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De cara a la crisis

“¿Por qué sufren los justos y, viceversa, por qué los malvados prosperan?” es una vieja pregunta. Sentimos pena cuando vemos lo que parecería ser sufrimiento injustificable y nos atormentan las evidentes faltas de justicia de la vida.

La realidad es que una cosa es explicar el tema filosóficamente, mientras que digerirla personalmente cuando se encara una crisis de vida es una cuestión enteramente diferente.

La propia predisposición constituye nuestro vocabulario. Los problemas de otro se interpretan como nisionot (pruebas). Uno puede formular la pregunta de por qué sufren ellos, y una pregunta obtiene una respuesta. Los problemas propios, por otra parte, se definen como tzarot (angustias). No son una pregunta que requiere una respuesta; son problemas que precisan una solución.

Para ilustrar esta idea:
Un adinerado Rosh Ieshivá de Polonia de la generación pasaba, un hombre que daba brillantes conferencias a los estudiantes de la Ieshivá, tenía un negocio de madera. Solía comprar los árboles de un bosque entero, talarlos, amarrarlos en balsa, y hacerlos flotar río abajo hasta su destino, donde la madera era vendida con una sustancial ganancia. Cierta vez se le ofreció al Rosh Ieshivá un negocio especial. Este invirtió todo su dinero, y hasta pidió más prestado, para aumentar al máximo su ganancia. Todo anduvo bien hasta que una inesperada tormenta azotó la región por la que pasaban las balsas de madera y las destruyó completamente.

Repentinamente, el rico era un pobre, y encima de todo con cuantiosas deudas. La desastrosa noticia le llegó a un amigo suyo. Pero como temían contar en forma directa al Rosh Ieshivá acerca de su devastadora pérdida, decidieron pedir a su mejor alumno que le diera la noticia.
El alumno se acercó a su Rosh Ieshivá para discutir un pasaje talmúdico en el tratado de Berajot, folio 61, que declara: “La persona tienen el deber de bendecir [a Di-s] por los sucesos malos tal como lo hace por los buenos”. El alumno pidió que se le explicara cómo era esto posible. El Rosh Ieshivá contestó de la manera predecible. El versado alumno persistió y lo cuestionó más hondamente, presionando al Rosh Ieshivá a que desarrollara el tema con mayor claridad.

El alumno insistió:
“Dígame, Rebe”, dijo, “¿significa esto que si usted se enterara de que su madera fue destruida, estaría obligado a bailar de alegría?”
“Ciertamente”, declaró el Rosh Ieshivá.
Entonces el alumno dijo: “En ese caso, Rebe, puede bailar ahora con alegría y bendecir a Di-s; toda su madera fue destruida por una tormenta”.
Al oír la noticia, el Rosh Ieshivá se desmayó.
Cuando revivió y se recuperó un tanto, el alumno lo miró sorprendido. El Rosh Ieshivá comprendió la inexpresada pregunta y replicó:
“Repentinamente, no comprendo el pasaje talmúdico”.

Nosotros, también, enfrentamos frecuentemente el mismo dilema que el Rosh Ieshivá. Repentinamente, cuando nos desafía una crisis, la sabiduría de ayer que tan desahogadamente habíamos dispensado a otros resulta inadecuada para sostenernos hoy.
Las dificultades tienen dos aspectos. Está el dolor mismo (ya sea físico –como en una enfermedad–, o emocional –como en la pérdida de un ser querido–), y la incertidumbre que produce (¿se irá la enfermedad? ¿Cuánto tiempo durará? ¿Cuándo encontraré un nuevo trabajo?, etc.). Como no podemos ver el futuro, nos consume la ansiedad y el temor en razón de lo desconocido. Si uno supiera con absoluta certeza cómo resultarían las cosas, el trauma se vería sumamente minimizado.

Luego está la auto-duda y soledad. Uno se pregunta a sí mismo: “¿Por qué me está sucediendo esto a mí?”; y abatidamente se sorprende: “¿Sabe alguien, o realmente le importa, cómo me va?” Este elemento de la angustia es mucho peor que el dolor mismo, por más agudo que pudiera ser.
Obsérvese la diferencia entre un niño y un adulto cuando encaran un procedimiento médico menor, aunque doloroso, tal como una inyección. El niño está en un estado de terror y podría gritar histéricamente. Mientras que tampoco al adulto puede gustarle ser hincado con una aguja, está más calmo. Aunque el dolor real es el mismo para el adulto que para el niño, sus niveles de ansiedad, incertidumbre y miedo son totalmente diferentes. El adulto, quien lo ha sufrido muchas veces, sabe que el dolor es de corta duración y que no tiene efectos duraderos. Pero para el niño, cuya experiencia de vida es mínima, todo es incertidumbre y por lo tanto aterrorizador.

Algunas personas piensan erróneamente que si sólo tuvieran una adecuada conciencia de Di-s, si sólo tuvieron más bitajón (confianza), más emuná (fe), más de esta o aquella cualidad, no sentirían ningún dolor. Unicamente alguien como Reb Zushe, sin embargo, quien no observó sus angustias como tales en absoluto, podía pensar de esa manera. Sin embargo, dado que no somos, ni se espera que seamos, Reb Zushe, sino que seamos nosotros mismos, nuestras expectativas deben ser realistas, y cuando experimentamos dolor, duele.

