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Januca
Januca: Significado y reflexiones
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Dos lados de una moneda

(Extraído de ” Jánuca con el Rabí Najmán de Breslov” escrito por Por Ioshúa Starret)

Cuando Dios concibió el mundo que él deseaba, lo vio tal cómo es él Mismo: Uno, un Todo Indivisible. Pero para manifestar esta absoluta Unidad, para que podamos experimentarla, creó una multiplicidad aparente. Así como los peces no pueden “experimentar” el agua, porque son como uno con ella, nosotros nunca podríamos experimentar la Unidad si fuésemos uno con ella. Si ya fuésemos uno con él, nunca podríamos apreciar lo que significa llegar a ser uno con Dios.

De modo que Dios creó las letras del alef-bet como un medio para “dividir” Su Unicidad. Cada una de estas letras representa un pensamiento Divino, una característica de la voluntad Divina. Estas letras expresan los pensamientos Divinos que dan origen a la multiplicidad de la existencia. Todo lo que existe – piedra, planta, animal o humano – tiene una forma específica que responde a una razón Divina. La combinación y la secuencia de estas letras transmiten el pensamiento Divino que crea esas formas (Likutey MoharánI, 17:1). El mundo que vemos manifiesta esas letras en miríadas de formas concretizadas.

El mundo es así el libro escrito por Dios, un libro que debemos estudiar y del cual debemos aprender. ¿Cuál es la lección que debemos aprender de la vaca, del gato o del pájaro? ¿Qué lección puede aprenderse de las innumerables familias de plantas o de los seres inanimados? Y por sobretodo, ¿qué es lo que Dios quiere que aprendamos de los diferentes tipos de seres humanos?

Sin embargo, en lugar de buscar una lección, en lugar de buscar un por qué, el hombre sólo se ha dedicado a diseccionar – a analizar el cómo, el mecanismo con el cual trabajan las cosas. Es así que la humanidad ha construido estructuras enteras de conocimiento que ignoran por completo el por qué. No sólo lo ignoran sino que, de intentarlo, ni siquiera podrían explicarlo (Likutey Halajot, Jezkat Metaltelin 5:2). Incluso al buscar científicamente el cómo, el hombre se apoya en última instancia en observaciones subjetivas (Ibid., Sefer Torá 4:16)- y sólo encuentra aquello que está buscando. Como un ciego que tantea en la oscuridad intentando conocer algo de su entorno. Es como esos ciegos de la fábula que inspeccionaban un elefante y que describían la parte que palpaban diciendo que eso era “todo” el elefante. Es como uno de esos caracteres de dos dimensiones de la historia de “Flatlands” (“Tierraplana”), quienes no podían explicar los fenómenos tridimensionales que atravesaban su mundo bidimensional.

Sin embargo, Dios nos puso sobre la tierra y nos entregó un libro de instrucciones. Este manual del usuario, este libro de instrucciones, no es otro que Su Torá. Sí, el mundo que nos rodea es el libro escrito por Dios, pero la Torá es Su comentario (Majshavot Jarutz 44a; Tzidkat HaTzadik 216). Sin el comentario, el mundo es un libro cerrado.

El objetivo del comentario, de toda la sabiduría de la Torá, es llevarnos a vivir una experiencia de la Unicidad, a ser capaces de ver que todos somos parte de un todo y de sentir compasión por las otras partes de esta unidad (Likutey Halajot, Talmud Torá 3:2; Ibid., Ketubot 1).

