Ascendiendo
Mesilat Iesharim del Ramjal
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¿Cómo usar la precaución – zehirut?

Amor-tiguar el descenso
Avinoam estaba en el bosque y de repente oyó un sonido familiar. Siempre le había gustado ver aviones en el cielo, y ese día entendió por qué le parecían tan bonitos. “El kav medio es el cuerpo del avión y los otros dos kavím son las alas. Tiene que haber armonía en la construcción, así es cuando hay tres kavím, claro, este orden específico hace que se mantenga en el cielo sin problemas”, pensó para sí. Como esta es una ley natural y verdadera, Avinoam disfrutó cuando la descubrió también en los aviones.

Al oír que el ruido de los motores se intensificaba, Avinoam buscó un lugar desde donde poder observar el cielo sin que se lo impidieran los árboles, vio que a gran altura pasaban aviones de carga y detuvo su mirada con mucha atención. Se percató de que volaban muy alto, aún así, se fijó en cada avión que pasaba. Al cabo de un tiempo, vio que se abría uno de ellos y que decenas, centenas y después miles de paracaidistas se lanzaban al vacío. Los observaba con detalle, no había imaginado que pudieran caber tantos en un avión. Asombrado, pudo ver con claridad que de entre los miles y cientos de miles que salían del avión, solamente a unos pocos se les abría el paracaídas, los demás por desgracia acababan estrellándose contra el suelo. Aquel que conseguía abrir su paracaídas, llegaba bien a destino pero como estaba a tanta altura, se aburría en el descenso hasta llegar a la tierra.

Avinoam oyó que alguien, a quien no se le había abierto el paracaídas, pedía ayuda y vio que otro paracaidista le tendía la mano, pero éste no pudo soportar el peso de los dos, perdió el equilibrio y ambos cayeron estrellándose de un golpe con el suelo. Avinoam estupefacto vio que miles de personas en su descenso se estrellaban contra la tierra y que sólo unos pocos lograban tocar el suelo suavemente. Se fijó en que los paracaídas no se abrían de forma automática, sino que cada paracaidista lo tenía que accionar individualmente. También vio que había alguien que por medio de un sistema sofisticado de audio decía cosas muy bonitas, hablaba con carisma y muchos se quedaban embelesados con su discurso, hasta el punto de olvidarse de abrir el paracaídas. Esta misma forma de descenso a la tierra ocurría con las decenas, centenas y miles de paracaidistas que se lanzaban del resto de los aviones, y Avinoam no entendía el porqué.

Las etapas de la precaución

¿Qué es la precaución?
Precaución es saber qué quiero y cómo debo protegerme, vigilando que las acciones me lleven al objetivo que yo mismo he elegido.

¿Qué factores hacen que adquiramos precaución?
La precaución es un tema universal y podemos aplicar esta pregunta a cualquier aspecto y nivel de la vida que sea importante para nosotros. En este sentido, todos los seres humanos funcionamos de la misma manera. Para que un individuo se comporte con precaución, lo primero que debe hacer es saber discernir. La persona que tiene Dáat-discernimiento, es porque recibe de Jojmá-sabiduría y de Biná-entendimiento.

¿Cómo discernimos?
Tenemos que ver y diferenciar entre lo bueno y lo malo en cada objetivo y/o fase de la vida. Ver con claridad cada paso que damos para acercamos a lo bueno y alejarnos de lo malo, fijándonos si nuestros actos son acordes con el objetivo al que queremos llegar.

Quien no tiene precaución ¿cómo puede adquirirla?
El hombre por naturaleza siempre quiere apegarse al bien y alejarse del mal. Qué es bueno o malo depende del nivel de discernimiento de cada uno. La persona necesita destinar un tiempo para olvidarse de la rutina cotidiana y contrastar sus actos con el objetivo que se propuso:
1. Lemashmésh bemaasav: tantear si sus acciones son coherentes con el objetivo.
2. Lefashpésh bemaasav: examinar, investigar en su interior, es decir, comprobar si sus acciones son contrarias al objetivo marcado, fijarse también en todo lo bueno que ha hecho a ver si hay algo que se pueda perfeccionar para que al día siguiente sea mejor todavía.
Esto exige tener siempre presente el objetivo que pretendemos lograr y de esa forma se sabrá automáticamente si cada acción que hacemos nos acerca o aleja de éste. Y eso también hará que perfeccionemos nuestras acciones para que sean cada vez mejores.

