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Duelo para todos

(selección extraída del libro «Fechas y conmemoraciones» por Shelomo Sued, © Shelomo Sued)

Nuestros santos sabios dictaminaron que estos veintiún días, que comienzan a partir del ayuno del diecisiete de Tamuz hasta el ayuno del nueve de Ab, sean de duelo y lamentaciones.
En este período la suerte del pueblo de Israel no es fructífera. Las numerosas desgracias, que ocurrieron en estas fechas, tales como: La destrucción de los dos Templos Sagrados, las inquisiciones, holocaustos y demás pogroms, han manchado el calendario Judío por el resto de las generaciones.

No obstante, este duelo no nos baja la moral ni mucho menos nos acompleja, pues, ciertamente no es eterno. Solo debemos guardarlo y respetarlo, hasta que D-os se apiade de nosotros y con su gran misericordia nos conceda la redención final.

El tema requiere un detenido análisis.
Los distintos estatutos que nuestros grandes sabios dictaminaron a través de los siglos, han guardado por siempre, un equilibrio equitativo y un lineamiento fundamental, los cuales, conservan hasta la fecha, una estrecha vinculación con los problemas actuales. Cuando nuestros eruditos se disponían a decretar una ley o formalizar una tradición, buscaban que éstas (las leyes y las tradiciones), solucionaran la cuestión que les aquejaba en ese momento, y a la vez, sirvieran como instructivo para las generaciones futuras.

Tratándose del duelo mencionado anteriormente, varias son las interrogantes que afloran de manera espontánea. ¿Con qué finalidad decretaron nuestros santos sabios estos días de aflicción?. ¿Acaso con este duelo parcial que guardamos año tras año, repararíamos las faltas que originaron el grave destierro?. Además, ¿cómo se relacionan con la problemática de este siglo XX?. Y por último: Bien es conocida la sentencia de nuestros eruditos, que con sus sacrosantas palabras afirmaron: «El Mesías no se presentará para redimirnos, sino hasta que toda la generación sea merecedora o culpable» (Talmud, tratado de San-hedrín 98-1).¿Acaso puede el hombre cambiar a todo el mundo para que sea merecedor?. ¿Qué pretenden de nosotros?.

Podríamos explicarlo de la siguiente manera.
Para lograr comprender el profundo significado que se encierra en éste decreto (el luto de Ben Hametzarím), debemos dilucidar primeramente el origen y las razones del concepto de duelo.
¿Con qué propósito los Jajamím (sabios) establecieron su rito?, ¿hasta donde llega su trascendencia?, ¿cuales son sus objetivos?.

En verdad, muchos son los beneficios (directos e indirectos) que se obtienen a través del mecanismo del duelo. Enumerarlos todos sería imposible, y menos aún cuando el suscrito desconoce el fondo de la cuestión. Sin embargo, nos limitaremos en mencionar solo tres de sus resultados inmediatos (en forma breve y esencial), dejando para el final un pensamiento aleccionador.

Primero: El duelo encierra una profunda consideración de respeto y honor hacia el difunto (o hacia la desgracia ocurrida). Sería inmoral e ingrato olvidar de pronto los nexos emocionales y sentimentales que se guardaban con el ser desaparecido, y borrar de raíz su recuerdo. El rito del duelo, ayuda a esta causa y la soluciona.

Segundo: El duelo mitiga el dolor. Durante los siete días de luto, el deudo vierte y desahoga la amargura que acumuló en los días que sucedía la desgracia. Narra los pormenores de la misma, describe las cualidades y las anécdotas del difunto, y ello le aliviana el dolor y lo hace sentir menos deprimido.

Tercero: El duelo ayuda psicológicamente al deudo a sentir que está haciendo, lo que está en su alcance por hacer. En el momento de los hechos, cuando la desgracia ocurría, el deudo no pudo hacer nada para detener el deceso de su ser querido, o en su caso, para evitar el desastre que se avenía. Ello por consiguiente lo hizo sentir mal, psicológicamente se sintió inútil, disminuido, y en algunos casos, hasta culpable. El acto del duelo lo ayuda a liberarse de esa presión. El sentarse los siete días reglamentarios en el suelo; el decir el Kadísh (Rezo luctuoso), lo hace sentir que está haciendo «Algo» por su ser querido, y ello lo tranquiliza y consuela.

