Profundizando
2. Pureza familiar y Natalidad
El Amor, La Mujer Judía y El Matrimonio
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El Aspecto Económico del Control de la Natalidad

Extraido de Ensayos del Rab Iosef Oppenheimer

El motivo más imperioso que provoca, admitido o no, en el mundo actual la restricción de la natalidad por parte de muchos matrimonios, es sin duda, la situación económica.

La gran mayoría de los matrimonios poseen tan sólo una fuente de medianos o de pequeños ingresos. Por eso temen verse obligados, con cada nueva criatura que entra en sus hogares, a reducir su Standard de vida. Los gastos, el sacrificio material que exige la educación de un niño, obligan a los padres a renunciar a muchos lujos y comodidades, viajes de placer, concurrencia al teatro, compra de nuevas prendas de vestir, etc., o al menos, a reducirlos al mínimo. ¿Cómo deben considerarse estos temores?

La respuesta a esta pregunta toca en las más profundas raíces de la personalidad humana. La cuestión acerca de “si conviene” por motivos materiales, renunciar a una familia numerosa, no puede resolverse mediante consideraciones puramente racionales.

Cada individuo se crea su propia escala de valores. Su mentalidad, su carácter, su educación y toda su concepción filosófica individual de la vida, deciden qué valor figurará en el peldaño supremo de esta escala, cuál en el segundo, cuál en el tercero y así sucesivamente.

Por ejemplo, mientras para uno estar al servicio de la ciencia constituye el fin supremo de la vida, para otro lo es la cooperación para la superación política de un determinado grupo humano, como las mujeres o los negros. Mientras uno ve en el trabajo artístico el ideal de su vida, el interés principal para otro reside en el deporte. Es difícil figurarse una discusión provechosa entre estos tipos humanos; el investigador científico tendrá poca comprensión para el entusiasmo del futbolista, y viceversa.

De la misma forma, mal pueden comprender aquellos que ven en los hijos huéspedes indeseables y que estrechan su propio goce de la vida, la alegría que sienten aquellos que reciben a cada niño recién nacido como un regalo del cielo.

No se interprete esto como un cántico de loor a los “viejos y buenos tiempos”, ni como un lamento por la decadencia espiritual y moral del presente. Sin embargo, la opinión unánime de distinguidos críticos sociales y filósofos de la cultura, es que el hombre actual -como consecuencia de las transformaciones culturales del último siglo (el esclarecimiento intelectualista, el marxismo, así como los adelantos de la ciencia y la técnica)- se ha tornado considerablemente más materialista que el hombre de antaño. Llevar, con un mínimo de trabajo, la más fácil, cómoda y placentera existencia posible, parece para el hombre promedio de nuestros días mucho más atractivo que comprometerse a llevar una vida austera, con esfuerzos y preocupaciones, en aras de principios idealistas.

La posesión de un aparato de televisión, un automóvil, una vivienda elegante, costosas alhajas, etc., le resultara más conveniente que un hijo más. El individuo materialista no comprende la profunda satisfacción espiritual que proporcionan los hijos a los padres que tienen la dicha de tenerlos en mayor número, y la consciente alegría por la tarea que les ha sido conferida de educar a sus vástagos para ser personas moral y socialmente útiles. Todos estos ideales “anticuados”, carecen de interés para el materialista*3.

He aquí dos concepciones de la vida diametralmente opuestas. Quién por razones económicas limita el número de sus hijos, lo hace porque para él vivir en bienestar y desahogo equivale a poseer grandes riquezas materiales. Por el contrario, quien despreocupándose de su posición económica, rechaza el control de la natalidad, lo hace porque a su entender el nuevo ser que es su carne y su sangre, es una riqueza incomparable más valiosa que todos los bienes materiales, y porque piensa -consistiendo con un antiguo proverbio-: “Llámese rico al que se contenta con su parte” (Tratado de Principios”, IV-1).

Como ejemplo de hasta dónde puede conducir el rechazo de la procreación numerosa, oriundo de motivos materialistas, citaremos algunas frases del libro de una ginecóloga canadiense no-judía, donde informa sobre su larga experiencia en la materia:
“La costumbre de una generación de imaginar que la felicidad humana depende indefectiblemente de los bienes materiales, ya ha conducido por lo menos en nuestro país, a increíbles aberraciones. Durante el invierno pasado me visitaron, en el espacio de tres meses, tres madres en los comienzos del embarazo, para ofrecerme en adopción a sus criaturas que aún ni siquiera habían nacido. Estas madres eran casadas y esperaban hijos legítimos. Yo les pregunté: “Por qué no quiere usted conservar a su hijo?”. “Porque no estamos en condiciones de darle una educación adecuada” -me respondió una de ellas-. “Ya tenemos dos hijos, y no podemos permitirnos uno más”. “¿Cree usted” -inquirí yo-, “¿Qué clases de baile y los nuevos trajes de esquí son más importantes para un niño que la casa de sus padres?”. La madre quedó asombrada. “Pero naturalmente” -me dijo-.*4

Nosotros, como judíos, no tenemos nada que añadir en cuanto a lo expresado por esta médica no-judía. Si un matrimonio entrega a sus hijos recién nacidos en adopción, para no deteriorar su confortable standard de vida, o si practica el control de la natalidad para prevenir el nacimiento de tales criaturas, resulta -desde el punto de vista ético- exactamente lo mismo.

Uno de los medios de propaganda preferidos por los partidarios del control de la natalidad, es la indicación sobre la miseria y la indigencia que reina en algunos países superpoblados de Asia y América del Sur. Este llamado de atención acerca del peligro de superpoblación en todo el mundo, persigue como finalidad provocar una psicosis de angustia general, en el sentido de que un plazo de dos a tres décadas se generalizará en el mundo la plaga del hambre, que causará la muerte de millones de personas anualmente*5. Consecuentemente, apelan a la conciencia de todos los matrimonios, para que actúen “con sentido de responsabilidad”, y reduzcan el número de sus hijos al mínimo posible.

