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El desafio del racionalismo

EL “MAHARAL”, RABÍ IEHUDÁ LOEW DE PRAGA, COMO PRECURSOR DEL JASIDISMO , por Ben Zion Bokser, de “Wellsprings” (NY)

El conflicto entre religión y racionalismo fue un tema principal en los escritos del Maharal, Rabí Iehudá Loew de Praga.
La cultura judía del Siglo XVI estaba dominada por la erudición rabínica, sobre todo por el Talmud y sus copiosos comentarios. Pero cada era ha tenido sus espíritus audaces que lograban cruzar las fronteras de la vida convencional para explorar nuevos caminos. Y la época del Maharal tuvo su círculo de estos espíritus audaces, hombres que especulaban en la filosofía y las ciencia y que trataron de relacionar su nueva verdad con los preceptos de su fe tradicional.

Los voceros de este racionalismo variaban en su doctrina pero, esencialmente, todos estaban bajo el hechizo de la exaltación griega de la razón. La razón sola, enseñaron, lleva al hombre a los más altos panoramas de la verdad y a los logros más nobles de la buena vida.
La defensa del Maharal de la religión tenía poco en común con el oscurantismo que predominaba en algunos círculos y que había procurado prohibir toda ocupación con la ciencia y la filosofía.
El desafió, sin embargo, la tesis del racionalismo de que no hay más en el universo que lo que puede verse con los ojos del intelecto, y que nuestras ciencias y las filosofías sobre las que construimos nos dan la verdad infalible. La realidad que subyace a toda la existencia es mucho más vasta que cualquier fórmula que podamos producir para interpretarla. La verdad definitiva acerca del universo no puede ser captada por nuestras mentes mortales. La ciencia es una herramienta valiosa para conocer el universo físico, pero allí se detiene. Puede sondear el universo como un hecho determinado, para desenmarañar los detallados procedimientos a través de los cuales opera. Puede describir lo que existe. No nos puede dar la respuesta a los más profundos acertijos que el corazón ansía resolver. No puede iluminarnos respecto del propósito o raíz máxima de nuestras vidas o del universo.

El Maharal puso al orden natural dentro del contexto de las obras de la creación Divina. Es Di-s quien concedió las calidades de cada ser para comportarse como lo hace en la relación con los demás seres. El universo, además, no es completamente determinado; y los fenómenos del universo no son exclusivamente el resultado de la obra de la necesidad natural. Pues la relación de Di-s con el mundo, enseñó el Maharal, no es, como la ilustró Aristóteles, una consecuencia necesaria de Su ser. Es una relación de gracia gratuita. El deseó la creación, y El deseo el carácter de la existencia así como también las metas y los propósitos que busca concretar. Por encima del reino de la naturaleza y la necesidad natural, que la razón puede investigar, hay un plano de libertad, donde Di-s retiene la iniciativa y cuando a El le parece bueno, El Se inyecta a Sí Mismo en la vida humana para continuar su providencial ordenamiento de la existencia.

Como ilustración de la continua actividad de Di-s en el universo, el Maharal citó el incesante impulso a la unidad que domina a todas las criaturas. Una de sus más gloriosas manifestaciones es el amor entre los géneros, que es el fundamento del matrimonio y la familia. Todo esto no era para el Maharal más que la expresión continua de la presencia de Di-s. En el nivel natural, las vidas distintas permanecerían aisladas una de la otra. La fuerza sutil que trabaja contra el separatismo y se esfuerza por la unidad revela un universo en el que Di-s es un agente siempre presente que activa en él, movilizando a la gente hacia metas que El quiso que se alcanzaran.

EL CARACTER DIVINO DE LA VIDA

El Maharal emprendió sus extensas labores literarias no meramente a fin de responder al desafío que enfrentaba la comunidad judía de su época. Estaba inspirado también por los intereses normales teológicos de tratar los problemas generales de la religión y la vida. Sus escritos se empeñan en hacer frente a aquellas preguntas que los hombres sensibles siempre han formulado sobre Di-s y el mundo, sobre el hombre y su destino.
El punto principal que el Maharal consideró en esta fase de su pensamiento era el eterno problema que había agitado a científicos así como también a filósofos: la búsqueda de un “conocimiento de la suprema esencia inmutable que ciñe por detrás al mutable mundo ilusorio”.
En el pensamiento judío, esta búsqueda ha asumido especial urgencia a causa de la necesidad de hacer frente a la inaguantable contradicción entre la concepción de Di-s como Creador del universo y los hechos de la experiencia humana general. Si Di-s es el Creador y sostenedor del universo, entonces toda la vida dentro de éste debería reflejar su fuente divina. Debería reflejar armonía, unidad. Nuestra vida sobre la tierra debería revelar cualidades de sapiencia y bondad, como cuadra a la obra de un Creador que es todopoderoso y todo bueno. La desconcertante realidad es, sin embargo, que, por lo menos en la experiencia humana común, la unidad de la vida está oscurecida. Parece ser quebrada en una multiplicidad de existencias individuales, de criaturas particulares, todas diferentes entre sí. Y en lugar de vivir una con la otra en armonía, estas criaturas particulares con demasiada frecuencia invierten su substancia y energía en el fiero antagonismo y el constante disenso.

