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La vida después de la vida es un interrogante que el hombre siempre ha querido dilucidar. Una historia fascinante ocurrida hace años en polonia. Extraido de Jabad Magazine

Una noche de viernes en Kuzmir, un hombre llegó al Tish de Rabi Iejezkel, a quien nadie de los centenares de jasidim presentes reconoció. Toda la duración del Tish (reunión jasídica de los jasidim de Polonia), este hombre permaneció frente al Rebe y lo miró fijamente. El Rebe de Kuzmir continuó de manera usual con las zemirot (cánticos) de Shabat. Al final del Tish, les deseó “Shabat Shalom” a sus invitados y se fue a su cuarto. El extraño también salió. Nadie preguntó por su conducta; de hecho, nadie le habló. Esta conducta extraña se repitió en la mañana de Shabat, el hombre de nuevo de pie frente al Kuzmirer, mirándolo fijamente. Y a la tarde, en la tercera comida, cerca del ocaso, este hombre vino y miró fijamente al Rebe.

Al anochecer, la costumbre era traer las velas a la mesa. Este invitado extraño se posicionó donde pudiera ver la cara del Rebe a la luz de las velas, y lo miró fijamente una vez más. El Rebe dijo palabras de Torá. Sus elevadas palabras, pronunciadas con una dulzura y voz agradable, causó a todos los presentes olvidarse de sus propios problemas y unirse a Hashem. Pero de repente, la voz del Rebe se oyó diciendo: “¿Por qué estás mirándome fijamente? ¿No me reconoces?“ Inmediatamente después, el Kuzmirer Rebe recitó el Birkat Hamazón, rezó Arvit (la plegaria de la noche), se hizo Havdalá y se retiró.

Uno de los presentes sintió mucha cuiriosidad por las palabras del Rebe de Kuzmir a este hombre. Intentó averiguarlo y siguió a este hombre fuera del Beit HaMidrash después de Havdalá, y cuando lo alcanzó, en medio de la calle oscura, le preguntó por este encuentro. “¡Oh! ésta es una vieja historia” contestó el hombre, intentando evitar una respuesta clara. Pero el jasid no estaba satisfecho, e insistió en oír todo los detalles. “En ese caso,” contestó el extraño, “tendrá que venir conmigo a mi alojamiento, y le contaré la historia.”

Con una taza de té de por medio, el hombre empezó: “Yo abandoné el Olam HaZe [este mundo] por el Olam HaEmet [el Mundo de Verdad dónde la neshamá (alma) va después de la muerte] hace unos veintidós años”. El jasid empezó a temblar, sintió un miedo terrible – ¿Podría ser que estuviera hablando a un espíritu o fantasma? Tranquilizándolo, el hombre dijo: “Permíteme hablar, y entenderás todo“ “Hace veintidós años, yo era un melamed [maestro de niños]. Aunque mi sustento sólo nos permitía tener un poco de café negro y pan negro seco, pero no carne, pescado o ropa elegante, mi esposa, nuestros dos niños y yo estábamos contentos con nuestra porción y nunca nos quejamos. Aceptamos nuestra parte en la vida con amor.

“En ese tiempo, contraje un severo caso de pulmonía. Los doctores intentaron tratarlo con medicinas, pero podía entender por sus miradas que no ofrecían demasiada esperanza para mí – mis días en la tierra estaban contados. No obstante, informaron a mi familia que estaba mejorando y que podría volver casa en unos días. ¡Puede imaginar lo que es para un hombre de veintidós años dejar este mundo y dejar atrás a una joven viuda y dos niños pequeños! El hombre continuó: “Sabe, cuando una persona parte de ester mundo, todavía piensa que está vivo. Así que pensé que no tenía fuerza para levantarme y que mi familia no quería oír lo que les decía. Invitaron a la Jevra Kadisha [la sociedad del entierro judía] para empezar su santo trabajo en mí [preparando el cuerpo para el entierro]. Mi esposa y los niños lloraban. Entonces comprendí que había dejado este mundo, y pensé: ¡qué tragedia, un hombre joven deja detrás huérfanos pequeños – quién va a querer su bienestar, ellos deben recibir un jinuj educación- de Torá apropiado y en semejante sociedad. ¿¿¿Quién va a querer a mis niños pequeños???

“Quizás debía haber estado interesado en lo que le estaba pasando a mi alma, pero quizá porque yo era un melamed, en lo único que podía pensar eran en el jinuj de mis niños – y me angustiaba pensar sobre su futuro. Mi alma empezó a sentir la ausencia del cuerpo, y a subir, cada vez más alto, y yo pensaba: ‘ ¿Qué pasará ahora, quién me conoce, y cómo terminaré? ‘ “De repente, me sentí diferente, y no entendía por qué había subido tan alto. Vi miles y miles de almas, e intenté detenerme, cuándo de repente, el alma de otro hombre joven ascendió a mí y me preguntó: “¿Quién eres, y dónde vas?”

