Festejando
Ayuno 10 Tebet
Introducción
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El origen de la destrucción

(selección extraída del libro «Fechas y conmemoraciones» por Shelomo Sued, © Shelomo Sued)

Este ayuno es llamado en el léxico de nuestros sabios «El ayuno décimo». El origen de este nombre proviene del versículo en Zacarías (8-19) que cita: «Así dijo el D-os de los ejércitos; el ayuno del mes cuarto (17 de Tamuz), el ayuno del mes quinto (9 de Ab), el ayuno del mes séptimo (ayuno de Guedaliá), y el ayuno del mes décimo (10 de Tebet), se convertirán para la casa de Yehudá (pueblo de Israel) en días de gozo y de regocijo…».

¿Cuál es la razón de este ayuno?, ¿qué ocurrió en este día?.

Relata la historia: Cuando el pueblo de Israel entró a la tierra prometida con Yehoshúa, vivió en paz y tranquilidad durante 850 años. D-os había cumplido su promesa que le había expresado a nuestro patriarca Abrahám, de entregar a sus descendientes una tierra soberana y rica, de la cual fluye leche y miel. Empero, esta promesa estaba condicionada a que el pueblo cumpliera con Su voluntad y se apegara al estricto cumplimiento de los preceptos de la Torá. Claramente, se lo había advertido D-os a Israel antes de que entrara a la tierra :

«Vosotros, pues, guardarais mis leyes y mis decretos, y no habéis de hacer ninguna de estas abominaciones, ni el nativo ni el extranjero que mora entre vosotros».

«No sea que la tierra os vomite cuando la hubieses contaminado, como vomitó a la nación que la ocupaba antes de vosotros» (Vayikrá 18-26/28).

Ciertamente, el pueblo comenzó obedeciendo los mandatos Divinos, sin embargo, pasando el tiempo se desvió del camino correcto, abandonó a D-os y sirvió a los ídolos. D-os con su gran misericordia toleraba pacientemente la rebeldía, a la vez que le mandaba a los profetas para que le reprochara la insolencia. Israel hacía caso omiso de las advertencias y abusaba de la indulgencia Divina. Cuando la misericordia Divina se había ya agotado y la situación se volvió insostenible, D-os decidió castigar a su pueblo. Envió a Nabucodonosor para que rodeara la ciudad de Jerusalém y la sitiara.

«Aconteció, pues, que en el año noveno del reinado de Tzidkiyahu en el mes décimo, vino Nabucodonosor, el rey de Babel, él y todo su ejército contra Jerusalém y acamparon frente a ella y edificaron torres alrededor de la misma para conquistarla».

«De modo que la ciudad fue sitiada hasta el año undécimo del reinado de Tzidkiyahu». (Reyes 11 25-1/2).

En recuerdo de aquel infortunio, nuestros sabios decretaron este ayuno para el resto de las generaciones. El asombro que resalta de esta crónica es el siguiente: Si bien fue cierto que el diez de Tebet fue una fecha desdichada para Israel, puesto que sitiaron la ciudad, mas en realidad la desgracia todavía no le llegaba. Aún pasaron largos años hasta que consiguió entrar Nabucodonosor a Jerusalém y lograra destruir el Templo. ¿Por qué entonces se anticipó el ayuno a la desgracia?.

La respuesta a esta interrogante, nos dejará un legado fundamental en el terreno de la psicología y la ética. Toda catástrofe, toda desgracia, tiene un principio que fue la causa de su desarrollo. Aún los desastres naturales más significativos que se desatan sorpresivamente, tienen forzosamente su origen de falla. De haberse reparado oportunamente esa falla, tal vez, la desgracia jamas habría llegado. Tomemos a manera de ejemplo un tren que viaja a gran velocidad sobre las vías que lo llevan a su destino. De pronto, se desvia solo unos milímetros y toma otras vías cortadas que terminan su trayecto a mitad de camino, en medio de la gran ciudad. El tren que corre velozmente sin cesar, finalmente se estrella y causa un gran desastre.

¿Desde qué momento el tren se consideró malogrado?.
Indudablemente, desde que se descarrió. La catástrofe final fue solo el resultado de aquel pequeño desvío. Tenemos pues, que la evaluación de los acontecimientos se estima desde su comienzo, precisamente cuando la falla parece muy insignificante. Esta regla no solo tiene validez en lo que respecta a asuntos materiales y naturales, sino también, y especialmente, a los espirituales y emocionales.
Cuando el hombre de pronto se da cuenta que perdió el nivel espiritual en que se hallaba; cuando se ve hundido en un mar de vanidades, alejado y desganado de todo aliento sagrado, deberá buscar minuciosamente donde estuvo la falla original. Cual fue la causa, o quién fue el incitador que lo orilló a desviarse del camino que le trazaron sus ancestros. Una vez hallado deberá esforzarse en enmendar ese mal para que, paulatinamente, regrese al nivel original en que se encontraba. De nada le serviría al hombre reparar los actos exteriores que su cuerpo realiza, mientras sus inclinaciones internas lo sigan incitando a la insubordinación, pues, en esta situación, jamás lograría estabilizar su estado anímico. Solo solucionando las fallas de origen, podría (el hombre) liberarse de las pasiones y deseos que lo presionan y desestabilizan.

Este pues, fue precisamente el concepto que utilizaron nuestros santos sabios cuando decretaron ayunar en este día. Ciertamente el diez de Tebet no fue la fecha de la destrucción, pero si el día en que se le autorizó del cielo al enemigo para que dañara al pueblo de Israel, y en este caso, el principio de la caída (el sitio) fue el momento de la desgracia, el resto (la destrucción del Templo) solo la consecuencia. Nuestros sabios hallaron la falla de origen e inmediatamente fijaron el ayuno, con el objetivo de despertar los corazones de Israel al arrepentimiento y a la toma de conciencia.

Este fundamento psicológico tiene también su lado positivo. La llave maestra que le abre al hombre el camino hacia la cima del éxito espiritual; la que lo hace ascender, paulatina pero firmemente, en las gradas de la Torá, es precisamente «El comienzo». Solo deberá tomar la decisión férrea de querer iniciarse en el camino de D-os, y el resto le será ya mucho más fácil.

A continuación, una referencia de nuestros sabios que confirma lo aseverado. El Talmud en el tratado de Kidushín (49-2) sentencia: «Quien reflexiona sobre la Teshubá (arrepentimiento), (aunque de hecho todavía no se arrepintió, solo reflexionó), se le cataloga ya como un gran justo».

¿Cómo explicar esta asombrosa aseveración?. ¿Acaso la sola reflexión que gira en la esfera del pensamiento y el sentimiento, tiene el poder de considerar su Teshubá como una acción consumada?.
Además, ¿dónde están los preceptos que debería realizar para que se lo coronara con el título de «Gran justo». Aqui pues, se encierra el fundamento citado. El inicio, el origen, es la base de toda acción.

El solo hecho de que este pecador haya reflexionado seriamente y haya aceptado en la profundidad de su corazón regresar contrito a D-os, lo convierte en «Iniciador», y ello por consiguiente, lo saca de los confines del instinto del mal y lo introduce en los del instinto del bien. En ese momento ya se hace acreedor al título de «Gran justo». El resto de los preceptos que en el futuro realizará, serán solo las consecuencias de esta sabia decisión.
Este día -el ayuno del diez de Tebet-, debe damos el impulso para tomar la decisión de querer iniciarnos en el camino ascendente; en el camino que nos guiará rectamente hacia la redención final.

Shelomo Sued

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