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El arrepentido

Los Daianim (jueces) del Bet Din Hagadol (Juzgado Principal) de la ciudad de Sefat se quedaron perplejos. El hombre que acababa de entrar era bien conocido como uno de los más rebeldes, inmorales y malvivientes de la Comunidad. Estaba considerado como el peor, de tal manera, que nadie dudaba que así también era visto por el Cielo. Decían de él que no hubo pecado de la Torá que no cometió. ¿Qué tenía que hacer, entonces, un hombre de esa calaña dentro del Bet Din Hagadol?

El asombro de los Daianim llegó al límite cuando escucharon lo que salió de los labios de aquel extraño visitante. “¡Por favor!”, les suplicó, “¡Recíbanme como Baal Teshubá (arrepentido)! ¡Estoy totalmente arrepentido!”.

Los Daianim, que conocían al hombre y todas sus malas artes, no le creyeron, pensando que ésta sería otra de sus trampas. “Seguramente pretende poner en ridículo al Bet Din y burlarse de él. No podemos arriesgarnos…”, fue lo que dijeron antes de decidirse a rechazarlo.
El hombre salió del Bet Din y se encaminó directamente de Rabenu Ari Z”L.
“Rabí”, le imploró, “Muéstreme el sendero de la Teshubá. ¡Usted si debe creerme!”.
“Ve a tu casa”, lo tranquilizó Rabenu Ari, Z”L, “y debes saber que cualquier persona está capacitada para hacer Teshubá. La Teshubá es un acuerdo que se concreta entre la persona y Su Creador. No se necesita de ningún intermediario”.
Pero el hombre no cedía.
“Por favor, Rabí”, insistía, “Dígame algo que deba hacer para arreglar todos mis actos y no me negaré en absoluto. ¡Es que hice esto y aquello…!” y ahí fue cuando comenzó a detallar frente al Rab que quedó realmente impresionado. No se imaginó que un Iehudí pudiera llegar a semejante bajeza.

“Hijo mío:” le dijo, “Por lo que veo, no te alcanzarían ni mil años de vida para hacer una Teshubá tan grande, capaz de borrar todo lo malo que hiciste. Sólo tienes una alternativa: La pena de muerte. Unicamente quitándote la vida lograrás que se perdonen todos tus pecados”.
“¡Acepto!”, dijo inmediatamente el hombre, “¡Me pongo en sus manos! ¡Ejecúteme, si es que así quedaré limpio de mi horrible pasado!”.

Llegó el día anterior a Iom Kipur, y el Baal Teshubá se hizo presente en el Bet Hamidrash de Rabenu Ari, para saber cuál era el veredicto qué merecía recibir. La decisión de aquel ocasional Bet Din fue la de condenar al pecador a morir con “Serefá”. ¿En qué consistía? En vertir en la boca del culpable una cucharada de plomo fundido hirviente. Cuando el plomo atravesara su garganta, viajaría por su cuerpo incinerando todos sus intestinos.

Era un fallo muy severo, pero el Baal Teshubá, lejos de amilanarse, lo aceptó con alegría.
“Ojalá que de esta manera, encuentre la expiación de mis pecados”, dijo.
Prontamente, se dispusieron todos los Jajamim (sabios) del Bet Midrash (casa de estudio) a cumplimentar las indicaciones de Rabenu Ari: Ataron las manos y los pies del hombre, y mientras observaba la cuchara con el plomo fundido hirviendo, le fue colocada una venda en sus ojos.
“¡Confiésate! ¡Pronuncia Vidui (confesión) y luego mantén tu boca abierta!”, le ordenaron.
El hombre comenzó a decir el Vidui, palabra por palabra, con una profunda concentración, demostrando verdadero arrepentimiento. Cuando llegó el momento, abrió su boca esperando la caída del plomo ardiente…

Sin embargo, en lugar de recibir un fuego mortal, lo que se introdujo en su boca no fue otra cosa que una dulce mermelada. Rabenu Ari, mientras el hombre no miraba, cambió la cuchara de plomo por una de mermelada dulce y agradable al paladar. Y mientras se la daba, le decía:
“Se apartó tu pecado, y tu transgresión fue perdonada…”.
Aquel hombre permaneció unos instantes en silencio… ¿Será posible? ¿Qué fue lo que sucedió? Y cuando estuvo con los ojos libres, se percató de la situación.
“Por favor, Rabenu!”, clamaba, “¡Cumpla mi sentencia! ¡Quiero que mis pecados sean perdonados de una vez!”.
“No te preocupes”, le dijo Rabenu Ari calmándolo, “Ya dijo Hashem en el Pasuk (versículo): “Porque él no desea la muerte (del pecador)”. Y los Jajamim, que nos enseñaron los caminos de la Teshubá, afirman que la imposición de la pena de muerte es sólo una de las maneras con las que quedan limpios los pecados de la persona. Y todo, para que la Teshubá se manifieste de todo corazón; para obtener una Teshubá sincera, acompañada de un auténtico arrepentimiento. Un arrepentimiento de esta naturaleza, seguramente cambia el corazón del pecador; su alma y todo su interior experimentan unos tormentos tan terribles, que resultan más fuertes que todas las muertes del mundo. Sin dudas, esta persona no pecará nunca más en toda su vida”.

“También tú”, concluyó Rabenu Ari sus palabras, “obtuviste el Zejut (mérito) de que tu Teshubá sea considerada una Teshubá completa, ¡Dichoso de ti! ¡Con lo que demostraste, no hay ninguna necesidad de quitarte la vida!”

Maasem Shel Sadikim

(Gentileza Revista semanal Or Torah, Suscribirse en: ortorah@ciudad.com.ar )

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