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El mashiaj y la mujer

Rabino Benzion Milecki, South Head, Australia

Un día, mientras el fundador de Jabad, Rabí Shneur Zalman de Liadí, salía de su estudio, oyó a su esposa diciendo a sus amigas, “Mainer Zogt” (literalmente, “el mío [refiriéndose a su marido] dice”).
Dijo Rabí Shneur Zalman: “Si en virtud de una mitzvá –la mitzvá del matrimonio– me he vuelto suyo, ¿con cuántas mitzvot más me he convertido en pertenencia de Di-s?” Meditando al respecto, cayó en un desvanecimiento de éxtasis Divino.
Cuando despertó, citó del Cantar de los Cantares: “Salid y ved, hijas de Tzión…“, explicándolo como se indica a continuación:
“Si una persona desea `salir’ de sí misma (trasladarse a un plano más alto) y `ver’ Divinidad, debe ser inspirada por `las hijas de Tzión’ (refiriéndose aquí a la mujer judía). Este es un paralelo del nivel de Maljut (el aspecto femenino de la Divinidad) que estimula a Za (el aspecto masculino de la Divinidad)”.
Y el Rebe concluyó, “En el Futuro Venidero se verá el cumplimiento del versículo `La mujer de valor es la corona de –y por lo tanto superior a– su marido'”.

Este concepto es elaborado también en otras fuentes. En Hemshej Ranat, Rabí Shalom Ber de Lubavitch explica que si bien hoy en día las principales Emanaciones Divinas provienen del aspecto masculino de la Divinidad, en el futuro venidero ellas vendrán del aspecto femenino. En apoyo de esto cita al Zohar, donde entre otras cosas dice: lav meshamsha legabai — ella no será más secundaria a él.
Así, de acuerdo a las enseñanzas del Jasidut, y en general de la Cabalá, está claro que la era mesiánica verá a las mujeres en un nivel más alto que los hombres.

En verdad, Rabí Shalom Ber va todavía más lejos. Sostiene que aun hoy en día el aspecto femenino es superior. Es por esto, explica, que la capacidad de dar a luz y crear nueva vida, un poder que deriva de la misma esencia de Di-s, es más manifiesta en las mujeres que en los hombres. Con todo, la superioridad de la mujer aún no es reconocida. En el Futuro Venidero, sin embargo, ésta será revelada a todos.
De hecho, se puede decir que la conexión entre la mujer y la era mesiánica existe en varios planos:
1) Tal como la mujer se asocia con Maljut (“Realeza”), la séptima esfera Divina, del mismo modo está Mashíaj asociado con Maljut.
2) La Emanación Divina principal en la Era Mesiánica será del aspecto femenino de la Divinidad.
3) El proceso de Redención es comparado al nacimiento de un niño, y de ahí que la mujer, en cuya tenencia está la capacidad Divina de dar a luz y crear vida, juega un papel crucial en este tiempo por demás importante.
Me gustaría ahora sugerir que hay quizás otra, quizás más profunda, conexión entre Mashíaj y la mujer.

El Rebe ha declarado inequívocamente en Jeshván del año 5752 que Mashíaj ya existe y está manifiesto. Según el Rebe, la única cosa que falta ahora es recibir (“lekabel”) al Mashíaj.
Es sobre el énfasis del Rebe en recibir que yo deseo centrar la atención ahora, elaborando en la conexión especial que existe entre la mujer y recibir al Mashíaj.
Es bien conocido que Rabí Shneur Zalman atribuyó gran parte del pensamiento original de su libro Tania a su famoso ancestro, el Maharal de Praga. Es de los escritos del Maharal que yo deseo hoy sacar inspiración.
El Maharal pregunta: “¿Por qué se dio la Torá primero a las mujeres, como está escrito: “Así dirás a Beit (la Casa de) Iaacov” –refiriéndose con “Beit” a las mujeres?”
Y prosigue explicando que la respuesta puede encontrarse en la frase misma. “Beit”, además de significar “Casa”, también significa “receptáculo”. La mujer, explica el Maharal, tiene una capacidad mayor para recibir que el hombre!
En otro de sus escritos, el Maharal explica que tanto la mujer como el Mashíaj están intrínsecamente vinculados con la idea de recibir. En apoyo de esto, cita del Talmud (Tratado de Berajot), donde se dice que la promesa de la Era Mesiánica es mayor para los hombres que para las mujeres.

