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El perfil de un anciano jasid

El Cielo es el límite

El Rebe Anterior de Lubavitch (Rabí Iosef Itzjak de Lubavitch) dijo cierta vez: “La verdadera esencia de Di s se refleja en la simplicidad de una persona sencilla”. La historia de Reb Berke es la de un jasid que parecía ser muy simple, pero que se apartaba de su camino para hacer la más pequeña mitzvá de la misma manera como la más grande.

Berke fue un jasid con cada órgano de su cuerpo, cada segundo del día, las 24 horas, todo el año. Su sinceridad y dedicación se expresó en cada acción y aspecto de su vida.
De pequeño visitó al Rebe Anterior en iejidut -audiencia privada- con su abuelo, el famoso Rabí Meír Simjá Jein de Nevel. El Rebe habló con su abuelo mientras Berke estaba parado detrás de él. Repentinamente, el Rebe giró a un lado y dijo a Berke: “Tienes que estudiar, porque debes estudiar”.
“Esto”, contó Reb Berke después, “me resultó muy difícil. Por naturaleza yo me sentía atraído a los negocios y al dinero. Pero las palabras del Rebe causaron una revolución dentro de mí”.
Con el tiempo, cambió radicalmente. Peleó y trabajó sobre sí mismo para aplicar todas sus energías a la Torá y las mitzvot. Cuando enfermó de tuberculosis, los médicos perdieron las esperanzas por él, pero Di-s contestó sus plegarias. Después de recuperarse, se volvió una persona diferente. “Berke” se convirtió en “Reb Berke”.
Reb Berke fue básicamente una persona simple. No oraba con las más profundas meditaciones cabalísticas, pero su rezo era algo especial.
Sus plegarias se iniciaban en verdad mucho antes de que comenzara a orar. Al romper el amanecer, uno podía reconocer la encorvada figura de Reb Berke, bastón en mano y bolsa sobre el hombro, caminando hacia la mikvé el baño ritual . “Hay que volverse puro antes de rezar”, solía decir. Su inmersión en la mikvé era toda una avodá esforzado servicio espiritual especial por sí misma. No se trataba simplemente de una inmersión, dos o tres, sino muchas, muchísimas más.
A continuación se sumaba a una lección de estudio de jasidut a las 5 de la mañana, antes de que se iniciara el primer minián servicio sinagogal . Luego regresaba a su hogar por un rato, y volvía al Beit HaMidrash para las oraciones.

Alguien le preguntó una vez acerca de esta extraña costumbre. “¿Por qué vas ida y vuelta de la sinagoga a tu casa después de la clase? Si debes comer algo antes de rezar porque estás débil, ¿por qué no llevarlo contigo en una bolsa, o hacer que alguien te lo trajera a ti?”
El explicó. “Cierta vez vi escrito que uno debe ponerse los tefilín en la mañana también en la casa. Pero cuando salgo de casa es demasiado temprano como para ponérmelos, de modo que voy a casa para hacerlo y recitar el Shemá, y luego regreso a la sinagoga”. Para él esto era natural; si estaba escrito, él debía hacerlo.

De regreso a la sinagoga, solía sentarse y estudiar Tania, el Capítulo 32. Había oído decir que uno no puede declarar: “Resuelvo cumplir la mitzvá de `Amarás a tu prójimo como a ti mismo´, sin estudiar primero el capítulo del Tania que enseña Ahavat Israel el amor a otro judío “. Pero eso no era todo. Cuando estaba por ponerse su talit y tefilín, primero se sentaba otra vez a estudiar Tania, los Capítulos 41 y 42, porque el famoso mashpía mentor jasídico Reb Nisan [Neminoff], se lo había indicado. Estos capítulos se volvieron parte de su rutina y sin ellos no podía comenzar a recitar las palabras iniciales de la plegaria, “Hodu…”.
Oraba como uno que cuenta perlas. Cada palabra era muy claramente pronunciada y cuidadosamente articulada.
Cierto tiempo después, cuando personalmente oyó en iejidut que “uno no debe tomar a ligera la plegaria con un minián“, hizo todo el esfuerzo posible para orar con un minián. Durante mucho tiempo solía rezar junto a los estudiantes en la Ieshivá. Pero luego, cuando caminar comenzó a resultarle difícil, se vio obligado a hacerlo en la sinagoga. Pero incluso allí urgió a los participantes a aminorar la velocidad y no apurarse.

