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La Tora e Israel
Sobre La verdad de la Tora y la Tradición Judía.
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Arqueología


J. —El Corán y los escritos del Nazareno no revelan una sola palabra crítica contra sus líderes.

S. —Nuestra Torá y los demás libros sagrados, están llenos de críticas. Se señalan errores y faltas de cada persona. Son criticados Abraham, Yitzjak, Yaakob, los diez hermanos de Yosef en conjunto, Reubén, Yosef, Shimón y Leví, Yehudá, Moshé, Aharón, el levita Koraj y sus asociados, algunos de los Jueces, Elí y sus hijos, los hijos de Shemuel, Shaúl, David, Shelomó y otros.

J. —En ninguna religión se encuentra una crítica tal de los más grandes hombres.

S. —Porque éste es un signo de autenticidad. La pretensión de infalibilidad es signo de falsedad.

J. —¿Qué encuentran los arqueólogos en sus excavaciones?

S. —No han encontrado gran cosa. Pero lo poco que han desenterrado es suficiente para desconcertar a los enemigos de la verdad. Los críticos ridiculizaron siempre el nombre de Ajashverosh en el libro de Esther, pues encontraron sólo Jerjes o Artajerjes en los escritos de los griegos. Pero los arqueólogos encontraron inscripciones con el nombre de Hashiarsh, que cuando se lee en hebreo, se convierte en Ajashverosh; Jerjes, la forma griega del nombre es sólo una corrupción extranjera. La palabra Purim, que significa suertes, era rechazada por los críticos. Pero en inscripciones asirias, se encontró que tal palabra tenía significado. Los críticos calumniaban la autenticidad del libro de Esther con el argumento de que la descripción de las condiciones en Persia era irreal, pero los arqueólogos quedaron atónitos al encontrar cómo todos sus descubrimientos de las antigüedades persas estaban descritos con lujo de detalle en este libro. Un arqueólogo oficial del gobierno francés, Marcel Dienlefoy, hizo excavaciones extensas en el palacio real persa en las ruinas de Shushán y declaró que el autor del libro de Esther poseía total familiaridad con los detalles del palacio; también declaró que estas ruinas estaban sepultadas desde hace 2400 años, lo que significa que ningún escritor posterior a la construcción del Segundo Templo podía estar familiarizado con el palacio persa. Los críticos ridiculizaban la historia de la proclamación de Ciro (Ezrá 1:1) de reinstalar a los judíos y restaurar su Templo. La proclamación está fechada en el año “uno”, pero los críticos reclamaban que Ciro conquistó Babilonia, donde residían los judíos, en el vigésimo primer año de su reinado. Pero los arqueólogos encontraron inscripciones que demostraban que tras haber Ciro conquistado Babilonia, él y su pueblo comenzaron a contar sus años desde esa fecha. Este hecho está corroborado por incontables documentos privados e inscripciones públicas. Los críticos ridiculizaban las declaraciones de Ciro: “Todos los reinos de la Tierra me los ha dado el Eterno” (Ezrá 1:2), pero el mismo tipo de lenguaje se encuentra en 9 inscripciones del mismo Ciro y en una inscripción de Artajshasta II. Las objeciones de los críticos sobre la intención de Ciro de reinstalar a los judíos y restaurar su Templo son refutados por los descubrimientos arqueológicos: los primeros reyes persas dejaron inscripciones en las que relataban su magnanimidad hacia las naciones cautivas, a quienes reinstalaban en sus tierras y su piedad hacia las diferentes religiones extranjeras cuyos templos reconstruían y dotaban de regalos.