Este choque entre la concepción del universo como creación divina y los hechos de la experiencia común ha enfrentado a cada teología que ha asumido su tarea sin evasión ni compromiso. Es uno de los problemas centrales en el misticismo cabalístico. Para la Cabalá siempre insistió en que nosotros podemos conocer a Di-s no solamente en las abstracciones del pensamiento, sino también en la intimidad de la experiencia directa, que los elementos divinos permean el total del drama de la vida cósmica, así como también a todos los seres individuales que toman parte de ella. Así, se volvió importante tratar el mundo de la experiencia personal, para encontrar en el mundo acerca de nosotros, en el hombre así como también en la naturaleza, los símbolos de la presencia de Di-s.

Al resolver esta paradoja los cabalistas desarrollaron los aspectos principales de su doctrina. La existencia, enseñaron, es en su núcleo una inquebrantada unidad, y todas las divisiones dentro de ella no son sino una ilusión; el mundo es esencialmente bueno, e incluso el mal que encontramos en la existencia mundana contribuye de algún modo al progreso de la vida; el ascetismo no es el camino a Di-s, pues el cuerpo es Su creación y nosotros no podríamos haberlo consignado a la mortificación; el espíritu divino que ondeaba sobre el caos primario para traer a la existencia un mundo ordenado, sigue actuando todavía para extender orden y armonía y para superar la persistente irracionalidad y caos en la existencia humana; el hombre, la corona de la creación, encara la responsabilidad de alistarse como un compañero de trabajo con Di-s para llevar al bien a un predominio mayor en el mundo, hasta que el plan divino logre su más plena maduración y la vida crezca hasta su genuina perfección, su destino. El Maharal aprovechó estas ideas, aunque frecuentemente las expresó en su propio lenguaje.

El Maharal convocó a los hombres a observar al mundo con sensibilidad y comprensión, y entonces, estaba seguro, estos descubrirían sus elementos divinos. El mundo es una expresión material de una realidad espiritual. Es una especie de “ropaje” vestido por una esencia divina. “Este mundo”, declaró, “disfruta de una alta dignidad. Y la presencia misma de Di-s, Su shejiná, está en este mundo”.
¿Cómo podemos reconocer la presencia de Di-s en este mundo? El Maharal adoptó una teoría familiar entre los místicos judíos, que los atributos físicos mismos del mundo en que vivimos abundan en sugestivos paralelos del más superior plano de lo divino. Lo superior y lo inferior son parte de un más grande universo y ser, y uno se corresponde con el otro.
En cuanto al supuesto conflicto entre la multiplicidad de las criaturas del mundo y la unidad que esperamos encontrar en la creación de Di-s, hecho e intuición son, ambos, verdaderos, explica el Maharal. Hay una unidad subyacente a la vida, y la vida también es quebrada en una multiplicidad de seres individuales, estableciendo cada uno su propio destino privado.

Todo depende de la perspectiva desde la que juzguemos. Si juzgamos a cada criatura desde su propio punto de vista, y eliminamos de nuestra consideración el plan divino en el que cada uno tiene su lugar particular, entonces sólo podemos ver diversidad y separación; sólo podemos ver una multitud de criaturas diferentes viviendo y luchando por fines aparentemente no relacionados. Desde el punto de vista del Creador, sin embargo, todas están integradas en un modelo de armonía subyacente.
La unidad de la vida es más claramente discernible a medida que ascendemos la escalera de la creación. Cuanto más cerca nos encontramos de la fuente divina de donde surge todo ser, tanto más encontramos a la existencia fusionándose en dirección a la armonía, hacia la unidad y simplicidad. Es sólo a medida que las criaturas descienden para darse cuenta de la plenitud de ser con que han sido impregnadas, que se mueven de lo simple a lo complejo, y allí comienza un proceso de particularización. Lo que era entero se divide en una multiplicidad de fragmentos. Como árboles que brotan de una raíz simple y luego se ramifican en muchas partes diferentes, así es la vida del universo. Surge de Di-s, Quien es la única raíz de su ser, y su crecimiento es un proceso de expansión, de ramificación, de diferenciación en partes variantes. Todas estas partes persisten, sin embargo, en una unidad subyacente. Ellas todas se vinculan para formar una cadena de ser, una empresa de vida común.

