Profundizando
Educación Judía
Los fundamentos
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Aspectos básicos de la educación

Faltaban pocas semanas para el Bar Mitzvá del hijo de R. Reuven Feinstein shlit”a, Rosh Ieshivá de Tiferet Ierushalaim en Staten Island (hijo del muy famoso R. Moshé Feinstein sz”l (fall. 1986) quien fue considerado la máxima autoridad en todo el espectro de la Halajá (ley judía) y líder indiscutido de la posguerra). Si bien el Bar Mitzvá es un hito importante en la vida, los preparativos para aquel evento no contemplaban las extravagancias que redundan en el despilfarro de sumas astronómicas a las que estamos acostumbrados en ciertos círculos. Más bien, giraban alrededor de la preparación del niño durante trece años hacia sus deberes que le incumben como judío. Esta simplicidad en lo material no suprime, sino que, por el contrario, realza el valor de lo que verdaderamente se quiere celebrar. Para cada niño, su Bar Mitzvá es especial.

Agudat Israel de EE.UU. realiza desde hace muchos años un congreso multitudinario anual con conferencias de los Rabanim más famosos de los EE.UU. y del exterior en el cual se tocan los temas más trascendentes del momento, para proveer al auditorio de guía moral en un mundo carente de brújula ética. Un gran público anticipa con gran interés esta asamblea y, con el tiempo, este congreso se fue convirtiendo en un momento de inspiración muy esperado. La fecha para tan eminente evento, se elige tomando en cuenta que sea un día conveniente para el mayor número de personas posible.

¿Qué sucedió? La fecha del congreso coincidió con la fecha del Bar Mitzvá del nieto de R. Moshé. ¿Qué hizo R. Reuven? El día jueves anterior, cuando su hijo de Bar Mitzvá leería la Torá (los Ashkenazim no suelen hacer una “ceremonia” de colocación de los Tefilín), harían un pequeño Lejaim después de Shajarit, en el cual el abuelo pudiera decirle algunas palabras al nieto. Y así se hizo.

Una persona se acercó a R. Reuven y le preguntó cómo se sentía por el hecho de que su padre no asistiera al Bar Mitzvá del nieto: ¿no le parecía a él que su papá había priorizado las obligaciones comunitarias a los afectos familiares?

R. Reuven le respondió relatándole tres experiencias relacionadas con su niñez que ponía bien en claro en dónde estaban los sentimientos de su padre aun en situaciones como esta en la cual debía ausentarse en un acontecimiento familiar importante. Y lo que comentó fue lo siguiente:
“Cuando yo era niño, mi padre (que siempre se levantaba a las cuatro de la madrugada para estudiar tres horas sin ser interrumpido hasta la hora de Shajarit) me despertaba para ir a la escuela. Sin embargo, hacía mucho frío y la calefacción era muy débil. ¿Qué hacía él? Ponía mis vestimentas sobre el radiador durante unos minutos y me la traía a la cama para que me la ponga sintiéndola más agradable.
“En distintas oportunidades hubieron huéspedes en casa para las comidas de Shabbat. Mi lugar en la mesa era invariablemente al lado de mi papá, sin importar quién fuese el invitado. Mi lugar no se cambiaba salvo que se tratara muy esporádicamente de un Gadol HaDor (persona encumbrada en Torá, escasa en una generación).
“Cuando nos íbamos de vacaciones, parábamos en una Colonia de bungalows. No habían oportunidades de entretenimiento para los niños en aquellas épocas, y la única diversión en el día, era cuando el encargado del lugar iba al pueblo con su carro para hacer las compras y los niños nos subíamos al mismo para participar de aquel paseo. Para nosotros no había nada más “divertido” que eso. Mi papá estudiaba conmigo diariamente. Sin embargo, si veía que estaba por salir el encargado, me hacía cerrar la Guemará y me decía que cuando regresara íbamos a seguir estudiando.
“Nunca dudé acerca de los sentimientos de mi papá y yo sé que si no va a participar de nuestro Bar Mitzvá, esto se debe a su responsabilidad por el cargo que ocupa”.

Muchas veces relaté esta historia delante del público, pues me impresionó por la sencillez de las circunstancias y lo valiosos y eficaces que fueron los gestos del padre hacia su hijo. Frecuentemente se puede percibir que no es fácil, especialmente para personas que están muy requeridas por la gente, ocuparse de sus hijos como realmente quisieran hacerlo. Uno puede llegar a pensar que para tener influencia sobre el quehacer de los hijos hay “que estarles encima” continuamente, o hay que “emplear mano dura”, etc.
Realmente: ¿Tenemos los padres ingerencia en la educación de nuestros hijos? ¿Tienen ellos en cuenta nuestra opinión en caso de enfrentarse con decisiones difíciles, cuando lo que suponen o saben que lo que nosotros pensamos contradice lo que ellos mismos opinan?
¿Qué conducta podemos proponernos los padres para tener más “llegada” a nuestros hijos y para que les quede nuestra experiencia y convicción?
(Lo que sigue es por cierto no más que una pequeña parte de un programa educativo, pero espero que sea de utilidad como base para formar una idea propia en la creación de los vínculos padres-hijos.)
Es muy posible que la relación con nuestros hijos se vea afectada por tres pilares que son esenciales:

