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Bitajon: como dinero en el bolsillo

Extraído de Y nada me faltará

-Permíteme ilustrarlo. Hace aproximadamente 250 años, los alumnos del Baal Shem Tov, fundador del movimiento jasídico, le pidieron que les enseñara el tema de bitajón. él les dijo que lo acompañaran a una pequeña posada en un pueblo cercano.

Al ver que el famoso Baal Shem Tov se acercaba, el dueño de la posada se apresuró emocionado a preparar una comida especial en honor a su huésped y a sus discípulos. Mientras estaban en el banquete, de pronto alguien tocó a la puerta. El posadero dijo a todos que no hicieran caso. Todos continuaron regocijándose hasta que, un poco después, volvieron a escuchar que tocaban a la puerta. De nuevo el posadero les dijo que no prestaran atención. Continuaron con su comida hasta que se escuchó un tercer toquido. Finalmente el posadero acudió a la puerta y, antes de abrir, les explicó qué pasaba.

Dijo que el poretz, el dueño del local, quizás lo corriera a él junto con su familia. En ese tiempo se acostumbraba que quine no pagara al poretz la renta de dos o tres años, era puesto en prisión hasta que muriera de hambre. El posadero señaló que no tenía dinero para pagar la renta, ya que su negocio había quebrado. Solía depender de un cliente que compraba grandes cantidades, hasta que dos o tres años atrás se había ido con la competencia y la posada apenas cubría los gastos mínimos de la familia.

“¿Qué va a hacer?”, le preguntaron.

“¿Qué puedo hacer?”, contestó. “Estoy en las manos de Dios. He tratado de juntar el dinero, pero no hay remedio. El tercer toquido significa que el poretz espera pago inmediato. No tengo alternativa. Voy a ir con él y aceptaré el decreto de Dios.” Con esas palabras el posadero salió.

El Baal Shem Tov y sus alumnos se quedaron en la puerta, por si algo sucedía. Menos de un minuto después se acercó un jinete, quien desde su caballo comenzó a hablar con el posadero. Después de una breve conversación, el jinete dio media vuelta y se fue. El posadero continuó caminando y unos momentos después el jinete regresó. Después de otro breve intercambio de palabras, el jinete se fue. Un par de horas después, finalmente regresó el posadero irradiando simjá -felicidad- y alabando a Dios.

“¿Qué pasó?”, le preguntaron.

“El jinete”, les empezó a relatar, “era mi antiguo. Le interesaba comprar vodka una vez más y me hizo una oferta, dando dinero por adelantado, comprometiéndose a comprar su reserva de vodka del año entrante. Le di mi precio, diez rublos por barril, y me dijo que no era un precio justo, ya que estaba dispuesto a comprar por adelantado toda la producción. Quería pagar nueve rublos por barril. Le dije que si no quería pagar diez que fuera con mi competidor. Se fue molesto conmigo. Cuando regresó unos momentos después, me tiró el dinero en la cara, me dijo que era yo un judío necio; ‘toma tus diez rublos’, también dijo. El dinero era suficiente para pagar al poretz y financiar la producción completa año entrante. Gracias a Dios.”

-Realmente estaba jugando con su vida al exigir diez rublos -dijo Norman.

-Cierto. Esta historia puede ser un poco exagerada para nosotros. No debemos poner a Dios en una situación tal, pero nos enseña una faceta importante del verdadero bitajón. El posadero sabía que, por la situación desesperada en la que lo había puesto el poretz, de haberlo amenazado con quitarle la vida se hubiera mantenido firme con el precio de diez rublos. él razonó de la siguiente manera: “Si tuviera el dinero, no vendería con tal descuento. Pero tengo algo mejor que el dinero, tengo fe en Dios. Por tanto”, concluyó, “aceptar nueve rublos sería como una falta de fe. Después de todo, si uno tiene verdadero bitajón en Dios, es como tener dinero en el bolsillo”.

Por eso no se dejó conmover, aun ante la situación tan desesperada en que se encontraba. En cambio, se mantuvo en calma y relajado durante las conversaciones con el cliente. Esas son señales de verdadera fe en Dios. Cuando uno ha depositado todas sus necesidades en Dios, desarrolla un tipo de bitajón que llega hasta los huesos.

