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El Lej Lejá de la Rabanit Margalit Iosef z”l

Extraído de Adonde tú vayas, por M Katzir. Sucesos de la vida de la Rabanit Margalit Iosef zt”l esposa del Rishon Le Tizón el Gran Rabino Ovadia Iosef

“El cielo está parcialmente nublado, exactamente como yo”. Así pensó Margalit esa mañana otoñal de shabat parada junto a la ventana. “él, entre los fragmentos celestes y las nubes y yo, entre éstas y una tierra extraña.

Esto ocurría luego de tres años del nacimiento de ‘Adina. Entonces, se había acoplado al grupo familiar también Ia’acov, de un año de edad. En el miserable apartamento de un ambiente en el barrio Bet Israel, en el que habitaban, no había espacio para poner siquiera un pequeño juguete ni por supuesto, tampoco otra cama. Los bebés se apretujaban junto a su madre en el sofá abierto. Sin duda que dormir en las noches era dramático, dado que cada tanto se despertaba Margalit aterrada por si se había caído el bebé o si, tal vez, había golpeado a alguien con su mano o su pie sin percatarse.

Esa semana les había propuesto el Rab principal, el Rab ‘Uziel, el puesto de Rabino en El Cairo, que estaba desocupado a causa de la “alia” del Rab Ojana a la tierra de Israel. Margalit sabía que Rab Ovadia sopesaba positivamente el ofrecimiento, pero ella… ¿y qué con los niños?… Ia’acov, de un año, ya comenzaba a saltar y a hablar alegremente, siempre contento, excepto cuando sus necesidades corporales no estaban cubiertas, como cualquier niño… él no sufriría por la migración, esto era seguro.

Luego observó a su hija de tres años, cuyos movimientos transmitían entusiasmo y ganas de vivir… A veces parecía que perseguía los segundos y los absorbía con ansias hasta acabarlos… ella extrañaría un tanto, pero seguramente sabría obtener del viaje el mayor provecho.
Llegó a la conclusión de que la situación de los niños estaba bien, pero de todas formas dejó escapar un profundo suspiro.

El cielo estaba tormentoso, volvió a observarlo, intentando luchar contra el último remanente del verano… Lej lejá… lej lejá… vete… de la casa de tu padre… de tu país natal… Nuevamente un suspiro, que despertó esta vez la atención de los niños, ¡cosa que ella no quería!
Se dirigió a leer la perashá. Seguramente llegaría a terminarla hasta que su esposo regresara del bet hakeneset. Así, cada shabat ella se despertaba junto con él y aprovechaba los minutos en blanco del día.

“Los blancos minutos”, se merecían un nombre esos minutos tan tempranos del shabat. ¿Y que más adecuado que “los blancos minutos”? Minutos que son segundos. Delicados, que recorren desde las puntas de los pies, sigilosamente y se expanden por todo el corazón. Blancos, límpidos y claros, limpios como la nieve y reservados solamente para ella.

Primero hacía netilat iadaim, se ocupaba de los niños, y rezaba shajrit de shabat.
No hay algo más extraordinario que eso. Shajrit de shabat… Todo el mundo la espera, a la tefilá, como notas musicales que ni siquiera existen, pero que golpean con fuerza al alma… tocando “nishmat col jai, el alma de todo ser viviente… mefikim noga, producen resplandor… kalot caaialot, ágiles como los ciervos”… En la tefilá de shabat siempre se sintió como un bebé de un día de vida.
Y luego la perashá.

Por el carácter de las perashiot, hay algunas que nos hablan más al corazón y otras menos. Pero a ella toda perashá le transmitía algo. La lectura de la Torá de su marido siempre penetraba en su corazón, vertiendo a puños llenos un cálido sentimiento judío. Cálido hasta tal punto que cada versículo se dirigía directamente hacia su rincón particular dentro del corazón.

“Y había hambruna en la tierra”. Ella leía y observaba el “departamento”. Una sola habitación pobre, angosta y ella en su tercer embarazo. “¿Dónde entrará la cama del bebé?”, pensó.
Y leía “Y descendió Abraham a Egipto a residir allí”.
Residir, morar, no de forma fija. Así les había dicho el Rabino principal, el Rab Ben Tzión Meir Jai ‘Uziel. La comunidad en El Cairo necesitaba de alguien que les marcara el rumbo y los guiara… Sólo a residir, a morar, dado que “cabed hara’ab baaretz”, era pesada la hambruna en la tierra… Y allí habría mejor sustento.

“Todos allí son gentiles”. Odiaba pensar en eso, ¿acaso ella no había decidido luego de su serie de deambulaciones, que jamás regresaría a una tierra extraña? Entonces, ¿por qué descender de pronto a Egipto?
“Lej lejá meartzejá”, vete de tu tierra, ésta que tiene aroma a menta. Picante en un principio, pero dulce al final. Tu país natal, la casa de tu padre… “Papá prometió que ayudaría monetariamente. También el padre de Rab ‘Ovadia, Rab Ia’acov, dijo así, ellos no quieren que nos marchemos. Pero nadie me debe nada. Hashem ayudará y nos arreglaremos con nuestro propio esfuerzo”.
“¿Cómo hemos de recibir donativos?” La idea estaba descartada completamente.

Lej-lejá, lej-lejá…”, se acumulaban en ella las palabras y bailaban frente a sus ojos desde el jumash abierto.
¡Aj! Sus ojos se llenaron con lágrimas. “A ti, Abraham, nuestro patriarca, había Quien que te lo dijera, Hakadosh Baruj Hu mismo. ¿Y a nosotros? ¿A quién tenemos desde que estamos en la diáspora? No hay más profetas en la tierra…”
“Pero hay guedolé israel, grandes de nuestro pueblo “, se dijo a sí misma, “El Rab ‘Atíe dio su cálida bendición.
El Rab ‘Uziel dijo que ésta es una importante misión que tiene una recompensa inmediata. Entonces, ¿Por qué vacilo?” Despertó de sus meditaciones y notó que no había terminado de leer la perashá.
“Lo haré luego”. Y sin otra opción se levantó y se dirigió a tender la humilde mesa.

M Katzir

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