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Conceptos místicos en el Jasidismo
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De la unidad a la multiplicidad: El Tzimtzum

Extraido del Tania Completo.Conceptos Místicos en el Jasidismo por el Rabino Jacob Immanuel Schochet

Uno de los problemas teológicos básicos se preocupa con el aparente enigma de reconciliar a Di-s con el universo: ¿Cómo puede haber una transición de lo Infinito a lo finito, de la Inteligencia pura a la materia, de la Unidad absoluta a la multiplicidad? Además, ¿cómo reconciliamos la creación Divina o la llamada a existencia del universo y sus múltiples componentes, con la perfección absoluta, eterna e inviolable, de Di-s, de quien el versículo asevera: “Yo, Di-s, no he cambiado” (Malaji 3:6)? En esencia, los conceptos y las doctrinas analizadas en este capítulo y los siguientes, se relacionan, todos, con estas cuestiones.

La creación se explica con frecuencia en términos de una teoría emanacionista: por medio de una cadena progresiva de sucesivas emanaciones de “superior” a “inferior”, lo finito evolucionó del Infinito y la materia evolucionó del espíritu. Pero esta sugerencia, presentada así, es insuficiente. Hablar de un proceso evolutivo causal de emanaciones consecutivas meramente sugiere la pregunta pero no la responde. Pues, sin importar cuán larga pudiese ser esta cadena de evoluciones causales, siempre perdura alguna relación, tanto cualitativa como cuantitativa, entre el efecto y su causa, tal como en una cadena material los eslabones están enlazados, conectados y correlacionados, manteniendo una relación básica entre el primer eslabón y el último. Lo mismo sucedería en un proceso gradual de evolución causa-efecto.

Por lo tanto, como el comienzo de la cadena de emanaciones es Di-s, el Infinito, el aspecto de infinitud realmente jamás desaparece: si los mundos hubieran descendido desde la luz del Infinito conforme un descenso gradual de grado en grado por medio de causa y efecto, este mundo, en tal caso, jamás habría sido creado en su forma presente -de un orden limitado y finito- ni, da lo mismo, lo hubieran sido siquiera el (espiritual) Olam HaBá (Mundo Venidero), el Jardín del Edén en lo Alto, o las almas mismas. En una evolución y proceso gradual causal, “el alul (efecto) es abarcado por su ilá (causa)… en un estado de total anulación con relación a ella… Así, incluso numerosas contracciones no servirían para dar lugar a la materia densa como la tierra por medio de una evolución de la espiritualidad de las inteligencias abstractas, ni siquiera [aquella más sutil y diáfana clase de “materia”, la] de los ángeles”.

Una vez más: “La creación de los Mundos no es por medio de un desarrollo de causa y efecto… pues incluso miríadas de miríadas de ocultamientos y evoluciones de grado en grado en un proceso causal no lograría el desarrollo y llamado a la existencia de materia física -ni siquiera la materia de los firmamentos- por evolución desde el espíritu. Más bien, es el poder del bendito Ein Sof (Infinito), el Omnipotente, para crear… a partir de la nada, y esto no es por medio de un orden de desarrollo progresivo sino a modo de ´salto´”.

En consecuencia, para que surja algo no-Divino y finito, debe haber en el proceso de emanación un “paso radical”, un “brinco” o “salto” (dilug; kfitzá) que rompe el gradualismo y establece una distinción radical entre la causa y el efecto: un acto radical de creación. Sólo luego de ocurrido esto, podemos hablar de un proceso evolutivo que culmina en entidades materiales y finitas. Y este principio está en la raíz de las doctrinas de tzimtzúm y sefirot introducidas por la Cabalá (y analizadas en detalle en el jasidismo) para resolver el problema de la creación.

La palabra tzimtzúm tiene dos significados: (1) contracción; condensación; y (2) ocultamiento. Aunque ambos se aplican en nuestro contexto, el segundo probablemente lo hace más que el primero. Pues la doctrina de tzimtzúm se refiere a una refracción y ocultamiento de la irradiante emanación desde su cabecera, Di-s, en una serie de etapas y en un desarrollo progresivo de grados, hasta que se tornan posibles las substancias finitas y físicas. Esta compleja teoría es tratada en forma detallada por vez primera por Rabí Itzjak Luria. Los trabajos básicos de su sistema comienzan, todos, con una exposición del tzimtzúm. Rabí Shneur Zalman lo trata parcialmente en la Primera Parte del Tania, más extensamente en Shaar HaIjud VeHaEmuná, y sobre todo en Torá Or y en Likutéi Torá.

Con anterioridad a la creación sólo hay Di-s únicamente. Di-s, como El está en Sí Mismo, es denominado Ein Sof: el Infinito; “Aquel que Es Sin Límite (Fin)”. De Di-s como Ein Sof nada puede postularse excepto que El es Ein Sof: “Alto por encima de todas las alturas y oculto más allá de todo ocultamiento, ningún pensamiento puede captarte en absoluto… Tú no tienes Nombre conocido alguno pues Tú llenas todos los Nombres y eres la perfección de todos ellos”.
De una manera mística, más bien difícil de explicar, hay una manifestación o auto-revelación de Di-s como Ein Sof incluso antes del acto de creación. Esta manifestación es llamada Or Ein Sof (la “Luz del Ein Sof“), y hablamos de esta Luz como igualmente omnipresente e infinita. Esta distinción entre Ein Sof y Or Ein Sof es sumamente importante y debe tenerse presente. Pues al hablar del tzimtzúm y las sefirot los relacionamos con el Or Ein Sof, la Luz y Radiación, más que con la Luminaria y el Radiador (Maór), el Ein Sof Mismo.