J. —Eso debió haberlos desanimado.

S. —De ninguna manera. Sólo ven en las inscripciones lo que ellos desean ver. Pero siguiendo con la idea: se oponían al pasaje de Ezrá 6:12 en el que el rey Darío pronuncia una maldición diciendo que D-os destruirá a cualquier rey o nación que intente modificar o destruir el Templo de Jerusalem. Dicen que esa maldición es indecorosa para un monarca tan grande. Pero hay excavaciones que revelan numerosos casos en que poderosos monarcas inscribieron maldiciones aún peores como Darío, Sargón, Senaquerib, Asurbanipal y otros. Se descubrió tiempo después que las porciones del libro de Ezrá, escritas en arameo, tan calumniadas y ubicadas en fecha posterior por los críticos, eran exactamente iguales en estilo a los papiros de Asuán, compuestos en arameo y fechados desde el reino de Ajashverosh hasta el de Darío II. Los críticos negaban la historia del cautiverio del rey Menashé en manos de los generales del rey asirio (II Crónicas 33:11) y la historia de su liberación. Pero en las ruinas de Kuyundshik se encontró una inscripción de Asahaddón: “Reuní a los reyes de Siria y a los reyes de allende el mar, Baal rey de Tiro, Menashé rey de Yehudá, Kadmoch rey de Edom y Mitsuri rey de Moab”. Otra inscripción enumera entre los 22 reyes conquistados por Asarhaddón y su hijo Asurbanipal: Baal el rey de Tiro y Menashé rey de Yehudá .

J. —Suficientemente obvio.

S. —Los críticos objetaban la historia de que Menashé fue restituido en su trono, diciendo que los crueles y déspotas asirios jamás lo hubieran hecho. Para refutar esto, un cilindro de barro que fue desenterrado de las ruinas, relata que el cruel Asurbanipal perdonó los pecados en su contra de uno de los reyes y que no sólo lo restituyó en su trono, sino que reconstruyó sus ciudadelas y calles. Se ridiculizaba como una fábula la destrucción del ejército de Sanjerib (Senaquerib) ante los muros de Jerusalem. Pero las inscripciones excavadas de Sanjerib que relatan todos sus triunfos en la tierra de Yehudá y el sitio que puso a Jerusalem, no menciona una sola palabra del resultado de la guerra. Herodoto, que escribió hace 2400 años y Beroso, el caldeo en tiempos de Alejandro Magno, ambos establecen que la campaña de Sanjerib en Egipto y la tierra de Canaán terminó en calamidad y derrota. El asesinato de Sanjerib, en el templo de su propio ídolo, por manos de sus hijos (II Reyes 19:37; Yishayá 37:38; II Crónicas 32:21), que fuera ridiculizado por los críticos, es descrito en la inscripción de un altar descubierto en ruinas asirias en el que se lee: en este altar fue asesinado Sanjerib. Otra inscripción asiria establece simplemente: El día veinte del mes de Tebet, Sanjerib fue asesinado en una conspiración de sus hijos, tras reinar durante veintitrés años. Los críticos negaban la existencia del rey asirio Pul (II Reyes 15:19; Crónicas 5:26). Pero una lápida en el Museo Británico, fechada en el año 22 del reino de Darío Istasfo, revela que Tiglat-Pilesser es “Pul” o “Pulu”, como era llamado en Babilonia. También negaban la existencia de Salmanasar rey de Asiria, quien exilió a las diez tribus. Pero un león de cobre, hallado al excavar, porta la inscripción: El veinticinco de Tebet, Salmanasar ascendió al trono de Asiria. Otra inscripción dice: En el Quinto año murió Salmano-Asrido en el mes de Tebet. Negaban también la existencia del rey asirio Sargón (Yishayá 20:1). Pero los hechos que se relatan en Yishayá fueron corroborados por las inscripciones descubiertas por Botta, el cónsul francés en Mosul, en las ruinas de Jorsabad. Los críticos ridiculizaban el nombre de Baltazar y los nombres asirios de los meses, hasta que estos se descubrieron en antiquísimas inscripciones. La expedición de las fuerzas de Sargón en contra de Ashdod, como está descrita en Yishayá (ibid.) se encuentra relatada detalladamente en inscripciones asirias. Los críticos invalidaban el valor histórico de cualquier documento anterior al profeta Amós, ya que ninguna fuente, aparte de las Escrituras, mencionaba eventos tan antiguos. Pero cuando se descubrió la piedra moabita, ésta barrió con sus teorías. Esta piedra, que se escribió en tiempos de Joram, hijo de Ajab, alrededor del año 2865, probaba no sólo la exactitud de nuestras antiguas crónicas proféticas, sino que a su vez demostraba que una nación pequeña como Moab tenía ya para entonces, un estilo literario ordenado para escribir, lo que significa que esta habilidad ya existía por lo menos algunos cientos de años antes. En Israel, el pueblo de la Torá, ya existía seguramente muchos siglos antes. Los críticos desacreditaban la narración (II Crónicas 12:4) de la invasión de Sisac, rey de Egipto a Yehudá. Pero el arqueólogo francés, Champollion, descubrió en la ruina de Carnac, una inscripción egipcia relatando detalladamente la conquista de Sisac de las ciudades fortificadas de Yehudá . Conder, el inglés, dice verse obligado a admitir que las fronteras en el libro de Yehoshúa realmente se registraron en tiempos de Yehoshúa. Entre las razones que da, menciona el hecho que se identifican 119 ciudades del libro de Yehoshúa entre aquéllas conquistadas por Dotmes III antes del éxodo de Egipto. Los críticos ridiculizaban los nombres desconocidos de Quedorlaomer, Arioj rey de Elasar, Tid’al, y Amrafel. Pero todos estos nombres se han comprobado con el tiempo por medio de las inscripciones. (Párrafos 117-118: R. Zev Yaavetz).

