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El obsequio de la aceptación de los límites

Extraido de Todo es un obsequio 2

Una de las pasiones más impulsivas de la humanidad es la pasión de enmendar, modificar y cambiar a la gente que nos rodea. Nuestro
deseo Divino de mejorar el mundo se hace a menudo manifiesto con la molestia y hostilidad por las imperfecciones ajenas.

Lo ideal sería notar estas imperfecciones con un «oh» neutral, como el dermatólogo que observa una enfermedad en la piel sin condenar
al paciente, y luego decide si la medicación ayudaría o si lo mejor sería no hacer nada. Tendemos en cambio a ponernos hostiles y ansiosos si la persona no es solidaria, organizada, ambiciosa, honesta, inteligente o capaz como nos gustaría. Nos gustaría ser sastres: «Ah, si tan sólo pudiera yo hacer algunas alteraciones… Haría un recorte aquí, un pliegue allá y tendría la pareja perfecta (o padre, hijo, amigo, maestro, etc.). Entonces obtendría la cercanía que busco. Entonces sería feliz. Entonces nunca me sentiría sola o no amada. Entonces la vida sería perfecta».
Este deseo se basa en la creencia errónea de que es posible encontrar la «pareja perfecta», y que sólo cuando encuentras a esa persona puedes ser realmente feliz. La verdad es que, aun en la mejor de las relaciones, es inevitable que la gente a veces te decepcione. No hay algo así como el entendimiento perfecto en todo momento.

Ciertamente, hay un júbilo único en el hecho de encontrar alguien que hable tu mismo «idioma espiritual». No obstante, tratar de forzar la cercanía es deshumanizante. Cuando tratas de controlar a los demás por la satisfacción de tus propias necesidades, ya sea intimidándolos,
adulándolos o complaciéndolos al punto de perder tu propia identidad, el resultado final será con el tiempo una mayor distancia.

Cuando sucede esto, es importante no caer en un pasatiempo popular, cuyo tema podría resumirse como: «Voy a hacer que me ames. ¡Voy a obtener el control sobre ti! Encontraré la llave mágica que te convierta en la pareja o hijo de mis sueños».
Quizá recurras a padres, rabinos y terapeutas preguntando:
«¿Cómo puedo hacer que mi pareja aislada, desorganizada, despistada sea más centrada y organizada?».
«¿Cómo puedo hacer que mi pareja fría y crítica sea cálida, indulgente y afectuosa?».
«¿Cómo puedo hacer que mi pareja pasiva, débil, insegura sea más agresiva, segura y ambiciosa?».
«¿Cómo puedo hacer que mi hijo con problemas de aprendizaje ame el estudio, que mi dominante hijo mayor sea amable y compasivo, que mi desorganizado hijo menor sea más firme y responsable, y que mi despistado hijo del medio sea más maduro y centrado?».

Es muy difícil para muchas personas aceptar su incapacidad para cambiar los rasgos de carácter que Dios les ha dado a sus cónyuges e hijos. Las esperanzas poco realistas y el dramatismo excesivo por esta realidad le impide a la gente amar a otros como son.

El criticismo polariza

La mayoría de la gente supone que si se enoja, se pone crítica y se deprime lo suficiente, la otra persona se convertirá en lo que ellos deseen que sea. A pesar de los repetidos fracasos, es asombroso cuán poca gente se da cuenta de que el criticismo no funciona. De hecho, el criticismo constante polariza a la gente porque implica: «Debes cambiar, pero sé que no puedes hacerlo».

La persona sujeta a un criticismo permanente siente: «Soy realmente un fracaso». En un entorno hostil, la tendencia a la conducta extrema se intensifica, porque fortalecemos aquello que mencionamos.De este modo, el criticismo hace que la gente quede aun más atrapada en sus hábitos negativos porque se siente desesperada. Además, cuanto más nos centramos en los puntos negativos de alguien, más molestos nos ponemos.

EJEMPLO: «Yo no era la persona más pulcra del mundo cuando me casé, pero tampoco era una dejada excepcional. Era una maestra muy competente y hábil, y me sentía muy bien conmigo misma. No obstante, después de algunos años con un cónyuge fastidioso, me siento como que no puedo hacer nada bien. Con esos ojos de lince sobre mí me pongo totalmente desconcertada y hago todo mal, lo cual no demuestra sino que soy una incompetente total».
EJEMPLO: «¡Cuanto más me enojaba por el hecho de que mi esposa fuera tan tímida y nada demostrativa, más retraída se ponía!».

