Profundizando
Educación Judía
El rol de los padres en la educación
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Consejos para educación

Preguntaron a Dios:
—Si tan difícil es, y tanta inteligencia se requiere para educar a los hijos,
¿por qué has permitido que cualquier persona, hasta el más simple, tenga hijos y cuantos desee?
—Hijo mío —dijo Él—, para educar a los hijos no se necesita inteligencia. Sólo se requiere Tefilá, amor y paciencia.
 

¿Qué es educación?

El concepto de Jinuj, educación, aparece por primera vez en la Torá con nuestro Patriarca Abraham en el versículo: “Cuando oyó Abram que su pariente había sido hecho prisionero, armó a sus Janijav (criados)…”.
Rashí explica que la palabra Janijav indica comienzo o utilización por primera vez de una persona u objeto, en algún trabajo u oficio, en algo que perdurará por mucho tiempo, tal como lo dijo Shelomó Hamelej (el Rey Shelomó)Janoj Lanaar, “Educa al joven…”, Janucat HaMizbeaj o Janucat Habait, “inauguración de una casa”.
De las palabras de Rashí podemos interpretar que el significado de los términos Jinuj y Janucat Habait tienen el mismo origen y sentido: el comienzo de algo que perdurará mucho tiempo, en la forma y el modo en que se inició, cumpliéndose entonces las palabras del Rey Shelomó: “Educa al joven acorde a su forma, y así ni en su vejez se apartará de ella”.
¿Quién no tiene presente en su memoria la inauguración de una casa, donde el anfitrión desborda alegría? ¿En que radica esa felicidad? En saber que ha logrado tener un lugar propio y privado para su vida particular, donde podrá desarrollarse con estabilidad tanto física como espiritual, que cuenta con un espacio de reencuentro y reunión con la familia estableciendo y fortaleciendo vínculos saludables y necesarios; un lugar para poner a resguardo sus cosas y objetos personales, y un espacio de reposo donde puede encontrar descanso seguro para su cuerpo.
La principal causa de felicidad del dueño es saber que comienza una nueva, estable y prolongada etapa de crecimiento y tranquilidad.
El Rambam (Rabí Moshé ben Maimón, Maimónides, 1135-1204) dice que justamente este es el motivo por el cual quien ha inaugurado una nueva casa, o quien acaba de casarse, no debe enrolarse en el ejército.
Estas personas están en el inicio de una nueva etapa y deben permanecer en estado de alegría y felicidad. Y el espíritu de la primera etapa es el que se establecerá luego a largo plazo; por eso es que deben cuidar de mantenerse siempre con alegría y felicidad: “educar con vivencias felices”.

Gran, gran mensaje

Es sabido desde tiempos inmemoriales que la Torá nos enseña a educar a nuestros hijos de manera diferente de como lo hacen las demás naciones del mundo.
Por ello, debemos intentar hoy más que nunca aferrarnos a nuestras raíces haciendo caso omiso a los valores y mensajes negativos que nos ofrecen los medios de comunicación masiva. Parece una tarea complicada en la era tecnológica y cibernética en la cual nos encontramos, pero con el estudio serio y comprometido de las fuentes originales podremos aprender y poner en práctica el vasto conocimiento que el judaísmo tradicional posee al respecto, inclusive en este confuso siglo XXI.
El siguiente relato nos brindará a padres e hijos de todas las edades y situación socioeconómica, así como a educadores y educandos, material para pensar… y en serio.