No obstante, sufrir dolor y tener fe genuina no son incompatibles. El anterior Lubavitcher Rebe (Likutéi Diburím #34) describió sus pensamientos poco después de ser arrestado. Imaginó los sentimientos de aquellos cercanos y queridos a él –su madre, su esposa, sus hijas, sus yernos, sus jasidím– y estalló en llanto. ¡El dolor era abrumador! Entonces el Rebe tomó nota: “¡Repentinamente, como un relámpago centelleante, me golpeó un pensamiento! ¿Quién hizo esto? ¡Di-s! ¡Yo hice lo que era mi responsabilidad, y Di-s hará lo que El crea adecuado. Y en ese momento fui elevado de mi deplorante situación, y ascendí hacia el cielo en pensamientos más excelsos que los de aquellos que moran en el mundo material, con fe pura y confianza plena en el Di-s viviente”.

Cuando el Rebe lloró, no fue por falta de fe, Di-s libre. Pero incluso un Tzadík o Rebe puede verse impulsado a alturas mayores cuando encara un evento doloroso, como en el caso del Rebe anterior.
Aquellos de nosotros que sentimos el dolor necesitamos reconocer que el dolor mismo necesita ser encarado directamente. Las palabras sabias no pueden disminuirlo. El aspecto de incertidumbre, sin embargo, puede aminorarse incluso cuando no hay respuestas o soluciones. ¿Cómo? Estudiemos un versículo del “más sabio de todos los hombres”, el Rey Salomón.

En Proverbios 17:17 nos cuenta que “en todo momento ama a un amigo, y en momentos de angustia nacerá un hermano”. En tiempos de necesidad, nexos de amistad florecen en apoyo y amor fraternal.
Nuestros Sabios nos dicen que el amigo mencionado regularmente en Proverbios es el Todopoderoso; El es el amigo de cada judío. Si uno mantiene una relación personal con Di-s durante los tiempos de serenidad, entonces esa amistad florecerá hasta convertirse en el cariñoso apoyo necesario para sostener a uno en el curso de tiempos difíciles.

Frecuentemente entramos en una rutina en nuestra relación con Di-s. La familiaridad cría complacencia. La profundidad, la carga, la pasión, están ausentes. La crisis que desafía la base misma de nuestra relación con Di-s nos fuerza a repensar sus valores básicos, a refamiliarizarnos con nuestro propio ser más honestamente, y podríamos encontrarnos carentes y deseosos. El proceso es difícil, pues nos obliga a un “balance del alma” como nunca. Nos damos cuenta de que nuestro nexo con Di-s es, o debe ser, mucho más profundo de lo que era, y uno se siente inspirado a establecer y/o renovar ese nexo de una manera profundamente diferente.

En el proceso uno se da cuenta que la razón, si bien una de las facultades más importantes del hombre, es inadecuada para tratar todos los temas de la vida; en el hombre hay más que su comprensión. La vida misma trasciende el intelecto. Ser ingenioso no es sinónimo de ser sabio. En tiempos de angustia, la sabiduría, la madurez, la experiencia y la fe, son más significativos que el análisis crítico. En la profundidad del dolor, uno toma conciencia intuitivamente de que Di-s está con él en su angustia y que a El Le importa.

El nexo de fe en Di-s existe en dos planos: 1) antes y por debajo del intelecto, y 2) por encima y más allá del intelecto. El primero es sincero pero simplista (“¿Para qué necesito profundidad? ¡Creo!”); el segundo, profundo y trascendente. El desafío de la crisis eleva la relación a alturas de otra manera inasequibles. Sólo cuando se ha trabajado sobre esto un superviviente puede decir: “He llevado la `relación funcional’ (intelecto) a sus límites, he llegado a reconocer sus limitaciones, y ahora puedo relacionarme más allá de ello”; como el declara el Zohar (véase Tikunéi Zohar I, 7a; Zohar 289): “Ningún pensamiento (sabiduría) puede comprenderlo en absoluto; pero El puede ser captado en la voluntad del corazón”.

A esto alude el jasidismo cuando expresa que el propósito de una prueba (nisaión) es lograr una nivel mayor de dáat (con Di-s). Dáat es la facultad de reconocimiento, toma de conciencia, e intimidad.
La toma de conciencia lograda por toda esta experiencia aclara la incertidumbre al sustituir la necesidad de respuestas por un sentido de seguridad y certeza que el sufrimiento de uno es significativo en el Plan de Di-s, aun cuando pueda ser insondable.

Un ejemplo: Un niño que cae y se lastima corre a su madre en busca de consuelo, y cuando es sostenido por unos breves momentos se calma. ¿La rodilla magullada duele menos? No, pero la sensación de seguridad del niño y su confianza se restablecen en el abrazo de su madre.
Análogamente, en la metáfora del Rey Shlomó, ¿abrir el corazón a un amigo protector y simpático diluyen el problema? No, pero sí da a uno la fortaleza para hacerle frente.
Así es también con nosotros cuando tratamos nuestras “magulladuras” en la vida. Necesitamos mantener “en todo momento” una relación íntima con Di-s para que cuando lo necesitemos, podamos sentir Su abrazo, incluso cuando la crisis está en su pico.

Esta es una de las razones de por qué oramos todos los días. La realidad es que no generamos constantemente nuestro potencial de intencionalidad a pleno. Pero sí oramos, sí “hablamos” con El a diario, y así Lo conocemos y El nos conoce. ¡Después de todo, acabamos de hablar! Entonces, cuando hay dificultades y decimos Refaeinu por la salud, o Barej Aleinu por el sustento, repentinamente las palabras que ayer dijimos mecánicamente se vuelven más grandes, realzadas y personales, y podemos sentir que Alguien escucha.

Cuando venga el Mashíaj (¡que sea rápidamente!), mereceremos estar constantemente en presencia de Di-s. Entonces no habrá pruebas; veremos todo desde el punto de ventaja de lo Divino. Pero entretanto, en los últimos momentos del galut, podemos obtener fortaleza de la sensación de la inmanencia de Di-s. El siempre está con nosotros y nos cuida.

(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).

 

Rabí Gershon Schusterman

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