Relatando
Relatos, Cuentos y Anécdotas
Varios
+100%-

El comerciante de diamantes

El avión estaba aterrizando mientras el hombre miraba a través de sus ventanas, añorando la ciudad que dejó lejos. él era un comerciante de piedras preciosas, que iba de un lado a otro para realizar sus negocios. Llevaba consigo once mil dólares en efectivo.
Abandonó el aeropuerto y se dirigió directamente hacia la zona de los especialistas en diamantes. Luego de un rato, ya había utilizado casi toda la cantidad que había llevado.
Le quedaban mil dólares, lo que le alcanzaría para su regreso con todas las comodidades, como él acostumbraba a viajar.
Ya estaba empacando sus pocas pertenencias, y suenan unos golpes en la puerta de la habitación de su hotel. Abre y aparece un desconocido.
“Disculpe señor”, le dice, “¿me permite un minuto, por favor?”.
“Adelante” respondió el hombre con reservas.
“Escuché que usted es un hábil y exitoso comerciante de piedras. Quizás esté interesado en comprarme un lote a mí. Le aseguro que no se arrepentirá. Es de muy buena calidad y a un precio realmente ventajoso”.
“Verá usted, señor. Seguramente hubiera aceptado en otra oportunidad, pero ahora me he quedado sin dinero”.
“Es que… de verdad vale la pena” insistió el otro.
“Puede ser, pero lo lamento. Sólo me quedan unos dólares para regresar a mi casa…”.
Sin embargo, dentro de él ardía la curiosidad de saber lo que estaba ofreciendo.
“Este… ¿podría ver qué es lo que tiene, si no hay inconveniente?” le pidió.
El hombre de la calle abrió un maletín y de ahí surgió un fulgor impresionante. El comerciante no podía creer lo que tenía frente a sus ojos: Realmente ésos eran unos diamantes como hacía mucho tiempo no veía. Los observaba; los analizaba; los admiraba…
“¡Oh! ¡Oh! ¡Esto sí es una maravilla..!” exclamaba.
“Yo también sé que son piedras muy valiosas” reconoció el otro hombre. Y agregó: “Lo que pasa es que estoy muy necesitado de fondos porque tengo que afrontar deudas astronómicas. A usted no lo puedo engañar. Usted sabe que éstas son auténticas y aquí tiene el certificado de que me pertenecen. Si acepta comprármelas ahora mismo, se las doy a un precio regalado”.
“¿C… Cuánto?” el comerciante casi se había arrepentido de preguntar. Seguramente no tendría con qué pagar.
“Este lote vale varios miles de dólares. Déme mil dólares y es suyo”.
“¡Mil dólares!”, pensaba el comerciante. “¡Este hombre no sabe lo que dice! ¡Me lo está vendiendo por menos del diez por ciento de su valor!”.
No sabía cómo hacer para ocultar su contrariedad. ¡Tenía una fortuna al alcance de su mano y no podía comprarla!
“Quinientos dólares…” le ofreció, calculando que el resto le iba a permitir regresar a su casa (aunque no “en primera”, como a él le gustaba).
“Mil y ni un dólar menos”. Es la cantidad que necesito.
“Tiene razón”, pensó el comerciante. “No tiene por qué hacerme más rebaja de la que ya me hizo. Pero, ¿cómo haré para volver a casa?”, se preguntaba.
Luego recordó que le habían quedado billetes sueltos y unas monedas; quizás con eso le alcance. Porque en realidad, no resultaba lógico dejar pasar una oportunidad como ésa. Jamás se le presentaría algo semejante.
“¡Trato hecho!”, metió la mano en su bolsillo y sacó un fajo de billetes. “Cuéntalos. Aquí tiene exactamente mil dólares”.
Cuando el hombre se retiró y él se quedó en su cuarto, se dio cuenta que efectuó la operación comercial más importante de su vida. Pero al mismo tiempo, estaba preocupado: Aquellos billetes y monedas, quién sabe si le permitirían viajar; ya no como estaba acostumbrado a hacerlo, sino “Viajar” en todo el sentido de la palabra.
Efectivamente, no había medio de transporte “normal” que lo lleve a su casa con la cantidad tan exigua con la que pretendía pagar. La gente lo miraba extrañada: Un hombre tan bien vestido, buscando precios en las ventanillas de ómnibus más corrientes y baratos. ¡Y le parecía caro!
Se le acercó un hombre de aspecto no muy elegante que digamos.
“Señor: he visto que está buscando algo o alguien que lo deje en esa ciudad que mencionó. ¿Cuánto dinero tiene?”.
El comerciante se lo dijo.
“Hasta a mí me parece poco…”, dijo el hombre haciendo una mueca. “Bueno. Si quiere yo lo llevo por eso; tengo que pasar por ahí. Pero le advierto que mi camión no es lo que se dice “de lujo”, ¿eh?”.
