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Cargando el equipaje festivo

Mike Inding es un premiado publica en Suissa Miller Advertising

Soy un judío de dos veces al año. Está bien. Soy un judío de tiempo completo, pero dos veces al año voy al templo. Cuando niño solía ir al templo cada fin de semana, pero al cumplir los 14 me quedaba en casa a ver los partidos de fútbol. Aparte, ¿Quien necesita un templo cuando ustedes son el centro del universo y planean vivir eternamente?

Ahora tengo 35 años y sigo pensando que soy el centro del mundo, mas no que viviré para siempre; los años no vienen solos (léase: calvicie). Así que voy al templo dos veces al año, en Rosh Hashaná y Iom Kipur. Llego tarde y me siento cerca de la salida, evitando mirar a los ojos al Rabino. En Iom Kipur ayuno hasta que tengo hambre (alrededor del mediodía) pero siempre traigo conmigo mi equipaje. Si, mi equipaje, aquel que tengo desde niño y nunca entro al templo sin él. Ese que sostiene mis ideas preconcebidas, prejuicios y otras yerbas, a través de las cuales contemplo las tradiciones. Estos filtros n o sólo alivian la culpa de no ir más al templo, sino que me ayudan a escaparle a las donaciones.

Cada compartimiento del equipaje tiene su propio encanto. Uno de ellos es: “Estas leyes fueron escritas miles de años y me resultan anticuadas y obsoletas”. Otro: “¿Por qué leen tanto en hebreo?” . Y el infaltable: “La gente observa las festividades, pero el resto del año se descarrila”. Les confieso que en mi infancia soporté demasiado: Mientras los otros niños participaban en equipos deportivos y festivales, yo permanecía sentado, vestido con traje de poliéster durante las tres horas del servicio matutino de Shabat, en una casa rodante al sur de Miami. Por celebrar mi Bar Mitzvá al estilo ortodoxo, no hubo bailes modernos. Incluso yo llevé a cabo todo el servicio desde el principio hasta el fin, incluyendo la extensa porción de la Torá; me lucí bastante, pero yo quería las cosas que hacían los otros chicos de mi edad. A los veinte fui invitado a un Seder de Pesaj, y me sentí discriminado por el anfitrión, que adjetivo negativamente a los judíos no practicantes. Y desde entonces organicé mi equipaje. Y aquí estoy a los 35. Muchas valijas, muy poca y desorganizada religión. Qué perfecto. Qué conveniente. Qué problemático.

Verán: hace dos meses, con la ayuda de muchas y profundas, conversaciones nocturnas con mi esposa, me di cuenta que todo ese equipaje realmente no me estaba protegiendo, sino aplastando, alejándome de cualquier experiencia interior auténtica. Mi egoísmo me provocaba solo la ausencia del cargo de conciencia, no felicidad y plenitud. Mis disquisiciones ya me sonaban huecas y mis juicios se dirigían hacia algo que mi alma anheló por más de 20 años: Una conexión directa con Di-s. Por primera vez en años entré a un templo sin equipajes, solo con mi corazón abierto; y de repente, sentí que Di-s me respondía y llenaba por completo el espacio que había creado para él, añorando la alegría y el regocijo total que sentía en aquella cálida casa rodante, los sábados por la mañana, junto a mi familia. Mi esposa y yo volvimos al sábado siguiente, y otro, y otro más

(extraído de la Revista Aieka

Mike Inding

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