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Aprendiendo a Ser Padres
Educación Judía
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Como reprender positivamente

Extraido de Aprendiendo a ser padres por Miriam Levi

REPRIMENDA

La Torá nos ordena reprender a nuestro prójimo cuando no se comporta como corresponde, como un medio para manifestarle amor y preocupación por su bien. La fuerza de las palabras es mayor aún respecto a nuestros niños, ya que ellos dependen totalmente de nosotros, en todo lo relacionado con el desarrollo del carácter y los valores.
El versículo que comienza diciendo: “Al que ama Dios lo reprenderá” finaliza con las palabras “como un padre que se deleita con su hijo”. Escribió el Gaón R. Eliyahu de Vilna en su explicación a este versículo:

No existe forma de reprender como la de un padre a su hijo. Incluso la de un amigo, si no escucha tu reprimenda, lo abandonas a transitar el sendero que desea. Pero un padre a un hijo, aunque no oiga su reprimenda, de todas formas no lo abandona, sino que le impone castigos hasta que deje el mal camino. Debido a su amor, que es el más grande de todos, también su corazón sufre por su maldad, y desea enmendarlo, por eso le reprocha para mejorarlo. Y la afirmación de que es por amor, es que tras haberle gritado desea complacerlo y lo consuela para apaciguarlo.

Si luego de la reprimenda vienen palabras de conciliación, son pocas las posibilidades de que se aniden en el niño sentimientos de venganza pues sentirá que, en efecto, esto no es más que una expresión de amor.

PUNTOS BáSICOS AL REPRENDER

Objetivo. Cuando los padres reprenden a sus niños, deben aclararles que ellos actúan preocupados por su bien. Como dice Rambam: “El que reprende a su prójimo… que le hable suavemente y en un lenguaje tierno, y que le avise que le habla por su bien, para acercarlo al mundo venidero”.

Momento apropiado. A pesar de que no debemos evitar censurar a los niños, “no debemos reprochar a alguien si sabemos que no seremos escuchados”. Esto significa que, en ocasiones, nos veremos forzados a postergar los reproches para un momento en que el niño esté preparado para recibirlos. Obviamente no debemos, de ninguna manera, callar totalmente por una mala acción que cometió, ya que puede llegar a interpretar el silencio como una aprobación a su conducta. Y así, a excepción de una amonestación a niños muy pequeños, a menudo es preferible no retar en el momento del acto, sino esperar la oportunidad propicia. ésta puede surgir al cabo de una hora, y a veces luego de un día o dos.

También es importante que tanto el padre como el hijo estén lo suficientemente calmados para mantener una charla seria y amistosa acerca de lo que aconteció. Se cuenta sobre el Rab Eliyahu Lopian, de los mayores moralistas de nuestra generación, que antes de retar a uno de sus alumnos o de sus hijos esperaba el lapso de tiempo necesario, hasta que no sintiera ningún dejo de ira. En una ocasión, cuando uno de sus hijos cometió una falta grave, esperó dos semanas completas para reprenderlo.

Pero los que temen, por ejemplo en una familia grande, que postergar el tema provoque olvidarlo, anoten lo sucedido, tal vez en una pequeña libreta, como “Uri: se comportó mal en la mesa” o “hablar con Tzipi: no quiso lavar el piso”.
Los padres tienen que cuidarse de no retar a sus niños en presencia de otras personas, para no causarles vergüenza o humillación. La prohibición de provocar tristeza o dolor recae también en los reproches en privado.
Evitar el enojo. Cuando retamos a un niño, la finalidad es influir en él para que se arrepienta por su mala conducta y trate de corregirla. Esto es imposible de lograr por medio de palabras encolerizadas. Debemos guardar al enojo para aquellos casos en los que debemos señalarle con toda severidad la gravedad de su acción. También en esa ocasión sólo aparentaremos estar enojados, pero por dentro mantenernos serenos.
Esperanzas optimistas. Cuentan Jazal:

Mientras Aharón (el Kohén) iba por el camino y encontraba una persona pecadora, la saludaba. Al otro día esa persona estaba por transgredir un precepto. Exclamaba: “¡Pobre de mí!, ¿cómo podré levantar luego mi vista para mirar a Aharón? Seré una vergüenza para él, que me saludó”. De esta manera se alejaba esa persona cuidándose del pecado.

