Profundizando
Educación Judía
El rol de los padres en la educación
+100%-

Comunicación

En la ciudad de Novardok había una famosa Ieshivá, de la cual era Rosh Ieshivá el Rabino Avraham Yoffen sz”l, y a la cual acudían muchachos de muchos puntos de Europa y, en particular, de Lituania. Dado que la Ieshivá no contaba con una vivienda de dormitorio propia para alojar a los muchachos que venían del exterior, los vecinos se ganaban una entrada monetaria adicional al hospedar a los muchachos en las habitaciones disponibles por una retribución. Cerca de la Ieshivá vivía una viuda con su hijo. Esta señora vivía de los ingresos que le resultaba el alquiler de los departamentos de la pequeña residencia que le pertenecía. Sin embargo, su trato a los muchachos que ocupaban las viviendas, no era muy cordial. Cada vez que se encontraba con uno de ellos, le vertía toda su amargura por la dificultades de su vida. En ciertas ocasiones le cortaba la luz y en otras cortaba el agua.
Con el tiempo, y dado los frecuentes agravios, los muchachos prefirieron buscarse otro alojamiento, aunque fuese un poco más alejado de la Ieshivá. Con los ingresos menguando de mes a mes, iba creciendo la angustia de la pobre mujer y, consecuentemente, las afrentas se tornaban más ofensivas. Sin embargo, no pudo contenerse de hablar de la manera en que hablaba, hasta que, finalmente, le quedó tan solo un inquilino.
El muchacho, Iosef Geffen, no se dejó amedrentar y siguió viviendo en el lugar. Un día, la señora lo vio de lejos y le gritó despectivamente: “¡y vos! ¿estás loco? ¿por qué no te vas al igual que los demás? ¿qué estás esperando?”
Iosef Geffen le respondió respetuosamente y con calma: “la razón por la que no me voy es para que Ud. no se quede sola con su hijo. D”s no quiera, que Ud. necesite algo – si están aquí solos, no tendrán a quien llamar. Entiendo que su modo de proceder se debe a que la vida le ha sido áspera por ser Ud. una mujer viuda y deber mantener a su hijo. No la quiero abandonar”.
La mujer lo miró, y fue como si envejeciera de un momento a otro. No había esperado que le respondieran de esa manera. De repente, su cara se tornó sombría y se la notó fruncida y anciana. “¡Perdone, perdone, joven! No pensé que esa era la razón por la cual se quedaba. ¡Qué amable y cariñoso de tu parte!” Más tarde en aqul mismo día, volvió para disculparse de Iosef. A partir de ese momento, su modo de hablar con los muchachos cambió totalmente. Atrás quedaron las ofensas y los maltratos. Apenas uno meses más tarde, su residencia estaba nuevamente ocupada por los alumnos de la Ieshivá. Solamente Iosef Geffen se cuidó de entrar por la puerta lateral para evitar encontrarse con la viuda y causarle vergüenza al verlo a él. (“Around the Maggid-s Table de R. Paysach Krohn shlit”a Artscroll/Mesorah)

El versículo de Mishléi (Proverbios 15:1) nos enseña que “Ma-ané raj, iashiv jeimá” (el que responde suave, quita el enojo). Muchas de las peleas domésticas se podrían evitar si los involucrados cuidaran el tono de voz con el cual se dirigen unos a otros. La vida está colmada de situaciones que pueden alterar al individuo, que continuamente se ve acosado por temor a los múltiples riesgos, trances, apuros y conflictos que se suceden uno tras el otro. Nuestra sociedad vive cada día más apurada por llegar y alcanzar un fantasma denominado éxito que no es más que un espejismo que se nos escapa cada vez que creemos que lo tenemos en nuestras manos.

Uno de los momentos más delicados en cualquier hogar judío observante, es el viernes a la tarde. En ese momento, todos corren para terminar con sus actividades y estar preparados puntualmente para recibir al Shabbat con la alegría y el honor correspondiente. La Mishná de Shabbat (2:7) nos dice que hay “tres recordatorios que debe comunicar la persona en casa el viernes por la tarde cerca de oscurecer: ¿se ocuparon de quitar el ma-aser (diezmo de la fruta que crece en Israel)?, ¿prepararon el eruv (una ley que permite llevar objetos en ciertas circunstancias desde una propiedad a otra, o le permite trasladarse desde un pueblo a otro algo más lejano)? ¡enciendan las velas!” Acerca de estos puntos, nos agregan los Sabios: “vetzarij lemeimra benijuta, ki heiji de-kablinhu minei” (y debe decirlo con calma, para que lo puedan asumir). Evidentemente está muy impregnado en nuestra psiquis que al gritar se logra más. Observado más de cerca, los gritos no dejan de ser un intento de ejercer el poder por sobre otras personas. En ciertos círculos, como puede ser en el servicio militar, las órdenes se transmiten con voz que posee todo el aire de fuerza. No es necesario ser un gran ilustrado para percatarse que habitualmente los gritos demuestran una señal de debilidad y la ausencia de potestad genuina. Es precisamente eso, lo que los Sabios quieren evitar en el hogar judío. Autoridad, sí. Aliento, ánimo y apoyo, también. Pero no un forcejeo en el que se impone el que más fuerte brama.

