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El préstamo

En los días del famoso sabio Rabí Abraham Antebi, vivió en la ciudad de Alepo-Siria, un opulento comerciante. Este acaudalado personaje daba dádivas a los pobres y les prestaba dinero en los momentos de aprietos.
Un día se le presentó un pobre y le pidió un préstamo. Se apresuró el rico a entregarle el dinero y se fijó el tiempo del pago, tres meses más tarde.
Firmó el pobre el documento del préstamo y agradeció al hombre por su
bondad.
Los tres meses pasaron fugazmente, el comerciante esperó que el pobre viniera a pagar la deuda, pero el pobre no apareció.
El pobre tenía una numerosa familia para alimentar, su mujer y diez niños, y todos los esfuerzos hechos para obtener el dinero con el cual pagar la deuda no tuvieron éxito.
Se dirigió el comerciante al tribunal rabínico de la ciudad y denunció al pobre por el incumplimiento del pago del préstamo.
El pobre se allegó al tribunal y toda su respuesta fue: “lo siento mucho, pero no tengo un centavo para pagar la deuda”.
Luego que los jueces debatieron el caso, fallaron: el pobre debe pagar su deuda, según lo testimonia el documento o conseguir que el acreedor acepte prorrogar el plazo del pago.
Salió el pobre angustiado del tribunal, con dificultad podía conseguir el dinero para las necesidades más elementales de su mujer y sus hijos ¿de dónde conseguiría el dinero para el pago del préstamo? Su propuesta de
prorrogar el pago, fue rechazada por el comerciante.

En el camino, se encontró con Rabí Abraham Antebi, le contó todo el asunto y le pidió su consejo y bendición.
El Rab lo bendijo y lo tranquilizó diciendo que él se iba a ocupar del asunto. Al despedirse le pidió que vuelva a verlo al día siguiente.
Al día siguiente, después de la oración de la mañana, se dirigió el Rabino con su hijo Rabí Isjak, a visitar la casa del comerciante acreedor.
Golpeó el Rabino la puerta y al abrirle la criada judía, se sorprendió de verlo, que visitaba a una hora tan temprana y en forma imprevista.
La criada informó al dueño de la casa acerca de la importante visita y también él se asombró ante la repentina aparición del gran Rabino.
Salió el hombre a darle la bienvenida al Rabino y extendieron delante suyo una mesa llena de manjares.

El Rabino se sentó y se mantuvo en silencio sin probar nada de los manjares que le ofrecieron.
“La visita del Rabino, en mi casa vale más que mil monedas de oro”, proclamó el millonario sumisamente. “Cuando yo veo el semblante del Rabino me siento como si viera un ángel, continuó”.
“¡No exageres!”, enfrió Rabí Abraham el entusiasmo del hombre, “conozco muy bien las exageraciones de los comerciantes”.
“Di-s me libre de semejante cosa”, exclamó el comerciante un poco humillado por las palabras del Rabino. “Es la pura verdad que me sentí sumamente honrado con la visita suya”.
“Si estas palabras son verdaderas, ¿vale mi visita por lo menos trescientos grush?”.
Avergonzado el hombre por la comparación contestó: “ya dije anteriormente que la visita vale más que mil monedas de oro”.
“Entonces”, replicó el Rabino, “tráeme los documentos del pobre que no tiene dinero para pagar”.

El hombre se levantó como una flecha y le trajo al rabino el documento de la deuda.
“Tú sabes la dura situación que atraviesa tu deudor, yo te pido que le perdones la deuda”, dijo el Rab. Complacientemente, el comerciante aceptó renunciar al pago de la deuda.
Culminó el Rabino su visita con palabras de Torá y sabiduría y bendijo a toda la familia. Cuando el mismo día, vino a verlo el pobre con gran preocupación en su rostro, le mostró Rabí Abraham el documento rasgado, le informó que el acreedor había perdonado su deuda, y le aconsejó como conducirse con sus entradas y sus gastos, bendiciéndolo.

El hombre cumplió los consejos del rabino y de ese día en adelante fue coronado por el éxito y Di-s lo ayudó a mantener decorosamente a su familia.

Jojmá Vemusar

Extraído del libro “Imré Shéfer”

(Gentileza Revista semanal Or Torah, Suscribirse en: ortorah@ciudad.com.ar )

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