Hablando del rezo: El Rebe contó el 14 de Shvat de 1950 que “a fin de ponerse los cuatro pares de tefilín (conocidos como “Tefilín de Rashi”, “…de Rabeinu Tam”, “…del Raavad” y “Shimushá Rabá”), hay que ser excepcionalmente puro. El Rebe dijo entonces sobre sí mismo que temía vestir cuatro pares de tefilín hasta que el Rebe Anterior explícitamente le instruyó a hacerlo. Es sabido que el Rebe instruyó a Reb Berke que se pusiera los cuatro pares de tefilín todos los días.
Pero no se trataba sólo de cuatro pares de tefilín que él se ponía a diario. También tenía varios tipos diferentes de “Tefilín de Rashi”: gasot y dakot, en los estilos del AríZal y del Alter Rebe, de este sofer -escriba- y de aquel otro sofer. Se los puso cada día diciendo el Shemá con cada par. Su shajarit -plegaria matutina- duraba hasta muy pasado el mediodía o hasta el atardecer.
Muchos todavía recuerdan cuando solían regresar con Reb Berke a Israel de su visita al Rebe. Al romper el alba comenzaba poniéndose sus tefilín y orar, y terminaba al tiempo que el avión aterrizaba en Lod con la caída del sol.

Durante la Segunda Guerra Mundial huyó a Siberia para escapar de los nazis. Sólo una persona que trabajaba podía recibir una ración de alimentos. Pero ellos no pagaban en efectivo, sino en calorías. Al final del mes los obreros recibían trigo, harina, patatas, etc. según los días trabajados. Cualquiera que encontrara trabajo podía considerarse afortunado, porque no era nada fácil.

Una mañana, su patrón vino a la casa donde vivía Reb Berke con varios otros judíos. Quería darle un trabajo determinado que no requería dura labor física. Justo entonces, Reb Berke vestía su talit y tefilín y estaba en medio de la plegaria casi inicial de Baruj SheAmar. Sus compañeros trataron de decirle que el director mismo había venido para ofrecerle un trabajo fácil, bien remunerado. Pero él sencillamente continuó rezando sin interrumpir su plegaria.
Cuando terminó Aleinu la plegaria final , preguntó por qué quisieron interrumpirlo antes. El patrón permaneció mientras tanto sentado pacientemente, escuchó su rezo, y luego le ofreció el trabajo y se fue. Todos los residentes de la casa estaban como “sobre alfileres”, la tensión era palpable. ¿Quién sabe qué podía suceder ahora? Pero Berke no comprendía el problema. Después de todo, no estaba perdiendo el tiempo hasta ese momento, sólo estaba orando…
Rezaba casi hasta el anochecer, frecuentemente sentado todo el día con el talit y los tefilín puestos. Si tenía que refrescarse con algún alimento, se quitaba los tefilín, los ponía sobre la mesa, los cubría con su talit, se lavaba ritualmente las manos, y comía un trozo de pan seco con agua. Para Bircat HaMazón se ponía nuevamente el talit y los tefilín.

Cierto caluroso día del ayuno de Tishá BeAv a la tarde, mientras todos descansaban bajo la sombra, Reb Berke estaba ocupado: se puso un de par de tefilín, recitó el Shemá, se los sacó, se puso otro par, y así sucesivamente, mientras en el proceso estudiaba sus lecciones. La gente le preguntaba: “Reb Ber, todavía hay mucho tiempo hasta minjá, ya terminaste kinot -las Elegías de Tishá BeAv– , tómate un pequeño descanso”.
El sonreía y decía: “¿Descanso? ¿Descanso? ¡Oy, ya tendremos abundante tiempo de descanso sin interrupción después de los 120 años! No podemos descansar. La persona nació para esforzarse”.
Su sacrificio por una mitzvá no conoció límites. Incluso grandes jasidím se asombraban ante la dedicación de Reb Berke. Ciertamente no podemos enumerar todo, pero mencionaremos aquí algunos de sus actos.
La mayor parte de su vida la pasó ocultándose. Estaba en la lista de los individuos “más buscados” por la KGB. La gente que fue interrogada por la policía siempre contaba que entre las preguntas formuladas estaba el paradero de Berke Jein.
Con todo, nunca cambió detalle alguno de su rutina. Antes del amanecer iba a la mikvé, que también serviría como un escondrijo temporario. Cerca de su casa había una mikvé que era calentada sólo dos veces por semana. La persona a cargo de ésta se rehusó a dar a Reb Berke la llave en aquellos días en que no era calentada porque hacía un frío gélido y temía que Berke enfermara. Reb Berke no discutió. En los días en que no podía conseguir la llave de la mikvé, se sumergía en el río al otro lado del pueblo…

