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Educación Judía
El arte de corregir
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El arte de corregir

Extraído de Veshinantam levaneja, escrito por el Rab Daniel Oppenheimer

“Corregir”. ¿Será esa la palabra adecuada? Usted los conoce. Son aquellos quienes siempre conocen los defectos ajenos. Los expertos y los que están siempre al día, permanentemente dispuestos a marcarle los errores a los demás. ¿Quizás se pueda reemplazar la palabra “corregir” por criticar, reprobar, censurar o reprochar? No. Suena muy agresivo. ¿Es bueno poder observar las deficiencias ajenas? ¿O debemos decirnos que no hay que meterse en las cosas del otro?

Y… ¡Oh sorpresa! En la Torá encontramos que rectificar las conductas impropias… ¡es una Mitzvá! ¿Cómo? ¡¿Es bueno entrometerse en la vida del otro?!
Antes de seguir, quiero decirle, amigo, que, por regla, la Torá nos ordena las cosas de la vida que, de otro modo, no nos hubiesen sido tan fáciles de llevar a cabo. Por consiguiente, si la Torá nos ordenó involucrarnos en lo privado del otro, no se trata de las críticas con que la gente suele agredir y gozar indebidamente. El objetivo de este mandato de la Torá, es ayudar al otro a conocer sus errores para poder corregirlos. Y esa es una de las leyes más difíciles de cumplir. Hasta tal punto es difícil, que uno de los Sabios manifestó, hace dos mil años, que “no sé si en esta generación existe gente que tenga los méritos suficientes para marcar los yerros ajenos” (aludiendo a que quien no posee la voluntad de enmendar sus propias falencias, carece de fuerza moral para censurar al prójimo). Otro de los Tanaim (sabios de la época del talmud) expresó que “no sé si en esta generación existen personas que sepan aceptar que los reprueben” (porque lo más habitual es que la gente entre a defenderse al menor intento de dejar en evidencia que se equivocan). Un tercer Sabio nos enseña que “no sé si en esta generación hay quien sepa cómo se debe rectificar al prójimo” (pues es muy común que la gente hable desde la soberbia, lo cual termina por endurecer la posición del oyente, en lugar de permitirle transformar su forma de actuar).

Vemos entonces, que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Hace dos mil años las características humanas eran tan complejas y difíciles de modificar como las son hoy. De todos modos, el hecho de que se trate de una tarea espinosa, no nos exime de nuestra obligación. La Torá, pues, nos responsabiliza por el bienestar espiritual del semejante, del mismo modo que nos encomienda velar por su integridad física y material. Permanecer indiferentes ante la caída moral del prójimo nos convierte, indirectamente, en cómplices de lo que se está haciendo incorrectamente.
Busquemos, entonces, más pistas para poder cumplir con tan laboriosa obligación adecuadamente.

Uno de los factores esenciales a tomar en cuenta, es que quien nos está escuchando no pase vergüenza por la circunstancia que la falla que estuvo tratando de ocultar hasta el momento – tanto de sí mismo como de los demás – de repente se convierta en algo “sabido” y público. Esto en sí solo, es sumamente embarazoso de digerir. Nadie se siente cómodo en esta situación. Por lo tanto, el momento y el lugar que se elige para decirle algo al prójimo son fundamentales, si la intención de quien está reprochando es realmente pura.
Asimismo, las palabras de censura serán escuchadas únicamente de manera positiva y útil, si el contexto de la relación entre quien habla y quien escucha es afectuoso. De otro modo si, por ejemplo, el oyente nota que lo único que le dicen son sus errores y nunca se le transmitieron palabras de apoyo, de aliento, de ánimo, etc., lo que casi seguro ocurrirá, será un rechazo automático a lo que se le está tratando de demostrar. No debemos olvidar que todos los seres humanos nos manejamos con una cuota importante de orgullo. Por lo tanto, tememos por nuestra estima y el factor de cómo somos vistos por terceros es imperante en nuestra mente.
“Del mismo modo en que se deben decir las cosas que serán escuchadas, se deben omitir las palabras que serán desoídas”.

Una de las acotaciones que agregan los Sabios a esta Mitzvá, es que se debe intentar “aun cien veces”, lo cual es sumamente aleccionador. Habitualmente, uno diría o pensaría, que habiendo hecho la “descarga” ya se cumplió con el deber y, a partir de ese momento, se convierte en un problema ajeno. No es así, nos enseñan. Si la primera o la segunda vez que se intentó, no hubo el éxito esperado, pues, se debe cambiar de estrategia. Algo aparentemente está fallando en el contacto entre las dos personas.
Quizás se esté queriendo corregir demasiado de una sola vez y haya que dividir la rectificación en cien pequeñas partes… pues entonces, se debe repensar las cosas y, recién luego, volver a intentar…

Midamos dos puntos antes de seguir: el primer punto es, que el beneficiario tiene libre albedrío – otorgado por D”s – quizás nos oiga, y quizás no quiera hacerlo ahora. Quizás atienda, pero lo postergue para otro momento.
Segundo punto: Lo que estamos haciendo es una Mitzvá. Si lo hacemos correctamente y de todo corazón, aun si pareciera no tener efecto inmediato – hemos obedecido el mandato del Creador.

Rab Daniel Oppenheimer

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