Ahora bien, “cuando se alzó en la Voluntad Divina” traer a existencia el mundo y las criaturas, el primer acto en el proceso creativo fue producir un espacio en el que las emanaciones Divinas, y finalmente el mundo finito desplegándose, pudieran tener un lugar para existir. Este “espacio primordial” se produjo por medio de una contracción o “retiro” y concentración de la Divinidad en Sí Mismo: la Luz infinita y omnipresente del Ein Sof fue “retirada” dentro de Sí Misma; o sea, fue reducida, disminuida, ocultada y escondida, y donde fue disminuida -donde ocurrió este ocultamiento de la Luz- se desarrolló un lugar “vacío”, un “hueco” (makom panúi; jalal) constituyendo el espacio primordial. Este es el acto del primer tzimtzúm, el acto radical de dilug y kfitzá, para decirlo de alguna manera: un acto de Divina Autolimitación, por así decir, en contraste con la revelación.

Sin embargo, esto no significa que el jalal está literalmente vacío y hueco de toda radiación Divina, que la Presencia Divina está literal y absolutamente retirada de allí. Semejante interpretación sugeriría una ilegítima atribución de especialidad, y en consecuencia corporeidad, al Infinito, y violaría el principio de omnipresencia afirmado de la manera más literal por las Escrituras y la tradición. Se habla del jalal metafóricamente como de un vacío en relación con aquello que está “más allá” o “fuera” del jalal: “fuera” del jalal hay una plena manifestación del Or Ein Sof mientras que dentro del jalal la Luz está oculta. El Ein Sof, la Luminaria (Maór) de donde surge la Luz, no es afectada en absoluto por el tzimtzúm. El tzimtzúm se relaciona sólo con la Luz del Ein Sof. Además, incluso en la Luz propiamente dicha no hay cambio verdadero alguno: no es reducida ni apartada, sino apenas meramente ocultada. Incluso este ocultamiento es estrictamente relativo: es en comparación con el vacío y su subsiguiente contenido, sin afectar la Luz misma de manera alguna. Además, en relación con el vacío no hay un alejamiento total y absoluto: en el jalal perdura cierto residuo o vestigio (reshimu) de la Luz.

A pesar de todos estos requisitos y la interpretación metafórica del retiro de la Luz, este primer acto de tzimtzúm es un “brinco” (dilug) radical que crea la posibilidad de que tenga lugar una evolución y proceso de emanaciones que culminen con la creación de entidades corpóreas y finitas. El propósito principal del tzimtzúm es crear un jalal en el que las criaturas Divinas puedan existir y subsistir en lugar de verse disueltas en la Divinidad. Habiéndose atenuado y ocultado la radiación infinita de la Luz Divina, para decirlo de alguna manera, ésta ya no consumirá y anulará los contenidos del jalal en la manera como, por ejemplo, una chispa es totalmente consumida y anulada en la llama misma, o como la luz de una vela es absorbida y anulada totalmente en la muy intensa luz del sol.

En la segunda fase del proceso creativo se emite una radiación o rayo manifiesto de la Luz Divina hacia dentro del espacio primordial del jalal. Este delgado rayo o “línea” (kav) irradia el jalal y es la fuente de las subsiguientes emanaciones: es tanto la fuerza creativa como vitalizadora de la creación; es la inmanencia de Di-s en la creación mientras la Luz ocultada es la trascendencia todo-abarcante de Di-s tomando toda la creación. Sin embargo, el kav mismo también sufre una serie de numerosas contracciones y ocultamientos consecutivos. Cada una de estas contracciones y ocultamientos hace posible que tenga lugar una etapa inferior, o creación, culminando finalmente en la más baja etapa y creación representada por este mundo finito, material y pluralista. Es por medio de este kav que tiene lugar el proceso de sucesivas emanaciones y el desarrollo de causa-efecto. A diferencia del primer tzimtzúm -que fue a modo de dilug (“brinco”)- se puede hablar de este desarrollo y evolución como de algo gradual y causal.

Para resumir, el tzimtzúm es “algo al estilo de un oscurecimiento y ocultamiento del flujo de luz y vitalidad, de manera que no ilumine y llegue a las criaturas inferiores de una manera revelada, permeándolas y actuando en ellas y animándolas de manera tal que existan como ´algo a partir de la nada´, sino apenas en una medida extremadamente ínfima, a fin de que existan en un estado finito y limitado”. “Por lo tanto, para Di-s, absolutamente nada ha cambiado. [El cambio] existe únicamente respecto de los seres creados, quienes reciben su fuerza vital… mediante un descenso gradual de un nivel a otro y una gradación descendente por medio de numerosas y variadas condensaciones (tzimtzumím) hasta que los seres creados puedan derivar su fuerza vital y existencia de ella sin perder su entidad. Estos tzimtzumím constituyen un “velar del Semblante [Divino]”, para velar y ocultar la luz y la fuerza vital… de manera que ésta no se revele con una intensidad excesiva que los [mundos] inferiores serían incapaces de recibir. Por eso… les parece como si fueran algo separado de Di-s Mismo… Sin embargo, con respecto a Di-s, ninguna condensación, ocultamiento o velo, oculta u oscurece cosa alguna de El; para El, ´la oscuridad y la luz son lo mismo´ (Salmos 139:12), como está escrito: ´Tampoco la oscuridad puede oscurecer de Ti´ (ibíd.). Porque los tzimtzumím y los ´velos´ no son cosas distintas de El, Di-s libre, sino ´como la tortuga cuya vestimenta es parte de su cuerpo´ (Bereshit Rabá 21:5)”.

Rabino Jacob Immanuel Schochet

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