Pero para llegar al río tenía que pasar delante de una gran fábrica custodiada por guardias armados día y noche. Era cuestión de vida o muerte pasar delante de ella antes del amanecer varias veces por semana. Caminar por las calles sin una tarjeta de identidad era peligroso, y estos guardias armados seguramente notarían a una persona paseando. Si le pidieran que se identificara, sin duda estaría condenado, y podía comprometer a la familia que lo ocultaba. Sin embargo, todos los días, al romper el alba, Reb Berke caminaba hacia el río, se sumergía, y regresaba a su escondrijo. A él, hacerlo le parecía una cosa normal y no lo consideraba un acto de mesirut nefesh -sacrificio-.
Después de un tiempo, cuando la policía preguntó a los vecinos si había algún “invitado sin invitación” en la casa, Reb Berke se vio forzado a salir y mudarse a la casa de la persona a cargo de la mikvé.
Una mañana, el propietario y su esposa dejaron la casa temprano y lo encerraron adentro. Ese día se sintió libre y relajado: finalmente nadie lo seguía u observaba, de modo que rezó con un éxtasis excepcional. Cuando el propietario regresó a la tarde, oyó la dulce voz de Reb Berke hablando con su Creador. Se sintió tan impresionado que no podía moverse de su lugar. Ese mismo día hizo otro conjunto de llaves de la mikvé y se las dio. “Jamás oí una plegaria tan hermosa. Si semejante judío pide algo, no puedo rehusarme”.

Cierto día no había agua en la mikvé. Reb Berke no lo dudó ni un instante y descendió al bor pozo donde se recoge el agua de lluvia. Esto era pernicioso incluso para una persona saludable, y ciertamente peor para uno que no se había curado plenamente de la tuberculosis. Cuando la persona a cargo de la mikvé se enteró, lo enfrentó: “Eso era peligroso para tu salud, ¡cuestión de vida o muerte!” Reb Berke le contestó: “¡¿Qué?! ¿Pretendes que vaya a la mikvé y quede seco?”
Una vez una mujer vino y pidió usar la mikvé. La esposa del encargado de ya había terminado su trabajo y acababa de venir de allí. Se rehusaba a volver y dijo: “Regresa mañana”. Reb Berke oyó la discusión, llamó al esposo, y airadamente lo reprendió: “¿Qué? ¿Quién puede jugar con almas? ¿Qué está pasando aquí?” El propietario, a pesar de ser de un hombre de carácter fuerte, se suavizó, cambió su parecer, y permitió a su esposa volver con la mujer.
El respeto del propietario por Reb Berke aumentó. ¿Se perdería Reb Berke una mitzvá tan grande como la de sentarse en la Sucá? Frecuentemente dijo: “¿Cómo es posible salir de la Sucá siquiera por un minuto cuando uno está cumpliendo una mitzvá cada segundo?” Dado que mucha gente visitaba la Sucá y era imposible ocultarse de todos, el propietario construyó una estrecha habitación oculta dentro de ésta de modo que Reb Berke pudiera sentarse, estudiar y orar durante toda la festividad.