La concepción de mundo del Maharal portaba implicaciones especiales para el hombre y su destino. El plan divino que está actuando en la creación también debe activar en cada persona individual. Es su crecimiento el que adelanta o retrasa el cumplimiento del plan más grande. Así, la vida del hombre se enfrenta a un desafío crucial, aprovechar al máximo su propia vida, y con ello llevar al propósito más grande de la vida hacia el cumplimiento.

El Maharal ensalzó al hombre como el elemento más importante en la jerarquía de la vida. El es la meta de todo lo demás en la creación. Es él quien desarrolla los más altos potenciales de la naturaleza. Pues la naturaleza, como fuera lanzada por el Creador, tiene áreas de insuficiencia. Al descubrir sus propiedades inherentes y aprovecharlas, el hombre lleva a la naturaleza hacia la terminación. El hombre supera en valor incluso a los ángeles. Es un microcosmos, una miniatura de todas las vastas empresas de la vida cósmica. El es, además, la síntesis ideal de elementos divinos y materiales, vinculando así los diferentes estratos de existencia en una unitaria cadena de ser. Solo entre todas las demás criaturas, él es capaz del habla.

El más alto atributo del hombre es su libertad. El no es compulsionado por su propia naturaleza en cuanto a sus acciones, y suya es la capacidad de ejercer soberanía sobre las demás criaturas de la tierra. El camina erguido por el mundo, y esto simboliza apropiadamente su más alta dignidad. Por su naturaleza, él estaba destinado a mantenerse erguido, ser un ser libre.
El hombre se distingue objetivamente por su atributo de libertad. También se distingue subjetivamente, por la constitución de su ser. Todos los demás seres están dotados de materia y forma. El hombre también los tiene. Estos son su cuerpo y espíritu (néfesh). Este último es la fuente de sus vitalidades. Lo convierte en un ser vivo, racional. Pero además de su espíritu, que permanece atrapado en su personalidad material, también ha sido dotado de un tercer elemento, un alma divina. Es esta alma divina la que da dirección a su vida entera, y es esta alma, también, la que equipa al hombre para búsquedas divinas y le permite cultivar la máxima razón, la razón divina corporizada en la Torá.

El alma divina, sin embargo, no funciona en todos los hombres por igual. Pues la vida espiritual no es perseguida por el hombre de manera desvinculada de su sociedad, y el carácter de esa sociedad afecta las tendencias espirituales del individuo. Por un acto de determinación divina, una propensión peculiar para lo espiritual es inherente a Israel.
El Maharal aceptó fácilmente que el hombre, como lo encontramos en el mundo, no revela siempre su noble estatura. Pero esto deriva del hecho de que, explica, la excelencia del hombre no es un otorgamiento con el que él viene al mundo. Es, más bien, un desarrollo que él debe lograr mediante sus propios esfuerzos. Como fue formado por el Creador, el hombre es incompleto, y toda la carga de su vida es un esfuerzo para lograr la terminación, una búsqueda de perfección.

Nuestro anhelo por la perfección comienza necesariamente con cumplir las obligaciones que nos debemos a nosotros mismos. Estas comienzan con lo físico y se alzan cada vez más alto, hacia lo espiritual. El hombre es una criatura corporal, en la que reside un espíritu, una mente. Pero el cuerpo es la base desde la cual comienza todo desarrollo. El Maharal polemizó contra el pesimismo de la doctrina cristiana, que considera a la “carne” y a sus reclamos como totalmente pecadores. Denunció particularmente la mórbida perspectiva sobre el sexo, al que considera algo vergonzoso o perverso, pensado para tender una trampa al hombre. Puede llegar a ser así si éste se convierte en el interés todo absorbente en la vida de la persona. Por sí mismo, sin embargo, es una de las más gloriosas experiencias de la vida. Y la camaradería entre esposo y esposa que fusiona sus vidas en una entidad seguramente no es algo “material”. Hay un elemento pragmático en el amor de marido y mujer, en el sentido de apreciación de incidentes de utilidad mutua. Pero hay otra dimensión en ese amor, que trasciende toda consideración pragmática. Ese elemento en el amor es divino; es una incidencia del amor que está en la esencia de la creación misma. Los principios masculinos y femeninos son imprescindibles uno al otro en la vida humana incluso tal como lo son en el universo en general.

