Festejando
La historia de Pesaj
Pesaj
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El Embajador Divino

(selección extraída del libro “Pesaj, su historia y vivencia © Kehot Lubavitch Sudamericana)

Los hijos de Israel ya no pudieron soportar más el sufrimiento y las terribles persecuciones a manos de sus crueles amos.
Sus clamores de ayuda, sus súplicas y ruegos, provenientes de lo más profundo de sus corazones, atravesaban los cielos.
Di-s tuvo nuevamente en cuenta su convenio para con Abraham, Itzjak y Iaacov, y decidió liberar a sus descendientes de la prolongada esclavitud.
Moisés tenía ochenta años, y sus hermano ochenta y tres, cuando entraron al palacio del Faraón.
Este preguntó a los dos hermanos qué querían y el mensaje sonó como un mandamiento:
-Así habló el Señor: “Deja salir a Mi pueblo para que haga una fiesta para Mí en el desierto”.
El Faraón se rehusó.
-Nunca he oído hablar del Di-s de los israelitas, y Su nombre no está registrado en la lista de dioses de todas las naciones.
Además, acusó a Moisés y a Aharón de conspirar en contra del gobierno e interferir con el trabajo de los esclavos hebreos.
A sugerencia de Moisés, Aharón efectuó entonces los milagros que Di-s le había capacitado para hacer. Al Faraón no le causaron gran impresión en vista de que sus magos y hechiceros casi lograron imitar sus acciones.
Ese mismo día, el Faraón ordenó a sus supervisores aumentar las demandas sobre los hijos de Israel instruyéndolos en la exigencia de que incrementaran las cargas sobre ellos.
Si tenían tiempo para pensar en libertad y en adorar a su Di-s y otras ideas similares, impropias de esclavos, significaba que debían tener demasiado tiempo libre – pensó el Faraón”
Antes se les suministraban los materiales con los que los judíos debían elaborar los ladrillos; ahora, tras la nueva ordenanza real, se vieron obligados a producir el mismo número de ladrillos, mas aportando ellos mismos los materiales necesarios.
Los hijos de Israel estaban abrumados por la esclavitud ya hasta ese momento y les era físicamente imposible cumplir tamaña orden. Indudablemente, era una sobrecarga muy pesada, y sufrieron aún más que antes.
Desesperados, amargamente reprocharon a Moisés y Aharón por empeorar su situación, en vez de ayudarlos.
Moisés oró a Di-s profundamente apenado y decepcionado.
Di-s lo consoló y le aseguró que finalmente su misión tendría éxito, mas, antes, el Faraón y todo Egipto sufrirán las consecuencias de terribles plagas, el castigo merecido por oprimir a los hijos de Israel. Recién entonces éstos verían y reconocerían la mano de su verdadero y leal Di-s.