Pero en Sucot también hacemos la bendición sobre el lulav y el etrog. Reb Berke prefería recitar la bendición sobre un etrog de Calabria, pero semejante etrog estaba disponible sólo en el otro extremo de la ciudad. ¿Qué podía hacerse? Simple. Te levantas 2 horas antes del amanecer, caminas varios kilómetros hasta el lugar del etrog, haces una bendición sobre éste tan pronto como sale el sol, y luego regresas a casa.
No solamente hizo Reb Berke sacrificios por su propia mitzvá, sino también por otra persona, aun cuando no se lo había pedido. Cierta vez, cuando se ocultaba en el hogar de un amigo en un suburbio de Moscú, un visitante vino y pidió pasar la noche allí. Era un judío observante pero no demasiado puntilloso. Mientras hablaban, Reb Berke notó que el invitado tenía un cortaplumas que usaba para cortar pan y verdura cuando viajaba. Durante su conversación, Reb Berke cayó en la cuenta de que el cortaplumas no había sido sumergido en la mikvé como lo requería la ley de los utensilios alimentarios nuevos.
Reb Berke pidió `prestado´ el cortaplumas hasta la próxima mañana. Cuando el invitado se fue a dormir, se puso a buscar por toda la casa algún hilo. En medio de la noche, cuando todos dormían, salió y caminó hasta una fuente, ató el cortaplumas a la cuerda y lo bajó, lo sumergió, y volvió a casa henchido de alegría. Un miembro de la familia que lo vio, le increpó: “¡Si un policía te hubiera detenido y pedido tu identificación, podrías haberte hecho daño!” Reb Berke dijo: “¿Piensas que dar a un judío un cuchillo kasher para usar no vale nada?”

Una vez, durante la semana entre Rosh HaShaná y Iom Kipur, se encontró con un judío que no realizaba la ceremonia de kaparot. Reb Berke finalmente logró persuadirlo, pero cuando fue a comprar un pollo, todos habían sido vendidos. Tras mucho esfuerzo encontraron un pollo en una aldea cercana, pero el color del pollo era negro como la brea. El hombre se rehusó, afirmando: “Todos lo hacen con pollos blancos. Temo que el negro sea un mal augurio”. Reb Berke trató de desacreditar su argumento, pero cuando vio que no ayudaría, tomó su propio pollo blanco y lo canjeó por el negro de la persona.

Durante aquellos días trataba de lavarse ritualmente las manos y comer pan para la tercer comida de Shabat. Todavía no se había instalado una red de distribución de agua en su área, ésta era frecuentemente racionada, y muchas veces no tenían agua en Shabat. La demás gente lo solucionaría comiendo frutas para evitar el lavado ritual, pero no Reb Berke. El salía a la calle y esperaba hasta poder hallar un gentil que aceptara traer una jarra de agua de su hogar para que él pudiera lavarse ritualmente para la comida.

Cuando regresó de Siberia, tenía que encontrar un trabajo. A fin de no violar el Shabat y poder trabajar por cuenta propia aprendió fotografía. Compró una cámara, y se estacionó cerca del edificio municipal para fotografiar a la gente que las precisaba para sus formularios de tarjetas de identidad.
Claro que él no era el único fotógrafo por allí. Todos sus competidores venían muy temprano a la mañana para hacerse de un buen lugar, pero Reb Berke rezaba hasta las 2 o 3 de la tarde y recién entonces salía a trabajar. Sorprendentemente, tan pronto como preparaba su cámara, toda una cola de solicitantes lo esperaba. Aunque sus competidores eran más profesionales, la gente prefería ser fotografiada sólo por Reb Berke.

Durante el tiempo en que estuvo ocultándose en Samarkand, cayó enfermo. Su familia no podía llevarlo al hospital sin los papeles de identificación, y él no tenía permitido aparecer usando su verdadero nombre, por lo que trajeron un médico a su casa (lo que implicaba un riesgo y pago considerable). Su enfermedad empeoró y el médico sintió que no podría brindar una atención adecuada en el hogar. Pero Berke se rehusó tajantemente a ir al hospital, porque no podría rezar o vestir los tefilín allí, o conseguir alimentos kasher. Temía que lo forzaran a cortarse la barba, de modo que el médico arregló que una enfermera viniera a su casa para administrar las inyecciones y brindarle el tratamiento apropiado. Entretanto, él trató de obtener un pasaporte fabricado, usando el nombre de una persona que había muerto recientemente. Había una mujer que ayudaba a obtener documentos, y por una tasa falsificaría documentos con todos los sellos apropiados. Le dieron la fotografía de Berke y le pagaron lo que pidió, dejando la dirección a la que los documentos deberían ser entregados una vez listos.
Desafortunadamente, la policía allanó el apartamento de esta mujer y confiscaron todos sus documentos. Reb Berke tenía que mudarse inmediatamente a un nuevo escondite ya que su anterior dirección se volvió demasiado insegura. Tenía que inventar nuevas excusas para el médico y la enfermera en cuanto al por qué de la mudanza, y también tuvo que darles dinero adicional para que guardaran silencio al respecto. Reb Berke, sin embargo, estaba satisfecho de que no tendría que ir al hospital. Su salud física no lo molestó tanto como el trance espiritual de estar en un hospital.

