Analizándose
La duda frente a la Fe
La Fe
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Bashert, lo que tenia que ser

Extraido de El resplandor de un alma judia

¿Quién es un hombre feliz?
Aquél que está contento con su parte.

Esta declaración de Baruj Hashem, bendito sea Dios, es algo más que una mera formalidad, ya que permitió a nuestro pueblo desarrollar la importante actitud de satisfacción que como nuestros sabios enseñan es la base de la felicidad. Nos recuerda que Dios siempre ha estado ahí, que él es Quien estaba guiando nuestro destino y sabía qué era lo mejor para nuestro bienestar. Aun cuando hay momentos que no entendemos, la comprensión nos da confianza y fuerza.

No es que veamos la vida a través de lentes color de ro-sa. Anticipamos problemas y, cuando llegan a nuestro ca-mino, nos lastiman igual que a la siguiente persona. No obstante, el conocimiento de que hay un poder más grande sobre nosotros que autoriza, dirige y orquesta nuestras vidas, nos permite aceptar nuestro destino sin resentimiento.

Simplemente pronunciar Baruj Hashem, bendito sea Dios, nos permite mantener una actitud positiva, libre de amargura.
Una de los miembros más activos de nuestra organización se me acercó para hablar de un creciente desacuerdo entre ella y su hermana. Cuando conocí a la hermana semanas más tarde, entendí la fuente del problema. Mientras que mi amiga era atractiva y vivaz, la hermana era cínica y no atractiva. No había qué hablar con ella, estaba llena de odio. Primero, odiaba a Dios, que había favorecido a su hermana sobre ella. Luego odiaba a sus padres, a quienes culpaba por sus defectos, y después a su hermana por ser tan popular y exitosa. Su odio era tan devorador que envenenaba toda su personalidad.
No se podía negar que ella tenía motivos para estar resentida. ¿Por qué su hermana había sido tan bendecida y ella tan desprovista?

Pero si ella hubiese entendido el significado de Baruj Hashem, bendito sea Dios por lo que tengo, hubiese obte-nido consuelo del conocimiento de que sus características fueron creación del Todopoderoso, Quien en Su infinita sabiduría siempre tiene una razón para hacer lo que hace. Cierto, esta conciencia no hubiese cambiado sus características, pero ciertamente hubiese alterado su apariencia y removido la fría hostilidad de sus ojos y la tensa amargura de su boca. En lugar de revolcarse en la autocompasión, ella hubiese podido sacar el máximo provecho de lo que sí tiene.

Ahora, esto no implica de ninguna manera que debemos resignarnos pasivamente con nuestro destino. Como jóvenes, se nos enseña a nunca ser complacientes, a nunca confiar en milagros. Tenemos que hacer nuestra parte y, si a pesar de todos nuestros esfuerzos, fallamos, entonces y sólo entonces podemos estar satisfechos de que agotamos todos los medios disponibles para nosotros, y las cosas no fueron bashert , como debían ser.

bashert es un nuevo concepto que todavía no he introducido. Es una palabra en yidish que es casi imposible de traducir. Implica una fe de que hay una intervención Divina en nuestras vidas, que a pesar de los obstáculos insuperables todo va a acomodarse bien de alguna manera. bashert nos previene de no agonizar si las cosas no suceden como anticipamos. Sabemos que hubo una razón para eso. Era bashert. Aun nuestros rezos son afectados por esto. Se nos enseña a no pedir a Dios por nada específico, sino a suplicarle que nos guíe por el camino correcto, porque solamente él sabe qué era bashert , lo que tenía que ser para nosotros.

Así, cuando se trata de decisiones importantes en nuestra vida, siempre confiamos en él, ya que, ¿cómo podemos sa-ber con certeza que algo era para nuestro beneficio o que podría desencadenar nuestra caída? En un momento podemos estar seguros de que, si tan sólo obtuviéramos cierto objetivo nuestra felicidad sería completa, solamente para descubrir que lo que deseábamos fue nuestra ruina.