J. —Es suficiente señor. ¿Por qué hemos de rebajarnos a corroborar nuestra Torá con los escritos de los antiguos idólatras?

S. —Y grandes fanfarrones y embusteros. Sus documentos nunca cuentan sus derrotas o pecados. Están escritos por gentiles que vivían en la obscuridad. La verdad es exactamente a la inversa: podemos creerles únicamente cuando nuestras Escrituras los respaldan. Ninguna crónica de la antigüedad es tan lúcida, autocrítica, ordenada y continua como las Escrituras. Éste es el extenso río de la historia verdadera que fluye desde el principio del mundo. Las crónicas de las naciones son pantanos de falsedad e ignorancia. En verdad es un pecado rebajarse tanto como para beber de estos estanques malsanos cuando está a nuestro alcance el transparente y cristalino río de la Torá. Escucha cómo explica la “historia” uno de los más inminentes historiadores romanos, Tácito (Historia de los judíos, libro V Cap. 2): La tradición es que los judíos escaparon de la isla de Creta y se establecieron en la costa de Libia, cuando Saturno fue expulsado de su reino por Júpiter: traen un argumento para esto de su nombre (Júpiter: ¡judío!). El monte Ida es famoso en Creta, y los pueblos que lo circundan son llamados Idaei, que en un giro bárbaro se convierte en Judari. Algunos dicen que eran un pueblo muy numeroso en Egipto, bajo el reinado de Isis y los egipcios se liberaron de esa carga enviándolos a países vecinos, al mando de sus capitanes Jerusalem y Judas. La mayoría dicen que eran etíopes, a quienes el temor y el odio obligó a cambiar de morada durante el reino del rey Cepheus… (Cap. III) Muchos autores concuerdan en que en una ocasión, cuando surgió una enfermedad infecciosa en Egipto que hacía impuros los cuerpos humanos… al rey Bocchoris… le fue ordenado que liberara a su nación por ser abominables para sus dioses… Los reunió a todos y los dejó en el inmenso desierto… pero uno de los exiliados, llamado Moshé… los hizo creer en él… Cuando habían viajado seis días continuos, el séptimo día expulsaron a los habitantes y obtuvieron las tierras que se consagraron a su ciudad y su templo… (Cap. IV) Moshé por su parte… ordenó nuevos ritos… Todas las cosas que para nosotros son sagradas, son profanas para ellos y aquellas prácticas consideradas más abominables por nosotros son permitidas entre ellos. Ponen la imagen de ese animal (el asno) en su lugar más santo… Se abstienen de la carne de puerco, como recuerdo de la miserable destrucción que la sarna, misma que sufre ese animal, les trajo y con la que se contaminaron. Atestiguan todavía que soportaron una larga hambruna por sus frecuentes ayunos. Y tenemos pruebas de que robaron los frutos de la tierra por el pan de los judíos que carece de levadura. Se supone generalmente que descansan el séptimo día, pues ése fue el día que les concedió el primer descanso de sus labores (como se indica en el cap. III). Están ociosos cada séptimo año, pues se complacen con la vida desidiosa. Otros dicen que de ese modo honran a Saturno o tal vez… porque fueron expulsados junto con Saturno (como se menciona anteriormente, cap. II)… (Cap. V)… Se les enseña… a tratar a sus padres, hijos y hermanos con el máximo desdén…

J. —Seguramente esta basura inmunda no la escribió un historiador.

S. —Tácito es uno de los más eminentes historiadores romanos. Las naciones caminaban por la densa obscuridad, tanto entonces, como ahora. Cuando un historiador moderno dedica muchas páginas al Islam, al Cristianismo o al Budismo, y para el Judaísmo apenas cree digno gastar media página: eso es obscuridad. Toda la literatura universal, exceptuando la hindú y la china, tiene un enorme prejuicio en contra de nuestro pueblo y nuestra tradición.