Pero si todos quieren el bien ¿Por qué hay tanta diferencia entre las personas?
Veamos un ejemplo: Había tres compañeros de estudio que compartían pupitre en la escuela y tenían el mismo nivel intelectual. Pasaron veinticinco años y se encontraron de nuevo trabajando en la sucursal de un banco: uno era gerente, otro cajero y el otro hacía la limpieza.

Si tenían un mismo nivel ¿Cómo puede ser que cada uno ocupara un cargo diferente?
La clave en la diferencia de rendimiento es cómo uno se ve, qué importancia se da a sí mismo, ya que todos tenemos las mismas cualidades y todos somos egoístas, la cuestión es saber en qué hacemos hincapié: unos quieren recibir sólo para sí mismos y otros quieren recibir sólo para dar al prójimo. Todos somos importantes ante nuestros ojos. La pregunta es a qué le damos importancia, a aspectos externos o a temas elevados. Todos tenemos las mismas características y el libre albedrío para poner cada cualidad donde elijamos.

Entonces ¿por qué los compañeros de banco llegaron a tener puestos tan diferentes? El gerente se valoró a sí mismo y eso le hizo exigirse una conducta determinada, ser precavido en sus actos y en sus estudios. Como constantemente se cuidaba de no bajar el nivel de lo que él creía que era, llegó al puesto máximo. El que llegó a cajero también tuvo confianza en sí mismo, en su capacidad de ofrecer seguridad a los demás cuando le entregaban el dinero, les asesoraba, etc. La mitad de la importancia se la dio a su trabajo y la otra mitad a otros temas. El que hacía la limpieza, que también tenía el mismo coeficiente intelectual que sus dos compañeros, sólo dio importancia a pasar por la vida, como pasan todos los que apenas piensan. Hoy el gerente tiene más responsabilidad, tiene que pensar en un nivel más alto, cómo funciona el banco, los clientes, los trabajadores, etc. El cajero piensa a un nivel más bajo y el que limpia no piensa absolutamente en nada.

Aquí vemos que la precaución también depende de la importancia que uno se concede a sí mismo y en qué la deposita. Lo vemos en Iosef que según el Midrash cuando bajó a Egipto y era esclavo en la casa de Potifar, se defendía con destreza y tenía éxito en todo. Cuando Iosef se percató de ello, empezó a acicalarse y por eso ocurrió el suceso con la esposa de Potifar. El Midrash pregunta ¿qué significa que un chico de diecisiete años que es esclavo y está alejado de la familia empiece a cuidarse de esa manera? Nuestros sabios explican que no es lo que imaginamos, sino que Iosef vio que estando solo en un lugar muy peligroso para él -la antítesis de todo lo que deseaba en la vida- sólo podía ayudarlo HaShem. Iosef entendió que para valorarse tenía que darse importancia a sí mismo, ya que cuando lo consiguiera, su objetivo también sería importante y por lo tanto sus acciones tenían que ser desde un inicio acordes a la meta que se había marcado. Al actuar de esa manera, recordaba que no había venido a este mundo para perder el tiempo. Es sabido que los esclavos no quieren pensar, Iosef hacía lo contrario, pensaba todo el tiempo.

Para llegar a un objetivo elevado el hombre tiene que darse importancia y así sentirse capaz de poder llegar a la meta. Si una persona se pone un objetivo muy alto, filosóficamente puede ser genial, pero si sus actos no tienen el nivel del pensamiento del objetivo elegido, nunca llegará.

Una forma para adquirir la precaución es activar el pensamiento durante un tiempo determinado, preferiblemente a la misma hora y en un mismo lugar, así se creará en nosotros el hábito de reflexionar sobre cómo fue el día y comprobar si hemos cambiado el rumbo o no.

Una vez adquirida la precaución también se puede perder. Hay tres temas que nos impiden conseguirla:
1. Las costumbres erróneas que tenemos. A veces sin saberlo.
2. La multiplicidad de elementos externos que nos rodean. El exceso de temas que nos afectan a diario nos apartan de pensar en lo esencial, en quienes soómos, qué hacemos y qué queremos.
3. El estar con personas que no den importancia a nuestros objetivos, que actúan exactamente al revés de nosotros, les gusta lo que a nosotros no nos gusta o no les gusta lo que a nosotros nos encanta, etc.