Un Janucá, Reb Berke contó una increíble historia acerca de cómo encendió las velas en una prisión soviética. Cuando habló de ello, su rostro se llenó de emoción mientras volvía a vivir su experiencia.
“Fue una vez cuando fui arrestado por la policía secreta soviética”, Reb Berke comenzó su historia. “Estaba en la prisión junto a criminales, asesinos y ladrones. Ellos tenían un líder, un dictador, sólo su cara bastaba para asustarte. Fue entre estos criminales con quienes yo estaba encarcelado, pero por alguna razón encontré favor a sus ojos y no me hicieron daño.
“Llegó la víspera de Janucá y yo me sentí deprimido. Cada hogar judío tendrá velas de Janucá; entonarán las canciones, comerán latkes y serán felices. Pero mi casa estará oscura: sin velas, sin latkes, sin alegría, y sin un jasídishe farbrenguen -encuentro jasídico- . Tendré que pasar Janucá con estos criminales…”.
“Estaba muy triste. Un preso lo notó y me preguntó: `Rabín (Rabino), por qué estás tan deprimido? ¿Cómo podemos ayudarte?´ Traté de dar una excusa, pero él no era alguien de quien uno podía librarse fácilmente. Pronto volvió con el líder de la pandilla. `¿Qué pasa contigo?´, preguntó con tono firme. `Aquí no hay secretos, todos somos amigos´”.
“`Oj un vei a tal amistad´, pensé para mí. No tenía alternativa fuera de contarle que Janucá comenzaba esa noche, y aquí yo no tenía fiesta”.
“`¿Qué podemos hacer por ti? ¿Qué necesitas para observar la festividad?´, preguntó el líder. Yo contesté: `Tengo que encender unas velas, pero aun si las tuviera, está prohibido encender fuego en la prisión´”.
“`Deja que yo me preocupe por los reglamentos de la prisión´, me interrumpió”.
“`No te aflijas, nosotros te conseguiremos velas´. Se fue, y yo me quedé perplejo tratando de imaginar si bromeaba o hablaba en serio”.
“Pronto volvió y dijo: `Todo estará en orden, Rabí. Hablé con mis colegas y cada uno se comprometió a apartar un trozo de margarina de nuestra ración de alimentos. Haremos mechas con los forros interiores de nuestros abrigos. Pondremos la margarina en mitades de cebolla y tú tendrás hermosas velas…´”.
“Yo estaba perplejo una vez más. `Pero, ¿qué haremos con el fuego?´, murmuré. `A la noche verás´, dijo orgullosamente. Yo seguía sin captar la idea. Pensé que soñaba”.
“A la noche el líder me trajo la margarina que había recolectado de los demás presos y las mechas de sus abrigos. Puse la margarina en las cebollas, coloqué la mecha en la margarina y esperé el fuego. Cuando todo estuvo listo, el líder dijo a sus amigos que me rodearan como una pared a fin de ocultar el fuego. Entonces tomó un pedazo de paño, lo puso sobre el piso y comenzó a refregarlo con su bota. No vi exactamente cómo lo hizo, pero repentinamente del paño salió humo y un minuto después… ¡había fuego!”
“Recité la bendición de Lehadlik Ner Janucá y Sheasá Nisím muy emocionado. Cuando recité la bendición de Shehejeianu, lágrimas rodaron de mis ojos. Encendí la vela y mi corazón se llenó de regocijo. No puedo describirlo”.
“Todo el tiempo que la vela ardió, los presos se quedaron parados a mi alrededor y la ocultaron con sus abrigos. Así hicieron cada noche de Janucá. Por suerte, los guardias no lo notaron. Así es como celebré Janucá en la prisión, con la ayuda de mis vecinos gentiles”.

Por M. Elkanah

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