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El Hijo del Rey

Extraido de Dorados Cuentos para pensar

John había sido uno de los mejores alumnos de la escuela, todos dábamos por descartado que le esperaba un futuro envidiable, con una bella familia. Es por eso que me chocó tanto reencontrarme con él varios años después. John lucía muy bien, bien arreglado, perfumado y con ropas de última moda.

Luego de unos minutos de charla, me comentó que no se había casado, lo pasaba mejor así, tenía varias “amigas”, se reunía con sus amigos cada noche a jugar póquer y se vanagloriaba de ocupar un cargo muy alto en una empresa que se dedicaba a editar revistas bajas y a todo tipo de comercio y explotación de mujeres.

Luego de contarme lo exitoso que se sentía y cómo había “triunfado” en la vida, me pidió que le relatara una de aquellas fábulas que les solía contar en el secundario cuando tenían alguna hora libre.

No me hice rogar, tenía una fábula que le caía como anillo al dedo:

Existe una famosa leyenda acerca de un rey cuyo hijo quería ir a la gran ciudad para hacer negocios. El rey consintió, le fue entregado al príncipe una considerable suma de dinero y lo trasladaron al centro comercial más importante de aquella época (el Manhattan de nuestros días).

Durante los primeros días, el joven príncipe se hospedó en el mejor hotel de la ciudad, donde las lujosas habitaciones lo hacían extrañar muy poco el esplendor de su palacio. Pasadas unas semanas de comer en los mejores restaurantes y las mejores ropas, el dinero se le fue acabando hasta que tuvo que cambiarse a un hotel más modesto y luego a otro más barato aun, hasta que terminó por arrendar una pieza sucia y húmeda.

También su menú de comida se vio seriamente afectado, hasta que pronto se vio obligado a buscar cualquier trabajo para poder subsistir. Así fue como se empleó como limpiaplatos de un restaurante. Y con el correr del tiempo, los pies le dolían de tanto estar parado, la ropa estaba bastante manchada y sus manos muy ásperas por el jabón.

Mientras, en el palacio real, el rey decide enviar a su ministro del Tesoro para que vea cómo está el hijo del rey. El ministro comienza a buscarlo por las mejores oficinas, luego en los bancos, por último en las tiendas, pero no lo encuentra, hasta que luego de varios días lo encuentra lavando los platos.

Se acerca y le pregunta si lo reconoce.

—Por supuesto, eres el ministro del Tesoro del reino. ¿Qué haces aquí?

—He venido para saber si precisas algo, dime en qué puedo servirte, Príncipe.

—Pues bien, quisiera si puedes, conseguirme un par de zapatos ortopédicos, ya sabes, paso mucho tiempo de pie, y preciso buenos zapatos, además me gustaría poder tener dos mudas de ropas, unas para el trabajo y otras para cuando salgo de trabajar, éstas ya están muy sucias y gastadas y si no fuera mucho pedir, un par de guantes para lavar…

El ministro lo miró y se puso a llorar.

—¿Por qué lloras? No fue tanto lo que pedí, sólo te pedí un par de cosas.

—No fue por lo que pediste que lloro –contestó el ministro— sino por lo que no pediste. Podías haber pedido que te llevara al palacio junto al rey y no lo has pedido…

Isaac Sakkal

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