El regalo más valioso

—Papá, ¿te acuerdas de que dentro de un mes es mi cumpleaños?
—¡Por supuesto, hijo! Parece mentira que ya pasaron 21 años desde tu nacimiento. ¡Ya estás hecho un hombre! ¿Por qué preguntas, David?
—Porque esta vez quiero un regalo valioso.
El papá, el doctor Cohen, lo miró sorprendido.
—¿Qué más puedes necesitar con todo lo que tienes? Pero bueno, es cierto que en este día recibirás algo grande. Ya casi no recuerdo la lista de tus humildes pedidos. Hagamos memoria:
A los 13, hicimos la fiesta de Bar Mitzvá en el hotel Hyatt para 500 invitados.
A los 14, te compré esa bicicleta de montaña con 21 velocidades que tanto querías.
A los 15, te instalé la computadora con todos los accesorios.
A los 16, encargamos la tabla de windsurf de competición para cuando vas al mar.
A los 17, por fin manejaste la moto de tus sueños: negra con un rayo dorado. Y, como si fuera poco, con el casco haciendo juego.
A los 18, estacionaste en la cochera tu flamante camioneta todo terreno 4 X 4.
A los 19, para esta fecha, te fuiste con tus amigos a pasear por Europa con todos los gastos pagados.
A los 20, elegiste ese reloj que llevas en tu muñeca.
Me porté bien, ¿no?
—Sí, papá, y te agradezco por tu generosidad. Pero te repito que quiero algo bueno, algo más que especial.
—No sé qué estarás tramando, David, porque palco en la cancha, desde hace mucho que lo tienes, y vitalicio; estudias en la universidad de mayor prestigio del país. ¿Tal vez una tarjeta de crédito? Usas la adicional de la mía…
Pasó una semana y David volvió a decir a su padre:
—Papá, en tres semanas cumplo 21. ¿Te acuerdas?
—Sí, hijo. Disculpa, pero en este instante estoy apurado. No me olvidé del regalo. Aunque en realidad no sé qué querrás. Ya te compré en Corea el celular más reciente y te traje de los Estados Unidos una tablet. Después me dices; ahora tengo que irme.
A dos semanas de la ansiada fecha vuelve David a la carga:
—Papá, en 15 días es mi cumple. ¿No estás emocionado?
—¿Emocionado? ¡Preocupado! Cada vez que me ves sacas el tema a colación. Dime qué quieres. No des vueltas, que estoy ocupado.
—No, papá. En un minuto no puedo. Luego te digo.
—David, si quieres ir a esquiar de nuevo, pide el número de la agencia de viajes a mi secretaria. Y si necesitas ropa, a pesar de tus roperos llenos, ve a la plaza comercial y fíjate en qué hay de moda. ¿Quizá algún permiso? Desde chico te dejo hacer lo que te place; vas, vienes, entras, sales solo, acompañado, en grupo… ¡Qué padre te tocó!
—Sí, papá.
A una semana:
—Papá, te tengo una sorpresa. ¿Sabes cuándo voy a decirte lo que quiero de regalo? El próximo sábado en la noche, cuando celebremos aquí en casa, junto a toda la familia, los abuelos, tíos, primos y amigos. ¿Qué te parece?
—¡De ninguna manera! No me gusta este chantaje. Seguramente entiendes que con la presión de todos ellos presentes tendré que aceptar a la fuerza tu nuevo delirio. Si pensaste pedir un departamento propio, ya te dije que lo recibirás el día que te cases. Y si quieres irte a vivir solo, vete a alguno de los míos que no esté alquilado. Dime ahora lo que necesitas y, por favor, no me pongas en aprietos ni me hagas pasar vergüenza. Considero que no lo merezco. Lo que quieras, te lo daré.
—No, papá. Hablé con mamá y me dio permiso para pedírtelo el mismo día.
—¡Ay, tu madre! ¡Siempre te consiente! Los dos son iguales…
Y llegó el día. Sábado en la noche. Noche estrellada de primavera. Noche singular. Noche distinta. Todos los invitados disfrutaban del acontecimiento en el parque de la mansión de los Cohen. Habían contratado una agencia de banquetes, barman, fotógrafo y un pianista que acompañaba con sus melodías la velada. La fuente estaba adornada con luces de colores y globos blancos. El jardinero había arreglado el césped, los árboles y las plantas. Las variadas flores perfumaban el ambiente.
