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La Mision especial del hombre (continuación)

Selección extraída de “Luz para las Naciones” por Rabi Yoel Schwartz, Yeshiva Dvar Yerushalayim


Existen de hecho ciertas cualidades que especialmente conducen a un mayor grado de acercamiento a Di-s, y que le permiten a la persona sentirse contenta y feliz en la vida, a la vez que calma y razonable frente a la adversidad. Primordial de entre ellas es el reconocimiento de las maravillas y las bondades del Creador; estado que se adquiere por la contemplación y la ponderación, hasta los límites que una persona sea intelectualmente capaz de alcanzar. Con la edad y experiencia, se presentan más fácilmente. Los rabinos acostumbran a incorporarse en honor de los ancianos de los otros pueblos del mundo, como lo reseña el Talmud acerca de Rabí Yojanán (Tratado de Kidushin 33a),quien explicó así esta acción con las siguientes palabras: “A través de los numerosos acontecimientos en sus vidas, muchas maravillas y milagros han pasado sobre ellos”, queriendo significar: que habían sido merecedores de alcanzar un nivel espiritual de mayor entendimiento de los caminos propios del Creador.

El hombre debe además realizar esfuerzos por desarrollar la Creación misma, una de las tareas para la cual fue creado. El es considerado como un compañero de Di-s en el proceso de la Creación, como lo declara el Génesis (2:3) en referencia al mundo:”…que Di-s creó para hacer”. Para lograr esto es necesario que el hombre trabaje, como explican los Sabios del Talmud: “El trigo requiere trabajo para hacer pan de él, y la lana para fabricar vestidos”. La Creación fue hecha de manera tal que requiere de mejoramiento y ésta es la tarea de la humanidad en su conjunto. Esta misión desemboca en la comunión con la intención divina para el género humano, como se halla escrito en Isaías (45:18) en relación con el mundo: “No para el vacío El lo creó; El lo formó para ser habitado”.

El gran principio de la bondad hacia otros es una condición indispensable de cualquier acercamiento al Di-s de la Misericordia: “Tu has construido el mundo con bondad” (Salmos 89:3) y: “El mundo fue creado para la realización de actos de bondad.”

Uno de los sabios del Talmud, Rabí Shimón, añadió la siguiente parábola: “Cuando Di-s decidió crear a Adam, los ángeles vinieron a El repartidos en dos grupos, uno diciendo: “Créalo”, mientras que el otro replicaba: “No lo crees”, como está escrito: “La bondad y la verdad se han encontrado juntas, la justicia y la paz se han besado” (Salmos 85:11). La Bondad concluyó: “Créalo, porque él hará actos de bondad a otros” (Bereishit Raba). Está más allá de los límites de la presente obra el explicar los multifacéticos detalles de lo que la bondad es, mas sus principios generales son bien conocidos, y dentro del contexto de los Siete Mandamientos no implican la exageración que en ocasiones ocurre en los círculos religiosos y que desembocan en el ridículo; un balance adecuado puede ser logrado para evitar este resultado.

Una vida de auténtico sentido incluye en cada una de sus acciones un componente de Torá, puesto que en verdad no hay distinción alguna entre lo religioso y lo mundano: todos los segmentos de la vida claman por espiritualidad. Así cuando uno camina o descansa, come y bebe, debe realizarlo para la preservación y el fomento de sus más elevadas facultades en el servicio de Di-s. Cuando una persona trabaja, ya sea para ganarse el sustento o a fin de contribuir al avance de la sociedad, está cumpliendo un deber religioso; de la misma manera, cada una de sus acciones en todas las facetas de su existencia se integran en armonía con el cumplimiento de la Voluntad divina, que es el Servicio de Di-s, como lo declara Rabí Moshe Jaim Luzzatto:

“Y si profundizáis más en este tema veréis que el mundo fue creado para el uso del hombre. Verdaderamente, he aquí que el hombre está situado en el centro de una balanza inmensa. Puesto que si el hombre es jalado por el mundo y se aleja de su Creador, él se corrompe y corrompe al mundo con él. Más si domina sobre sí mismo y se unifica con su Creador, utilizando el mundo sólo como una ayuda para un mejor servicio de su Creador, entonces él se eleva y eleva al mundo mismo junto con él.”