El mismo principio se aplica a los niños.

EJEMPLO: «Le gritaba todo el tiempo a mi hija adolescente diciéndole que lo único que le importaba era su aspecto. Se pasaba horas arreglándose el cabello y no dejaba de pedirme dinero para comprar ropa. Yo le decía constantemente que tomara un Séfer Tehilim en sus manos en lugar de un cepillo. Bien, con todos mis gritos, ¡se obsesionaba aun más con su aspecto!».
Los intentos por controlar a los demás siempre terminan en la destrucción de la relación. Lo único que puedes hacer es ser un ejemplo de la conducta que deseas, y estimular la mejora con una actitud positiva y sugerencias constructivas. No puedes forzar el cambio contra la voluntad ajena. Quizá tengas el convencimiento de que tu criticismo sea un intento sincero por mejorar a la persona y tu relación. Pero si te invade la ira y el resentimiento, obtendrás lo opuesto a lo que deseas. Tu hostilidad indica que tu deseo es para tu propio bien, no el de la otra persona.

Reconoce qué puede y qué no puede cambiar

Entonces ¿qué puedes hacer con el dolor que sientes cuando ves que un familiar no satisface tus estándares y expectativas? Es útil hacer algunas reglas para tu propio uso. Por ejemplo:
Regla 1: No me romperé la cabeza por cosas que no puedo cambiar, incluyendo las predisposiciones de carácter que Dios les concedió
a los demás. Es posible enseñarle a la gente buenos modales, pero no hacerle cambiar su naturaleza básica. Por ejemplo, quienes expresen poca necesidad de intimidad emocional durante los primeros meses del matrimonio no tenderán a cambiar mucho con el paso de los años. Tal
vez no obtengas la cercanía romántica que ansías, pero podrán lograr el aprecio y la consideración mutua.
Regla 2: Cuando piense en alguien que haya traído mucho dolor a mi vida, no seguiré obsesionándome con esa persona a no ser que me sea posible mejorar de algún modo la relación. De lo contrario, desviaré activamente la atención y pensaré en las cosas constructivas que me sea posible hacer con mi vida.
Regla 3: Si empiezo a condenar a alguien, cambiaré de dirección y me centraré en mis propias midot personales que tenga que cambiar.
Regla 4: Expondré mis necesidades con honestidad y amor en el corazón. Si la otra persona no responde positivamente, aceptaré que Dios no quiere que yo tenga lo que deseo en este preciso momento.

Qué se puede cambiar y qué no

El dolor en las relaciones es mayor si tus esperanzas se basan en exigencias que la otra persona es incapaz de satisfacer. Es entonces
esencial reconocer qué se puede cambiar y qué no. Todos tenemos predisposiciones inherentes que permanecen básicamente inalteradas a lo largo de toda nuestra vida. Por ejemplo:
-Temperamento y sensibilidades
-Talentos (como inteligencia básica y aptitudes naturales)
-Tempo y ritmo (lento o rápido) en el pensamiento, el habla o la acción
Estas tres T forman una clase de cimiento básico de la psiquis, algo similar a la estructura corporal de una persona. Hasta el mejor cirujano
plástico tiene que trabajar dentro de los límites de esa estructura y, de igual modo, ni siquiera el psicólogo más competente puede cambiar
las sensibilidades y predisposiciones básicas de nadie.
Suele ser difícil enfrentar honestamente las limitaciones que nos ha otorgado Dios. Pocas personas se conocen realmente a sí mismas y dirán con ingenuidad:
«Sé que siempre he sido muy mandón y poco sensible a los sentimientos ajenos, pero estoy seguro de que cuando me case seré por completo diferente».
«Siempre he sido más bien torpe y desorganizada, pero estoy segura de que cuando lea el libro sobre manejo doméstico podré solucionarlo ».
«Comprendo que mi cónyuge ha sido frío y poco comunicativo desde hace cuarenta años, pero sigo esperando que cambie».
El reconocimiento de tus características innatas no significa la aprobación de la conducta nociva: implica sencillamente ser honesto con tus impulsos, necesidades, valores, fortalezas y debilidades más recónditos.

Para cuando el niño tiene seis o siete años, los cimientos básicos de la personalidad ya están bastante establecidos y no cambian drásticamente a lo largo de la vida. Ciertamente, la madurez conlleva muchos cambios bienvenidos en muchas personas, pero estos cambios
se relacionan con el desarrollo de mejores midot antes que cualquier cambio radical en la personalidad innata.

Miriam Adaham

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