Sin embargo, así como Dios creó la multiplicidad en el mundo para que podamos ver su Unicidad subyacente, también creo una multiplicidad de sabidurías para mostrarnos el otro lado de la Unidad. Cuando la sabiduría desciende al mundo, se divide en dos facetas diferentes: una es la revelada como la santa Torá de Dios y la otra son las siete sabidurías seculares (Pri Tzadik, Ajarei5; Likutey Ma-amarim118b; Pokeid Akarim26a; Sijot Malajei haSharet39a). Estas son en realidad dos caras de una misma moneda y su objetivo es ser complementarias. Las siete sabidurías tienen la finalidad de dar luz sobre la Torá y la Torá ilumina las sabidurías. Las sabidurías descubren la multiplicidad en la Creación, mientras que la Torá revela la Unicidad subyacente. Cuanta más multiplicidad se revela, más uno se asombra de la Unidad. Esta interrelación se encuentra aludida en la primera palabra de la Torá – Bereshit– compuesta por las letras Alef, Shin, Reish y Iud, cuyo valor numérico sumado es 511, siete veces 73, el valor numérico de la palabra sabiduría – Jojmá (Megalé Amukot, Ba-aloteja).

Más aún, la sabiduría secular de toda generación es una imagen especular de la sabiduría contemporánea de la Torá (Or Zerua LeTzadik10b). Es así que Aristóteles fue contemporáneo de Shimón el Tzadik, un importantísimo transmisor de la sabiduría rabínica. Y los sabios de Atenas mencionados en el Talmud tenían acceso al conocimiento de Bar Iojai (Rev Tzadok de Lublin, Likutey Ma-amarim55a, 118b). En verdad, el pensamiento griego en general es considerado muy cercano a la sabiduría de la Torá (ZoharI, 13a; 99b). De hecho, las sabidurías seculares son realmente partes “caídas” de la Torá que han perdido sus naturalezas Divinas y fueron reconstruidas como sabidurías de los gentiles. Y de la misma manera en que los gentiles robaron la sabiduría judía, el Rey Salomón “robo” de los gentiles: “De modo que Salomón se volvió sabio de la sabiduría de todos los hijos del Oriente y de toda la sabiduría de Egipto” (Reyes I, 5:10)- él las recuperó (Likutey MoharánI, 61:3).

Sin embargo.

La diferencia entre las sabidurías y la sabiduría de la Torá es la diferencia entre el Uno y los muchos. La Torá está representada por la unidad del árbol de Vida, mientras que las sabidurías corresponden a la multiplicidad del árbol del Conocimiento (Likutey Halajot, Beitzim2:2). Sólo cuando el árbol del Conocimiento es subsidiario a la Torá el conocimiento tiene algún valor. Así como una fila de ceros no agrega nada sin un numeral delante de ellos, de la misma manera las sabidurías no son nada si no hay Uno delante de ellas.

En general la lógica humana es considerada una de las siete sabidurías. Pero, ¿cómo puede ser considerada una sabiduría separada, cuando toda sabiduría se basa en ella? Si no fuera por este don otorgado por Dios, no habría manera de alcanzar ninguna sabiduría. Sin embargo, admitir esto sería admitir la derrota de aquellos que no buscan la sabiduría de Dios. De modo que en lugar de esto, ¡ellos reclaman el triunfo de haber descubierto la lógica por sí mismos! (Reisey Laila81d-82a).

En contraste con esto se encuentra la sabiduría de la Torá, que atribuye todo el conocimiento a Dios. Es la entrega final de la inteligencia humana, la comprensión de que todo proviene de Dios. Es la puerta de la humildad – la sabiduría definitiva – la experiencia de que no existe nada más que Dios.

Esta gran sabiduría está oculta dentro de la afirmación críptica de que existen siete libros en la Torá (Shabat116a). Los “Cinco Libros del Pentateuco” no es un nombre apropiado, pues ¡en verdad existen realmente siete! En el Libro de Números hay dos pequeños versículos separados del texto que los rodea (Números 10:35-36)y que están indicados mediante unas señales de separación que simbolizan la humildad (Kisey Rajamim, Sofrim,cap. 6). Esto es para enseñar que las puertas de la sabiduría serán abiertas para revelar el secreto de los Siete Libros sólo cuando uno pueda pasar a través de las puertas de la humildad.