“Le-olam al iatil adam eimá ieteirá betoj beitó” (como regla, no debe causar la persona un temor excesivo en su hogar) dice el Talmud (Guittin 6:). Es muy posible que muchos padres tuvieron las mejores intenciones al aspirar que sus hijos sigan las enseñanzas y tradiciones que ellos habían heredado de sus padres. Sin embargo, los métodos empleados y el acento utilizado, lograron el efecto contrario al deseado.

En Parshat Itró, D”s le envía al pueblo de Israel su propuesta para que se convierta en “un reino de sacerdotes y una nación santa”. Antes de comenzar a transmitir el mensaje a Moshé, D”s le adelanta que “así le dirás a “Bet Ia-acov” y dictarás a “Bnei Israel” (Shmot 19:3). Rash”í aclara la aparente redundancia en los términos: ¿por qué la doble exposición? Responde: “a las mujeres (Bet Ia-acov), háblales en tono más dócil (que es la manera en la cual ellas luego se lo comunicarán a sus hijos); en cambio, a los hombres háblales con brío, (dándoles a entender todo el rigor de la ley)”. Vemos nuevamente como la Torá nos enseña a controlar nuestra manera de modular la voz en función del auditorio. El grito no convence: “las palabras tranquilas de los sabios se escuchan por encima de los gritos del poderoso sobre los necios” (Kohelet – Eclesiastés 9:17).

“Adam nikar be-kisó, be-kosó, uveka-asó” – se reconoce las características de la persona por su manejo de lo que posee en su bolsillo (kisó), por lo que bebe (kosó), y por su modo de expresar su cólera (ka-asó).

Hace ya algunas semanas leímos sobre el primer momento en que D”s se presentó a Moshé para encargarle la misión de conducir al pueblo de Israel fuera de Egipto. Dice Midrash que la primera vez que D”s se dirigió a Moshé, lo hizo con la voz del padre de Moshé, para no asustarlo. Ahora bien. Moshé no era un niño en aquel momento (tenía cerca de 80 años). Sin embargo, D”s tuvo la consideración por lo que sería una experiencia difícil de sobrellevar. A tal fin le habló con la voz a la cual Moshé ya estaba acostumbrado. ¡Cuánto más debemos ser cautos con los niños que están en plena etapa evolutiva de sus vidas!

Con esto me refiero no solo a los habituales gritos, sino también a las maneras “sobradoras” rutinarias de expresarse “¿Viste lo que hiciste?” “¡Yo te dije…!”, etc. Efectivamente existe una Mitzvá en la Torá que se denomina y corresponde a la obligación de indicar, advertir y corregir las malas conductas de otros. Este precepto se denomina Tojajá.
Sin embargo, dice el R. Wolbe shlit”a en nombre de R. Jaim de Volozhin sz”l, aquel que no puede hablar tranquilo y se enoja fácil, está exento de cumplir con este mandato momentáneamente, hasta que se le pase la alteración. Hay momentos en los que, como parte del proceso de educar es menester mostrar “ca-as” (desagrado). No obstante, debe ser un “ca-as haPanim v-lo ca-as halev” = el disgusto de la cara (una demostración externa) y no un disgusto del corazón de desdén (Mesilat Iesharim 11, de R. Jaim Luzzato sz”l). Sobre esto agregó R. Jaim Septimus en nombre de R. Eliahu Lopian sz”l, que en Kelm (una Ieshivá lituana en la cual había un énfasis importante en el dominio y corrección de las debilidades de carácter propios) decían, que “no es momento para ca-as hapanim, si aún prevalece el ca-as halev”.

La tarea de ser padres no es simple. Cuidado, entonces, con cada palabra. Ieshaiahu (Isaías), el gran profeta de Israel, fue censurado por expresar en su modestia “soy una persona de labios impuros y en medio de un pueblo de labios impuros estoy habitando” (cap.6:5). Esto ocurrió después que se el permitió a Ieshaiahu percibir la más profunda Revelación profética después del Monte Sinaí (Haftará de Itró). No le valió la buena intención, ni el amor que profesaba por su pueblo, ni tampoco el hecho de incluirse a sí mismo dentro de las “personas de labios impuros”. Por el mero incidente de decir una palabra negativa acerca de Israel, fue reprobado y, en el versículo siguiente, dice que se colocó “una brasa ardiente sobre su boca” (cap. 6:7). Cada palabra vale.

Rab Daniel Oppenheimer

Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top