Sentí como si lo conociera, y pregunté: “¿Quizás puedes decirme dónde puedo averiguar por qué mi alma dejó el Olam HaZeh a una edad tan temprana, y quién va a cuidar de mis niños para que se conduzcan en los caminos de Hashem?” “Estás en el Mundo de Almas [Olam HaNeshamot]” el hombre contestó. Apuntando hacia fuera, dijo: Allí está el Tribunal Celestial [Beit Din el shel Ma’ala], ahí juzgan a quienes dejan el Olam HaZeh, y quién encaja en el Olam Haba [el mundo celestial]. Te diré algo que puede serte muy útil. Debes ir a ese lugar distante dónde están los jueces. Entre ellos se halla uno de los Tzadikei HaDor ( virtuoso de su generación], un hombre del Olam HaZe. Él fue escogido para estar en el tribunal porque es muy virtuoso, él es el único con un cuerpo y alma en el tribunal. Ya que él todavía está envuelto con temas terrenales, puede encontrar los méritos para tu caso, y entenderte”. Al terminar su consejo, el alma de este hombre desapareció.

Fui al lugar que el hombre me había dicho, e intenté encontrar al Tzadik. El juez que estaba sentado en el medio me llamó y preguntó con voz muy agradable y sensible, “¿Qué quieres? “Empecé a llorar profusamente, y por la emoción no podía proferir una palabra. El tzadik me tranquilizó, y dijo que escucharía mi alegato. Tomé fuerza para dominar mis emociones, y pude clamar a la corte celestial: “¡¿Cómo puede ser que me lleven a una edad tan temprana del Olam HaZe, dejando atrás a pequeños huérfanos sin guía?!” El tzadik me preguntó: “¿Aseguras que tu única preocupación es por tus niños que deben crecer para ser erlij [espiritualmente refinados; no toscos]?” Y yo respondí: “¡Claro! Mi vida entera está dedicada al jinuj; vivimos en la pobreza abyecta para poder dar una educación judía apropiada a mis hijos”. Miré como los jueces discutían mi caso, y entonces el tzadik me llamó para dar su decisión: “Las claras y puras palabras que has proferido ante nosotros indican que son completamente verdad, y hemos decidido permitirte permanecer en este mundo durante otros veintidós años”.

De vuelta en mi entierro, la Jevra Kadisha, mi familia y todos los que asistieron se asombraron al verme sentado de repente, y con terror todos huyeron del cementerio. Quedé solo con centenares de tumbas, pero recordé todo lo que había pasado. Al anochecer, me levanté y regresé a casa. Había un gran tumulto, a lo largo de Galitzia sobre este Tejiat haMeitim [resurrección de un muerto], pero con el tiempo, las cosas se tranquilizaron y se olvidaron de mí. “¡Pero yo nunca me olvidé! Siempre quise saber quién era este tzadik del Olam HaZe, que era parte del Tribunal Celestial, y en cuyo mérito me concedieron más años de vida. Quería ver su cara y agradecerle personalmente.

Empecé a viajar a lo largo de Galitzia y Hungría en busca del tzadik cuya imagen recordaba. ¡Pero no lo encontré! Volví casa, pero siempre conté mi historia y describí al tzadik, quizás alguien sabría donde podría encontrarlo. “Con el curso de tiempo, empecé a olvidarme de cómo se veía exactamente. Cuando llegué a mi cuadragésimo cuarto cumpleaños, comprendí que el tiempo adicional estaba pronto a expirar. Me perturbaba mucho no haberlo encontrado para agradecerle. Así que empecé a inquirir en toda sinagoga y Batei Midrashot, hasta que encontré a un judío polaco que vino a mi pueblo. Le conté la historia, y él me pidió una descripción del tzadik. Recordé que era sumamente alto. “Debe ser Rabi Iejezkel de Kuzmir que es muy alto” me dijo. “Dejé todo y fui a Kuzmir.

El viernes por la noche, y no podía recordar si era la cara del Rebe igual que del juez del Tribunal Celestial. Sin embargo, su voz agradable me parecía familiar. En la segunda comida, todavía no estaba seguro si este tzadik era el juez que me había ayudado. Pero cuando oí su Divrei Torá, recordé claramente su voz como cuando discutía mi caso en la Corte Celestial. “En ese mismo momento, cuando estuve seguro que él era quien me dijo que viviría otros veintidós años, terminó su Divrei Torá, y me dijo: ¿Por qué me estás mirando fijamente? ¿No me reconoces?”

relatada por el Mozicher Jasid R´ Lipa Fishbein

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