Semejantes profecías tenebrosas no constituyen ninguna novedad. Se conocieron hace más de 170 años por obra del religioso inglés R. T. Malthus, quien en su libro aparecido en 1798, puntualizó que el aumento de la producción alimenticia en progresión aritmética, resultará un día insuficiente para la población mundial que crece incesantemente en progresión geométrica.

Nos abstendremos de verificar aquí si esta profecía pesimista de Malthus y las presunciones de sus partidarios son fundadas y justas. ¡Qué no se ha profetizado ya, que luego jamás se cumplió! La experiencia recogida hasta el presente, al menos, ha desmentido a Malthus, ya que como consecuencia de los avances de la ciencia y la técnica, se pudo multiplicar, en una escala inopinada, la producción en el mundo en el rubro alimentario.

A los pronósticos pesimistas de los neomalthusianos, se contraponen contundentes juicios de otros expertos, quienes confían que – al igual que el milagro de Israel en la “conquista del desierto”- podrá lograrse el aprovechamiento de las tierras vírgenes en países no demasiado poblados, como la Argentina; por medio de trabajos de canalización y erradicación de bichos dañinos, como así también mediante los futuros adelantos técnico-científicos, aumentando en el futuro la producción de medios de subsistencia para el abastecimiento de toda la humanidad.

Pero – sea como fuere- el temor de la “explosión demográfica”, no puede afectarnos directamente a nosotros, como judíos. Nosotros fuimos desde siempre uno de los pueblos más pequeños (ver Deuteronomio, VII-7) y lo somos hasta el presente. Con nuestros trece millones de almas, aproximadamente, representamos apenas el 3 por mil de la población mundial, y por eso es absurdo suponer que un matrimonio judío residente en Israel, Estados Unidos o en cualquier otro lugar, que limita el número de sus hijos, contribuye en algo a la solución del problema de la superpoblación en la China o en la India.

La faz específicamente judía en el aspecto económico del control de la natalidad, se presenta de otra manera. Distinto al comúnmente mencionado ejemplo aterrador de las grandes masas del pueblo hindú, que viven de hecho en condiciones infrahumanas, que más que vivir vegetan y sufren de una permanente destrucción, la gran mayoría de los lectores a quienes está dirigido este opúsculo, pertenecen a la clase media y residen en circunstancias urbanas, gozando de las condiciones inherentes a tal situación.

Si con todo eso practican el control de la natalidad por razones económicas, ello no ocurre porque algunos hijos más lleguen a transformar realmente a sus padres en proletarios, que no podrían alimentar a sus vástagos y que, si éstos se enfrentaran, no tendrían dinero para pagar al médico. El “empobrecimiento” que tanto temen sobrevenga como consecuencia de la procreación numerosa, no es de ningún modo absoluto, sino tan sólo relativo. Bajo la influencia de su ambiente burgués, ellos también temen que no podrán permitirse a sí mismos tanto como sus amistades que poseen familia reducida; presumen que no podrán ofrecer a sus hijos tanto como otros padres a los suyos; que no podrán comprarles tan a menudo nuevas prendas de vestir o juguetes costosos, etc. Temen que su “imagen”, su prestigio y su status social se vean perjudicados.

Contra esta “angustia de pobreza”, más psicológica que realmente fundada, no se puede combatir -como ya lo indicáramos al comienzo de este capítulo- con argumentos racionales. Sólo puede superarse mediante una “reevaluación de valores”, es decir mediante el conocimiento de que la educación de los hijos pertenece a las más difíciles, pero también a las más hermosas tareas de la vida humana, y que el amor filial es la más valiosa recompensa por todos los sacrificios que la crianza y la dedicación imponen a los padres.
“La dicha hogareña del hombre es lo más bello del mundo, y la dicha de los padres con sus hijos es la más sagrada alegría de la humanidad” (J. E. Pestalozzi).
*
Con respecto, a estos, cabe agregar una observación sobre la influencia del aspecto económico sobre el pedagógico, en el control de la natalidad.
Seguramente la posesión de una familia numerosa obliga a un núcleo familiar no muy bien situado materialmente a imponerse restricciones. Este detrimento material puede, sin embargo, compensarse mediante el beneficio en el plano pedagógico, por cuanto precisamente aquellos niños que conocen las preocupaciones económicas de sus padres, aprenden desde temprana edad a contentarse con poco, a renunciara ciertos deseos y a proveer a sus propios menesteres. Estos les proporcionan madurez y numerosas experiencias, que influyen favorablemente en las etapas posteriores de su vida.

*3 Hace ya 40 años, el destacado pensador judío doctor Isaac Breuer, caracterizó en un artículo sobre el retroceso en el índice de natalidad entre los judíos alemanes, la “ideología” materialista con las siguientes palabras: “levar la producción es el lema general. Pero sólo los bienes económicos. El hombre ya no tiene ningún valor como bien económico. La oferta supera a la demanda; por lo tanto debe suprimirse la oferta. Un nuevo ser humano es solamente una boca para alimentar y nada más. Un nuevo ternero despierta alegría; un nuevo hombre -preocupación”. (Revista mensual “Najalat Zvi”, Año I, 1931, pág. 236).

*4 Marion Hillard: “A Woman Doctor looks at love and life”; citas extraídas de la publicación alemana “Von Frau zu Frau”, Munich, 1958, pág. 109.

*5 Confrontar con la obra del doctor Paul R. Ehrlich: “La explosión demográfica”, Nueva Cork, 1970.

Rab Iosef Oppenheimer

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