En explicación de esta sorprendente declaración, el Maharal analiza las diferencias esenciales entre las naturalezas masculina y femenina.
El Maharal explica que el hombre tiene una naturaleza de Hitgavrut (imposición) –palabra derivada de la raíz guéver, “hombre”– constantemente deseando pelear, imponerse, conquistar nuevos terrenos. La mujer, por otra parte, tiene una naturaleza de Menujá, lo que implica la capacidad de derivar profundo placer de lo que ya se ha acumulado.
Un ejemplo cotidiano de esto: ¿Cuántas veces piden las mujeres que sus esposos inviertan más tiempo con ellas y la familia? Y qué responde el esposo: no puede, está ocupado en ganarse la vida para que la familia pueda sobrevivir. Y con todo, incluso mucho después de que la familia se ha afianzado y ya no precisa más que el esposo trabaje tan duro, él sigue dando la misma excusa. ¿Por qué? Porque es natural en el hombre obtener placer del acto de lograr más que de obtenerlo de lo que ya se ha logrado. Esto es como nuestros Sabios, tan observadores de la naturaleza humana, explicaron: “Quien tiene cien, desea doscientos; quien tiene doscientos, desea cuatrocientos”.

A esta distinción entre la naturaleza femenina y la masculina se alude en un comentario de Rashi a la Torá. Rashi cita del Talmud (Arajín 19b) donde está escrito: “Un hombre viejo en el hogar es una carga en el hogar; una mujer vieja en el hogar es un tesoro en el hogar”. Un hombre viejo, porque él ya no puede lograr ni conquistar, se siente frustrado y hace una molestia de sí mismo. Una mujer vieja, sin embargo, porque no siente la necesidad de lograr y conquistar, porque puede recibir, porque puede disfrutar y nutrirse de lo que ya hay, puede vivir sus mejores años en su vejez.
Y así explica el Maharal que en este mundo, que es un mundo de logros, un mundo de acción (“haióm laasotám”) –un tiempo para conquistar el mundo para Di-s– es el elemento masculino el dominante. Sin embargo, en el mundo futuro, donde lo principal es recibir la recompensa (“lekabel sejarám”), es el elemento femenino el que será dominante.

Sin embargo, no debe presumirse que la recepción asociada con la mujer y la era mesiánica es un fenómeno meramente pasivo. Este claramente no es el caso.
En términos cabalísticos, la mujer se compara al Shabat –novia y reina– en tanto que el hombre se compara a los días de la semana. Y aunque nadie discutirá el dictamen Talmúdico en el sentido de que “sólo quien se esfuerza antes del Shabat, comerá en Shabat”, y de aquí que el Shabat recibe de los días de la semana, es claro que el objetivo definitivo es el Shabat y no los días de la semana! Y qué es el Shabat si no un día en el que, estando libre de la necesidad de conquistar lo físico, uno puede revelar y nutrir la verdadera propia esencia interior.
Y así también es la diferencia entre los aspectos femenino y masculino, los aspectos de este mundo y los del mundo venidero. Mientras que el masculino está involucrado en conquistar el exterior, es el femenino, una vez que esto ha sido logrado, el que nutre y desarrolla el interior.

Así, cuando el Rebe dice que ahora es el momento de Lekabel Penei Mashíaj –recibir al Mashíaj– porque, como él ha dicho, el trabajo de conquistar el mundo para Di-s (Avodat Habirurím) ha tocado a su fin, y nosotros estamos ahora a inicios del período de recibir, Lekabel Sejarám, es simplemente lógico que ambos, el mérito y la responsabilidad de la mujer, están a una altura sin precedentes.
Además, mientras amanece esta nueva era, recae incluso sobre los hombres revelar el aspecto femenino que también ellos contienen dentro de sí.
El llamado del momento, despertar el aspecto femenino dentro de nosotros mismos y estar preparados para recibir, subraya la dependencia del receptor en el dador.

