza le importa de mí? ¿Acaso el mecanismo que proporciona energía a las cámaras de combustión nuclear de las estrellas puede llenar de ternura y amor el cuarto de mi bebe?” No es posible tener un encuentro con una fuerza en el espacio. No se puede llegar lo suficientemente cerca de ella para que exista una relación.

Por otro lado, la relación entre I-H-V-H y la humanidad es descripta, en la Torá y en la Cabalá, como cercana, personal e intensa, una experiencia profunda y mística que no puede ser captada, sino solamente descripta.

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