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Dias de Sefira muy especiales

Extraido de revista Olamenu

-¡Abran! ¡Abran enseguida!
Estos gritos junto con los fuertes golpes en la puerta despertaron a la familia Krushenka y los aterrorizaron. ¡Habían estado temiendo estos golpes en la puerta durante meses! Sabían que esto sucedería, algún día o alguna noche.
¡K.G.B.! Vamos a tirar la puerta abajo si no abren enseguida.

En todos los departamentos del pequeño edificio, las demás familias escuchaban en medio de la oscuridad y temblaban. Una visita de la K.G.B. era una mala noticia. Cada persona decidió en silencio que ya no tenía nada que ver con los Krushenka.
El señor Krushenka abrió la puerta y tres policías uniformados entraron furiosos. El oficial de mayor rango habló fríamente:
-Se ha archivado cierta información que indica que están ocultando artículos religiosos. Eso va en contra de la ley soviética. Tenemos órdenes de registrar el lugar.

Los Krushenka -Iván, Sonya y su hijo Gregor_ permanecieron en un costado mientras registraban el departamento de arriba. Abrieron y revolvieron todos los roperos y todos los cajones. Incluso, abrieron los colchones con un cuchillo para revisarlos. Sin embargo, la policía no encontró nada. Con una combinación de tristeza y de alivio, cada uno de los Krushenka tenía en la mente sus propios pensamientos.

«Hace tan sólo dieciocho meses, una escena como esta nunca nos podía haber ocurrido» pensó la señora Krushenka. «Casi ni sabíamos que éramos judíos y nunca nos imaginamos que algún día estaríamos cumpliendo mitsvot».
«Nuestros amigos nos enseñaron muy bien cómo esconder los Sidurim, los Jumashim, nuestros Tefilín y las kipot, todo lo que ahora usamos y apreciamos tanto», pensó el señor Krushenka.
«Todo esto es por mi culpa» se decía el pequeño Gregor de once años. «Fui a visitar a mi amigo Boris y conocí a Rabí Eisen de Israel. Nos contó tantas cosas lindas sobre nuestra religión. Seguí yendo para oír más y más. La policía debe haberme seguido…

En ese momento, la áspera voz del oficial interrumpió sus pensamientos.
-No encontramos nada esta vez. Pero tengan cuidado. Los vamos a estar vigilando y seguramente los volveremos a visitar.
Esperaron hasta que los pasos de la policía dejaron de oírse. Luego entraron en fila a la habitación de Gregor que no era más grande que un ropero, y era la única habitación que estaban seguros de que no habían revisado.
-El error que cometimos fue haber pedido visas de salida para abandonar Rusia -dijo suspirando la señora Krushenka-. Eso los alertó de que nos habíamos vuelto religiosos.
-No, no -susurró el señor Krushenka-. Me han estado vigilando en el trabajo durante meses. Saben que ahora no voy los sábados y mi supervisora me habló sobre esto un par de veces dice que me va a despedir si falto un día más.
-¡Pero no te pueden despedir! Vos sos el único que puede terminar los experimentos del laboratorio. Has estado con ese proyecto durante cinco años y te necesitan.
-Se que no me van a despedir. Pero me persiguen todo el tiempo y hacen pequeñas cosas para atormentarme. No van a permitir que nos vayamos hasta que este proyecto esté terminado y se haya escrito el informe. No hay nadie que me pueda reemplazar. E incluso entonces, quien sabe, pueden decir que conozco demasiado secretos de estado -contestó el esposo.

-Gregor que sucede que estás tan callado. ¿La policía te asustó mucho?
-Es sólo porque me siento muy culpable -contestó el niño sollozando-. Nunca fue mi intención que nos metiéramos en tantos problemas.
-¡Gregor! Ni se te ocurra pensar así. ¡Estamos tan felices de haber descubierto lo que significa, en realidad ser judío! -susurró la madre con insistencia-. Hasta ahora sólo era una palabra impresa en nuestros papeles de identificación. Pero ahora, significa todo para nosotros. ¡Vos fuiste nuestra inspiración, y nos trajo una verdadera alegría!
-No te preocupes, hijo -insistió el señor Krushenka- Muy pronto, con la ayuda de Hashem, vamos a abandonar Rusia y vamos a poder cumplir todas las mitsvot en libertad y sin tener que escondernos. ¡Tenemos que agradecerte a vos y, por supuesto a Rabí Eisen por todo!

Cada uno se fue a su cama y trató de dormir. Por la mañana, el señor Krushenka se fue a trabajar. En la parada del colectivo, todos sus vecinos se juntaron en un rincón y no le dirigieron la palabra.

