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El mandato de creer en Dios.

Extraido de Cabala y Meditacion

Yo soy El Eterno, tu Dios, quien te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud.

Este precepto, el primero de los Diez Mandamientos y también el primero de los seis preceptos continuos de la Torá, es el mandato de creer en Dios.

LOS ELEMENTOS DE LA FE

Creer en Dios implica:

  • creer en la existencia de Dios, que hay un Dios,
  • creer que Dios es omnipotente y,
  • creer que Dios, en Su providencia por sobre todo, redime el alma, todas las almas, de su esclavitud espiritual.
    Las primeras tres palabras del primero de los Diez Mandamientos son Anojí Hashem Elokeja, que significan “Yo soy El Eterno tu Dios.”
    En la Cábala estas palabras representan tres aspectos de Divinidad:
  • La esencia de Dios (“Yo soy”)
  • La luz trascendente de Dios, la luz más allá de nuestro mundo (El Eterno), y
  • La luz inmanente de Dios, la luz dentro de nuestro mundo (“tu Dios”).

Claramente, estos tres aspectos de Divinidad corresponden a los tres elementos de fe enunciados arriba:

  • Una persona cree en la misma esencia de Dios, de la que Dios dijo “Yo soy el que soy.”
  • La luz trascendente de Dios es referida como la luz que “rodea todos los mundos.” Rodear la realidad implica el poder de controlarla.
  • La creencia de que Dios, en Su providencia por sobre todo, redime el alma de la esclavitud, corresponde a Su luz inmanente, la luz que “llena todos los mundos.”

La luz inmanente de Dios es Su Divina Providencia por sobre todo. Para que Dios nos saque de Egipto (un lugar del que se considera imposible escapar por medios naturales), Su luz inmanente, Su Providencia por sobre nosotros, debe unirse a Su luz transcendente, que, al ser más allá de este mundo, puede modificar la naturaleza. Esta unión es finalmente efectuada por el poder de la misma esencia de Dios. De esta manera, los tres niveles de Divinidad se unen para posibilitar la redención: “Yo soy El Eterno, tu Dios, quien te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud.” (Enseguida veremos cómo esto nos afecta hoy en día.)

Frecuentemente, en la Cábala y en el Jasidismo, las dos manifestaciones de Dios, Su luz trascendente y Su luz inmanente, son simbolizadas como el “Sol” y la “Luna”. éstos fueron creados en el cuarto día, el día que corresponde a la sefirá de nétzaj (“victoria”) y a la dirección de arriba, la dirección del primero de los seis preceptos continuos. Obviamente (y como fue notado antes), la creación de los cuerpos celestiales en el cuarto día corresponde con la dirección de arriba.

Junto con la Luna fueron creadas las estrellas, que simbolizan las almas de Israel. La inmanencia de Dios (la “Luna”) se relaciona con cada alma individual (cada “estrella”).

LAS OBLIGACIONES DE LA TORá

Examinaremos ahora la terminología específica de este precepto. La palabra hebrea para “Egipto” (Mitzraim) también significa “confinamientos/cautiverios” (meitzarim). Por esta razón, todos los estados de “exilio” físico y espiritual son referidos en la Torá como “Egipto”. Por el poder de este precepto que, como es notado arriba, es el primero de los Diez Mandamientos, somos liberados del exilio. Sólo entonces podemos cumplir todos los preceptos de Dios; sólo cuando no somos esclavos de ningún otro amo podemos volvernos servidores completamente comprometidos de Dios.

Se nos enseña que “aquel que acepta sobre sí mismo las obligaciones de la Torá es liberado de las obligaciones del gobierno y de las obligaciones de ganarse la vida. Y el que ignora las obligaciones de la Torá carga con las obligaciones del gobierno y con las obligaciones de ganarse la vida.”

La verdadera fe en Dios, El que nos ha dado la Torá, nos motiva a recibir sobre nosotros mismos todas las obligaciones de la Torá, y así experimentar nuestro éxodo personal de Egipto (la liberación/redención de todas las obligaciones foráneas). La palabra para “obligación” o “yugo” en hebreo (ol), se escribe exactamente (aunque se pronuncia diferente) como la palabra “arriba” (al), aludiendo de esta manera al estado de conciencia de este precepto, el sentido del “arriba” Divino.

CONFIANZA INFINITA

El sentimiento emocional de este precepto es el de infinita “confianza” (bitajón) en Dios. Como se explicó previamente, la confianza es la experiencia interna del poder de nétzaj, correspondiente al alma de Moisés, a través de quien Dios entregó la Torá a Israel.

Está dicho de Moisés: “él fue el primer redentor y será el último redentor.” En el Jasidismo, se nos enseña que la primera redención de la tierra física de Egipto fue principalmente la redención de la esclavitud física. La redención final, por otro lado, será ante todo la redención del “Egipto” espiritual, la redención del exilio y de los confinamientos espirituales.

Incluso los judíos observantes, que transitan por los caminos de la Torá, pueden estar en un estado de exilio espiritual. Las chispas interiores de sus almas pueden seguir siendo prisioneras, incapaces de revelarse y expresarse. Moisés, como el Mesías, el redentor final, está destinado a sacar todas las almas de todos los estados de exilio. El vendrá a revelar en el alma de cada persona la verdad final sobre Dios, que está encerrada en las palabras, “Yo soy El Eterno, tu Dios [personal].”

DOS ESTADOS DE REDENCIóN

Inicialmente, la terminología de este precepto parece redundante; “de la tierra de Egipto” y “de la casa de la esclavitud” parecen referirse al mismo lugar. Sin embargo, hay una diferencia:

Redención “de la tierra de Egipto” implica la libertad de expresar nuestra voluntad propia e independiente, nuestro poder de libre albedrío, prerrequisito para el cumplimiento de todos los preceptos de la Torá. La redención “de la casa de la esclavitud” implica que, al fin, no estamos subordinados a ningún poder o a ninguna otra persona que no sea Dios.

Aunque la Torá nos ordena a designar un rey que gobierne al Pueblo de Israel, enfatiza que esto sólo puede conseguirse después de que aceptemos inequívocamente sobre nosotros las obligaciones del reinado de Dios. Sólo entonces podremos establecer un reinado terrenal gobernado por un rey verdaderamente dedicado a manifestar el reinado de Dios en la Tierra.

De esta manera, esencialmente no estamos subordinados a ningún rey, ni de Israel ni de cualquier otra nación, sólo a Dios. Solamente como una extensión, devotos y entregados a la voluntad de Dios como está expresado en la Torá, podremos designar un rey humano y un gobierno para gobernarnos, pero sólo siempre y cuando el poder del gobierno no actúe en oposición a las obligaciones de la Torá.

 

Rab Itzjak Guinzburg

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