Estos Siete Libros están representados por la Menorá de siete brazos – el símbolo por excelencia de la sabiduría. Sólo con verdadera humildad – con la comprensión de que todos somos partes de un todo, como la Menorá que estaba hecha de una sola pieza – podemos esperar encontrar una sabiduría completa. Hasta que ello suceda, en el tiempo del Mesías, sólo merecemos tener los Cinco Libros. Esto estaba indicado en el servicio del Templo, pues no todas las velas se encendían al mismo tiempo. Primero se encendían cinco, luego se realizaba un servicio diferente y sólo después se encendían las últimas dos. Esto simbolizaba el hecho de que aún no había sido completada la revelación de los siete (Tzavrei Shalal, Bereshit7).

Correspondiendo a las siete velas y a los Siete Libros – la perfección absoluta de la sabiduría de la Torá – se encuentran las siete sabidurías seculares (Pri Tzadik, Ajarei5). Esto significa que, incluso ahora, las sabidurías parecen completas para aquellos que carecen de la humildad para aceptar que es Dios quien otorga toda sabiduría. Debido a esta falta, a esta presuntuosa totalidad, las siete sabidurías son comparadas con la oscuridad (Likutey MoharánI, 37:1-2; Likutey Halajot, Kriat HaTorá6:2; Ibid., Beitzim 3:3; Ibid., Guitim4:3; Ibid., Daguim3:1). Esto en contraste con la sabiduría de la Torá, que es comparada con la Luz de la Menorá.

ésta era la oscuridad impuesta por los griegos con el decreto de que los judíos debían negar toda parte en Dios (Bereshit Rabah2:4). Esto significaba negar que toda sabiduría proviene en última instancia de Dios y que la multiplicidad en la Creación es realmente el otro lado de un todo indivisible. Pero, ¡Ay! estaban aquellos que pensaban que lo mismo se aplicaba a la lógica reduccionista de la sabiduría rabínica. Las enseñanzas de los Sabios, decían, eran sólo producto de la lógica humana, no muy diferente de toda otra sabiduría (Majshavot Jarutz71a). De hecho, incluso los mismos Sabios se referían al Talmud de Babilonia como “oscuridad” (Sanedrín24a). Esta era la creencia de los judíos helenizantes, que negaban la tradición rabínica.

Sin embargo, dentro de la aparente oscuridad de la lógica rabínica se oculta una profunda entrega a Dios – la comprensión de que todo conocimiento nos llega de Dios de forma misteriosa. La conciencia de que el velo que parece ocultar a Dios es en realidad la Mano de Dios Mismo y que todo pensamiento que surge en la mente humana proviene directamente de Dios Mismo. De hecho, Dios también reside en la oscuridad (Divrei Sofrim21a).

Los Macabeos se rebelaron contra la helenización de la Torá. Los helenistas no creían que Dios nos habla a través de los Sabios de la Torá. Negaban que las siete sabidurías fueran subsidiarias a la Torá, y afirmaban lo contrario, que ellas eran superiores. Creían que el mundo podía reducirse a sus partes y que las partes no constituyen un todo unificado. Contra esto lucharon los Macabeos.

Los Macabeos revelaron la Torá que estaba oculta incluso en la dualidad del pensamiento griego y demostraron cómo Dios es la Fuente Original de los análisis del pensamiento rabínico (Likutey Halajot, Jánuca3). Revelaron cómo el “otro lado” de la moneda de la sabiduría es realmente parte integral de la moneda – no es posible tener una moneda de un solo lado. Revelaron la luz dentro de la oscuridad – revelaron cómo la oscuridad de las siete sabidurías puede servir como fondo para la Luz de la Torá, pues no existe luz a no ser que pueda ser contrastada por la oscuridad. Ellos revelaron cómo la lógica – la fuente de las siete sabidurías – se encuentra en definitiva más allá de ellas. ¡Revelaron la Menorá de ocho velas!

Para simbolizar todo esto, es costumbre comer productos lácteos en Jánuca, pues la leche significa que la sabiduría sólo puede ser “mamada” de una fuente superior, tal como un niño mama la leche de su madre (Reisey Laila,p. 83b).

Ioshúa Starret

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