Cuando retamos a un niño, el mensaje debe ser que esperamos mucho más de él. En palabras del Ran (Rab Nisim ben Reubén):

Es sabido que quien desea corregir a una persona que pecó de algún modo, puede encarrilarlo de dos maneras. La primera, que le marque su falta y lo reprenda por ella. La segunda es demostrarle que él puede lograr un nivel mayor de superación, y que a pesar de todo lo que transgredió es querido y aceptado ante quien él desee acercarse.

Según lo dicho por Shela, si reprendemos a alguien diciéndole que su conducta no es adecuada para una persona inteligente como él, lo tomará como un cumplido y mostrará mayor predisposición para corregir sus faltas.
Para que podamos influir sobre nuestros niños, éstos deben sentir que confiamos en su capacidad de cambiar. Es importante que nunca lleguen a sentir que nos desesperanzamos de ellos.
Cuando los padres se refieren a las características negativas de sus hijos como una realidad a la que hay que mejorar, es necesario que no lo trasmitan por medio de expresiones como:

“Batia nunca hace lo que se le pide sin discutir.”
“Diná hace problemas por todo; siempre tiene que quejarse.”
“Nada queda sano después de que Binyamín lo toca.”
“Pinejás no es capaz de decidir nada.”

Las etiquetas que los padres acostumbran asignar a sus hijos, como “irresponsable”, “haragán” o “terco”, poseen influencia parecida. Y escribe Rab Shimshon Rafael Hirsch: “En caso de que nos desesperancemos de nuestros educandos y no tengamos la fortaleza para reencaminarlos en la buena senda, se desalentarán también ellos”.

Debemos cuidarnos incluso de niños muy pequeños, que nos parece que no entienden lo que se dice acerca de ellos. Los niños comprenden mucho más de lo que sospechamos. Cuidémonos, entonces, de no pronunciar ninguna observación crítica acerca de ellos, pequeña o grande, en su presencia (y tampoco en su ausencia).

 

CóMO REPRENDER

Las personas detestan oír críticas sobre su conducta. Los niños no están exento de esta regla, pero igual debemos reprenderlos, como escribe el Gaón de Vilna: “con palabras tiernas, con palabras aleccionadoras que se asienten en el corazón”.
El reto puede expresarse mediante algunas palabras dichas en el momento, pero también puede envestirse en una especie de charla seria con el niño en otra oportunidad. Lo que decimos es menos importante que la manera como lo decimos. Si interiormente estamos calmados y sentimos preocupación pura por su bien, los vocablos que utilizaremos serán, seguramente, los apropiados.

Concentrémonos en esta reprimenda: “Cuando te llamé antes, simplemente me ignoraste y continuaste jugando. ¿Es esto correcto? ¿Qué debes hacer cuando te llamo?” Imaginen estas palabras pronunciadas en tono agresivo y acusador. Luego piensen en las mismas dichas con delicadeza, e imaginen cómo influyen de manera totalmente diferente.

A menudo los padres ignoran cuánto su voz, e incluso la expresión de su rostro, pueden trasmitir al niño un mensaje de desprecio, en ocasiones en forma mucho más penetrante que las palabras mismas. Mírense en el espejo mientras dicen: “No deberías haber hecho esto” en tres tonos distintos: primero encolerizados, luego menos enojados y finalmente con ternura. ¡El niño no nota la visible diferencia menos que ustedes!
Un profundo suspiro, una mirada de desdén e incluso labios arrugados pueden expresar nuestros pensamientos negativos. Los niños son “magos” para encontrar señales de disgusto en nuestro semblante y debemos esforzarnos, por evitar trasmitir signos negativos como éstos y por sobre todo, de los pensamientos negativos subyacentes.

Reproches como: “¿por qué hiciste…?” o “¿por qué no hiciste…?” generalmente resultan inútiles y debemos evitarlos. Reprimendas de este tipo son en esencia críticas y, a menos que se pronuncien con mucha ternura, son pocas las posibilidades de que motiven al niño a mejorar su conducta. He aquí un ejemplo: la niña retorna de la escuela y su vestido está lleno de manchas de pegamento. Tú sabes que es imposible quitarlas; el vestido está arruinado. Le gritas: “¡Por qué no tuviste más cuidado!” En estas palabras prácticamente le estás diciendo: “¡Deberías haberte cuidado más!” Aquí se manifiesta la opinión negativa acerca de la niña. Ella reaccionará rechazando la crítica por autodefensa, o aceptándola con una sensación de angustia. (“Mamá tiene razón. ¡Realmente no sé por qué soy tan negligente!”) En ambos casos, es dudoso que ella comience a pensar de manera más constructiva cómo evitar las manchas en el futuro. Un método mejor, y con mayores posibilidades de triunfar, es decirle: “Tú sabes, las manchas de pegamento no se quitan con el lavado. Este vestido ya no se puede usar. Debes cuidarte más cuando trabajas con ese material”. Obviamente, el modo en que se expresan las cosas es determinante.