-¿Acaso tener fe en Dios significa saber que va a darnos todo lo que le pidamos? -preguntó Norman.

-No. De acuerdo con el Jazon Ish, este es un error muy común entre la gente -contestó el rabino.

-¿El Jazon Ish?

-Sí. El gran líder de Torá de la generación pasada. él explica que bitajón es la convicción de que Dios nos dará lo que necesitemos y no necesariamente lo que pidamos. Después de todo, ¿acaso sabemos lo que es bueno para nosotros? ¿Cuánta gente se mata tratando de ganar dinero y finalmente el dinero los mata a ellos? Bitajón es aceptar que lo que Dios haya hecho que suceda, o no, es para algo bueno; es la genuina visión de que Dios ve el panorama completo de nuestras vidas.

Por ejemplo, supongamos que alguien necesita pagar la hipoteca de su casa; de lo contrario, el banco la embargará. Bitajón no significa tener fe en que Dios le mandará el dinero; tal vez Dios realmente quiera que lo saquen de su casa. Bitajón, en este caso, es saber que se quede o no con la casa, Dios está detrás de todo, pues él sabe lo que es mejor para la persona y va a actuar únicamente en beneficio de ella. Quién sabe, tal vez dejar su casa le salve la vida.

-Discúlpenme por interrumpir -dijo el pasajero de la ventanilla-, pero no pude evitar escuchar su conversación. Mi nombre es Shemuel y la verdad, rabino, es que yo también necesito aclarar un poco más de claridad sobre el tema. Estudié varios años Torá y aún no tengo claro qué se necesita para alcanzar un nivel de bitajón como del que habla. ¿Hay alguien de quien pueda decir: “él es un ejemplo de lo que significa tener bitajón“?

-La verdad -dijo el rabino- que yo tampoco conozco a mucha gente que sirva como ejemplo de un bitajón absoluto. Sin embargo, si quieren un ejemplo, Reb Zusia, discípulo del discípulo del Baal Shem Tob, probablemente sea suficiente.

Reb Zusia vivió entre los siglos XVIII y XIX en Polonia, cuando la pobreza era muy fuerte; tuvo una vida muy dura. Tenía únicamente una camisa, siempre estaba enfermo y no tenía dientes. Nunca fue al doctor, nunca tomó tranquilizantes y nunca trabajó; simplemente estudiaba Torá y servía a Dios las 24 horas de todos los días.
Reb Zusia no era débil, incompetente o flojo, sino todo lo contrario: era (aún es) una de las columnas primordiales de la fuerza espiritual. La fuente de su fuerza era que no desviaba su bitajón. él sabía, sin duda alguna, que Dios le daba exactamente lo que necesitaba a pesar de su situación.

-¿Estaba casado? -preguntó Norman.

-Por supuesto.

-¿Su esposa se quejaba?

-Ella tenía que estar en un nivel espiritual igualmente alto para casarse y mantenerse casada con él. Eso no significa que era fácil para ella. Probablemente tampoco lo era para él. Sin embargo, a pesar de todo, Reb Zusia siempre estaba contento.

-¿Cómo? -preguntó Norman.

-Les explicaré con una famosa anécdota de Reb Zusia. En una ocasión, alguien se acercó al Maguid de Mezerich, el maestro de Reb Zusia, para pedirle una explicación acerca de lo que dice el Talmud respecto a la obligación de bendecir de la misma manera las cosas buenas y las malas.

A esta persona en particular le parecía incomprensible que la ley judía requiera que ambas bendiciones se digan con la misma felicidad. Es decir, si uno se gana la lotería, hay que agradecer y bendecir a Dios. Sin embargo, si uno invierte en una compañía y, supongamos, se pierden diez millones de dólares, también hay que bendecir a Dios, “Baruj Dayan Emet”, (Bendito es el Juez verdadero), con la misma alegría con la que lo hubiera bendecido y agradecido si se hubiese ganado la lotería. Esta persona le preguntó al Maguid que cómo podía ser así. Entendía porque la ley requiere que uno haga las bendiciones, pero, ¿cómo es posible decir ambas bendiciones con el corazón lleno de alegría?

El Maguid le dijo que fuera a preguntarle a su shamash, su ayudante, que en ese tiempo era Reb Zusia. Esta persona fue con Reb Zusia y después de preguntarle, éste lo miró sorprendido y le dijo:

-Debes haberte equivocado de persona.