Aquí vale la pena notar que inmediatamente antes de su enfermedad el Rebe puso un énfasis renovado en la vieja costumbre de santificar la luna nueva —kidush levaná–, pidiendo que fuera observada –como lo exige el Código Judío de Leyes– con gran regocijo y danzas.
No es difícil establecer conexiones entre la luna y la mujer. Ambos son cíclicos por naturaleza, y es el festival de la luna, Rosh Jodesh, el que se dio a la mujer.
Al mismo tiempo, la luna está vinculada con la Casa de David de la que se deriva el Mashíaj. Este tema es elaborado por Rabí Tzadok HaCohén, quien muestra que la primerísima oportunidad en que encontramos la comida festiva de Rosh Jodesh mencionada en la Biblia es en conexión con el Rey David.
Sin embargo, la conexión entre la luna, la Casa de David y la mujer, es todavía mayor. Ellos, todos, son receptores, y por ende dependientes de otros. La luna requiere constantemente del sol sin el cual no puede brillar; la mujer no puede revelar su esencia interior sin el hombre; y la Casa de David no puede existir sin el aporte de otros. Esto es declarado por nuestros Sabios, quienes explican que la existencia misma de David dependía de los años donados a él por Adán, o según otra opinión, por nuestros antepasados Avraham, Itzjak y Iaacov. Al hablar de Mashíaj, el Rebe, también, enfatizó que dependía de nosotros: “Yo he hecho todo lo que podía, ahora hagan ustedes todo lo que pueden, a fin de hacer de la venida del Mashíaj una realidad en este mundo”.

Es porque la mujer y Mashíaj comparten este sentido de dependencia con la luna, explica Rabí Tzadok, que la mujer tiene una mayor habilidad para sentir el dolor del exilio –un tiempo en el que Israel es privado de la fuente de su dependencia– que el hombre. Mientras los hombres son engañados por un falso sentido de autosuficiencia que les impide reconocer cuán dependientes realmente son de la Redención, las mujeres no comparten esta ilusión.
No obstante, incluso cuando ella sufre el dolor del Exilio, la mujer recuerda otro aspecto de su conexión con la luna. La luna, aun cuando está envuelta en la oscuridad desde nuestra perspectiva, atesora luz solar en su lado no visible a nosotros. Del mismo modo, incluso en momentos de gran angustia y dolor espiritual, la unidad esencial que existe entre Di?s y su Mashíaj elegido continúa floreciendo y creciendo.

Esta es también la respuesta para aquellos cuya fe se perturba a causa del terrible sufrimiento que nosotros, en Lubavitch, hemos experimentado desde hace más de dos años. Este sufrimiento es doble: el sufrimiento que pasó el Rebe, por un lado, y el sufrimiento de sus jasidím, por el otro. Todo lo que ha sucedido es parte del proceso de Redención. Es cierto, si nosotros hubiéramos actuado adecuadamente quizás hubiéramos podido evitar el sufrimiento por entero, o por lo menos haberlo mitigado un poco. Con todo, incluso los fenómenos más negativos forman parte, a fin de cuentas, del proceso de Redención.

Esto arroja luz sobre lo que ocurrió cuando Rabí Akivá y los Sabios se encontraron con las ruinas del Templo. Al ver la destrucción, Rabí Akivá rió en tanto que los demás Sabios lloraron. Cuando se le pidió una explicación de su inusual comportamiento, Rabí Akivá dijo que al ver el cumplimiento de la profecía de destrucción se convenció de que la profecía de restauración también se cumpliría.
No obstante, pregunta el Maharal, “¿Por qué rió él?” ¿Porque alguna vez la situación será buena?!?! ¡Pero ahora mismo las cosas no son para nada buenas!”
El Maharal prosigue explicando que la destrucción es en realidad parte del proceso de Redención. De hecho, él va tan lejos como para decir que la construcción del Tercer Templo es predicada sobre la destrucción de los primeros dos. Así, el acto mismo de ocultamiento es por sí mismo dirigido por Di-s y es parte del proceso de Revelación.
Lo que es más, todo ha sido profetizado. Hace unos doscientos años, Rabí Shneur Zalman de Liadí habló de un derrame que afectaría a todo el pueblo judío justo antes de la llegada del Mashíaj. El explica que esto llevará a mayores penurias, con gente dividiéndose en grupos, acusando cada uno al otro de deshonestidad y conspiración. Entonces, citando del Talmud (Tratado de Shabat), concluye que esto es lo que nuestros Sabios tuvieron en mente cuando hablaron de los dolores de parto del Mashíaj (Jevlei Mashíaj).
Así que como ves, todo ha sido previsto.