Otro tipo de reprimenda que debemos evitar es pronunciar descripciones de su mala conducta. Por ejemplo, un pequeño travieso de cinco años piensa que es todo un placer brincar sobre el sillón como si fuera un trampolín. La madre le grita: “¡me estás destruyendo los muebles!”, pero estas palabras no expresan su preocupación lógica por el destino del sillón, sino que muestran su enojo. Como resultado, el niño se sentirá lastimado e incluso tal vez le guarde rencor. Hubiera sido mejor reaccionar diciendo: “Querido, basta, por favor. El sillón se arruina cuando saltas sobre él de esa manera”.

Cuando objetas algo a un niño, recuerda expresar tus aspiraciones en forma clara. No conseguirás demasiado si te quejas: “¿Por qué siempre te escapas repentinamente y me dejas sola con todo el trabajo?” En lugar de esto debemos llamarlo y decirle: “Te solicito que después de la cena permanezcas conmigo en la cocina y me ayudes hasta que todo esté ordenado”.
Es bueno sentarse con él mientras dialogamos; para manifestarle su amor, tomen su mano o apoyen la suya sobre su hombro. Si es posible, traten de introducir el tema por medio de algo positivo. He aquí algunos ejemplos:

“Aparentemente olvidaste…”
“Tal vez no pensaste en que…”
“Sé que te apuraste antes y por eso…”
“Comprendo que te resulta difícil contenerte…”
“Estoy segura de que no tuviste la intención…”

No coloquen a su hijo entre la espada y la pared. Denle espacio para que explique lo sucedido desde su punto de vista. No refuten sus justificaciones, ni tampoco digan que son simplemente excusas. Se puede demostrar comprensión al mismo tiempo que se corrige la conducta. En ocasiones sólo bastará con una simple acotación, como: “¿Recuerdas lo que hablamos acerca de…?”
Traten de concluir la charla con una reflexión optimista, trasmitiendo la sensación de que confían en su voluntad de mejorar.
A veces es suficiente con decirle: “Estoy desilusionada de tu conducta” o “me parece que está de más decirte que no te has comportado correctamente. Con seguridad ya te has dado cuenta solo”.
Incluso una mirada desilusionada (que le trasmita: “Espero mucho más de ti”) en ocasiones basta. Los padres deben guiarse según las características del niño para elegir el reproche que resulte más efectivo. Para los niños muy sensibles es suficiente con una suave reprimenda.

Una mamá cuenta cómo influyó sobre su hijo al modificar su forma de reprender por una más suave.
Mis dos hijos estaban peleando. Eli, de siete años, rompió una lámina que su hermanito había traído del jardín. Hasta esa vez, en ocasiones como ésa solía gritarle en un tono de voz muy alto: “Eli, ¡realmente no es bonito de tu parte! ¿Cómo te sentirías si te hicieran lo mismo?” Entonces él se defendía diciendo cosas como “¡él empezó!”, etc. Finalmente nos sumergíamos en una discusión sumamente desagradable.
Esta vez me contuve y esperé hasta la noche. Lo llamé y le dije serenamente: “Deseo conversar contigo”. Lo senté a mi lado, le tomé la mano y le dije seria, pero tranquilamente: “Eli, lo que hiciste hoy por la tarde no fue bonito; fue incorrecto…” En ese momento se echó a llorar. Me sorprendió por completo. Con pocas y suaves palabras logré penetrar en su corazón tan fácilmente.

Es importante que los padres no exageren y comiencen a examinar cada palabra que dicen, por temor a lastimar al niño. Aunque debemos tratar en una medida razonable de no herirlo, también las palabras fuertes, en ocasiones, tienen su lugar. En realidad, si los padres se cuidan más de lo debido en no pronunciar nunca una palabra dura, el niño puede volverse tan sensible que se apene por todo tipo de pequeñas ofensas, que otros niños ni siquiera perciben.

Miriam Levi

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