Profundizando
1. Perspectiva del Amor desde la Torá
El Amor, La Mujer Judía y El Matrimonio
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Como un rey

Extraído de Dos partes de un todo, escrito por Tehila Abramov

El Midrash cita el sabio consejo de una mujer a su hija antes de casarse:
“Hija querida, dirígete a tu esposo y trátalo como a un rey. Si lo atiendes como una criada, te devolverá esa atención y te honrará como a su reina. Sin embargo, si tratas de dominarlo, te mandará y entonces te considera como una criada de baja posición” (Menorat HaMaor).

Se nos promete una recompensa en el Mundo Venidero por esta manera correcta de comportarnos y en este mundo, también; nuestras vidas experimentarán un cambio sustancial para bien cuando intentemos tratar a nuestros esposos como trataríamos a un rey. Cuando una mujer empieza a reverenciar a su esposo, manteniendo a la vez su propia dignidad, se siente casi inmediatamente más femenina y también más noble. De repente adopta las cualidades de una reina.

¿Qué significa para una esposa “tratarlo como a un rey”? Significa, por ejemplo, tratar fuertemente de complacerlo, ser entusiasta con sus ideas, ser directa y especificar las preferencias propias, pero aceptar su decisión final. Es increíble lo bien y lo rápido que se siente la armonía, cuando permitimos que nuestra propia identidad se exprese en esta relación real.
Si renunciamos a nuestros deseos por los de él e, inclusive, damos prioridad a sus deseos por sobre los de nuestros hijos, ésto será uno de los mejores regalos que podremos dar a nuestros hijos: una prueba del cariño y respeto que tenemos por su padre. Tenemos que construir castillos para nuestros esposos. Esto significa claramente no gritarle por hacer algo como ensuciar el piso. Estamos construyendo un hogar para nuestros maridos, para que tengan un lugar en el que se sientan completamente a gusto, un hogar para vivir, no sólo para mirar. Un hogar necesita naturalidad.

Siempre tenemos que estar atentas a lo que lo hace feliz en todos los aspectos de la vida. Y debemos tratar de satisfacerle la mayor cantidad posible de esos deseos. Cuando está triste, tenemos que ayudarlo a que se sienta mejor. Cuando le sucede algo doloroso, tenemos que reconfortarlo. Tenemos que honrar a sus padres y a su familia. Y si un esposo nos da un regalo, por más pequeño que sea, tenemos que demostrar verdadero aprecio por éste. Nunca debemos hacer a un lado a un esposo con indiferencia, ni humillarlo. En cambio, debemos engrandecerlo.

Comprender el principio implícito nos facilitará adoptar estos principios de la Torá en nuestras vidas matrimoniales. Pues debemos comprender que hay algunos hombres a los que les gusta estar a cargo de otras personas y hay otros a los que no les gusta tanto. Un hombre que no desea demasiado dirigir a los demás preferirá un puesto en el que reciba órdenes de otras personas, en lugar de dar órdenes a los demás. Pero el hecho es que incluso esta clase de hombre que no desea dirigir a los demás, en su hogar, aún desea ser el soberano. Esta es la naturaleza de su ser.

Es muy natural que el hombre sea el soberano del hogar. Si todas las mujeres aceptaran y dejaran de pelear por este hecho, habría muchos más hogares tranquilos, dado que ésta es una de las bases más fundamentales sobre la que se construye un hogar. Una mujer tiene que ser extremadamente cuidadosa para no herir, ni siquiera por equivocación, el verdaderamente frágil ego masculino de su esposo.

Cualquier mujer que trate de ignorar la necesidad de su marido de gobernar el hogar y, por lo tanto, vaya en contra de la naturaleza, terminará por dañar enormemente tanto a su esposo como a sí misma. Arruinará inadvertidamente a su familia con sus propias manos. La renuencia a aceptar esta realidad ha causado un número incalculable de fracasos matrimoniales y aun cuando la pareja decide seguir adelante, existe una constante corriente oculta de tensión y de infelicidad en el hogar.

¡Habrá tantos grandes y pequeños asuntos que presentarán ante los ojos de ella un signo de interrogación gigante! “¿No se da cuenta de cuánto más astuta y perspicaz soy en este tipo de situaciones?” “Con todos sus defectos, ¿se supone que yo deba respetar todo lo que él dice?” “Con todos mis títulos duramente ganados, ¿todavía tengo que ‘inclinar la cabeza’ ante mi esposo como si yo no tuviera ninguna voluntad propia?” “¿Mi opinión no vale tanto como la de él?” “¿Acaso no tengo mis propias necesidades, mis propios gustos, mi propios pensamientos?” ¿La mujer podrá ceder ante los deseos de su marido cuando, con frecuencia, la atormenten este tipo de preguntas? ¿Estará dispuesta a aceptar la opinión de su esposo? No con demasiada frecuencia. Mas bien aparecen las interminables discusiones que, si ambos siguen juntos, continuarán inclusive después de que sus nietos se hayan casado.