J. —¿Por qué es así?

S. —La literatura universal se apoya principalmente en cuatro pilares: 1) Grecia, 2) Roma, 3) el Cristianismo, 4) el Islam. Estos cuatro, han establecido patrones de hostilidad hacia los judíos y el Judaísmo, y estos patrones los han seguido los historiadores y literatos en todos los siglos subsecuentes, incluyendo judíos que han caído bajo su influencia. Los primeros griegos no mencionaron a nuestro pueblo. Los griegos subsecuentes, tuvieron estrecho contacto con nuestro pueblo en todas las naciones habitables y llegaron a odiarnos con el odio más intenso. De este modo, en Alejandría, Antioquía, Creta y todas las otras ciudades con numerosa población tanto judía como griega, los griegos llevaron a cabo incesantes persecuciones en contra de los judíos en algunos casos, levantándose y masacrando al ciudadano judío. En tales motines borraban poblaciones enteras de judíos. Estos griegos produjeron una multitud de escritos en contra nuestra, que introdujeron una amplia calumnia de mentiras maliciosas a la literatura universal en contra de los judíos; y todas las civilizaciones subsecuentes se envenenaron perennemente allí. Los griegos influenciaron mucho a los romanos, pero su odio en contra de Israel se avivó por las guerras que libraron en contra la tiranía romana en Yehudá. En represalia a estas guerras, surgió una ola de crueldad en el mundo romano y multitud de judíos fueron masacrados o torturados a muerte en Yehudá y las ciudades del exilio. Esta crueldad está manifiesta en los escritos de los romanos, de los cuales, Tácito (119) es un ejemplo. El cristianismo y el islamismo, siendo sistemas gentiles, heredaron el legado de odio de los griegos y romanos, a los que contribuyeron enormemente en sus escritos religiosos, describiendo a los judíos como enemigos de la religión y la virtud. Estas cuatro fuentes han hecho de los judíos, el blanco de toda forma de acusación y difamación durante los últimos 2000 años. Más tarde nos extenderemos (320-8) en este tema.

J. —¿Qué nos dice acerca de los historiadores modernos, incluyendo a los historiadores judíos?

S. —Algunos, como el que anteriormente ya mencioné (120), heredaron la obscuridad de estos cuatro sistemas (121); aunque su prejuicio se ocultaba tras su decoro, lo practicaban omitiendo, restando importancia y distorsionando refinadamente. Hombres como Graetz, aunque judíos de nacimiento, han sido tremendamente influenciados por el prejuicio gentil en nuestra contra; y debemos por lo tanto incluirlos entre los oponentes de nuestra tradición histórica. Hasta cierto punto, también Josefo los descarrió.

J. —Me sorprende. Usted lo citó en defensa de nuestra tradición.

S. —No estoy censurando a Josefo. Sólo expreso el hecho que omitió casi por completo el mencionar a nuestros numerosos Sabios, a quienes él conoció, pues era un servidor público y vivió en su tiempo y cerca de ellos. Habla sólo de los hombres seculares, políticos y soldados y con mucho detalle. Habla a favor de los romanos y frecuentemente censura a nuestro pueblo. Tal vez esto sea porque escribió sus obras durante el imperio romano. Puede ser que los copistas gentiles alteraron los escritos originales. Pero en la forma en que los tenemos hoy en día, la historia de Josefo es engañosa y ha inspirado actitudes negativas hacia nuestra tradición, tanto en judíos como en gentiles. Lo cito sólo por ser necesario, pues es el único autor antiguo y profano que escribió extensamente sobre la historia judía. Pero quien lee a Josefo debe saber de ahí que es imposible obtener una visión real. La historia interna de nuestro pueblo, que es la verdadera historia judía, es totalmente ignorada. No menciona a los Tanaim, ni a las grandes academias de Torá y sus enormes masas de discípulos. Todos estos están incluidos en el “pueblo” que es descrito usualmente como rebelde, desordenado y malicioso. Menciona al Taná Shimón ben Gamliel, sólo porque deseaba que Josefo fuera arrestado y encadenado. No menciona en absoluto a Rabán Yojanán ben Zacay quien vino a Vespasiano y profetizó que él sería el Emperador Romano (Guitín 56a); en lugar de eso, Josefo relata (Guerras, 1. III, 8, 8) que él mismo profetizó eso a Vespasiano.

