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El amor de Hashem

Nadie como yo puede decir que Hashem quiere a sus criaturas. A veces la persona cree lo contrario, cuando le suceden cosas que parecen malas. Pero con el tiempo se da cuenta que fue sólo para su bien.
Cuando yo era un pequeño niño de nueve años, la segunda guerra mundial estaba en su apogeo. La barbarie nazi provocó océanos de sangre, y el Am Israel fue su peor víctima.
En el guetto vivíamos aterrorizados, y no sabíamos si estábamos más expuestos a la muerte adentro de nuestras casas o fuera de ellas.
Un día mi hermanita salió a la calle sin que nos hayamos dado cuenta, y desde nuestra ventana vimos con horror como un soldado nazi se la llevaba. Gritos y llantos ahogados (porque ni siquiera eso podíamos hacer a voluntad) se escucharon de mi madre y de mí en ese momento. Ella estaba muy enferma y apenas podía moverse, y un disgusto como ése no tardaría en matarla de angustia.

¿Qué voy a hacer? La lógica indicaba que en esas situaciones, cada uno tenía que buscar su propia salvación.
Pero… ¿Y si la salvación de mi hermanita estaba en mis manos? Y así fue realmente: En mi mano estuvo su salvación…
Salí a la calle, con todos los riesgos que eso implicaba, y fui corriendo hasta el puesto militar. Cuando llegué, me encontré con aquél soldado que había visto desde mi ventana.
“¿Qué haces tú aquí?” me preguntó.
“Vengo a buscar a mi hermana”, le respondí.
“¡Ah! ¿Esa niña es tu hermana?”,
“Por favor, déjeme llevarla. Mi mamá está enferma y…”,
“¡Ja! ¡Ja!” lanzó el soldado una risotada, “No sólo no te la voy a dar, sino que te voy a llevar también a ti…!”.
Me puse a llorar, cosa que al soldado no le hizo mella alguna. Desesperado, le insistí:
“Por favor, deme a mi hermana”,
“Mira, te voy a dar una condición…”, el soldado tenía ganas de bromear.
“¿Cu… Cuál?”,
“Si te salen pelos en la palma de la mano, te la puedes llevar ahora. Sino te mato a ti y a ella”.

La sonrisa sarcástica del soldado se desdibujó bruscamente, y mostró una cara de asombro y horror cuando le mostré mi palma derecha: ¡Tenía pelos crecidos!
Con la misma expresión de consternación, se metió en el cuartel y salió tomando a mi hermana de la mano.
Me la dio y me dijo:
“Vete… ¡Vete de aquí ahora mismo!”.
Corrimos como locos y llegamos a la casa, donde mi madre al vernos cambió su llanto de angustia por uno de alegría. Y mientras ella abrazaba a mi hermanita, yo observaba mi palma derecha llena de pelos, y me acordé de aquella vez que me había “enojado” con Di-s.

Tiempo atrás, me había quemado con una olla caliente, y me hicieron un injerto de piel en la palma de mi mano, por una parte de mi muslo. Siempre
me lamenté de aquel suceso, y me preguntaba cómo Hashem pudo castigarme de esa manera. Escondía mi mano para que no me la vieran, y para que no se burlen de ver una parte de la mano con pelos, y nunca jamás me imaginé que eso iba a servirme para salvarle la vida a mi hermana, a mi madre y a mi.
Ahora que soy anciano, muestro mi palma de la mano con orgullo, y le enseño a todo el mundo aquello que dice la Torá: “Como reprende un padre a su hijo, Hashem Tu Di-s, te reprende…”.

Extraído de Yated Shelanu

(Gentileza Revista semanal Or Torah, Suscribirse en: ortorah@ciudad.com.ar )

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