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El Elegido

Extraido de Revista Judaica

La Hagadá de Pésaj dice: “Asher Bajar Banu Mikol Am“, Quien nos eligió entre todos los pueblos.

El Rebe de Klausenberg fue llevado desde Aushwitz a Varsovia como parte de un grupo de trabajo de esclavos para desmantelar edificios bombardeados. La tarea se hacía a un ritmo furioso y consistía en acarrear pesadas rocas y troncos. Muchas personas morían de agotamiento.

Un día, mientras el rebe y sus camaradas prisioneros estaban trabajando en lo alto de un edificio, una tremenda lluvia empezó a caer sobre ellos. Pese a todo, los nazis los impulsaban sin piedad a continuar con su tarea. Una de las pobres, exhaustas y empapadas víctimas increpó con dolor al rebe: “¿Vas a continuar diciendo ´Tú [D´s], nos has elegido´ y regocijándote porque somos el pueblo elegido?”.
El rebe de Klausenberg respondió: “Hasta este día yo, en verdad, no decía: ´Tú nos has elegido´ con la debida devoción, pero desde hoy, cuando diga: ´Tú nos has elegido entre los pueblos´, lo diré con mucho más fervor. Estaré absolutamente extasiado”.
Cuando el rebe vio la cara de asombro del hombre, le explicó: “Si no fuese por el hecho de que D´s nos ha elegido, entonces yo sería como los nazis. Es mejor para mí estar en mi situación que ser uno de ellos, D´s no permita. ¡Venturosa es mi suerte!”.

El rebe de Klausenberg prosiguió relatando: “En Varsovia había un judío lituano con nosotros, cuya situación era mucho mejor que la nuestra por ser un experto metalúrgico, lo que lo hacía muy importante para los SS. Se le permitía circular libremente y se le daba comida adicional.
Cierto día, este hombre se introdujo en mi barraca y dijo: ´Vine para discutir contigo un punto de la ley judía. En mi trabajo, tengo que profanar el shabat transgrediendo prohibiciones de la Torá. Creo que es mejor ser transferido al grupo que tiene que cargar los pesados troncos y rocas, puesto que eso no es una prohibición de la Torá sino un decreto rabínico´.

“Cuando le pregunté cómo iba a lograr eso, dijo: ´Ya he hecho aprestos para quemar mis manos con agua hirviente de modo que ya no pueda continuar con mi delicada tarea. Entonces tendrán que transferirme a los otros grupos de trabajo´.
“Uno tiene que darse cuenta”, continuó el rebe, “que cargar los troncos significaba una muerte segura. Muchos no eran capaces de sostenerse por más de unos pocos días. En vano trataba yo de convencerlo de no exponerse a semejante peligro, pero él insistía en que no deseaba violar tantas prohibiciones de la Torá. Con gran dificultad logré persuadirlo de que, como trabajador metalúrgico, podía salvar las vidas de muchos otros judíos. Sólo entonces él cedió. Ciertamente, el observar a un judío así reforzó en nosotros el regocijo del ´Tú nos has elegido´”.

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