Para entenderlo en profundidad volvamos al significado del cuento. ¿Qué simbolizan los aviones? Cada uno representa una generación que pasa; de cada avión salen muchas personas, tantas como las neshamót que vienen a este mundo. En este mundo hay que tener precaución de la misma forma que antes de lanzarse del avión se debe saber cómo apretar el botón del paracaídas. Pero si la gente en el instante que sale ve un paisaje hermoso y cree que por estar aún muy alto en el espacio tiene mucho tiempo hasta llegar a la meta, entonces disfruta de la vista y se olvida de dónde está, qué debe hacer y hacia dónde va. El tiempo pasa más rápido de lo que uno supone y la velocidad de descenso va en aumento; como las personas se olvidan de tener precaución, se acaban estrellando contra la tierra.

Hay otro tipo de personas que sí tienen precaución, éstas suelen estar solas en su contienda, con HaShem por supuesto, pero no con muchos. La mayoría de la gente no tiene precaución y para evitar la soledad, se acercan a otros. Esto es como el paracaidista que le dio la mano a otro sin pensar en la consecuencia y el peso de ambos hizo que se estrellaran juntos. Asimismo, los que distraen a las personas con ideas falsas pero muy bien dichas, con promesas que nunca se cumplirán, hacen que la gente se olvide para qué vino a este mundo y todos se acaban cayendo.

¿Cómo puede una persona enseñar al prójimo a ser precavido?
Ante todo saber el objetivo hacia dónde se dirige, ver si los actos guardan correspondencia con éste. Dedicar un tiempo cada día a pensar, discernir y repasar si el objetivo y las acciones están bien y alejarse de lo que aparta de la precaución.

Veamos un ejemplo. Una joven bonita de dieciocho años encuentra a un joven de veintiséis años y se enamora de él. Los padres, los hermanos, los abuelos y hasta el panadero le aconsejan que no es para ella, pero ella no lo ve, se enfada con todos los que le “desaconsejan” y se va con el chico. Después de la boda, él la maltrata.

¿Qué más se podría haber hecho para que la chica tomara precaución? La joven que está ciegamente seducida ¿es capaz de escuchar? ¿Alguien puede hacerle entender qué es la precaución? Su elección ha sido aprender a través de la experiencia, y hemos visto que la experiencia es cuando el paracaídas no se abre y la persona se estrella.

Otro supuesto, hay una ama de casa que cree ser “la mejor”. Ella no se da cuenta que si el marido no le dice lo contrario es porque no conoce a otra mujer, ni los hijos conocen a otra madre. Pero si ellos vieran cómo la esposa del vecino trata a su marido y a sus hijos, se preguntarían ¿cómo podríamos hacerla entender que hay otras que la superan?

¿Cómo podemos adivinar desde donde estamos que hay algo más elevado? Como la precaución nos ayuda a lograr el objetivo, hay que ser precavidos también en el momento de elegirlo y eso depende de cuánto nos valoramos a nosotros mismos. El que no se aprecia lo bastante, se marcará un objetivo bajo y siendo escaso no le llevará muy lejos en la vida.

De los que saltan del avión, la mayoría se estrellan porque no son precavidos. Los pocos que logran abrir el paracaídas, viven con precaución, pero es muy difícil ser constantes, pues si dejamos al ietzer hará-instinto malo que decida todo lo que quiere, se podría concluir que nunca debemos dejar de ser precavidos, o sea, no debemos pensar que tenemos fuerza para hacer cosas, o qué podemos hacer, ni tampoco qué nos gustaría hacer. Como vivimos en la rutina cotidiana, es difícil salir de esos límites. El que tiene un poco de imaginación sale de ahí y ve que el ser humano no puede ir contra su ietzer hará, que la única salida es empezar a estudiar Torá. Aunque sepamos discernir y elegir un buen objetivo, en el mundo no hay fuerza que pueda dominar al ietzer hará sin la Torá. Tenemos una neshamá muy grande, por tanto somos muy importantes; este reconocimiento es obligatorio para poder actuar de la forma más elevada, pero vemos que es como una muralla que no se puede pasar sin estudiar Torá.

