Profundizando
Educación Judía
El medio ambiente y la influencia en la educación
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Creciendo en un mundo cruel

“Pan”, “queso”, “pan”, “queso”, “pan”, “queso”… “gané, y elijo primero”. Ahora los dos chicos se disponen a elegir los jugadores para cada equipo. “Vení vos”. “Vení vos”. “Vení vos”. Quedan unos pocos que no se los conoce por ser demasiado poco profesionales al jugar al fútbol. Son los que quedan siempre para el final de la elección. “Vos llevate a ellos y yo me llevo a estos. Empezamos el partido”.

Pedro vuelve de la escuela a su casa. La maestra entregó las pruebas corregidas. Pedro señala con cierto orgullo que se sacó un siete. “¿Cuánto se sacaron los demás?” – pregunta la mamá.

La mamá de Miguel no lo compara con los demás alumnos, porque Miguel es siempre de los mejores de la clase. Sin embargo, su rendimiento no se compara con el de Ana, su hermana mayor. “¿Por qué no podes ser como ella?” – le pregunta.

Los padres de Luisa y Fabián se separaron hace ya varios meses. Posiblemente la separación fuese un alivio, pues en casa todo era tensión y recriminaciones. Pero, con la separación tampoco se resolvieron los problemas, pues, tanto cuando están con el papá como cuando están con la mamá, se convierten en el objeto de la pulseada de los mayores, quienes continuamente tratan de ganárselos queriendo mostrar así que en realidad cada uno los quiere más que el otro y no es el culpable del drama que están viviendo sus hijos.

Alejandra llega del colegio enojada. “¡Siempre yo tengo que ser la última!”. “¿Qué te pasa?” – pregunta la mamá. “Ya todos se la compraron y te pedí un montón de veces que me la compres a mi también. ¿Por qué tengo que ser la única que no lo tiene? (El “lo que no tiene” de Alejandra puede ser una de muchas cosas que justo se pusieron de moda).

Los niños crecen en un mundo de competencia. No es nada fácil para ellos, dado que el ámbito en el cual “se miden” es el de sus pares. Tampoco lo es para los mayores, quienes viven en una sociedad que “los mide” de acuerdo a su éxito. Sin embargo, dado que los niños se encuentran en su etapa de formación, el sufrimiento que los mayores ya hemos aprendido a tolerar, puede tener consecuencias que no podemos prever. En fin, somos los mayores quienes insistimos en “darles lo mejor”, brindarles una educación que les permita encontrar la tan deseada “salida laboral” y “asegurarles” el éxito en la vida. Y éxito, en una sociedad en donde los recursos y oportunidades parecieran ser limitados, es únicamente para unos pocos privilegiados entre los cuales queremos insertar a nuestros seres más queridos.

Los padres no somos los únicos que insistimos en fomentar el exitismo. Hacia donde uno mire, verá que todo es competencia. Háblese de negocios, de deportes, de medios informativos, de arte, de armas, de juego. En fin, en todo lugar donde busquemos, veremos que hay una cantidad de personas o productos postulándose para algo, uno de ellos o un grupo ser el favorecido con el honor de llegar a la cúspide, mientras que todos los demás quedarán en el camino. Es simplemente una ley ineludible de la vida. ¿O no?

El tema es que esta postura provoca en la gente una sensación de desilusión, que al repetirse y sumarse, crea individuos y una sociedad frustrados. Y no todos estamos preparados para aceptar frustraciones, especialmente en un mundo en el que la publicidad intenta dar la impresión de que existe una vida idílica en la cual todo está bien y no se sufre. Si reflexionamos un instante, veremos que la vida indolora de la propaganda no existe. No obstante, los adultos actuamos a menudo, como si fuese alcanzable. Y cuando los adultos mostramos ese ejemplo, los niños lo toman como si fuese un objetivo de vida, al cual tampoco ellos llegarán. Al no inmunizarlos a los pequeños fracasos animándolos a luchar por los ideales más allá que se cumplan todos los objetivos que se propuso, no les brindamos un elemento vital para crecer emocionalmente sanos.

En Parshá Koraj leemos que Koraj, una persona de mucha jerarquía entre el pueblo de Israel, comenzó una revolución en contra de Moshé. ¿Qué indujo a Koraj a semejante emprendimiento? El nombramiento de su primo Elitzafán al cargo de jefe de su familia de Leviim, cargo que Koraj pretendía para si. La intolerancia de Koraj de ver que otro llegara a un puesto mayor que él, fue la causa por la cual terminó perdiéndolo todo. Una historia similar, la conocemos con Hamán, quien, siendo primer ministro, no quiso aceptar que una sola persona, Mordejai, no le rindiera honores.

¿Hay algo que podamos hacer al respecto? Mucho. En primer lugar, podemos redefinir el concepto del éxito. Lo bueno propio, no depende de lo poco o mucho que logren los demás. Cada persona tiene sus propios recursos y habilidades, y su éxito se calificará en la medida que tenga voluntad de hacer obra y aprovechar correctamente el potencial de lo que posee. Si se logran todos los objetivos que se propuso, muy bien. Si no, pues no deja de valer el esfuerzo que se invirtió en el proyecto y habrá que repensar si las expectativas fueron desmedidas. Posiblemente, uno se esté sobre evaluando y quiera más de lo que realmente pueda. Al poner las cosas en su dimensión correcta se baja el nivel de ansiedad. “No es tu obligación terminar la tarea” – dice el Pirké Avot – “pero tampoco estás libre de no aportar tu parte”. “Fracasado” en este contexto sería aquel que no intenta. En el “ajedrez de D”s”, si existiera, no tiene un valor distinto la reina del peón. Todos pueden cumplir un rol Di-vino.

En segundo lugar, tomar en cuenta la cautela con la que se debe mencionar las comparaciones que no deben cumplir un objetivo más que el de conocer aproximadamente cuánto se puede esperar de cada uno, pero que no lo califican terminantemente.

La finalidad de enseñarle al hijo un oficio, como lo expresa el Talmud, es a fin de se gane su pan en una manera legítima. Esto no significa que uno le pueda o le deba asegurar el bienestar del futuro de sus hijos. Si se ve que el hijo está “en otra” y que puede rendir más, se le puede alentar a que estudie más y no caiga en la mediocridad o en el “zafar” de la nota de la escuela. Pero no crearle un vicio por el cual, si le va mal una o varias veces, se sienta fracasado para el futuro. Tampoco creer que se lo está incentivando cuando se le dice (si trae una buena nota): “Viste, que cuando querés, podés…”

Seguramente, no podremos arreglar el mundo de competencia y “rating” en el cual vivimos. No obstante, no lo fomentemos. En nuestro micromundo que es nuestro hogar, podemos inyectar un poco de tranquilidad.

Rab Daniel Oppenheimer

1 comentario
  1. gerson

    Lo malo es que no hay una sola sociedad dende no se fomente tales acciones, que el Creador YHWH nos ayude a crear comunidades sin esos males. Y que no envidiemos a tales haciendo lo mismo.

    06/07/2016 a las 14:22

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