Siempre que pienso en las implicaciones de bashert pienso en Rabí Akibá y me siento fortalecida.
Rabí Akibá asumió el compromiso judío en una etapa avanzada de la vida. Era un pastor pobre y analfabeta, que a los 40 años empezó a estudiar el alfabeto hebreo. En su deseo de estudiar en las grandes Academias de Torá, em-prendió un largo y peligroso viaje. Viajó en burro y se llevó todas sus posesiones: sus libros, una vela con la cual estudiaría y un gallo para despertarlo en las primeras horas de la mañana. Cuando cayó la noche se sintió cansado y hambriento, y decidió buscar alojamiento en un pequeño pueblo. Tocó a la puerta de una pequeña casa esperando que se le permitiera pasar la noche. Una mujer abrió la puerta, pero rápidamente la cerró en su cara. «Los extraños no son bienvenidos aquí», ella exclamó.

Sorprendido por la falta de hospitalidad, Akibá se sintió desanimado, pero se consoló con el pensamiento de que debía haber alguna razón para que esto estuviera sucediendo. Debía ser bashert que no pasara la noche en una casa cálida. Así que, con cansancio, se montó en su burro y se fue al bosque, donde extendió una manta sobre el suelo, prendió la vela, abrió sus libros y empezó a estudiar. De pronto, escuchó a su burro rebuznar. Había un gran alboroto. Akibá corrió hacia el animal, pero fue muy tarde. Un león había venido y lo había devorado. Su suerte parecía estar acabándose. Las cosas iban de mal en peor. Ahora tendría que viajar a pie y quién sabe cuánto le tomaría llegar a la Academia.
Pero Akibá murmuró para sí mismo: «Baruj Hashem, bendito sea Dios. Cualquier cosa que hace es para bien. Esto también debe ser bashert «.

Estaba por regresar a sus estudios cuando hubo otra interrupción. Esta vez el gallo murió. ¿Era ésta la recompensa para un hombre que emprendía un arduo viaje y sacrificaba todo para volverse un erudito de la Torá?
Akibá pudo seguramente desilusionarse y renunciar a su fe; pero en lugar de eso prendió su vela y continuó. Pero el viento sopló tan fuerte que fue imposible mantener la vela prendida y así totalmente agotado, se quedó dormido.

A la mañana siguiente volvió a su viaje, deteniéndose en el pueblo donde habían rehusado darle alojamiento la noche anterior. Una horrible escena lo recibió. Habían venido ladrones durante la noche y saquearon y destruyeron todo a la vista. Con el corazón pesado, Akibá murmuró para sí mismo: «La mano conductora de Dios siempre está ahí. Fue bashert que no me dieran hospitalidad en esta casa; fue bashert que perdiera mi burro y el gallo, e incluso fue bashert que el viento apagara mi vela; de no ser así los ladrones me hubieran encontrado y yo no estaría aquí ahora.
Akibá continuó su viaje y mientras caminaba elevó un rezo silencioso: Baruj Hashem, bendito sea Dios, todo lo que hace lo hace para bien».

En un momento o en otro, a nuestra propia manera, todos experimentamos las pruebas de Rabí Akibá, cuando todo parece ir en contra de nosotros y sentimos que no po-demos seguir. En esos momentos podemos resignarnos con el cinismo o la ecuanimidad en el conocimiento de que Dios está ahí y que de alguna manera, él va a preparar todo para bien. Es esta diferencia básica en actitud la que permite a un hombre encontrar la felicidad y proclamar Baruj Hashem, bendito sea Dios, y que otro permanezca prisionero de su propia amargura.

Para ser capaces de aceptar nuestro destino con dignidad, para confrontar la vida en toda su realidad y saber que aun cuando no Lo percibimos, él está no obstante, ahí. Si podemos cultivar una fe así no estaremos consumiéndonos por las constantes y corrosivas preocupaciones que desgastan nuestra mente o por la codicia que nos incita constantemente a creer que no tenemos suficiente. En lugar de tratar de escapar de la realidad seremos capaces de ver la vida de frente y repetir las palabras de Akibá: «Baruj Hashem, bendito sea Dios. él es mi socio, y cualquier cosa que él haga debe ser para bien».

«¿Quién es un hombre feliz?»
«Aquél que está contento con su parte.»

Esther Jungeris

1 comentario
  1. Maritza

    Muchas gracias !!!! Me encanto !!!!

    27/10/2018 a las 08:13

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