Cuando el comerciante lo vio, se dio cuenta que el hombre había exagerado. No es que el camión no era “de lujo” sino que era desastroso. Aparentemente, ahí viajaban sólo personas que apenas si tenían para comer. Pero no era ese un momento para ponerse a exigir comodidades. Ahora hay que llegar a casa.
Sentado en uno de los asientos, apretaba contra su pecho el gran tesoro que había tenido la suerte de conseguir por tan poco. Mientras el camión transitaba por la carretera, se ilusionaba y hacía proyectos, imaginándose qué es lo que iba a comprar con las grandes ganancias que le proporcionarán las piedras.
Sintió que alguien lo miraba. Se dio vuelta, y vio que un hombre de pobre apariencia lo estaba observando detenidamente. Pasó un rato, y el hombre seguía sin despegar sus ojos de él. De pronto, se le acercó.
“Discúlpeme. Yo a usted lo conozco…”.
“Puede ser…”.
“¡Claro! Usted es el famoso comerciante de diamantes. Una vez lo vi pasar mientras yo trabajaba de pintor en un edificio”.
El comerciante asintió con la cabeza.
“Y… ¿Se puede saber por qué está usted viajando en un camión como éste? Me imagino que un hombre de su riqueza no utiliza otro medio de transporte menor que la primera de los aviones…”.
“Tiene usted razón. Yo no sabía que existía este tipo de camiones. Pero aunque no me lo crea, lo diré que me he quedado sin dinero y no tuve otra alternativa para poder llegar a mi casa.
El comerciante le contó al hombre todo lo que había sucedido, y cómo hizo lo que hizo para no dejar de aprovechar la ocasión de hacerse de ese lote de diamantes que muy difícilmente encuentre otra vez. Luego concluyó:
“Es cierto que podía haber optado por seguir viajando en primera, y me hubiese ahorrado todo este sufrimiento de hacer un viaje tan incómodo y desagradable. Todavía me falta alojarme en lugares precarios, en las escalas que haré antes de arribar a la ciudad donde vivo. En el trayecto, tendré que olvidarme de los manjares que incluyen mi menú diario, y los reemplazaré por comidas que apenas me permitan subsistir. Estoy consciente de las penurias que tendré que soportar antes de trasponer la puerta de entrada a mi casa. Pero pensé que vale la pena pasar un rato desprovisto de lo que uno le gusta, con tal de disfrutar después de toda una vida llena de satisfacciones y placeres… Cada vez que me invade la angustia por todas las privaciones por las que estoy pasando, abro el maletín donde guardo las piedras preciosas, y esa angustia es reemplazada por una sensación de felicidad, que disfrutaré como nadie y como nunca, en un futuro no muy lejano…”.
La figura del destartalado camión se alejaba en el horizonte. El comerciante no estaba muy seguro de haber convencido al pobre de sus ideas, pero sin embargo, era el único pasajero que viajaba con una sonrisa en sus labios.
Sabía que al final de ese trayecto tan dificultoso, le esperaba el bienestar eterno…”.
Todo este relato es ficticio. Nuestros Jajamim (sabios) nos enseñaron que la persona debe hacer todo lo posible por acumular méritos en la vida terrenal, para que le permitan acceder al Mundo Venidero. Está escrito: “éste es el Camino de la Torá. Pan con sal comerás; agua con medida tomarás, y sobre el piso dormirás… Si así lo haces, dichoso de ti en este mundo y bendito serás en el Mundo Venidero” (Pirké Abot 6).
Como se mencionó, todo el objetivo de la persona es acceder a su lugar en el Mundo Venidero. Podría ser que para obtenerlo tendrá pasar privaciones y abstenciones, y se verá obligado a vivir “pobremente” mientras se dirige “a su casa”.
Aquí en este mundo, es el único lugar donde es posible cumplir las Mizvot de la Tóra. Esta oportunidad no la encontraremos cuando acabe nuestro ciclo vital, por lo que debemos aprovecharla de cualquier manera. Si podemos hacerlo cómoda y satisfactoriamente, bien. Si no; si para cumplir las Mizvot debemos dejar de lado muchas de las cosas que nos gustan, recordaremos que éste es sólo un mundo pasajero.
Hagamos como el diamantero: Cuando estemos por perder la paciencia y las esperanzas, abramos un libro de Torá, que es el “cofre” donde están depositadas las piedras preciosas que supimos acumular durante nuestra vida. De ahí adentro brotará un resplandor que aliviará nuestros pesares. Y ese resplandor será sólo un pálido reflejo; una simple muestra, de la fulgurante luminosidad que nos espera en el futuro venidero.

Adaptado de Mishlé Jafez Jaim

(Gentileza Revista semanal Or Torah, Suscribirse en: ortorah@ciudad.com.ar )

Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top