Las diez plagas

El Faraón seguía rehusándose a liberar a los hijos de Israel y Moisés le advirtió que Di-s lo castigaría, tanto a él como a su pueblo.
Primero, las aguas de toda la tierra de Egipto se transformarían en sangre. Moisés caminó hacia el río, acompañado de Aharón. Aharón levantó su vara, tocó las aguas y éstas se convirtieron en torrentes de sangre.
Todo el pueblo de Egipto, y el rey mismo presenciaron este milagro; vieron a los peces morir, mientras la sangre se derramaba sobre la tierra, y dieron sus espaldas al ofensivo olor que emanaba de su sagrado río.
Se les tornó imposible beber de las aguas del Nilo, otora de amplia fama por su dulce sabor, y se vieron obligados a excavar profundamente para encontrar el liquido elemento.
Desafortunadamente para los egipcios, no sólo las aguas del Nilo, sino todas las de Egipto, dondequiera que se hallasen, se convirtieron en sangre. Los peces de ríos y lagos perecieron y durante una larga semana tanto el hombre como las bestias padecieron una terrible y sofocante sed.
El Faraón, empero, no cedió.
Luego de la debida advertencia, la segunda plaga azotó a Egipto.
Aharón extendió su mano sobre las aguas de Egipto, y surgieron las ranas.
Estas, cubrieron hasta el último centímetro de territorio egipcio, invadiendo las casas y los dormitorios. Dondequiera se hallase un egipcio, o cualquiera fuese el objeto que tocase, encontraba allí los mucosos cuerpos de las ranas, cuyo canto llenaba el aire.
El Faraón se asustó y pidió a Moisés y Aharón que oraran a Di-s para que levantara la plaga, prometiendo a su vez liberar inmediatamente al pueblo judío. Mas ni bien las ranas desaparecieron, rompió su promesa y se rehusó a dejar partir a los hijos de Israel.
Y se produjo la tercera plaga. Di-s ordenó, a Aharón que tocara el polvo de la tierra con su vara, y ni bien lo hubo hecho, millones de insectos se arrastraron desde el polvo hasta cubrir la tierra.
Hombres y animales sufrieron miserablemente con esta peste. A pesar que sus consejeros aseveraron al terco monarca que ésta era, indudablemente, un castigo Divino, el Faraón, sin embargo, se mantuvo en su posición y decisión de sumir a los hijos de Israel en la esclavitud.
La cuarta plaga que sufrieron los egipcios consistió en multitudes de fieras salvajes que invadieron y asolaron a todo el país destruyendo todo a su paso. Solamente la provincia de Goshen, habitada por los hijos de Israel, fue inmune tanto a ésta como a las demás plagas.
Nuevamente el Faraón prometió solemnemente dejar salir a los hijos de Israel, a condición de que no se alejaran mucho. Moisés elevó su plegaria a Di-s, y las fieras salvajes desaparecieron. Ni bien se hubieron marchado, el Faraón retiró su promesa y nuevamente rechazó los pedidos de Moisés. Fue entonces que Di-s envió una terrible plaga que diezmó a la mayoría de los animales domésticos de los egipcios. ¡Cómo lloraron los egipcios cuando vieron perecer a sus majestuosos caballos, el orgullo de Egipto; cuando los rebaños en los campos cayeron ante la palabra de Moisés, y cuando los animales que los egipcios reverenciaban como dioses perecieron por la plaga! Tuvieron, en adición a ello, la mortificación de ver sanos y salvos a los animales de los israelitas.
Sin embargo el Faraón endureció su corazón y no les permitió marchar.
Vino entonces la sexta plaga, tan dolorosa y horrible que debe haber anonadado al pueblo egipcio haciéndolo presa del horror y sumiéndole en la más oscura agonía. Di-s ordenó a Moisés tomar hollín de la caldera y arrojarlo en dirección a los cielos; mientras así lo hacía, surgieron llagas en todos los hombres, y las bestias, a lo largo y ancho del territorio egipcio.
A continuación, Moisés previno al rey que una tormenta de granizo y ,violencia sin precedentes se desataría sobre la tierra; ninguna cosa viviente, árbol o hierba, escaparía a su furia; la seguridad sólo podría encontrarse bajo el refugio de las viviendas, de manera que aquellos que creyeran en la palabra de Moisés y temieran a la ira del Creador podrían llevar a sus rebaños al amparo de los establos y quedarse ellos en sus hogares, a salvo. Algunos egipcios, en efecto, siguieron este consejo y salvaron sus posesiones, pero los temerarios y tercos del pueblo dejaron su ganado diseminado por los campos, a cargo de sus sirvientes.
Cuando Moisés extendió su vara al cielo, el granizo cayó con inusitada violencia.
Truenos ensordecedores cubrieron el espacio y furibundos rayos quebraron el firmamento sembrando de fuego la tierra.
El granizo realizó su trabajo de destrucción. Sea hombre o bestia el que estuviera expuesto a su furia, enfrentó un instantáneo y trágico fin; las hierbas sesgadas por el avance de la ventisca se esparcieron por doquier, y los árboles yacían arrancados de cuajo.
Solo la tierra de Goshen, donde residían los judíos, estuvo a salvo de la furia de la tormenta y florecía como un jardín, entre la destrucción general.
El Faraón envió en busca de Moisés y reconoció sus pecados.
-El Señor es bondadoso -dijo- y yo y mi pueblo somos malvados. Pide pues al Señor, que cese el trueno y el granizo y os dejaré ir, y no os quedaréis más aquí.
-Cuando haya salido de la ciudad -replicó Moisés- abriré mis brazos hacia el Señor; el trueno cesará y también lo hará el granizo, para que sepas tú que la tierra pertenece al Señor.
Tal como lo había dicho Moisés, así ocurrió. La tormenta amainó, pero el corazón del Faraón tornose nuevamente insensible.
En la siguiente ocasión que Moisés y Aharón vieron al Faraón, éste pareció algo más dadivoso. Les preguntó quién habría de participar en el servicio que los israelitas querían efectuar en el desierto.
-Todos, sin excepción; viejos y jóvenes, hombres, mujeres y animales habrían de ir Correspondieron.
-Sean tan sólo los hombres. Las mujeres y los niños, así como todas sus posesiones, quedarán en Egipto -fue la respuesta del Monarca.
Moisés y Aharón no aceptaron esta oferta, y el Faraón montó en cólera, ordenándoles que dejaran su palacio de inmediato.