-Usted es Zusia, su shamash, ¿correcto?

-Sí.

-El Maguid me dijo que usted podría responder a mi pregunta de cómo puede una persona bendecir a Dios con la misma alegría por acontecimientos tanto buenos como malos.

-Entonces, seguro viniste a la persona equivocada.

-¿Por qué?

-Porque yo nunca entendí ese concepto. Verás: a mí nunca me sucedió nada malo.

Este era el mismo Reb Zusia que no tenía dinero, ni ropa ni dientes. Sin embargo, podía decir de todo corazón que nunca le había sucedido nada malo porque tenía un atributo absoluto: bitajón en Dios. Sabía que todo lo que le sucedía era para bien.

-Pero era tan pobre y miserable -dijo Norman.

-Rabino, ¿me permite intentar una explicación? -dijo Shemuel.

-Adelante.

-Norman, imagínate dos personas que cargan cada una un paquete de 50 kilos sobre sus hombros durante kilómetros. Todo el camino uno de los dos se la pasa quejándose, mientras el otro está feliz de la vida. La diferencia es que el que viene quejándose, reclama y está triste lleva una carga de piedras. El que viaja contento, lo está porque lleva una carga igual de pesada, pero de diamantes.

-Correcto -dijo el rabino-. Reb Zusia sabía que cargaba diamantes y con cada dolor que sentía en la espalda se acordaba que llevaba un cargamento de diamantes sobre sus hombros.

-Exactamente, ¿qué representan los diamantes? -preguntó Norman.

-Estar consciente de Dios. Saber que Dios se hacía cargo de todas sus necesidades, desde expandir sus pulmones para respirar, hasta el pan de cada día.

-Pero, rabino, ¿acaso un Dios Todopoderoso no podría haber creado un mundo en el que Reb Zusia no necesitara respirar ni comer? ¿Acaso no pudo haber creado un mundo en el que no tuviéramos ese tipo de necesidades? ¿Por qué necesitamos agradecer a Dios por satisfacer nuestras necesidades cuando él mismo nos creó con esas necesidades? -preguntó Norman.

-Esa es una pregunta muy profunda y realmente tienes razón; Dios podría habernos creado de esa manera. Sin embargo, el hecho de que tenemos necesidades es precisamente uno de los elementos esenciales de nuestra constitución. El anhelo más profundo del ser humano es acercarse espiritualmente a Dios. A través de nuestras necesidades, de nuestras faltas, tenemos un deseo natural de ir en busca de Dios. Reb Zusia entendía eso y, por tanto, siempre quería estar en esa situación de necesidad, ya que así se colocaba constantemente en la necesidad de acercarse a Dios, dando hasta la última gota de su alma. Cada punzada de dolor y de sufrimiento hacía que Reb Zusia recordara a Dios. él veía el sufrimiento y la miseria como elementos para alcanzar un conocimiento y acercamiento a él. Cada vez que soportaba un dolor sin protestar, Zusia decía: “Gracias, Dios, gracias”. ¿Dolor? ¿Sufrimiento? No nada más los sobrepasó, sino que los recibió con alegría y estaba agradecido de que él se los hubiera mandado. Eran llamadas directas de Dios para despertarlo, pequeños pellizcos para ayudarlo a salir de una anestesia espiritual.

-Aun así, con tanta fe, ¿no podía Dios haber hecho las cosas un poco más fáciles para él?
-preguntó Norman.

-Al contrario, Dios recompensó a Reb Zusia aún en este mundo. Su recompensa, sin embargo, fueron los mismos sufrimientos y necesidades. Reb Zusia, por su parte, cambió todos sus sufrimientos y dolor por alcanzar niveles de bitajón y de acercamiento con Dios aún en este mundo. Solamente necesitaba satisfacer sus necesidades mínimas, para al instante dedicar su vida a acercarse espiritualmente a Dios. Y no podía esperar la oportunidad de acercarse más y más a Dios lo cual aumentaba su deseo de continuar haciéndolo. Reb Zusia utilizó el sufrimiento como una vía para alcanzar la dependencia total de Dios. Y eso era todo lo que quería.

Ezriel Tauber

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