A media noche en punto, el mozo trajo el gran pastel de dos pisos e invitaron a David al tradicional acto de soplar las velas. David, que había estado bastante callado, se acercó con pasos lentos y pesados. En su rostro se notaba que algo lo oprimía por dentro y opacaba la fiesta en su honor. Levantó la mirada y con voz firme dijo:
—Hoy es un día muy especial, más que especial para mí. Hoy cumplo 21 años y arreglé con mi distinguido padre que no le pediría el regalo sino hasta este momento.
David miró de reojo a su tenso padre; intentaba sonreír por compromiso y mantener la compostura.
En eso el abuelo interrumpió para decir:
—¡Ese es mi nieto! ¡Tú sí que sabes hacer las cosas! Se nota que llevas mi apellido.
Todos los integrantes de la familia menearon la cabeza a modo de afirmación. Sin dar tregua, Yosi, el sobrino pícaro, murmuró en voz alta:
—Tío, ¿ya preparaste la chequera? ¡No vas a echarte atrás justo ahora! ¡Mira que estamos grabando todo en video y mi primo es listo!
Fue muy divertido. Tal vez, para el honorable anfitrión, el Doctor Cohen, no tanto.
David siguió con la palabra dirigiéndose ahora a su padre.
—Papá, desde que nací he recibido todo lo que un niño, un adolescente y un joven puede ansiar. Y por ser hijo único y debido a nuestra posición económica, se potenció aún más. De todas maneras, hoy quiero cumplir mi sueño; como dicen, el sueño dorado, mi eterna ilusión.
El homenajeado hizo una pausa, invadido por la emoción. Entre los participantes se dejó oír sólo un silencio estremecedor hasta que el muchacho prosiguió con su peculiar solicitud.
—Papá, hoy quiero pedirte algo que nunca me diste y ya no puedo soportar más. Sé que te va a ser difícil, o por lo menos eso imagino, ya que no me lo entregaste ni me lo ofreciste jamás. Te pido perdón por hacerlo de esta manera, pero, si no era así, temí que fueras a negarte, a escabullirte o, en el peor de los casos, escapar.
La tensión crecía en el aire y las cosas comenzaban a complicarse. Ya nadie sonreía y algunos ya empezaban a preocuparse por lo que David tenía en mente, que necesitaba un momento tan solemne para pedirlo. David, respirando hondo para contener las lágrimas, reunió coraje y dijo con tono quebrantado, acompañado por un dolor muy profundo, muy intenso y secreto que venía reprimiendo y censurando por largos y amargos años:
—Papá, por favor, concéntrate únicamente en mí por un minuto. Si te es imposible, dedícame medio minuto, a mí solo. No atiendas al teléfono ni enciendas la computadora. No leas el diario ni mires la televisión. Ahora, por el amor de Dios, ¡te pido que me abraces, me des un beso y me digas que me quieres por primera vez en tu vida y en la mía…!
Estimado lector
Creo que conviene dejar estas líneas aquí y dar la posibilidad de que cada uno reflexione acerca del mensaje tan importante, pero tristemente cotidiano, que estos párrafos contienen.
Si alguien piensa que esto es irreal y que sólo puede suceder en una relación padre-hijo de un profesional rico y laico, yo, como educador, les aseguro que no es así.
En la presente historia se expusieron con toda intención ejemplos extremos. De todas maneras, cada persona, en su situación, puede comparar, evaluar, sacar conclusiones y verse reflejado e identificado, o no.
En general, con un poco de sensibilidad de nuestra parte, nos daremos cuenta de cómo los hijos, a pesar de su aparente áspera rebeldía, nos piden a gritos atención. Debemos agudizar el oído para escuchar el eco de su “Por favor, papá/mamá, pon tu hombro cuando necesito llorar, tu tiempo y silencio para desahogarme, tu voz para alentarme y consolarme, tu experiencia para enseñarme y corregirme, y tus manos para acariciarme…”.
Podríamos seguir, ya que el tema es muy extenso, pero el objetivo de este escrito es sólo llamar a la reflexión sobre cuán importante es la demostración de cariño y amor a todas las personas y, en especial, a nuestros hijos.
Quiera Dios iluminarnos, guiarnos y ayudarnos en la educación de nuestros hijos.

Salomon Michan

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