Una tarde, varias semanas después, golpearon la puerta suavemente. Temblando, la señora Krushenka abrió la puerta y luego esbozo una gran sonrisa. No dijo una sola palabra al hacer entrar a la señora Eisen al departamento, junto con el Rabí Eisen que la seguía atrás. Cuando la puerta estuvo cerrada y ya no corrían peligro, las dos mujeres se abrazaron. Ivan y Gregor saludaron a Rabí Eisen con la misma emoción. Los Eisen eran americanos que se habían establecido en Israel, y habían ido a Rusia unas cuantas veces para enseñarles a los judíos que estaban encontrando el camino hacia la Torá.

-No creí volver a encontrarlos acá en mi país -dijo la señora Krushenka.
-No pensé que íbamos a poder volver tan pronto -asintió la señora Eisen-. Cuando llegamos, sin embargo, oímos que necesitaban un poquito de ánimos. Nos enteramos de que las cosas se habían puesto un poco más difíciles en los últimos meses.
-¡Ay, sí! A mi esposa la atormentan en el mercado, y Gegor sufre, en la escuela, los insultos y las burlas de sus compañeros. Pero estamos progresando. Gorvachov está dejando salir a los judíos. Pienso que pronto recibiremos nuestras visas, con la ayuda de Hashem -dijo el señor Krushenka.
¡Qué hermosas noticias! -asintió Rabí Eisen-. Ahora hablemos de cosas más positivas. Muéstrenme la lista de preguntas que tienen desde la última vez que estuve acá y trataremos de contestarlas para ustedes.

Los Eisen y los Krushenka se sentaron alrededor de la mesa de la cocina. Tenían muchas cosas para preguntar sobre Jumash, la forma de mantener la cocina kasher, Shabat y mucho más. Las horas volaron hasta que los Eisen tuvieron que irse.
¡Lo están haciendo maravillosamente! El amor que sienten por el judaísmo nos hacen elevar aún más. Ahora debemos irnos.
-Adiós y gracias -contestaron todos los Krushenka.
Esperamos verlos muy pronto en su país -dijo la señora Krushenka dulcemente.
-Ojalá que Hashem oiga sus rezos -asintió la señora Eisen y con un último abrazo, los Eisen se marcharon.

Durante los siguientes seis meses, dos cosas ocurrieron. A pesar de que la política del país se hizo menos severa con respecto a los judíos, la actitud del pueblo ruso empeoró. Siempre habían sido antisemitas, pero ahora expresaban sus sentimientos y los judíos corrían más peligro que nunca. La buena noticia era que cada vez se les permitía emigrar a más personas. Los Krushenka estaban entre ellas.

El señor Krushenka terminó el proyecto de investigación y lo despidieron del trabajo; ese mismo día recibieron sus visas, ¡dos días después de Pésaj! Esa noche, mientras contaban Sefirá, se miraron entre ellos con lágrimas en los ojos.
-¿Se dan cuenta de que nuestro día de partida es el 27 de mayo? ¡Tres días antes de Shabuot, la fiesta del recibimiento de la Torá!
-Mientras contamos los días para irnos a Israel, para cumplir las mitsvot y estudiar Torá abiertamente, también estaremos contando los días para recibir la Torá, lo mismo que hicieron los judíos cuando abandonaron Egipto -dijo Gregor emocionado.
-Una vez, nuestros ancestros fueron esclavos. Después fueron libres y pudieron recibir la Torá y cumplir sus leyes. A nosotros nos va a pasar lo mismo -agregó la señora Krushenka.

Cada día transcurrió con una actividad febril y un miedo subyacente. Había que preparar mucho para la mudanza. Sin embargo, temían que sucediera algo a último momento que les impidiera irse. Cada noche, cuando marcaban un día más para el momento de la partida y al mismo tiempo contaban la Sefirá, la ansiedad aumentaba.

Un cálido día de sol del mes de mayo, Iván, Sonya y Gregor Krushenka bajaron del avión en el aeropuerto Ben Gurión. Cuando en la aduana terminaron de revisarles las pocas cosas que se les había permitido traer, miraron a su alrededor con incertidumbre, sin saber cuál sería su futuro. No sabían si los Eisen habían recibido la carta donde les informaban el día de la llegada. El gobierno los iba a enviar a unas viviendas temporarias, pero no sabían dónde ni por cuánto tiempo.
¡Ahí están! -gritaron unas queridas y familiares voces.

Los tres Krushenka se dieron vuelta justo cuando el Rabí y la señora Eisen corrían hacia ellos con los brazos abiertos.
-Se van a quedar en casa para Shabuot y hasta que se puedan establecer -dijo la señora Eisen.
Con los rostros sonrientes, las dos familias se dirigieron al auto que los esperaba y luego, hacia la casa para prepararse cada uno para su propio Kabalat haTorá (recibimiento de la Torá).

Leah Brown

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