Por otro lado, una mujer que “logra” controlar a su esposo, hasta que es éste el que siempre cede y siempre escucha todo lo que ella dice, se quedará con un esposo frustrado que carece de seguridad y que es despreciado por los demás, por ella y por él mismo. No necesita ser un genio para dominar a su esposo. Sólo tiene que saber unas cuantas cosas sobre él. Tiene que poder juntar todos sus puntos débiles, saber exactamente cómo hablar, cuándo hablar, cómo convencerlo, cuándo aumentar la presión y luego cuándo empezar a llorar. Tiene que estar decidida a manipularlo hasta que se rinda completamente y haga exactamente lo que ella quiera.

Ya sea que la mujer utilice el acoso verbal o el “poder hidráulico” de las lágrimas para abrirse paso, el hombre cuya mujer lo domina se convierte en medio-hombre. Incluso si plancha sus camisas, le prepara tortas, le prepara la comida y le habla con la máxima dulzura posible, aun así puede dominar a su esposo y manejarlo, sólo que de manera más discreta que una esposa claramente mandona.

Estamos hablando de algo mucho más profundo que lo que uno ve de afuera. Esta es una idea de gran profundidad. Cuando se hiere repetidamente a un hombre en sus puntos más débiles, se crea una situación en la que el individuo está constantemente a la defensiva y en su subconsciente siempre está luchando por el control. Quizás se vuelva muy obstinado y extremadamente susceptible a las pequeñas cosas. Se transforma en un niño frustrado, desesperado por ganar cualquier pequeña batalla que pueda para “demostrarse” a sí mismo que aún es un jefe capaz.

La constante tensión interna que “derrocó” a un hombre de esa manera tiene repercusiones a largo plazo. El hombre mismo no tiene la percepción para ver lo que está ocurriendo y es probable que continúe resbalándose hacia abajo. Las personas se preguntan “¿Qué le pasó a este hombre? Solía ser despierto, honesto e inteligente”. Se vuelve obstinado, desconfiado de la gente e ilógico, con un enorme complejo de inferioridad.

Una razón obvia, por lo tanto, por la cual es una buena idea para la mujer convertir a su marido en rey, es porque es más probable que un rey tenga un buen corazón. Cuanto más pequeño se sienta un hombre, más necesitará demostrar su fuerza y su importancia en cada oportunidad que se le presente. Un empleado de bajo nivel en una oficina gubernamental será más estricto, más burocrático y más quisquilloso que un ejecutivo con el que trataríamos si fuéramos directamente a lo más alto. Los integrantes de la administración principal, por lo general, serán más generosos y con ellos podríamos idear un plan viable, dado que no temen perder su condición si ceden a nuestros deseos. Su autoestima no es tan inestable.

Si los individuos de la unidad matrimonial no se complementan correctamente entre sí, también sufrirán en su relación con los demás. Dado que la vida es como subir una rampa, si no hacemos un gran esfuerzo para ascender constantemente, nos caeremos. No existe permanecer en un lugar. Una esposa puede, a través de todos sus reconfortantes gestos, alentar constantemente a su esposo para que crezca. Si lo hace sentir como que es maravilloso, ¡se convertirá en una persona maravillosa¡ La esposa también puede ser, sin embargo, la que constantemente empuje a su marido hacia abajo más y más cada día.

Todos conocemos hombres que parecían ser potencialmente muy exitosos antes de casarse, pero sus logros con el tiempo se estancaron. Por otro lado, conocemos hombres que de solteros eran mediocres, pero que de pronto empezaron a progresar después de casarse y se desarrollaron enormemente, más allá de toda comprensión. Quizás, al principio, podamos rebajarnos, pero lo más probable es que algún día sonriamos, al reconocer completamente la validez y el valor del viejo dicho: “Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”.

Podremos concentrarnos mejor en las virtudes de nuestros esposos y llegar a admirarlos y, finalmente, a respetarlos, si empezamos por concentrarnos en nuestras propias virtudes. Respetarse a uno mismo es indispensable para respetar a los demás. Ser amable tanto con nosotros mismos como con los demás incrementa poderosamente los sentimientos positivos que tenemos sobre nosotros mismos.

Quizás podamos empezar a hacer algo amable por nuestros esposos con cara enojada y amargada porque, pese a que sabemos que debemos hacerlo, realmente no tenemos ganas. Pero la acción en sí misma muy pronto puede provocar en nosotras buenos sentimientos, si lo permitimos. Sólo debemos recordar estos dos principios de la Torá: 1) el corazón sigue a la acción y 2) a una persona se la ayuda (desde el Cielo) a lo largo del camino que quiere seguir.

Nuestros Sabios nos han enseñado que cada hoja de pasto tiene asignada un malaj (un ángel) para hacerla crecer. La esposa es como ese ángel. El esposo tiene asignada una mujer para que lo haga crecer hasta llegar a ser un rey. Así la mujer tendrá dos motivos para disfrutar de una doble celebración: la coronación de su esposo como rey y su propia coronación como su amada reina.

Tehila Abramov

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