Firmeza: uno de los puntos álgidos en la transmisión, es la claridad de convencimiento en lo que pregonamos. Más de una vez, sostenemos cierta premisa, que muy posiblemente nunca hayamos pensado cabalmente, pero que superficialmente “creemos que es así”, quizás porque en alguna oportunidad leímos algo al respecto, o porque todos opinan de ese modo, o, simplemente porque nos gusta o nos es cómodo pensar así porque es a lo que estamos acostumbrados . Cuando nuestros hijos desafían esa idea, en un primer momento nos sentimos molestos porque no nos gusta que nos cuestionen, o porque parece ser que dejamos de ser autoridad frente a los propios. Sin embargo, cuando ellos insisten, entonces colapsamos y “con tal de no perderlos” o “que sean felices” no estamos dispuestos a sostener lo que antiguamente opinábamos y les damos el gusto. ¿Es correcta esta actitud?
Obviamente, esto no es una invitación a la terquedad. Nadie quiere incitar a sostener las cosas “porque sí”. Cada persona tiene la libertad y, por ende, la obligación de replantearse honesta y objetivamente sus creencias, las veces que sean necesarias, no ser falso con su conciencia y modificar y rectificar lo que está mal, aun si la crítica viniera de sus hijos. Esto no permite, sin embargo, ser falso y aceptar lo que uno cree inadmisible, por el mero hecho de haber sido discutido por sus hijos.
Obviamente, la falta de objetivos claros en la vida de uno, elimina la posibilidad de educar y adiestrar a los hijos a tener objetivos propios…

Afecto: El próximo paso está relacionado con el afecto. La mayoría de los padres estarían ofendidos si uno les cuestionara el afecto dispensado a sus propios hijos. Los mismos padres que creen defender a sus hijos “a muerte” si un tercero los molestara de algún modo, son frecuentemente los que más daño les hacen. Esto se puede comprobar mediante un simple ejercicio: activar un grabador y dejarlo funcionando desde el momento en que llegan a sus casas a la tarde y hasta que se retiran a dormir. Si así lo hicieran y se escucharan luego, esto les permitiría conocer más objetivamente su relación con la familia.
¿Cuánto diálogo hay? ¿Cuántas ideas se cruzan? ¿Cuántas palabras enojadas se dicen?
Es interesante que la Torá, que es muy rica en disposiciones de lo que se debe y no se debe hacer incluso en lo sentimental (P.ej. no guardar rencor, juzgar para bien, amar al prójimo), cuando habla de los hijos nos ordena educarlos y transmitirles enseñanzas, pero no nos exige amarlos. Seguramente, la razón es que el cariño a los hijos no es un fin en sí mismo, sino un medio para que las enseñanzas que se deben transmitir realmente tengan acceso a su corazón. Un clima frío, distante e impersonal, obstruye la confianza que debe ser la vía por la cual uno guía a sus hijos hacia una vida de abnegación, generosidad y empeño. Si esta vía es estrecha o infrecuente, el contacto se reduce y las oportunidades disminuyen.

Tranquilidad: Las dos ideas enunciadas anteriormente deben estar acompañadas por un temperamento calmo. En particular, se debe tener en cuenta que se requiere muchísima paciencia, si se quiere ser escuchado.
Un clima de gritos, un carácter exaltado y la ansiedad, no convencen a nadie. Los niños pequeños obedecerán las consignas inmediatas por miedo. Con el tiempo, sin embargo, aquella presión inicial solo irá en contra de los padres y los hijos estarán progresivamente más y más alejados y retirados.
El que cree que puede emitir una opinión o una orden y ser seguido al pie de la letra por toda la vida, seguramente causará más daño que beneficio a sus hijos. “Las palabras sabias (lit. “de los Sabios”) se escuchan a través de la suavidad” – dice en Kohelet (Eclesiastés) 9:17. R. Israel Salanter, en sus 13 máximas de conducta, incluye la serenidad como parte imprescindible del método de crecimiento de la persona. La experiencia demostró una y otra vez, que hubo gente que tenía las ideas correctas, pero que no fueron atendidas porque no eligieron el momento y la manera ideal para enunciarlas. Son las oportunidades que se pierden.
La falta de tranquilidad en la manera de hablar, es a menudo el resultado de la inseguridad de los padres acerca de si lo que están diciendo es correcto , por hacerse cargo de los fiascos de sus hijos y considerarlos como fracasos propios, con la consiguiente (supuesta) vergüenza ante la gente.
Que se entienda bien: Tranquilidad no es indolencia ni resignación. Es paciencia, tolerancia y entereza en la dura tarea de enseñar.

Estas tres pautas son solamente el comienzo. Funcionan dentro de un marco de equilibrio en el cual se le permita el espacio proporcional y armonioso dentro del resto de una conducta correcta. ¡Que tengamos la Asistencia Di-vina para poder cumplir correctamente nuestro rol de padres!

Rab Daniel Oppenheimer

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