En el curso de este artículo, he citado extensamente los trabajos del Maharal. De modo que he de concluir ahora con un pensamiento final.
En su obra Netzaj Israel, el Maharal se refiere a aquellos cuya fe se ha visto tan sacudida por los terribles sufrimientos del Exilio que ahora no pueden creer en la Redención.
En uno de sus párrafos más hermosos y conmovedores, el Maharal dibuja un cuadro del sufrimiento que nuestro pueblo ha soportado. Tanto ha pasado sobre nosotros, escribe, que si todos los cielos fueran pergamino, todos los océanos tinta y todos los árboles plumas, todavía no bastarían para describir la enormidad de la tragedia. Entonces explica que nuestra larga historia ha sido cargada con las ocurrencias más imposibles y fantásticas, calamidades que han sido terribles tanto en alcance como en profundidad, que de haber sido meramente escritas en libros, la gente hubiera negado que semejantes cosas fueran posibles. Nosotros sabemos que son ciertas sólo porque nosotros mismos las hemos experimentado.

Y con todo, concluye el Maharal, la naturaleza misma de nuestro sufrimiento señala nuestra salvación definitiva. Tal como nuestro sufrimiento, tan imposible como es de creer, realmente ocurrió, del mismo modo nuestra Redención, tan imposible como suene, también tendrá lugar. Porque para el pueblo judío, el pueblo elegido de Di-s, no hay orden natural. Todo lo que sucede con ellos, lo malo como lo bueno, ocurre de una manera inconcebible en el orden natural de las cosas. O, en las palabras del Midrash (que según el Maharal usa el término “doble” para expresar el infinito) “ellos han pecado doblemente, ellos han sufrido doblemente, ellos serán reconfortados doblemente”.
Que nosotros hemos pecado doblemente no requiere de elaboración; las divisiones que han tenido lugar en virtud de la educación que se nos dio deberían haber sido inimaginables. Que hemos sufrido doblemente –los dos derrames del Rebe ocurridos exactamente en la misma fecha, el 27 de Adar– es algo que incluso los escépticos no pueden desechar. Y luego su desaparición física. Pero estos mismos sucesos, lejos de hacernos perder las esperanzas, apuntan al doble, incluso infinito, consuelo (nejamá) que el reconfortante definitivo, el Mashíaj, traerá sobre nosotros.

En este momento, más que en cualquier otro, está en las mujeres marcar el camino. Citando los escritos del Santo Arí, el Rebe nos ha dicho que nuestra generación es una reencarnación de la generación del Exodo. Mientras los hombres de esa generación estaban constantemente inmersos en la rebelión y las pugnas por el poder (Datán, Avirám, Koraj, los espías, para nombrar unos pocos) las mujeres permanecieron constantemente leales. En lugar de aferrarse al poder, ellas estaban listas para ser las seguidoras del más grande profeta de la judería, Moisés.
Hoy, también, no precisamos líderes. Hemos tenido entre nosotros a un líder de tan gran estatura sobre el cual, incluso un escéptico como Jaim Bermant, se vio forzado a reconocer que era uno de los más grandes líderes judíos de cualquier generación; cuyas actividades eran de tan amplio alcance que, según Bermant, la segunda mitad del Siglo XX llegará a ser conocida como la Era Schneerson.

Lo que necesitamos ahora son receptores. Lo que necesitamos ahora son seguidores. Aquellos dispuestos a poner sus propias agendas a un lado y con devoción y autosacrificio dedicar sus vidas a la misión del Rebe. Tal como en la época de Moisés fueron las mujeres quienes marcaron el camino con su lealtad y devoción a su líder, así también hoy.
Que en el mérito de nuestras mujeres piadosas podamos pronto merecer el cumplimiento de la profecía de Jeremías: “Pues el Señor ha creado algo nuevo sobre la tierra; la mujer cortejará al hombre”, con la inminente revelación de nuestro justo Mesías, el Reconfortador que nos consolará, pronto en nuestros días.

(extraído de la enseñanza semanal, www.jabad.org.ar).

 

Rabino Benzion Milecki

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