Este es un sólido principio general que tiene incumbencia y aplicación para todos los pueblos del mundo, tanto para los judíos como para las demás naciones. Hay, sin embargo, una diferencia entre el servicio divino de los judíos y el de las naciones del mundo. Los demás pueblos sirven a Di-s a través de la oración, los rituales, sacrificios y la nobleza moral en el comportamiento social, todas estas acciones espirituales que pueden o no incidir mayormente en el plano del materialismo; mas el servicio de los judíos involucra todos los aspectos de la vida, desde el mero anudar de la agujeta del zapato hasta las leyes sobre la modestia, la comida y la bebida, e incluso más allá.

El Rabino Tzadok en su “Israel Santo”, destaca a la circuncisión de entre los demás mandamientos como la esencia del “Pacto de Abraham, nuestro Padre”, un testimonio perpetuo en el órgano mismo de nuestros deseos de que los Hijos de Israel son Santos ante Di-s y están enteramente subyugados a Su voluntad.

Prosigue afirmando que el Shabat con su componente necesario de comida y bebida es también específicamente judío. El Tratado Shabat del Talmud revela el vínculo único que entre el Shabat y el pueblo Judío existe tal como la siguiente parábola lo manifiesta, haciendo afirmar al Altísimo: “Tengo un bello regalo en mi bodega y su nombre es “Shabat”. Deseo dárselo a Israel”, implicando que sólo a Israel le fue dado, y no a las demás naciones de la tierra.

No obstante, el gentil también está capacitado para infundir al conjunto de sus acciones un sentido y contenido profundos llegando a ser consideradas como servicio divino cuando las realiza con el anhelo de cumplir la Voluntad de Di-s, de hacer el bien a los demás y mejorar la condición del universo mismo. El también puede llegar a ser merecedor de la santidad que le corresponde, como se encuentra implícito en la declaración contenida en el Midrash mencionado anteriormente:

“Declaro al Cielo y a la Tierra testigos de que judío o gentil, hombre o mujer, esclavo o sierva, todo dependerá de sus actos y (a través de ellos) el Espíritu Divino se posará sobre él.”
Y Maimónides escribió en su Responsa a una pregunta formulada por Rab Sisdai Halevi en lo concerniente a las naciones:

“De esta manera, nuestros sabios han afirmado que los justos de las naciones tendrán una parte en el Mundo por Venir, si es que llegan a alcanzar aquello para lo cual han sido dotados, es decir, el conocimiento del Creador, así como a superarse a sí mismos mediante la adquisición de cualidades morales valiosas.”

El Rabino Samson Raphael Hirsh, por su parte, destacó en su brillante libro “Diecinueve Epístolas” en relación con el esquema universal:
“Todas las cosas son sirvientes delante del Trono de Di-s. Porque, como declararon los sabios, no fue con una sola palabra creadora con la que el Todopoderoso convocó a la existencia a todas las cosas – ya sea al Universo o al individuo- a fin de que cada una de ellas dependiera inmediata y exclusivamente en Su magnanimidad para su existencia y actividad. Por el contrario, fue a través de una serie progresiva de diez procesos que Di-s llamó a Su mundo a la existencia, creando una abundancia de fuerzas y ocasionando que cada una de ellas penetrara en las demás y obrara en cooperación estrecha con ellas, de acuerdo con Su voluntad, uniendo y separándolas de modo tal que cada una coadyuvara al mantenimiento de la otra; ninguna de ellas debiera concentrar en sí misma las condiciones de existencia y actividad, sino que las recibiera de sus compañeras del sistema en la Creación, e impartiéndoles a su vez los requisitos para la vida y el trabajo.”

Di-s, en Su infinita Sabiduría decretó esta interdependecia mutua con el objetivo de que cada ser individual pudiera contribuir, mucho o poco, al mantenimiento de todo el conjunto. Es asi como, por ejemplo, el agua, habiendo penetrado dentro de la tierra, es nuevamente recogida en nubes y mares; la luz, después de haber atravesado la atmósfera terrestre y contribuido a hacer brotar plantas sobre la tierra, se concentra de nuevo en el sol, la luna y las estrellas; los minerales y nutrientes generados en la tierra, son llevados del suelo y depositados en el seno de los frutos maduros a fin de que la tierra los reciba y absorba y pueda así producir de nuevo. Una glorificante cadena de amor, de dar y recibir, unifica a todos los seres vivos. Todas las cosas existen inmersas en una continua actividad recíproca… el Uno para el Todo, el Todo para el Uno. Ningún ente tiene poder o medios por sí mismo; cada uno recibe sólo para dar, y da a su vez para recibir, descubriendo por este intermedio el propósito de su existencia: el Ser Divino. “El amor”, nos enseñaron nuestros sabios, “que sostiene y es sostenido a su vez: éste es el carácter del universo.”

Rabi Yoel Schwartz

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