Por supuesto también si estudiamos Torá como la estudia todo el mundo podríamos caer en otro círculo vicioso y no elevarnos. El Cuzari (s. XI-XII) quería trabajar a HaShem, pero estaba entre paganos y no sabía cómo hacerlo hasta que desde el cielo le dieron algunas claves, una de ellas que buscara entre las religiones monoteístas. No sabía en cuál de las tres basarse, como tenía que elegir una decidió llamar a un gran sabio de cada religión. Al sabio judío le dijo que los iehudím no eran tan válidos porque habían pecado mucho durante la travesía en el desierto, y el jajám le contestó que eso nos enseñaba justo lo contrario porque dónde se había visto otro pueblo entero que sólo hubiera cometido diez errores en cuarenta años. El Cuzari se convirtió al judaísmo y con él todos los cazares.

Todo está incluido en la Torá, la pregunta es cómo la percibimos. El nivel que tomamos de la Torá depende de las personas que están a nuestro alrededor. Cuando vemos que todos son un poco tibios, nosotros también lo somos, pero si vemos que todos quieren elevarse cada vez más, también nosotros aspiraremos a eso, pues el hombre es bueno y sólo tiene que ordenar sus cualidades de forma óptima para que beneficien. Sólo necesita un poco de tiempo para pensar, aunque sea por unos cinco minutos. Pero la gente de hoy no quiere pensar, nos hemos olvidado de cómo se hace porque vamos corriendo de acá para allá. Hay muchos objetivos que atender, sin embargo hay que reservar un momento para “apretar el botón y que se abra el paracaídas”.

Una vez que el hombre tiene precaución debe ser sigiloso a la hora de actuar porque hay cosas que nos llegan y no sabemos de dónde vienen. Que se abra o no el paracaídas, depende sólo de la precaución. El RAMJAL Rabi Haim Luzzatto zt”l dice que como el hombre es bueno y quiere apegarse a lo bueno, sólo le falta pensar si sus actos están en consonancia con lo que él quiere. Por eso lo único que falta es pensar, y parar la vorágine en la que estamos sumidos; pensar quiéen soy, qué quiere HaShem de mí y renovarnos constantemente.

La precaución en alcanzar el objetivo depende del estudio de Torá y la práctica de mitzvót. Pero hay que ser precavidos también en el estudio de Torá. Hay quien estudia Torá y cumple mitzvót y no le sirve de nada. El peor enemigo en este caso es la rutina. Cuando la neshamá viene a este mundo, en el aire hay como un elemento que hace que el hombre se olvide completamente de todo. Lo primero que olvidamos es que tenemos una neshamá. HaShem nos hace milagros todos los días y a veces nos hace el milagro de que los percibamos. En el aire que respiramos también está ese elemento que nos hace olvidar los milagros.

La rutina hace que veamos el milagro como hábito y no sepamos apreciarlo. Cuando HaShem nos permite que lo podamos percibir, la neshamá empieza a despertar y hace que tengamos una perspectiva distinta de la vida. También ese milagro se olvida. Pocas personas son conscientes de que respirar es un milagro. Dentro de unos días un amigo celebrará el casamiento de su hija y me preguntó cómo se puede hacer, pues se necesita mucho dinero y no lo tiene. Le conté un caso verídico donde los padres de los novios pactaron que iban a poner la mitad del coste de la boda cada uno. Al final de la fiesta uno de ellos no tenía con qué pagar y se lo comentó al otro y éste le dijo que ya lo había pagado todo, pues creía que había sido ese el trato ¿Fue este un milagro o no?

La rutina, el hacer las cosas sin pensar, hace que nos olvidemos, que no seamos conscientes de que nos podemos renovar constantemente. La Torá siempre es nueva. La parashá que leemos cada semana no es la del año pasado, siempre atrae un or-luz nuevo que nunca estuvo en el mundo. El que está adherido a la Torá se renueva constantemente. Pero aquél que se ha quedado atascado, necesita activarse y renovarse.

El que tiene una relación sólida con HaShem, con la verdad, no le afectará lo que vea aunque sea muy creíble, activará siempre la precaución de hacer la cosa justa en el momento adecuado, de forma dinámica, como todo en la Creación. Habrá accionado el paracaídas y llegado suavemente a la tierra. Avinoam desde su lugar, a pesar de estar lejos, pudo percibir perfectamente su enorme alegría.

Rav David Scher

(Extraído del curso “Cómo hacer la cosa justa en el momento justo” impartido por Rav David Scher en cursos halel www.halel.org © del autor 2011).

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