En relación con el duelo de «Ben Hametzarím», podríamos decir que, nuestros sabios tejieron una nueva idea en torno al tema del duelo; un nuevo enfoque que se ajusta precisamente, al equilibrio y lineamiento mencionado anteriormente. Al hombre, no se le pide que cambie al mundo, como tampoco se espera que con su semi-duelo se acaben ya todas las adversidades para el pueblo de Israel, pues, esta disposición, en realidad, escapa al alcance del humano. Lo que se le exige es: «Que se una plenamente al dolor de su pueblo».

Que no permanezca indiferente a la pena de sus hermanos; que participe activamente en la desgracia de la sociedad y de los suyos. Que sienta en una ínfima parte, el dolor que padece D-os por el destierro de sus hijos. Cómo puede el hombre ser apático al clamor de D-os, quien diariamente desde las alturas pía como la paloma y dice: «¡Ay de mis hijos, que por sus pecados destruí mi casa (Templo), quemé mi arca sagrada y los desterré a las naciones del mundo!!» (Talmud, tratado de Berajot 3-1).

Si el hombre de hecho no puede aportar una solución concreta al grave destierro, al menos que lamente lo sucedido, que llore por la destrucción de los Templos sagrados y que reze a D-os para que se apiade de nosotros y ponga fin a nuestras desgracias. La Torá ve con ojos muy severos la apatía del hombre hacia los problemas y reveses de la sociedad. La indiferencia endurece las fibras más íntimas del sentimiento, y ello por consiguiente, convierte al hombre en insensible e irresponsable.

A continuación, solo unos ejemplos de las sentencias de nuestros sabios, las cuales nos ilustrarán la desventura que le llega a aquél que se desentiende de las penas de su prójimo, y por el contrario, la dicha que alcanza a aquél que se une y participa en las desdichas de la sociedad.

* Yaacob, nuestro patriarca, trabajó siete largos años con Labán, su suegro, a fin de casarse con Rajel, su hija menor. Su trabajo fue arduo y penoso, de día lo consumía el calor y de noche la helada. Jamás le presentó a su patrón una oveja devorada por las fieras, como tampoco cabras sin cría. No obstante, no logró su cometido. Labán lo engañó y puso bajo la Jupá (palio nupcial) a Leá, su hija mayor. Después de otros siete años, similares a los primeros, Yaacob alcanzó su propósito y se casó también con Rajel. La historia relata que, Lea engendraba y paría hijos de manera regular, y Rajel, que originalmente tenia que ser la esposa de Yaacob, no embarazaba. Desesperada ante la terrible situación que la oprimía, llegó con Yaacob y le dijo: » … engéndrame hijos, pues, de lo contrario, prefiero la muerte». Yaacob le respondió molesto e irritado: » … ¿acaso estoy yo en lugar de D-os, que privó de ti fruto de vientre?» (Bereshit 30-1/2). Sobre esta respuesta comenta el Midrash Rábá (Perashat Vayetsé 71-10): D-os le reclamó a Yaacob diciéndole: «¡¿Así se les responde a las angustiadas?!!», «Juro que finalmente tus hijos reverenciarán a los suyos!» (Las tribus se pararían ante Yosef pidiéndole misericordia). Hasta aquí la cita.

Analicemos: ¿Por qué le llegó este castigo a Yaacob?; ¿acaso no tenía lógica la respuesta que le dio a Rajel?; ¿qué podía hacer él si D-os no la agraviaba con hijos?.

La respuesta a esta interrogante confirma lo aseverado anteriormente. No podía darle hijos, pero sí podía unirse a su dolor. Como esposo y en calidad de Patriarca, debía oírla; dejarla que se desahogara, calmarla, consolarla y finalmente, rezar por ella; y puesto que quedó indiferente a su dolor, fue castigado.