Antes de partir, Moisés le advirtió sobre nuevos y tremendos sufrimientos que habrían de caer sobre él y su pueblo, más el Faraón permaneció inmutable, aun a pesar de que sus consejeros eran de la
opinión de que no convenía continuar resistiéndose.
Apenas Moisés traspuso el umbral del palacio, elevó sus brazos hacia el cielo, y acto seguido, con el viento del Este, nubes de langostas cayeron sobre Egipto, devorando todo el verdor que había logrado escapar al granizo y a las plagas anteriores.
Nunca en la historia del mundo había visto una plaga de langostas tan desvastadora como ésta.
Trajo la ruina total a Egipto, ya asolado por las pestes previas.
Nuevamente el Faraón mandó llamar a Moisés y a Aharón, y les imploró que pidieran a Di-s el cese de la catástrofe.
Moisés accedió, y Di-s, con un fuerte viento del oeste, arrastró las langostas hacia el mar.
Cuando se supo aliviado, el Faraón regresó a su primitiva obstinación y se rehusó a liberar al pueblo de Israel de la esclavitud.
Siguió entonces la novena plaga.
Por varios días, Egipto se cubrió por entero de una oscuridad impenetrable, que apagaba toda luz que se intentase encender.
Los egipcios fueron presa del pánico y quedaron pegados a sus lugares, donde estuvieron parados no pudieron sentarse, donde se sentaran ya les era imposible ponerse de pie.
Sólo en Goshén, donde vivían los hijos de Israel, había luz.
Sin embargo, no todos los judíos se salvaron de este desastre.
Entre ellos había algunos que preferían ser considerados como egipcios, en lugar de aparecer corno miembros de la raza hebrea, y trataban de imitar a los egipcios y asimilarse. Ellos no querían abandonar
Egipto. Durante los días de oscuridad esta gente murió.
El Faraón intentó negociar con Moisés y Aharón otra vez, pidiéndoles que se fueran con toda su gente, dejando sólo sus rebaños corno prenda.
Moisés y Aharón, sin embargo, le informaron que no estaban dispuestos a aceptar menos que una libertad completa para todos, hombres, mujeres y niños, y que se llevarían sus pertenencias consigo.
-Idos, y no volváis jamás -ordenó el Faraón en un rapto de ira-. Os prevengo que de presentaras nuevamente ante mí, moriréis.
-No será necesario volver a verte, pues Di-s enviará una plaga más sobre Egipto, luego de la cual tú mismo darás el permiso incondicional para que los hijos de Israel abandonen Egipto -replico Moisés, tranquilo-.
Cerca de, la medianoche -continuó Moisés- Di-s pasará por sobre Egipto, diezmando a todos sus primogénitos, de hombre y bestia. De los hijos de Israel, sin embargo, nadie morirá. Un amargo clamor se alzará sobre Egipto, y todos los egipcios se hundirán en el terror por miedo a morir. Entonces el Faraón mismo vendrá a buscar a los líderes de los hebreos, y les suplicará que se fuesen de Egipto sin tardanza!
Con estas palabras, Moisés y Aharón se retiraron dejando al Faraón sumido en la cólera.

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