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Boleto de Primera Clase

Extraido del libro Solo una palabra Amen

Una vez, el Jafetz Jaim relató la siguiente parábola para ayudarnos a comprender el valor del Amén

Fishel era un simple granjero que nunca había visto una ciudad más grande que su pequeño pueblito. Una vez decidió que viajaría en tren para conocer la gran ciudad.
Se dirigió a la estación de tren y preguntó dónde podía comprar un boleto. Entonces alguien le mostró el camino hacia la boletería.

“Quiero viajar a Grossville”, le dijo al empleado.
“¿En primera clase?”, le preguntaron desde el otro lado de la ventanilla.
Fishel no sabía qué contestar. Desconocía la existencia de tres compartimentos distintos en el tren, y tenía vergüenza de revelar su “ignorancia turística” pidiéndole al empleado que le explicara la pregunta.
Entonces respiró profundamente y dijo: “¡Sí!”, esperando no estar cometiendo una equivocación.
El empleado selló un gran boleto blanco y se lo entregó a Fishel diciendo: “Son cuatro coronas y media”.

Fishel pagó y se alejó de la boletería siguiendo a la muchedumbre que se dirigía hacia la plataforma, esperando ansioso divisar el tren lo más rápido posible. En el andén, no faltaban granjeros y trabajadores simples, como él. Fishel decidió seguirlos y hacer lo mismo que hicieran ellos.

Al rato, un silbato anunció la llegada del tren y Fishel quedó asombrado ante la gran visión y todo el ruido de ese imponente “caballo de hierro” que se había detenido frente a él.
Con una mezcla de emoción, miedo y curiosidad infantil, se dejó llevar por la multitud hacia el vagón más cercano, y al ver que las personas se empujaban unas a otras para ocupar los asientos disponibles, Fishel hizo lo mismo.

Diez minutos más tarde, otro silbato anunció que el tren pronto comenzaría a andar. El corazón de Fishel latía al unísono con el traqueteo de las ruedas que comenzaron a moverse lentamente sobre las vías. Al rato, el tren ya estaba haciendo su camino a través de valles y praderas, mientras Fishel observaba el paisaje pegado a la ventanilla, extasiado.

De pronto, se abrió la puerta del vagón de Fishel y entró el guarda.
“Boletos, por favor. Todos los boletos, a todos los destinos. Boletos, por favor”, pregonaba.
Fishel miró nerviosamente a los otros pasajeros. Todos buscaban los boletos en sus bolsillos o billeteras. Enseguida, Fishel se dio cuenta de que todos los demás tenían boletos azules y él estaba seguro de que el suyo era blanco. Por miedo a meterse en problemas, él ni siquiera quiso sacar su boleto.

De pronto, el hombre que estaba sentado frente a Fishel notó que éste estaba sumamente nervioso. “¿Conque no tienes boleto, eh?”, preguntó con una sonrisa cómplice. “No te preocupes. Sólo tienes que esconderte debajo del asiento hasta que el guarda termine su ronda. Aquí”, le dijo haciéndose a un lado. “Métete debajo de mi asiento unos minutos y yo te diré cuando puedes salir”.

Fishel esperó a que el guarda se diera vuelta y entonces se esfumó, tal como le habían indicado. Pero incluso debajo del asiento, demostró ser un aficionado: Fishel dejó los pies demasiado estirados y enseguida el guarda se tropezó con ellos.
“Sal de allí”, le dijo el guarda en tono poco amigable.
Aterrorizado, Fishel obedeció, sin saber qué le haría ese hombre uniformado.
“¿Conque viajas sin boleto, eh?”, bramó el guarda, observando muy seriamente al supuesto transgresor.
“Tengo un boleto, pero…”, comenzó a decir Fishel.
“¿Dices que tienes un boleto? ¡Entonces muéstramelo!”.

Lentamente, Fishel sacó su boleto blanco y se lo entregó al guarda.
“¡Pero éste es un boleto de primera clase!”, exclamó. “¿Dónde lo conseguiste?”.
“Lo compré en la estación”, susurró Fishel con las rodillas temblándole de miedo.
“¿Lo compraste en la estación?”, repitió el guarda incrédulo. “¿Y por qué te estabas escondiendo debajo de los asientos en un vagón de tercera clase?
“Con este boleto, podrías estar en un vagón de primera clase, reclinado en un elegante asiento tapizado, disfrutando del paisaje a través de una enorme e impecable ventana, y hasta con una mesa propia. ¿Se puede saber qué es lo que estás haciendo aquí?”.

* * *

El Jafetz Jaim dice que a veces nosotros actuamos en forma necia, igual que Fishel. Podríamos estar viajando en primera clase y, en cambio, vamos escondidos debajo de asientos de madera en el vagón de tercera clase.
¿Cómo podemos comprar boletos de primera clase para el viaje de la vida?
La llave maestra que consigue abrir todas las puertas es responder Amén, que no solamente abre las puertas del Mundo Venidero, sino también las de este mundo. Es como un boleto de lotería garantizado para ganar. Quien lo sepa utilizar, saldrá ganador tanto en este mundo como en el Venidero.

Esther Stern

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