El tributo del Maharal a la importancia espiritual de la relación de pareja siguió una tendencia general en el misticismo cabalístico. Los cabalistas vieron la misma dinámica de existencia como el anhelo de los principios femeninos y masculinos de encontrarse uno con el otro, y con su unión, engendrar nueva vida. Ellos incluso diferenciaron las diez sefirot, que emanan de la inefable unidad de Di-s para engendrar el universo finito, como masculinas y femeninas. Lo que era cierto del universo, el macrocosmos, no puede ser falso en el hombre, el microcosmos. El acto de unión sexual fue visto, por lo tanto, como un ejemplo del ritmo universal de toda la existencia.

SU LEGADO

El Maharal ayudó al pensamiento judío a emanciparse de la represiva disciplina del escolasticismo. En su propia época, el escolasticismo fue un logro positivo. Llevó a la religión a la armonía con la ciencia e hizo un impresionante gesto hacia la asignación de un rol importante de la razón en la vida. Pero en el curso de los siglos el escolasticismo expuso su deficiencia. En su intento de adaptar toda cultura en una unidad comprensiva, hizo de la religión el pico de una pirámide. El fundamento de esa pirámide sería la ciencia natural. Mediante un conocimiento de la naturaleza, uno debía avanzar hacia una conciencia del Di-s que era la fuente de su ser. La religión quedó así atrapada en las limitaciones de cualquier ciencia que pudiera prevalecer en una época en particular. Al rechazar la hipótesis del escolasticismo, el Maharal devolvió la religión al dominio del hombre común. En la concepción maimonideana, se trazó una brusca línea entre los contados miembros avanzados intelectualmente de la raza humana, y la gran multitud de gente.

El esnobismo del pensamiento griego se introdujo así en la religión. Pues sólo el hombre que había dominado las ciencias podría llegar al amor a Di-s. Las masas de la humanidad estaban condenadas a vivir mediocremente captando sólo metas ilusorias. Un impenetrable velo las separaba del más altísimo bien de la vida, la toma de conciencia de ser uno con Di-s. La esencia de Di-s era la razón eterna comprometida en la meditación de su propia perfección, y sólo por medio de la razón el hombre podría acercarse a ella. El Maharal echó este velo a un lado y convocó a todos los hombres a acercarse. Podrían entrar mediante la piedad, o la fe, el estudio y la práctica de la Torá, o el temor y amor simples a su Hacedor.

El Maharal fue un precursor del jasidismo. Los grandes maestros del pensamiento jasídico lo reconocieron como una de las fuentes de su propia inspiración. Así, Rabí Simjá Bunim veneraba a Rabí Iehudá como su maestro por excelencia, cuyos escritos habían enriquecido enormemente su propia fe religiosa. El fue en peregrinaciones a la tumba del Maharal e incluso expresó la esperanza de verse privilegiado con estudiar con él en el espiritual mundo después de la muerte.
El jasidismo fue una continuación de la Cabalá, despojada únicamente de algunos de excesivos simbolismos y transformada de doctrina oculta en movimiento popular. La transformación de una nueva teosofía sutil en un movimiento masivo se logró principalmente mediante el desarrollo dentro del jasidismo de la idea del Tzadik, el santo maestro alrededor de quien se organizó una camaradería de discípulos, y quien sirvió como intermediario entre los más altos planos espirituales y la gente común.

El Maharal jugó un papel importante en esta transformación. En su propio lenguaje las ideas de la Cabalá son presentadas con un mínimo de esas imágenes simbólicas que abundan en los textos clásicos de la Cabalá. Estas ideas, también, son desarrolladas hacia una declaración de fe y disciplina que pueden indicar el modo de vida para el hombre común en sus dilemas espirituales. Pues el Maharal no fue un escritor para los pocos elegidos. El se alzó en el medio de la vida y batalló vigorosamente para darle dirección y forma. Así, ayudó a preparar el camino para la fase del jasidismo en el misticismo judío.

(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).

 

Ben Zion Bokser

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