* En contraste, Moshé nuestro insigne maestro, tuvo el mérito de ser el guía de Israel, gracias a su interés y preocupación por los sufrimientos que sus hermanos padecían en Egipto. El, en calidad de hijo adoptivo de Batiá, la hija del Faraón, podía desentenderse, si era su deseo, de los problemas de su pueblo, al fin y al cabo, vivía en el palacio real como un verdadero príncipe. Todo lo tenía, de todos los privilegios gozaba, y sin embargo, su conciencia no estaba tranquila. ¡Cómo podía estarlo mientras veía a sus hermanos sufriendo, siendo castigados y despojados de toda libertad!!. Por ellos sacrificó su comodidad, su honor y hasta su vida. Así lo narra el Midrash Tanjumá (Perashat Shemot 9): «Cuando Moshé veía sus pesados trabajos, lloraba y decía: ¡Daría mi vida por ustedes!». «Ponía su hombro y ayudaba a cada uno de los esclavos, para aligerarle el duro trabajo» «Cuando advirtió que el Egipcio le pegaba al Hebreo, pronunció el nombre sagrado de D-os, y con ello mató y sepultó al Egipcio». No le interesó el grave riesgo que conllevaba aquél acto, pues, de haberse enterado la justicia Egipcia, le hubiesen decretado la pena de muerte (como en realidad finalmente, así ocurrió). Defendió lo que creía suyo hasta su último aliento. Participó plena y activamente con la desgracia de sus hermanos. Dejó a un lado la apatía, el egoísmo y la comodidad, por eso llegó a ser quién fue.

* El Talmud en el tratado de Babá Metziá (85-1) narra una conmovedora anécdota que le sucedió a «Rabí Hakadósh» (Título Honorífico que se le otorgó exclusivamente a su persona por su alta santidad y consagración). Cierta vez, Rabí iba caminando por la calle y observó como un Shojet (degollador ritual) se disponía a degollar a un pequeño borreguito. El borreguito, que por instinto natural, sintió que le llegaba su hora, escapó desesperado de las manos del Shojet y se cobijó tras la túnica de Rabí, como pidiéndole protección. Rabí, en un acto sorprendente, sacó al borreguito de entre su túnica y le dijo: «¡Ve al degüello, pues para eso fuiste creado!». Narra el Talmud que, a raíz de esa actitud, D-os le decretó a Rabí, grandes sufrimientos para que lo torturaran por muchos años. La medida de la justicia fue muy rigurosa con él. No se le perdonaba el castigo, hasta que remediara su conducta.
Cierta vez, la criada de su casa se encontraba realizando el quehacer doméstico, de pronto encontró a unos ratones escondidos y los barrió con violencia hacia afuera. La reprochó Rabí y le dijo: «¡Ten misericordia de las criaturas de D-os!, si quieres sacarlos, sacalos, pero con paciencia y piedad!. A partir de entonces, Rabí se curó y no sufrió más» (Hasta aqui la cita).

Analicemos: ¿Acaso Rabí no tenía razón con respecto al borreguito?; al fin y al cabo, el destino del animal es el degüello. Así lo dispuso D-os y así lo escribió textualmente en su Tora: «Todo reptil que vive, a vosotros serviré para comer, como la verdura de hierba (que permití comer a Adám), os di todo a vosotros» (Bereshit 9-3); ¿por qué entonces fue castigado?. Es que aún teniendo la razón, debía apiadarse del animal que le pedía protección. El permaneció indiferente a su llanto, buscó solo lo correcto; buscó solo la finalidad, y por lo mismo, endureció sus finos sentidos y estropeó su nobleza, factores vitales en el servicio a D-os, por eso fue castigado. Mas cuando se apiadó dé los ratones, volvió a recobrar esa delicada sensibilidad que había perdido. Entonces comprendió que aún actuando correctamente, no se debe ser apático al clamor de los animales, ni mucho menos al de los seres humanos. El unirse a la pena del compañero, hace del hombre, hombre. Le ayuda a avivar sus sentimientos, a refinar su aparato sensorial; mas como factor principal, lo induce a imitar a uno de los grandes atributos de D-os, el que indica: «Así como El es piadoso, tú también se piadoso» (Talmud, tratado de Shabat 133-2).

Shelomo Sued

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