Notas destacadas
Notas (290 - 300)
+100%-

El Fortachon

extraido de jabad magazine. Publicado en “The best of Olomeinu” (Mesorá)

El joven Iaakov Itzjak (conocido más tarde como el “Iehudí HaKadosh-Judío Santo- de Peshisja”) parecía un joven común. Sus maestros y compañeros del Jeder (escuela tradicional judía) no observaban nada diferente en él. Era tan temeroso del Cielo como cualquier otro judío de esa época. Le iba muy bien en los estudios y su deseo de estudiar Torá era igual al de sus compañeros. Salvo por una cosa: una vez que aprendía algo, nunca más lo olvidaba, aunque pasara mucho tiempo. Además cuando estudiaba algo, lo entendía clara y perfectamente, y podía explicárselo a otros mejor que cualquiera. Aun así, Iaakov Itzjak no era más que un buen estudiante, ni siquiera estaba entre los tres mejores alumnos de la clase.

Iaakov Itzjak era un joven saludable y uno de los más fuertes entre sus amigos. Cuando jugaban a “Reyes, soldados y campesinos,” lo otros niños querían que el fuera el rey y el líder. En realidad, nadie se convertía en el rey de los niños a menos que fuese muy fuerte, tan fuerte que no le tuviese miedo aun a los niños gentiles.

A pesar de que Iaakov Itzjak rechazaba la oferta de ser el rey y los niños ya habían elegido a otro para ocupar este papel, aun así sabían que Iaakov era el más fuerte. Iaacov Itzjak no trataba de asustarlos con su fuerza, porque nunca levantó la mano a alguno de sus compañeros, pero si veía que algún niño fuerte se enfrentaba con otro más débil, intercedía diciéndole ¡déjalo tranquilo!, y esta frase bastaba para que la pelea ni siquiera comenzase.

Una vez, durante el primer día de Jol Hamoed de Sucot, el papá de Iaakov lo envió a la casa de una señora viuda con el etrog y el lulav (las especies utilizadas en Sucot), para que pudiera hacer las bendiciones. La señora vivía del otro lado de la ciudad y Iaakov Itzjak tenía que pasar por una calle que usualmente estaba llena de jóvenes gentiles que buscaban la oportunidad de molestar a cualquier judío que se atreviera a cruzar por allí. Cuando el jovencito llegó a esta calle cargando el etrog y el lulav en sus manos, los jóvenes decidieron burlarse de él y de lo que llevaba.

Uno de ellos, Iván, el líder, saltó por detrás y le arrebató el lulav de su mano. El resto de los jóvenes se rió del espectáculo. Iaakov Itzjak se enojó muchísimo. Colocó el Etrog en su bolsillo y persiguió a Iván hasta que lo agarró. Iván también se enojó mucho, ¡este judío lo perseguía y lo iba a agarrar! Iván levantó el Lulav para pegarle al niño judío en la cabeza. Iaakov Itzjak pensó rápidamente: “Si me pega con el Lulav, lo romperá y no lo podremos usar más. Si peleamos, se romperá el pitam (el pequeño cabito del etrog) también.

Debo pensar en algo…” “¡Hey Iván!” le gritó al gentil. “¡¿Así es cómo demuestras cuán fuerte eres? ¿Me pegas a mí con un palo, que no tengo nada en mis manos para defenderme? Te diré: tú pon el palo a un costado, y yo pondré lo que tengo en mi bolsillo y luego veremos quien es realmente el más fuerte”. Esta última frase tocó el orgullo de Iván, que accedió a la propuesta. Tan pronto como el Lulav y el Etrog estuvieron a salvo en un costado, Iaakov Itzjak agachó su cabeza y corrió hacia las rodillas de Iván. Iván era un muchacho alto y esto hizo que saliera volando hacia atrás, aterrizando con su cara sobre el barro. Iván estaba tirado en el suelo, mareado por la situación, incapaz de levantarse.

Los amigos de Iván, que observaban la situación de lejos, creyeron que su líder estaba muerto y decidieron tomar venganza de este judío “asesino”. Cuando Iaakov Itzjak los vio corriendo hacia él, levantó a Iván de los pies y comenzó a girarlo alrededor en círculo, como alguien que hace girar unas boleadoras (una piedra atada al final de una larga soga). A Iván no le pasó nada, salvo que estaba cada vez más mareado y desorientado y también aterrado por los gritos de sus amigos, quienes volaron en todas direcciones. El jovencito puso a Iván nuevamente en el suelo. El patotero mareado se levantó y corrió tan rápido como sus piernas temblorosas se lo permitieron.

Iaakov Itzjak levantó el etrog y el lulav y siguió su camino hasta la casa de la viuda. A la vuelta ninguno de los jóvenes gentiles apareció por esa calle. Iaakov Itzjak nunca le contó a nadie lo sucedido. Pero la historia rápidamente se dio a conocer porque los jóvenes contaron a sus padres lo que el niño con las extrañas frutas en su mano les había hecho, y a su vez los padres se lo contaron a los puesteros Judíos del mercado. Nadie podía creer que el pequeño Iaakov Itzjak pudiera haber hecho una cosa así. Sólo los pequeños amigos de Iaakov Itzjak creyeron la historia. Pero cuando le preguntaban a él qué era lo que realmente había sucedido, sólo respondía: “¡Oh!, no crean las historias que cuentan…”

Rabi Beryl Merling

Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top