J. —Entonces las historias escritas por los escritores judíos de nacimiento, son parte de la obscuridad y confusión del mundo en general.

S. —Sí. Ellos junto con los historiadores de cada generación, son tan ciegos como los científicos o los idólatras. En la actualidad, la única forma de saber las verdades de nuestra historia y las verdades del Universo es por nuestra tradición.

J. —Pero yo supongo señor, que cuando uno ya conoce las verdades de la historia judía a partir de la tradición, puede corroborarlas si busca en los anales de la historia.

S. —No es importante. Además no es digno como tú ya lo dijiste (119). Uno no comprueba la existencia del sol mostrando fotografías. Pero quien desea ocuparse en tal pasatiempo, puede encontrar multitud de corroboraciones. La arqueología, como vimos antes (116-18), está llena de referencias a temas relacionados con las Escrituras. Los escritores de la antigüedad como los citados en el libro Contra Apión de Josefo, corroboran numerosos hechos de nuestra historia, Beroso el caldeo, quien vivió en tiempos de Alejandro Magno, archivó algunas de las más antiguas inscripciones, en las que describe el Diluvio y la Torre de Babel, entre otros hechos de importancia. Todos estos están entremezclados con fantasías y estupideces de los antiguos idólatras. Las inscripciones de las naciones antiguas y extintas, alrededor del globo, reiteran las historias del Diluvio y la Torre, frecuentemente conectadas una con otra, como lo indica nuestra tradición (Bereshit Rabbá 38:1). Muchos pueblos antiguos utilizaban la semana de siete días y daban al número siete un significado místico, enfatizando así la tradición pre–Torá de la Humanidad, en la cual el séptimo día era conocido como el final de la Creación. La tradición de los antiguos árabes, mucho antes del advenimiento del Islam, era circuncidar a sus niños a la edad de trece años, de acuerdo a su creencia que su ancestro Yishmael, el hijo de Abraham, había sido circuncidado a esa edad (Bereshit 17:25). Esta tradición fue registrada por los escritores de la antigüedad, incluyendo Josefo (Antig 1,I,12,2). Todas estas crónicas y tradiciones antiguas no eran consideradas importantes por nuestros antecesores, pues no necesitaban corroborar su vigorosa y clara tradición con las tradiciones fragmentadas e incoherentes de los gentiles y por lo tanto mucho de ese material se perdió en la antigüedad. En los estudios de geología, están prominentemente inscritas las historias del Diluvio para aquéllos que desean verlas. Los niveles de agua en los bordes superiores de las grandes cuencas, que están muy por encima del nivel del mar, muestran cómo recientemente se inundaron los continentes. Los incontables fósiles marinos en las cimas de las montañas, comprueban que en alguna ocasión los océanos se elevaron por encima de las montañas (Bereshit 7:19). Para aquéllos que lo desean ver hay material en abundancia. Pero como ya lo dije, eso no nos importa a nosotros. Nuestra tradición es hoy en día, la única fuente de Verdad confiable.

J. —Entonces la tradición escrita en la forma de las Escrituras, es en verdad el documento más confiable del mundo, sin que ningún otro se le asemeje en veracidad como ya usted lo aclaró. Pero así como lo entiendo yo, la tradición escrita comprende sólo una mínima parte de la tradición de la Torá, siendo que la mayor parte se encuentra en la Torá Oral. ¿No es posible que esta tradición, que no fue escrita en un documento nacional, se haya alterado con el tiempo y se hayan introducido innovaciones en ella?

S. —La multitud de maestros y discípulos hacía imposible que alguien pudiera imponer enseñanzas nuevas e ilegítimas al pueblo. En cada generación había cientos de grandes Sabios, cientos de miles de discípulos y millones de judíos practicantes que estaban familiarizados con los procedimientos de la Torá. Todos ellos se hubieran sublevado y hubieran condenado a cualquier innovador e impostor.

 

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